Hace exactamente cinco siglos, los indios caiquetios vieron desembarcar al
español Alonso de Ojeda, un teniente a las órdenes Cristóbal
Colón, en las costas de una isla caribeña, a 70 kilómetros
de Venezuela. Comenzó entonces una nueva historia para Curaçao,
bautizada en ese momento como “la isla de los gigantes” por la altura de sus
habitantes.
Enclavada en el sur del mar Caribe, Curaçao es actualmente junto a Bonaire, St. Maarten, St. Eustatius y Saba un territorio autónomo del reino holandés. La conmemoración de sus 500 años, que se celebrará durante todo 1999, se plantea como una divisoria de aguas entre el presente y el futuro de la isla.
“El objetivo de las actividades programadas es reflejar los 500 años que han pasado para poder hacer un buen análisis del futuro de la región. Nos planteamos cuál es nuestro presente, quiénes somos, y qué queremos ser en el comienzo de este nuevo milenio”, explica Lourdes Ezechiëls, vicepresidenta de la fundación Curaçao 500.
Cambio de frente
Por lo pronto, el gobierno insular tomó la decisión estratégica
de convertir al turismo en el pilar de la economía.
A diferencia de lo que ocurre en otras islas del Caribe, la actividad turística no había sido hasta ahora la principal fuente de ingresos de Curaçao. La refinería de petróleo, construida por los holandeses en 1918 y actualmente manejada por Petróleos de Venezuela, fue durante muchos años uno de los motores de la relativa prosperidad de la isla.
Los servicios financieros off shore y el comercio transatlántico, favorecido por un puerto natural de aguas profundas, fueron también y siguen siendo un importante factor de crecimiento.
Sin embargo, la reciente recesión (el año pasado se registró una caída de 1% en el producto bruto interno), combinada con un déficit fiscal, convenció a las autoridades de la conveniencia de sumarse al boom turístico de la región.
Multiplicar sin invadir
Alrededor de 200.000 turistas y 180.000 pasajeros de cruceros inyectan, cada
año, alrededor de US$ 300 millones en la economía de la isla.
La meta es triplicar esta cifra para el 2005.
El cumplimiento de este objetivo requerirá aumentar la capacidad hotelera, de las actuales 1.200 habitaciones a 5.000. Y, aun así, Curaçao seguiría exhibiendo cifras más modestas que las que ostentan sus vecinos: Aruba tiene actualmente 7.000 y St. Maarten 11.000.
El anuncio de la llegada de la cadena Marriott y la construcción de tres hoteles de primera categoría y dos con precios más accesibles, permitirán ampliar la oferta.
Pero la estrategia apunta a planificar con mucho cuidado el desarrollo turístico para no caer en un fenómeno invasivo. “No queremos entrar en la moda del all inclusive, como lo han hecho en Cancún o Santo Domingo, porque no a toda la gente le gusta”, explica Cedric Eisden, ministro de Turismo de Curaçao.
“No vamos a competir con las otras islas del Caribe que sólo promueven sus playas”, asegura Eisden. “Queremos que los visitantes sepan que Curaçao ofrece opciones para todos los gustos”.
Una de las principales ventajas comparativas de la isla es la docena de playas
semiprivadas, entre las que se destacan la Bahía de Kenepa, Kaalki, Westpunt,
Jeremi, San Nicolás y Daaibooi. Los 100 sitios submarinos con visibilidad
de 20 a 30 metros de profundidad permiten, además, bucear en arrecifes
de corales con peces tropicales, mantarrayas y tortugas marinas.
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La fiesta inolvidable Curaçao “Los huéspedes Mayo, |
Medio milenio
Otro de los grandes atractivos de Curaçao es su capital, Willemstad,
declarada patrimonio cultural de la humanidad por la Unesco.
La influencia holandesa se puede apreciar todavía en la arquitectura de las antiguas casonas de hacienda y en las mansiones urbanas de estilo colonial. Luego de que los holandeses tomaran la isla en 1634, Curaçao se convirtió en una base naval y poco después en un puente comercial con el continente. A mitad del siglo XVII, mercaderes holandeses la eligieron como lugar de residencia y construyeron elegantes residencias de estilo neoclásico en el barrio de Sharloo.
Muchas de estas construcciones han sido restauradas y ahora albergan tiendas, oficinas gubernamentales y servicios turísticos. Con el tiempo, el diseño se adaptó al clima tropical, con grandes galerías y muros de vivos colores.
Poco después de la llegada de los españoles, los indígenas de la isla fueron trasladados en su mayoría a la actual República Dominicana y a Haití, para trabajar en las minas. Aunque no quedan en la actualidad habitantes de origen totalmente indígena todavía pueden encontrarse algunos vestigios de la cultura de los caiquetios. A sólo unos kilómetros del aeropuerto, en las Cuevas de Hato, se encuentran talladuras de los indios en un escenario que permite recrear, a la vez, la historia de los esclavos (Curaçao fue uno de los mayores centros del comercio de esclavos africanos en el Caribe) que huían de los colonos.
Los 150.000 habitantes de la isla provienen de 50 nacionalidades diferentes y la gran mayoría habla inglés, holandés, español y papiamento, la lengua nativa de la isla.
Gran cantidad de ferias comerciales, conferencias, reuniones y convenciones se llevan a cabo en la isla. El World Trade Center de Curaçao dispone de 14.000 metros cuadrados destinados al turismo de negocios.
