domingo, 31 de mayo de 2026

    Millones de trajes a medida

    Un nuevo enfoque de marketing que se asienta en producir masivamente
    productos o servicios adaptados a las necesidades o deseos específicos
    del cliente hace que éste se involucre en el proceso convirtiéndose
    en una suerte de socio de por vida.

    El caso que se expone a continuación ilustra acabadamente acerca
    de las bondades y los puntos débiles de este fenómeno.

    Hace algunos años una sensación de peligro rodeaba a Ross
    Controls, un fabricante de válvulas neumáticas. Su participación
    en el mercado se deterioraba y sus márgenes eran cada vez más
    reducidos. La empresa iba desapareciendo lenta y dolorosamente del mercado.

    Pero todo esto ya es historia gracias a un enfoque de marketing denominado
    customización, la oferta masiva de productos a medida. En la actualidad,
    Ross disfruta de un fuerte crecimiento en la industria de las válvulas
    neumáticas, (dispositivos destinados a forzar aire a través
    de una máquina herramienta), un negocio que viene mostrando signos
    de estancamiento e, incluso, declinación.

    La customización masiva convierte a los fabricantes en especialistas
    en marketing y a éstos en fabricantes, y logra que los clientes
    participen del proceso de diseño en lugar de ser receptores pasivos
    de un producto final estándar. Es la combinación de marketing
    uno a uno y fabricación asistida por computadora lo que permite
    a las empresas generar masivamente productos que los clientes piden por
    unidad. El concepto está ganando adeptos.

    Es cierto que algunas empresas que operan en el sector business to business
    siempre han adaptado sus productos a las necesidades de sus clientes individuales.
    Todo, desde un jingle de radio hasta un Boeing 747, puede convertirse en
    un producto customizado.

    Pero lo que hace diferente a la actual revolución, dice Joseph
    Pine, autor de Customización masiva: la nueva frontera en la competencia
    comercial, es que llega a todas las industrias. Empresas tan diversas como
    Bally Engineered Structures (grandes sistemas de refrigeración),
    Datavision (cintas de video) y Levi Strauss (famosa por sus jeans) están
    utilizando técnicas de customización masiva. Stan Davis,
    quien acuñó la expresión en su libro Futuro perfecto,
    dice: “Cuanto más pueda una empresa brindar productos customizados
    sobre una base masiva en relación con la competencia, mayor será
    su ventaja competitiva”.

    Esas ventajas, señala Pine, incluyen la posibilidad de derrotar
    a la competencia de los países con mano de obra barata, mejorar
    los márgenes a través de los aumentos de precios que permite
    la customización masiva con valor agregado, y convertir a los clientes
    en socios de por vida al hacerlos invertir tiempo y esfuerzo en el diseño
    de los productos que desean, lo que reduce enormemente las probabilidades
    de que cambien de proveedor, aun frente a una oferta de precios más
    bajos.

    También es posible customizar productos y servicios corrientes,
    sostiene Martha Rogers (coautora junto a Don Peppers de La empresa uno-a-uno:
    herramientas para competir en la era interactiva). Un ejemplo interesante
    es el servicio telefónico de larga distancia. Al personalizar el
    formato de la factura o su forma de entrega, adaptándolos a los
    deseos de cada uno de los clientes, las compañías telefónicas
    agregan valor al servicio que prestan.

     

    Ingenieros marketineros

    Es posible, entonces, atraer clientes dispuestos a pagar más
    por un producto que ellos mismos ayudaron a diseñar y conservarlos
    en el tiempo. Eso es precisamente lo que necesitaba Ross Controls a fines
    de la década del ´80, cuando su director operativo, Henry Duignan,
    salió en busca de una respuesta que le permitiera resolver la amenaza
    de muerte que enfrentaba su compañía. Duignan la encontró
    en dos libros: La empresa virtual, de William Davidow y Michael Malone,
    y El alma de la empresa, de Robert Hall.

    Duignan dice que , que era el futuro que preveía para Ross. Esa
    perspectiva consistía en crear rápidamente productos customizados
    que dieran a los clientes una ventaja de marketing.

    “Todos advirtieron de inmediato el potencial de esta idea, excepto los
    clientes”, dice Steve Demster, actual presidente de la firma. Los clientes
    de Ross, acostumbrados a decidir una compra por comparación y en
    base al precio, no tenían tiempo para participar del diseño
    de las válvulas y, además, no les interesaba. Sin embargo,
    Ross comprendió que si podía entregar las válvulas
    customizadas con rapidez después de solicitarle al cliente las especificaciones,
    eso sería suficiente para conquistarlos. Podía llevar hasta
    16 semanas entregar esas piezas customizadas, pero la empresa logró
    reducir ese plazo a apenas unos días.

    “El tiempo es el factor más importante”, dice Demster; “pudimos
    desarrollar el prototipo en el tiempo que podíamos retener la atención
    del cliente”. Esos prototipos – que podían costar hasta
    US$ 20.000- se entregaban gratuitamente. Demster señala que la empresa
    invirtió millones en las nuevas herramientas y en dárselas
    sin cargo a sus clientes, sólo para demostrarles lo valiosa que
    era la customización masiva.

    Y el sistema funcionó. Hoy la planta de la empresa está
    dedicada a este proceso que se conoce como Ross Flex. Los ingenieros (la
    mayoría de ellos contratados ni bien egresaron de la universidad
    para evitar la resistencia a los nuevos conceptos) reciben el nombre de
    integradores y trabajan codo a codo con los clientes; responden ante el
    departamento de marketing y no ante las unidades de fabricación
    o diseño. Asumiendo el papel característico de los vendedores,
    examinan las necesidades actuales y futuras del cliente.

    ¿Pueden los ingenieros convertirse en eficaces especialistas
    en marketing? Sí, señala Paul Reddel, líder de ese
    peculiar equipo; “no son el tipo de vendedor hábil clásico
    de la Costa Este”, bromea cuando se refiere a su plantel, “pero están
    en contacto con otros técnicos y entonces el sistema funciona”.
    La empresa también cuenta con un equipo de ventas tradicional de
    alrededor de 10 personas, cada una de las cuales se especializa en determinadas
    industrias. “La gente de marketing no deja piedra sin remover”, afirma
    Dan Henman, gerente de especialistas en la industria.

     

    Temores de clientes y vendedores

    Ross no es la única empresa en la que han comenzado a fusionarse
    el marketing y el diseño del producto. La división de suscriptores
    de pagers de Motorola para América del Norte, por ejemplo, puede
    adaptar el software operativo de sus radiollamadas ya en el punto de ventas
    y cambiar el programa de acuerdo con las nuevas necesidades que puedan
    aparecer durante la vida útil del aparato.

    Diseñar una interfaz eficaz con los clientes es un elemento clave
    para la customización masiva, dice la autora Martha Rogers. Así,
    Motorola entrega a los distribuidores un software que les permite personalizar
    el del aparato.

    Pero aún hay más. Ni siquiera todo esto representa el
    verdadero potencial que tiene la customización masiva. Rogers y
    otros gurúes del management miran hacia un futuro en el cual las
    empresas dejarán de tomar la iniciativa en el diseño de los
    productos que los clientes necesitan. Serán éstos los que
    le dirán a la empresa qué desean, y la compañía
    se encargará de fabricar los productos, tal como hace un sastre
    con un traje a medida.

    “Es probable que la fuerza de ventas perciba este proceso como una amenaza,
    pero en realidad es todo lo contrario”, afirma Rogers; “las técnicas
    de ventas no van a ser radicalmente diferentes”, aunque es probable que
    tengan que cambiar las estructuras de las comisiones para poder alentar
    la cooperación. Además, la comunicación tendrá
    que ser excelente.

    Obviamente, el proceso es complejo, dada la infinita gama de opciones
    que la customización pone en marcha.

    “Es muy fácil fracasar si el cliente termina confundido”, señala
    Pine. O si se atemoriza: “La palabra customización hace que mucha
    gente se repliegue”, apunta; “se preocupan por los costos y se preguntan
    si finalmente recibirán piezas sueltas”. Estos temores se disipan
    con la confianza mutua y con un marketing lo suficientemente bueno como
    para que los clientes comprendan los beneficios.

    Ross ayuda a las empresas a entender que “la estandarización
    es más cara para los clientes y también para el fabricante”,
    comenta Rogers. “No es difícil imaginar cuánto saldría
    tratar de tener en stock todas las válvulas imaginables.”

    El crecimiento seguramente será mayor para Ross cuando sus subsidiarias
    en Europa y Japón comiencen a aplicar la fabricación customizada
    en sus propios mercados. “La proximidad con el cliente es crucial”, afirma
    Demster. Henman y Reddel vislumbran el día en que los integradores
    de Ross crearán productos a partir de especificaciones transmitidas
    vía Internet y debatidas con los clientes mediante videoconferencias.

    “La meta”, sostiene Duignan, “es fabricar los productos en el punto
    de venta, dar a los clientes la oportunidad de efectuar pequeños
    cambios de diseño durante toda la vida útil del producto
    y comprender que nosotros somos un vehículo para el producto del
    cliente y no para nuestro producto”.

    Mark Ingebretsen

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