La generación que hoy ronda los treinta años está marcada por el cambio. Estos jóvenes tenían entre 5 y 15 años cuando se instaló el régimen militar (el llamado Proceso) que luego desembocaría en una revalorada democracia. De modo que no participaron de ninguna clase de utopía ideológica. Son hijos de una realidad difícil y sin horizontes imaginarios proyectados al futuro. Esto determinó buena parte de sus cualidades y de sus limitaciones. Se formaron bajo el signo de la exigencia y la inmediatez que impone el día a día. Pero, al contrario de lo que pasó con sus abuelos, el futuro no se les mostró bien delineado sino incierto, tanto en lo político como en lo económico. Como telón de fondo quedaba la memoria de los años ´60, fecundos en rebeliones y novedades y punto de referencia nostálgico para sus mayores. De esa época heredaron algunos cambios culturales: el divorcio, por ejemplo, les parece cosa natural, una alternativa más en la vida; las relaciones sexuales libres y la homosexualidad son algo obvio. También traen consigo cierta nostalgia por los proyectos colectivos, pero el fracaso de las alternativas de entonces los convenció de que el esfuerzo y la responsabilidad personales son la única fuente real de progreso. La violencia intolerante y sangrienta por la que se consumó ese fracaso los marcó a fuego: no se creen portadores de ninguna verdad absoluta, ni aceptan que otros pretendan tenerla. Creen en la pluralidad y en el derecho a ser diferentes y a manifestarlo. Creen en el acuerdo, pero no en la imposición. Estos rasgos se traducen no sólo en el contenido, sino también en la actitud y el tono de su conversación: procuran dejar en claro que sus afirmaciones son, en realidad, opiniones, puntos de vista, vivencias, convicciones personales o a lo sumo compartidas por el grupo del que forman parte. Este rasgo de activo y consciente individualismo es quizás una de sus más notorias señas de identidad. Y se refleja también en sus convicciones políticas: los integrantes de este gran segmento que representa casi 14% de la población nacional y es uno de los más activos (73,5% trabajan, un índice sólo superado por el grupo de 35 a 44 años, con 73,9%) aprendieron durante sus años de colegio que los rigores de un gobierno autoritario no dejan margen al disenso y, por lo mismo, no fomentan el desarrollo de las diferencias personales ni permiten el acceso irrestricto a la información. Y la información está entre las cosas que más valoran. “De ella dependen en buena medida la libertad de juicio y la capacidad que podamos tener para tomar decisiones personales, para ejercer nuestras diferencias”, dice Javier Volberg, controler de Microsoft a sus 29 años de edad. Vivir en un mundo global”Y de ella depende también el grado efectivo de integración que tengamos con el resto del mundo”, agrega, marcando otra diferencia importante, que los separa, en cierta medida, de sus mayores: se educaron para el trabajo y nacieron a la vida laboral en un mundo en pleno proceso de globalización. Es decir, no consideran que las fronteras de la Argentina establezcan una discontinuidad: el país es su hogar, pero también el mundo lo es. Se trata de una cuestión de grados: la nación se les aparece como parte de un mundo único con el que hay que estar conectado a diario si no se quiere perder el tren y quedar fuera del circuito económico, cultural e histórico. De allí que sus modelos de conducta, de vida y de consumo sean también cosmopolitas. La diferencia no se juega en ellos como identidad nacional, sino como particularidad personal que puede encontrar similares en cualquier parte del mundo. Hablan de Japón, Estados Unidos, Malasia, y se declaran dispuestos a trabajar en Tailandia, Australia, América Central. Desde el comienzo mismo de su carrera laboral perciben que dependen directamente de la circulación internacional de la información, y hacen de ella una de sus mejores armas. Como dice Néstor Demaestri, director de Personal y jefe de Empleos del grupo Techint, “son mucho más hábiles en el manejo de grandes cantidades y variedad de información: saben buscarla, clasificarla, y la manejan con una espontaneidad que no tienen sus mayores”. Julio Brieske, vicepresidente de Staffing & Development del Citibank, confirma esta evaluación y agrega que estos jóvenes exhiben también una capacidad de síntesis excepcional: “Son más capaces que nosotros a su edad de sacar conclusiones pertinentes a partir de variedad de datos y de volumen de información diversa”, asegura. Demaestri, sin embargo, no concuerda del todo en este punto y señala una dificultad: “Los encuentro, eso sí, más superficiales: creo que les resulta más difícil que a la generación anterior (la que hoy ronda los 40 años) mantener una dirección de pensamiento y desplegarla en profundidad. Son generalistas menos enamorados de su especialidad y más abiertos a la interacción con otras líneas y otras disciplinas. Eso los hace más flexibles, pero quizá menos investigadores, menos reflexivos”. “Necesitamos especializarnos, pero también aprender un poco de todo y saber dialogar y trabajar con gente de otras áreas, porque las soluciones son cada día más dinámicas y complejas, de manera que al especialista se agrega el generalista”, argumenta Volberg. Este manejo activo y fecundo de variedad y cantidad de información contribuye a definir otro rasgo importante del grupo en cuestión: es gente que sabe ponerse de acuerdo en el trabajo: discutir, intercambiar ideas y sacar conclusiones. Demaestri y Brieske coinciden en este aspecto con Agustín Pulizzi, gerente de Recursos Humanos de Aguas Argentinas: “Se detienen a escuchar: es menos frecuente ver entre ellos a alguien que discute para tener razón, como era costumbre. No: exponen sus ideas, defienden sus opiniones, pero también escuchan y aceptan cuando consideran que los demás están en lo cierto. Saben ponerse de acuerdo en función de un trabajo o una tarea por resolver”. Son, en síntesis, capaces de trabajar en equipo. Conocen el valor del trabajo grupal y lo practican, según testimonian los entrevistados por MERCADO. “En este sentido, creo que hubo un adelanto”, dice Demaestri, una afirmación con la que coincidieron, sin saberlo, Pullizi y Brieske. El cambio constantePor eso se trata de gente muy bien adaptada al cambio constante. “No solamente estamos adaptados a él, sino que lo promovemos: vivimos en el cambio y hacemos el cambio. Cada cual desde su lugar de trabajo, en su proporción, está promoviendo un cambio general constante en su empresa, en su país, en el mundo incluso”, asegura Volberg. “Pero no sabemos muy bien adónde vamos, simplemente nacimos en un mundo que ya estaba cambiando cuando empezamos a hacernos adultos, y no tuvimos opción: o nos montábamos en la promoción y la aceleración del cambio, o nos quedábamos atrás. “”Por supuesto, nadie quiere quedar marginado. Además, sabemos que estamos produciendo un mundo diferente, y creo que eso es bueno. “También Liliana D´Anunzio, coordinadora de Entrenamiento y Desarrollo de Xerox y miembro del grupo (tiene 31 años) comparte esa vivencia: “El cambio constante es nuestro ambiente, nos criamos en él y trabajamos para él: si no estamos aprendiendo y desarrollando constantemente cosas nuevas, nos quedamos en el camino. El aprendizaje es nuestra manera de vivir y de trabajar. Es una realidad tremendamente exigente: hay que incorporar novedades a diario, y eso requiere muchísimo trabajo adicional. El aprendizaje no acaba cuando uno sale de la universidad: recién empieza. Hay que hacer posgrados, doctorados, especialidades, cursos de actualización”, opina casi al unísono con su colega de Microsoft. “Y aprender a diario de la experiencia. “Ambos se muestran al mismo tiempo estimulados y preocupados por las consecuencias a mediano plazo de semejante movimiento: “No sabemos muy bien qué futuro estamos construyendo”, dicen. Tanto D´Anunzio como Volberg temen que el ritmo y el orden que están ayudando a imponer termine excluyéndolos relativamente pronto. “Las organizaciones son cada vez más chatas, y por lo tanto disminuyen las oportunidades de hacer carrera dentro de la empresa; si uno no considera la posibilidad de irse del país, ¿qué pasa con la propia posición cuando se alcanzan los 40 años de edad?”, se pregunta Volberg. Y responde: “Es muy probable que seamos desplazados por gente más joven”. Por otra parte, “pueden plantearse hacer carrera fuera del país quienes trabajan en una transnacional, pero los que están en una empresa local, o mediana, no tienen esa oportunidad”, reflexiona. D´Anunzio agrega a esta preocupación una exigencia más imperiosa: “Quiero, en algún momento de mi vida, ser madre, y aunque hoy en día los hombres también participan del hogar y de la crianza de los chicos, yo necesito tiempo para dedicarles; quiero tiempo para ellos, para disfrutarlos, y con un trabajo como el que tengo ahora difícilmente eso sea posible. Ahora bien, si me retiro un par de años para dedicárselos a mis hijos, chau: quedé fuera. No voy a poder reincorporarme en un nivel siquiera parecido. De manera que habrá que buscar otra salida”. Volberg y D´Anunzio, jóvenes y exitosos, comparten con sus compañeros de generación esta angustia por el futuro que ellos mismos están construyendo. No ven claro que su prosperidad actual desemboque necesariamente en un progreso constante a lo largo de sus vidas. Por eso enuncian una necesidad nueva: la de establecer alguna forma de trabajo por cuenta propia si quieren garantizar para ellos un mínimo de estabilidad pasados los 40 años. Esta forma de enfrentar el futuro, como algo por inventar, prolonga, de alguna manera, el modo de trabajar a la que se han acostumbrado, en la que la creación de alternativas y el aporte de soluciones es una constante. Cabe preguntarse si sólo los jóvenes profesionales tienen inquietudes de esta clase. Pulizzi, de Aguas Argentinas, lo desmiente. “Trabajamos con obreros, gente de escasa preparación educativa, en su mayoría jóvenes, pero creímos desde un comienzo que era posible incentivarlos a crecer dentro de la compañía. Los resultados han sido magníficos: si se los trata de igual a igual, si verdaderamente se les propone integrarse en un trabajo colectivo, donde la responsabildad por el resultado final es de todos y cada uno, y se les ofrece la compensación adecuada y los medios para crecer, se obtiene una evolución personal indudable, con gran compromiso en el trabajo, inventiva, responsabilidad y creatividad, y una excelente labor en equipo”, dice, para confirmar que las expectativas a las que responde este grupo de edad -mayor autonomía, más responsabilidad personal, más creatividad y más disposición al cambio y la invención- se repiten en varios de los estratos que lo componen. “Lo que hay que averiguar hoy con los jóvenes es qué les gusta hacer, y coordinar esto con las necesidades de la empresa. Entonces todo marcha bien. Porque ya no conciben el trabajo como un deber sagrado; les importa hacer algo que los enriquezca, y son conscientes de que agregan valor con su trabajo. Los jóvenes de hoy son, en este sentido, más autónomos: están casados con su oficio, con su profesión, no con la empresa”, señala Pulizzi. Calidad (y cantidad) de vidaLo que quizá perciban con más urgencia los jóvenes profesionales que desempeñan cargos directivos es la presión que la competencia ejerce sobre su calidad de vida. Ansían tranquilidad, tiempo para sí mismos y para sus afectos, “parar la pelota, como hicieron nuestros padres en cierta etapa de su vida, para seguir trabajando y produciendo, pero poder también disfrutar con tranquilidad”, dice Volberg. “A este ritmo, dentro de diez años voy a estar enferma”, se alarma D´Anunzio, y agrega que esta preocupación por la salud es un fenómeno generalizado; “por eso la empresa trata de establecer programas antiestrés, a través de la bioenergética, por ejemplo”. “Empezamos a sospechar que hay un aspecto de la calidad de vida que no está considerado en esta forma de enfrentar el trabajo y la prosperidad”, señala Volberg. D´Anunzio acepta que “todavía identificamos calidad de vida con confort: estamos todos detrás del departamento, el auto, el microondas, el televisor, la video, el compact, y quizás en ese orden”, ironiza. Volberg afirma, por su parte, que la comodidad y la belleza son lo importante a la hora del consumo, y no la moda y las marcas. Pero acto seguido concede que “las marcas invierten para producir calidad y belleza, y eso se nota, de modo que muchas veces lo más lindo es de buena marca”. Las exigencias de consumo no vienen sólo por ese lado, porque los jóvenes de 30 son fanáticos de lo natural: en la comida, en la diversión, en las vacaciones. “Somos bichos de oficina y por eso, cada vez que podemos, salimos al aire libre”, explica Volberg. Algo que, a su vez, requiere dinero, sobre todo cuando se trata de visitar lugares exóticos o hacer trekking en los Andes. Deportes, gimnasia y naturaleza forman parte de los hábitos de este colectivo que trae consigo desde la adolescencia un interés creciente por el ambiente. “Es una tentación tirar la basura por ahí, pero si cada uno de nosotros no aporta al cambio de estado de las cosas, el cambio no se producirá nunca, porque no es mágico: se hace con la participación de todos nosotros”, afirma Volberg. Exigidos y exigentesEste breve recorrido muestra con claridad un aspecto del perfil de este grupo exigido y exigente. Brieske, del City, lo define en pocas palabras: “Son muy ambiciosos, saben que se requiere de ellos lo mejor y para eso se preparan; saben que su futuro depende solamente de sí mismos, pero también -por eso mismo- son muy exigentes con la organización para la cual trabajan: quieren resultados pronto. Ningún joven de esa edad está dispuesto a esperar cinco años para lograr una promoción dentro de la empresa, como era cosa corriente hasta la década del ´80. Ahora, tras dos años de desempeño exitoso en un mismo puesto, con un mismo sueldo y las mismas responsabilidades, empiezan a sentirse incómodos”. Pulizzi, de Aguas Argentinas, opina algo parecido. “Aceptan las exigencias de la empresa y responden muy bien a ellas, siempre y cuando no se los trate de modo autoritario, sino participativamente. Pero también demandan mucho: no se conforman con promesas, como antes: quieren resultados contantes y sonantes. ” A lo que Dimaestre agrega que “hay que enseñarles a tener paciencia: tienen tendencia a querer saltar las etapas intermedias: suelen no percibir con claridad que los progresos son lentos y requieren maduración; se los ve ansiosos, voraces de progresar, y hay que bajarlos a la tierra”. Y agrega que esta actitud está fomentada por la existencia de ciertos fetiches: “Hay que desmitificar un poco oficios como las finanzas y el marketing, que se sobrevaloran en detrimento de las labores productivas, ingenieriles, de campo o de planta, a las que no se considera capaces de brindar oportunidades de hacer carrera o acceder al liderazgo”. El perfil exigente de este grupo también se manifiesta a la hora de opinar sobre la política y los políticos: “En un mundo regido por la competencia y la calidad, ellos no parecen estar a la altura de las circunstancias”, dicen. “No muestran tener la honestidad necesaria, el indispensable compromiso con su trabajo, que es servir a la comunidad, y cuando la tienen, no cuentan, a menudo, con la preparación suficiente. ” Y aunque no ven la vía de solución, consideran que hay algo indiscutible: la necesidad de la democracia como régimen de vida dentro del cual buscar las soluciones. “Absolutamente indispensable”, “incuestionable”, “es imposible pensar en nada sin ella”; “es la condición para todo lo demás”, fueron algunas de las expresiones con las que la calificaron. La vocación por la participación y por el trabajo en equipo, el afán de educación permanente, la conciencia de la responsabilidad personal y de los derechos individuales, el respeto por la opinión ajena, las dudas frente al futuro y la percepción inequívoca de que hay que “inventarlo”, aunados al amor por la naturaleza y las ansias de paz quizá contribuyan a explicar una incomodidad subyacente, que se manifestó directa e indirectamente a lo largo de esta investigación: “Creemos indispensable garantizar un mínimo de confort y de acceso a la salud y a las oportunidades de educación para todo el mundo: no es posible la democracia ni es posible el progreso sin ello, pero además es muy feo vivir en un mundo donde la mitad de la población vive en la pobreza y sufre y se violenta por ello”, dijo Volberg, con palabras muy parecidas a las que empleó, por su lado, D´Anunzio para referirse al tema. Ambos señalaron, además, que comparten este estado de ánimo con sus amigos y colegas de la misma edad. La parejaLos jóvenes de 30 son también algo distintos en lo que se refiere a sus proyectos de vivir en pareja. Creen en ella, y en la capacidad de enamorarse y convivir. Pero ya no se plantean como exigencia que dure la vida entera (“al menos mientras no haya hijos”). Y, en la misma línea participativa que se manifiesta en otras áreas, consideran, ellos y ellas, que el hogar es una tarea de ambos y los hijos una ocupación de a dos. Entre ellos es ya mucho menos frecuente la visión machista del varón que no cría a los hijos o no se siente apto para ello y feliz de hacerlo. La mujer, por eso mismo, se ha transformado en un miembro económicamente autónomo en el seno de la pareja. “No tenemos ningún problema con los varones a ese respecto. Lo que sí ocurre todavía es que se sienten mal si tienen un puesto de menor jerarquía y con menos salario”, reconoce D´Anunzio. Y asegura que se trata de una autoexigencia de los varones: “A nosotras ya no nos importa eso, creemos que las cualidades importantes en un hombre, las que lo hacen atractivo y digno de ser amado son otras. El que una gane más o tenga un puesto de mayor responsabilidad es una circunstancia. Creo que muchas mujeres estarían felices de ser el sostén económico principal del hogar mientras sus parejas o maridos se ocupan más tiempo de los hijos y de la casa, o del cultivo espiritual de la pareja y la familia”, sostiene. También en este terreno, los varones y mujeres de 30 son agentes de cambio de los que aún cabe esperar mucha novedad y mucho fruto.
Nadinne Pavlovsky, 28 años
Gerenta del programa de recompensa para los socios de American Express
Terminó su bachillerato en Washington, “en uno de los diez mejores colegios de Estados Unidos”. Empezó allí mismo la universidad, pero pronto volvió a la Argentina, para seguir y terminar la carrera de Administración de Empresas en la Universidad Católica. Empezó a trabajar como coordinadora de promociones. Luego pasó a una empresa de cosméticos, donde se dedicó al desarrollo de nuevos productos. Desde allí, desembarcó en el área de marketing de Shell. En 1993 ingresó a American Express. Su elección de la carrera fue producto de la combinación de la vocación por trabajar en empresas, el interés por la matemática y el análisis de datos, y la inquietud creativa, todo lo cual, dice, terminó orientándola hacia el marketing. Ve su futuro profesional próspero y claro: “American Express es una compañía que promueve a la gente joven y no discrimina para nada a las mujeres, de modo que veo aquí un horizonte muy amplio”. “Esto es bueno, porque una de las dificultades que tenemos los jóvenes es que somos muy impacientes, y queremos resultados ya, llegar lo antes posible adonde queremos llegar”, confiesa. “También somos muy autoexigentes, y a veces esto no nos deja disfrutar de lo bueno que hacemos. “En cuanto a su futuro personal, afirma que quiere seguir creciendo como madre de su hija de cuatro años y como persona, porque “nunca se termina de aprender”. Pero no se pregunta por su futuro a largo plazo: “Vivo al día; a lo sumo de aquí a cinco años”. De todos modos, percibe que el mundo está “cada día más competitivo” y supone que sus hijos tendrán que lidiar con una realidad mucho más difícil que la propia, que a su vez le parece más difícil que la de sus mayores, pero más rica y más libre. Por eso se preocupa mucho por la calidad de vida, que consiste en “mantener el equilibrio entre la vida personal (con los hijos, la pareja) y la vida profesional con todas sus exigencias. Lograr esa armonía, ese equilibrio, es la base de la calidad de vida. También comer mejor, vivir en lugares tranquilos. Todo eso es esencial para compensar el estrés de la competencia”. Su valor prioritario es la familia: “Es el soporte de todo: si uno no tiene una familia que lo pueda apoyar o ayudar cuando está mal. “También cita la verdad, la ética, la integridad. “Podría privarme de casi todo lo material, pero no podría dejar completamente de trabajar ni, por supuesto, de ocuparme de mi hija sin ser infeliz”, reconoce. “Y ser feliz es el sentido de la vida. ”
Pablo Del Campo30 años
Director general creativo de Lautrec Nazca
Estudió en la Escuela Superior de Publicidad, en la carrera de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Buenos Aires, y cursó una especialización en Creatividad en la Asociación Argentina de Agencias de Publicidad. Dejó las aulas de la UBA para iniciar su carrera laboral con un entrenamiento en Casares Grey, donde llegó a ocupar el cargo de director creativo. Hace un año, emigró a Lautrec Nazca. Y sus ambiciones profesionales son claras: “Quiero seguir en creatividad, y llegar a tener mi propia agencia, o asociarme a alguna”. “Mi diversión favorita son mi mujer y mi hija (me casé hace un año). También juego al tenis y al paddle, voy al cine con bastante frecuencia y disfruto de toda clase de música. “La calidad de vida, dice, “es divertirse, estar relajado, encontrar satisfacción en el propio trabajo y tener una vida muy intensa, en la que le pasen a uno muchas cosas. Al final del día hay que poder decir que uno vivió algo interesante”. En cuanto a su relación con la naturaleza, dice amarla lo suficiente como para emprender un cambio fundamental en su vida cotidiana: “Me estoy mudando lejos del centro, a San Jorge Village”. Sostiene que su generación va a vivir mejor que la de sus padres: “Somos más ambiciosos y cortoplacistas, y menos sumisos”. “También es cierto que ser joven está de moda, y eso es una ventaja. ” Pero no ignora el lado oscuro del asunto: “Creemos que por ser jóvenes tenemos más derechos. Además, nos cuesta hacer las cosas paso a paso y, por eso, a veces, tratando de saltar, caemos al vacío”.
Liliana D´Anunzio31 años
Coordinadora de entrenamiento y desarrollo de Xerox.
En 1982 terminó la secundaria en el Instituto General Belgrano. Seis años después se graduó como licenciada en Relaciones del Trabajo en la Universidad de Buenos Aires. Trabajó como docente mientras estudiaba. En 1990 ingresó a Seguros La Patagonia, como asistente de recursos humanos. Un año después debutó en Xerox con el cargo de analista de Administración de Personal. Entre 1993 y 1994 cursó un posgrado en Idea, donde obtuvo su maestría en Administración de Empresas. En enero del año pasado fue ascendida en Xerox a su actual puesto. “Siempre tuve como objetivo, mientras estudiaba, el área de capacitación y desarrollo”, dice. “Elegí la carrera de Recursos Humanos porque no me atreví a estudiar abogacía y porque creía que para la arquitectura -mi otra vocación- hacía falta tener una habilidad innata para el dibujo, de la que carezco. Hoy sé que no es así. “A pesar de estas dudas iniciales, encuentra sentido a lo que hace porque promueve el crecimiento personal. Además, le apasiona enfrentar el desafío de generar cambios. Piensa que podría renunciar a los viajes de placer y al auto (“aunque me costaría trabajo”), y seguir siendo feliz, pero que los afectos y la autorrealización son cosas irremplazables.
Javier Volberg 29 años
Controller de Microsoft
Se recibió de bachiller en la escuela Antonio Mentruit, de Banfield. Hizo la carrera de contador público en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora y cursó el master en Business Administration en el Cema. Logró una beca a través del International Student Exchange Program, que le permitió estudiar en la School of Business Administration de la Universidad de Rochester. “Me gustaron siempre los números y cursé el master porque la carrera no era suficiente formación para enfrentar la complejidad de los negocios en general”, dice. Además del trekking, que lo fascina, practica con pasión el windsurf y cultiva a los amigos como una de sus diversiones favoritas. La honestidad y la amistad son sus valores principales y define la calidad de vida como la posibilidad de “hacer lo que a uno le gusta” y tener tiempo para dedicarles a la amistad y al amor. Volberg acepta que para seguir siendo feliz no podría privarse completamente de nada de lo que tiene o hace. “No me pregunto por el sentido de todo ello. Simplemente lo vivo. ”
