La distimia es un conjunto de trastornos del estado de ánimo que suelen atribuirse a la anemia, el estrés o el cansancio
crónico. Los síntomas más frecuentes son: fatiga, malestares indefinidos, tristeza o melancolía crónica, bajo nivel de
tolerancia a la frustración, fobias, aislamiento social, irritabilidad o enojo permanentes, trastornos del sueño, problemas
gastrointestinales, abuso del alcohol, drogas o medicamentos, ataques de pánico o ideas de suicidio.
Las manifestaciones no son, al principio, particularmente notorias, pero progresan y hacen de la distimia una enfermedad
grave a largo plazo. Pueden pasar diez años desde el comienzo de la enfermedad hasta que el paciente es verdaderamente
reconocido como tal y recibe un diagnóstico y un tratamiento adecuado.
Se calcula que 3% de la población mundial incluida la Argentina sufre de distimia, lo que lleva a que en Estados
Unidos se gasten US$ 31.000 millones anuales en la asistencia de personas con depresión, la mayoría de las cuales no fue
diagnosticada ni tratada adecuadamente en el inicio de la enfermedad.
La reclasificación de la depresión neurótica en distimia representó un importante avance de la medicina psiquiátrica.
Desplazó claramente a la enfermedad fuera del ámbito de los trastornos de la personalidad lo que significaba que no
respondía a los antidepresivos y que era difícil de tratar y la situó entre los trastornos del ánimo, lo cual significa que
puede tratarse con psicofármacos o psicoterapia.
Para que la distimia sea considerada como tal, el paciente debe haber sufrido un estado depresivo por lo menos durante dos
años. Uno de los hechos que apoyan el diagnóstico de la distimia es que los trastornos afectivos no se hayan interrumpido
por más de dos meses, es decir que la cronicidad sea prácticamente continua. Casi un tercio de los pacientes distímicos
estudiados tienen por lo menos un familiar directo con síntomas de depresión, lo que indicaría una predisposición genética.
A las dificultades para identificar claramente el cuadro se suma la actitud de muchos profesionales que la consideran una
depresión menor, poco peligrosa para la calidad de vida y la supervivencia del paciente. Dos de cada tres personas que la
padecen nunca buscan ayuda porque creen que ese bajón constante que sienten es, sencillamente, parte de su
personalidad.
Para Roberto Fernández Labriola, presidente del Capítulo de Psiquiatría Biológica de la Asociación de Psiquiatras
Argentinos (Apsa), la distimia es como un ruido de fondo que día a día socava la calidad de vida de los enfermos y
predispone a enfermedades y conductas autodestructivas. Los médicos clínicos detectan entre 20 y 30% de las conductas
por síntomas de distimia, sin que la mayoría de ellos o los pacientes sepan de qué se trata.
El diagnóstico debe rastrearse por debajo de otras problemáticas. Es probable que un porcentaje nada despreciable de
jóvenes adictos a drogas, estimulantes como la cocaína y alcohol estén, sin saberlo, automedicándose por distimia, afirma
Fernández Labriola.
Al calificarla como enfermedad crónica, generalmente mal diagnosticada y tratada, puede pensarse que la distimia es casi
incurable. Pero no es así. Una de sus causas es el desequilibrio entre las sustancias químicas que comandan parte de la
actividad cerebral. Hay enzimas y neurotransmisores (noradrenalina, serotonina, dopamina) que intervienen en los estados
de ánimo y, por ende, en los trastornos de este tipo. Existen drogas eficaces para corregir el desequilibrio químico. La
moclobemida, por ejemplo, presenta el menor nivel de efectos colaterales, y por su acción sobre las enzimas del sistema
nervioso central produce una oferta armónica de las distintas neurosustancias involucradas en la distimia, afirma
Fernández Labriola.
Antes las Grasas, Ahora el Estrés
En el campo de las enfermedades circulatorias hay una buena noticia: los cambios en los hábitos de alimentación
(básicamente, el menor consumo de grasas e hidratos de carbono), la popularización de los deportes y el ejercicio y
los avances de los tratamientos clínicos han mejorado notablemente el panorama.
Pero, en contrapartida, crece la incidencia del estrés, un factor cuya importancia recién comienza a ser comprendida y
evaluada.
Estudios realizados por el ejército norteamericano revelaron que soldados muy jóvenes, de 18 a 20 años, que estuvieron en
situaciones de guerra, padecían arterioesclerosis, una afección que normalmente se presenta después de los 50, señala
Roberto Simkin, especialista en cirugía vascular, profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires y
presidente de la Sociedad Panamericana de Flebología. No hay duda de que el espasmo arterial que produce el estrés puede
provocar trastornos arterioescleróticos.
Simkin, quien fue recientemente designado secretario para América latina de la Unión Internacional de Angiología,
advierte que, en materia de problemas circulatorios, los hombres pueden presentar trastornos más graves que las mujeres
porque no prestan atención a una enfermedad a la que, erróneamente, suele asignarse poca importancia: las várices. Por una
cuestión estética, las mujeres se ocupan de tratar el problema. Los hombres, en cambio, tienden a dejarse estar. Y las
complicaciones de las várices suelen ser más severas que lo que se cree; por ejemplo, flebitis, trombosis e incluso embolia
pulmonar.
Invierno a la Italiana
En el amplio recetario de la comida italiana se destacan algunos platos que, por sus ingredientes y composición, pertenecen
a un clima y a una estación precisos. Fiel a la tradición del norte de Italia, el Ristorante all´ Italiana prepara para sus
comensales humeantes umidos (guisos), olorosos brasatos o spezzatinos (carne marinada en vino tinto, verduras y tomate),
rissottos y soleadas polentas con hongos y codorniz, entre otros platos de antigua costumbre. Para saborear durante el
invierno y recuperar el paraíso perdido de los viejos sabores familiares, en un rincón de Palermo Viejo: Cabrera y Bonpland.
