viernes, 1 de mayo de 2026

    Hacia la sociedad de la comunicación

    Medido en relación con el conocimiento que posee la sociedad de hoy en día, el individuo en particular es cada vez más ignorante. En términos relativos, se entiende. Asumamos por un momento que el Dante era un hombre culto, instruido. Tenía toda la posibilidad y capacidad para asimilar la totalidad del conocimiento de su época. En el siglo XIII, la entonces muy prestigiosa biblioteca de la Sorbonne de París albergaba nada más que 1338 tomos que Alighieri podría haber leído y estudiado en su totalidad.

    Eso hoy sería un total imposible. Una utopía.

    La biblioteca del Congreso de los Estados Unidos -que gusta llamarse “el depósito más grande y accesible del conocimiento humano”- cuenta con cerca de 100 millones de obras, entre libros, manuscritos y casetes. Así y todo, esa impresionante cantidad de información que allí está almacenada es sólo un extracto de la accesible a la humanidad hoy en día.

    Y este aumento exponencial del conocimiento no se detiene. A través de los últimos 15 siglos, el mismo aumentó 200.000 veces más rápido que la población. Los expertos parten del supuesto de que la mayor parte del conocimiento relevante en la actualidad tiene menos de 10 años de antigüedad, y que 90% de todos los científicos que pasaron por este mundo aún viven.

    Este deseo básico de la gran mayoría de las sociedades de progresar en todos los órdenes de la vida, sumado a su eterna curiosidad, y valiéndose de las posibilidades cada vez más amplias de su propia creatividad -la tecnología electrónica-, lleva a que el ser humano haga lo que tiene que hacer: producir más y más información. Más y más conocimiento.

    El flujo constante de informaciones que nos llueve a diario arrincona al individuo en un callejón en el cual se ve en la constante necesidad de decidir acerca de lo que debe saber y de lo que puede prescindir.

    Es justamente esta presión sobre qué es lo importante y qué no lo es lo que agrega la cuota de estrés en la carrera del éxito de cada persona.

    Hoy nos enteramos al momento del ternero de 5 patas nacido en Tombuctu, de cada mal paso dado en Hollywood y de todo asesinato escabroso que se produce en cualquier lugar del globo. Sin embargo, cuando el comunismo entró en estado de quiebra fue como un shock y nadie lo pudo creer.

    Los norteamericanos, que son los reyes de las expresiones idiomáticas, dicen “we are overnewsed but underinformed”, que vendría a ser algo así como que “estamos sobreanoticiados pero desinformados”.

    Vale la pena reflexionar sobre esto. Porque los medios son la principal artillería que nos bombardea a diario con nueva información. ¿No será que finalmente logran el efecto contrario al que se han propuesto?

    Si un ciudadano activo, informado, es el objetivo último de la sociedad de la información, ¿por qué entonces en los países donde las elecciones no son obligatorias, como Estados Unidos o Alemania, la participación del electorado es cada vez menor? Investigaciones han demostrado que la participación

    de los votantes en los Estados Unidos es en la actualidad menor que hace 50 u 80 años, cuando no existían tantos medios y cada hogar contaba a lo sumo con un solo receptor de radio.

    Michael Traber es un autor inglés que hace un par de años escribió un libro que tituló “El mito de la Revolución Informativa: La información es la respuesta pero, ¿cuál es la pregunta?”. En él afirma que el mito de la sociedad de la información se autopromueve ad absurdum. ¿Por qué? Porque los medios conducen al vacío al dar respuestas a preguntas que nadie se hace. Se tornan irrelevantes, conducen al error y en el peor de los casos sirven a los fines de la propaganda política.

    Sin embargo, hay que reconocer también que no hay medio más fascinante, más seductor y de mayor penetración que la televisión. Por razones de tiempo y de orden técnico, la TV no puede mostrar más que pantallazos de lo que sucede. Flashes de la realidad. Es como un estroboscopio del mundo.

    Exigirle más, que muestre toda la realidad, es un imposible. Una cobertura objetiva de la realidad exigiría visiones diferenciadas que la televisión no está en condiciones de suministrar. Aun cuando quisiera hacerlo.

    El problema no es que los medios no sepan que la objetividad absoluta es imposible. El problema es que la audiencia no lo sabe, y consume lo que recibe como si lo fuera.

    En el reino de la máquina hemos sido catapultados del mundo del conocimiento al mundo de los datos, y cada vez es mayor la brecha entre estos datos y nuestra capacidad de encontrarle sentido a lo que sabemos.

    Una explicación posible es que todo se reduce a nuestro afán de vivir más, de querer ganarle al tiempo -la única dimensión que el hombre nunca ha podido dominar-. Inconscientemente queremos saber todo de todo en todo momento, porque tenemos miedo de que no nos alcance el tiempo para contarlo. Y así es como lo banal asume la categoría de importante.

    De un mundo dominado por el dinero y la fuerza bruta entramos en otro en el cual los factores dominantes son la rapidez y el volumen de las informaciones, la utilización masiva de la electrónica, la despersonalización de las decisiones y la desnacionalización de los poderes.

    Todo este mundo de datos e imágenes útiles o volátiles conforman nuestra sociedad actual de la superabundancia informativa. Una sociedad en la que se confunde información con comunicación, como si fueran la misma cosa. Pero la comunicación presupone interacción, presupone un intercambio de ideas. Y si no hay intercambio de ideas no hay debate.

    Pero el debate es esencial en el sistema en que vivimos, porque la democracia requiere que la opinión pública debata para saber y sepa para debatir. De lo contrario -sin una dialéctica de la información-, lo que queda es mera manipulación.

    En 1952, hace más de 40 años, dos profesores norteamericanos -Carl Rogers, docente de Psicología en la Universidad de Chicago, y F. J. Roethlisberger, docente de Relaciones Humanas en la Escuela de Negocios de Harvard- escribieron un artículo que con el tiempo se constituyó en un clásico en la

    materia. La nota llevó el título “Comunicación: el arte superior de saber escuchar”.

    La verdadera comunicación -dice Rogers- se logra cuando abdicamos de la tendencia y tentación de prejuzgar y escuchamos atentamente a nuestro interlocutor. Esto es: analizar la expresión y lo expresado por el otro desde su propio punto de vista, tratando de entender lo que representa para él y cuál es su marco de referencia. Esto que llamamos empatía, y que suena un tanto ridículo por lo obvio, no lo es. Lo que yo quiero rescatar de esta tesis es la necesidad de la constante reflexión sobre el mensaje y su emisor. En la sociedad de la sobreinformación, del estrés informativo, ya no queda tiempo para identificar la información útil de la superflua. Mucho menos, de pensar en la intención de quien emite tal información. De tanto querer “ganarle” al tiempo, nos quedamos sin él.

    Es importante dejar en claro que cuando hablamos de información, no necesariamente estamos hablando de conocimiento y mucho menos de comunicación. Occidente vive en la actualidad una etapa de transición: estamos en camino de volver a ser una sociedad interactiva. Las nuevas tecnologías harán cierto el uso de canales directos, como el de los informativos con posibilidades de repreguntar, el voto calificado por vía electrónica o las investigaciones de opinión con muestreos millonarios.

    El ciberspace y la realidad virtual nos llevarán el hipermercado en tres dimensiones al living de nuestra casa. Las góndolas no sólo nos mostrarán los productos sino también nos permitirán comparar las marcas, sus precios y, con un solo toque en la pantalla, tendremos 24 horas después todo en casa y descontado de nuestra cuenta bancaria. ¿Utopía? Nada de eso. En Orlando, Florida, ya se está ensayando. Su nombre: “Teleshopping Interactivo”. Es sólo un ejemplo.

    La interactividad nos permitirá elegir, reflexionar sobre el mensaje y sobre lo que elegimos, y nos permitirá dar una respuesta cuando estemos dispuestos a darla. En otras palabras: nos permitirá comunicarnos los unos con los otros. A los individuos con las multitudes y viceversa. La interacción personalizada de las masas nos convertirá en una sociedad nuevamente comunicada, en la sociedad de la comunicación. Y además nos devolverá el tiempo, no el que perdimos, sino el que la sociedad de las informaciones nunca nos dejó tener. Ese tiempo que, como solía decir Homero Expósito, “es un bien tan caro y tan preciado que lo pagamos con la vida”.