En la última década del siglo XX, la promocionada privatización de los elefantes despertó un extraño cosquilleo en la esperanza de algunos argentinos. No quiero, con esta afirmación, despertar la ira de los siempre sensibles ecologistas ni lastimar la vanidad de los escritores de ciencia ficción. Pretendo,
simplemente, recordar aquella Argentina lejana de hace casi 40 meses, en la cual Entel, Segba, Somisa, YPF, Gas del Estado, Obras Sanitarias y alguna otra hermana menor integraban el panel de las líderes en la angustia y la frustración cotidiana de resignados y anónimos usuarios.
Pero, en esta sociedad que supimos conseguir, se visualizan tres generaciones con usos y costumbres propios que conviven pacíficamente en el mismo terreno sin tocarse. A los jóvenes en serio, es decir: los hijos de los que se sienten jóvenes -pero no lo son-, esta película de los elefantes privatizados ni
fu ni fa. No van -por ahora- al cine de la realidad cotidiana, pues el espectáculo irrepetible de su propio mundo es mucho más fascinante y con códigos más descifrables. Los viejos de verdad -es decir, los padres de los que no son jóvenes- tampoco compran entradas en el cine de las privatizaciones, y no sólo por el precio, sino porque esta película ya la vieron, algunos dos veces, de
atrás para adelante y en cámara lenta. Entonces, el nicho del mercado -diría mi amigo el marketinero- es 35/55, y no se trata de una nueva FM sino de la edad de los que importan. Ese es el público; vamos, corran, hay que atraparlo antes de que sea tarde.
La década del ´70 condenó a buena parte de esta generación a salvar la propia vida. El terrorismo abrió fuego cruzado y a dos puntas sobre quienes se despertaban de una siesta ideológica, tan romántica como improductiva. Los ´80 obligaron a un esfuerzo descomunal para poner a salvo las pertenencias; no corría peligro la vida, estaba en juego lo conseguido en años de trabajo. Los ´90, en cambio, los sorprenden hablando de ecología, privatizaciones y derechos del consumidor. No es una generación difícil, tampoco fácil; tiene historia suficiente como para aspirar a un futuro apasionante.
Los elefantes, ahora privatizados, prefieren el look puma, reacción rápida, agilidad, buena capacidad de maniobra, velocidad para tomar decisiones y excelente identificación de sus clientes, a los cuales deben apresar con un servicio confiable y en precio; hay que seducirlo y todas las herramientas son
válidas.
La cancha está marcada, las reglas y los objetivos del juego también, los equipos bien definidos: clientes (ex usuarios) por un lado, empresas (ex elefantes) por el otro, nadie pudo cantar todavía renda superada y tal vez no lo hagan por mucho tiempo; es un deporte complicado y para casi todos desconocido.
Hay que pasar de la empresa secreta a la empresa discreta, para luego sí buscar la empresa ética que quienes militamos en la generación 35/55 casi no conocemos. Dejar de lado los vicios del oscurantismo, creer en el cliente y cuidarlo, ejercer el servicio y no declamarlo, ser profesionales y apasionados descartando el voluntarismo sin oficio, aplicar sentido común e informática en igual proporción, manejar la información sin secretos de Estado, ser un planeta en un sistema y no el sol único e irremplazable. Comunicarse por rutas de doble mano dejando siempre un carril libre -sin peaje- para poder escuchar al otro es útil y además crea un hábito saludable: permite confiar, exigir y
seguir creyendo.
