Son las 10 de la mañana y hace dos horas que Enrique Pescarmona, ahora con 36 kilos de menos, está sacándole la punta al lápiz para revisar la cotización de un puente grúa que quiere vender en Hong Kong. Su oficina, en Catalinas, con un ventanal desde donde se domina el puerto, es un hervidero. Dos ingenieros, enchufados a la PC, deciden sobre el puente-grúa. Otros consultan
velozmente sobre la fecha en que debe zarpar, desde Impsa Mendoza, una turbina para Yacyretá.
A las 12 lo condecorarán con la Gran Orden en la Embajada de Colombia, en reconocimiento a sus inversiones. A las 2 de la tarde almuerza con Alvin Toffler, a quien trajo especialmente para que visite la satelital Impsat, una de sus empresas de tercera ola que se dedica a las telecomunicaciones. El futurólogo quiere, como broche de su visita, conocer las dos plantas de Impsat en Mendoza. Se trata de una de las tres empresas del mundo que fabrica turbinas de alta tecnología, centrales hidroeléctricas que se venden llave en mano y los puentes-grúa de los que se abastece la Marina norteamericana.
A las 4 de la tarde, Pescarmona partirá con Domingo Cavallo de gira por Malasia, donde ya hizo pie.
Así, dicen, son sus días. Dedica sus noches a los telescopios que tiene instalados en sus dos residencias, en Mendoza y Buenos Aires: mira y trata de descubrir estrellas. Por esta inquietud personal es famoso en casi todos los grandes observatorios del mundo. Los fines de semana, cuando los tiene libres, se dedica a la caza, su otro hobby.
Quienes lo conocen bien, que son pocos, cuentan que Enrique Pescarmona genera cien ideas por día y que es difícil contenerlo. Y ahí estaba precisamente uno de los problemas de su grupo. Según apuntan sus competidores, discutía todo con todos, y eso generó una organización que se movía por impulsos. Ahora, gracias a los buenos oficios de la consultora Booz Allen & Hamilton, ya no se ocupa de todos los temas.
Sus oficinas son lo único que queda de su pasado como contratista del Estado: las tomó en pago de una deuda de Yacyretá. Desde que cambiaron las reglas de juego, Pescarmona transformó a su grupo, con ventas por US$ 500 millones anuales (la mitad generadas por Impsa y el resto por compañías de servicios) en una empresa global. Mendoza es una sucursal más y las 13 oficinas que
tiene por el mundo están interconectadas.
De esta manera, el ingeniero que presenta una oferta en la filial asiática de Impsa sabe cuáles son los precios con los que se manejan en Buenos Aires. Sólo así pudo sacudir a la competencia de las japonesas Mitsubishi e Hitachi y de la alemana Krupp, para colocar las grúas portuarias en el codiciado mercado malayo.
CUATRO MOSQUETEROS.
Lo primero que hicieron los consultores fue armar un holding, en el que Enrique Pescarmona es el director ejecutivo. Sus otros cuatro miembros son Gustavo Fazio y Eduardo Glezer (los dos con rango de gerente general), Francisco Valenti -el presidente de Impsa Asia que aprendió a hablar el mandarín, con tal de venderles a los chinos- y Ricardo Lange, presidente de Impsa Argentina.
Este grupo fue el primero en alzarse con una privatización. Consiguieron Austral durante el gobierno de Raúl Alfonsín. Después se la traspasaron a Iberia, socia de Pescarmona por poco tiempo en el negocio de Aerolíneas. De esa experiencia queda el fantasma de su controvertida imagen pública:
“Fue culpa de los sindicatos, que nos hicieron la guerra. Pero mi imagen ha mejorado”, afirma Pescarmona en una conversación con MERCADO. Pero, quizá por eso, apenas si se asomó al banquete privatizador: sólo se animó con las líneas de carga de los ferrocarriles San Martín y Urquiza.
HACER LA AMERICA.
El origen de Pescarmona es similar al de muchos otros industriales en la Argentina. Un humilde inmigrante italiano, Enrique Epaminondas Pescarmona, llegó a la provincia de Mendoza a principios de siglo con la ambición de hacer la América. Entrenado como mecánico, comenzó a trabajar en una fundición. En 1907 estableció su propia empresa y comenzó a cumplir su sueño americano con la producción de maquinarias para las firmas vitivinícolas de la región.
Ya eran protagonistas de la economía mendocina cuando dieron el gran salto adelante en 1945: la compañía obtuvo un contrato para fabricar barracas militares. Su segundo salto se registró hace 25 años, cuando Impsa empezó a desarrollar proyectos en un área clave de crecimiento: las grandes centrales hidroeléctricas.
Impsa está hoy en la escena internacional, abarca una amplia gama de bienes de capital (desde turbinas hasta componentes nucleares), y otras empresas de Pescarmona recogen la basura, transmiten datos por satélite, transportan cargas por tren y fabrican vinos de mesa.
Pero el grupo sigue bajo el estricto control de gente de la familia. En esta etapa, el timón está en manos de Enrique Pescarmona, el nieto del fundador, que es ingeniero con un posgrado en Economía. Sus hijos estudian en Harvard.
-En general, las empresas familiares no han entrenado a sus herederos para continuar la tarea. ¿Es éste su caso?
-Para mis padres, lo único que servía era el conocimiento. A mis hijos les doy todo lo que quieran pero les exijo, y mucho, en el estudio. Si sirven, los dejo en la empresa. Y si no, les dejo el lugar a los ejecutivos profesionales. Siento una responsabilidad social; no se le puede dejar a gente que no es capaz un grupo del tamaño, por facturación y nivel de empleo, como el nuestro.
-¿Cómo le fue a usted con sus padres?
-Estudié ingeniería y fui muy buen alumno, de 9 y de 10. Me recibí de ingeniero a los 22 años. Luego hice un master de Economía en España.
NIÑA MIMADA.
La estrategia internacional y de diversificación nació a principios de los ´70. Después, sobrevivió a lo que significó, para la industria argentina, la época de José Martínez de Hoz.
En esta nueva etapa, Pescarmona apunta a los servicios. Su niña mimada es Impsat, que transmite datos vía satélite y armó lazos con el continente (Venezuela, Colombia): hoy factura US$ 40 millones y se está preparando para aprovechar la oportunidad cuando a las telefónicas privadas se les termine
el monopolio.
El otro gran negocio despunta por el lado de la recolección de residuos: ya están listos para competir en la ciudad de Buenos Aires, cuando el año próximo, fenecido el contrato de Manliba, se llame a nueva licitación. Por lo pronto, una de las empresas del grupo, Lime, está en las ciudades colombianas de Cartagena y Bogotá, en San José de Costa Rica, en Victoria (Brasil) y en Jujuy.
-¿Qué le pediría al gobierno?
-El gobierno está actuando bien. Pero tiene problemas serios en las economías regionales por el lado de la falta de empleo.
-¿Cuál es, a su juicio, la solución?
-El desempleo es un problema de índole moral y muy serio. Pero, realmente, no le veo salida. Las soluciones son a largo plazo, y lo peor que se podría hacer es gastar más dinero que el que entra.
Tenemos que ir despacito por las piedras. Una alternativa para generar más empleo es ayudar a la industria exportadora.
-¿Está pidiendo otro dólar?
-No nos importa el tipo de cambio. Necesitamos que nos ayuden en lo financiero. Nuestra financiación para exportar no está en línea con la que tienen los otros países. Cuando la Argentina pueda financiar lo que vende a plazos y tasas internacionales va a exportar más y va a generar empleo.
-Pero en esta economía de libre mercado, ¿qué puede hacer el gobierno en materia de tasas y plazos?
-Muy poco.
Sin embargo, y a contrapelo de lo que se ve en el resto de los grandes grupos, los Pescarmona no piensan en endeudarse. Nada de Obligaciones Negociables, ni de abrir el capital que hoy permanece 100% en manos de la familia. “Nos arreglamos con lo propio”, aseguran.
VENDER UNA PROMESA.
“Cuando viajamos a Mendoza por primera vez para empezar a trabajar en Impsa, coincidimos con Luis Pescarmona (N de la R: el padre de Enrique, fallecido el año pasado). Iba estudiando inglés en el avión. Creo que ésa es una buena anécdota para entender cómo es el grupo que controla Impsa, una
compañía que entendió rápidamente lo que es operar en un mercado global.”
Agustín Castaño es el director de la consultora Booz-Allen & Hamilton que tuvo a su cargo el diseño de la nueva estrategia de Impsa. En una charla con MERCADO, Castaño relató que durante seis meses un equipo de la firma trabajó junto con la gente de Pescarmona y definió el foco de los negocios (las
turbinas), logró una mayor estabilidad en los procesos de producción (para eso armaron un comité ejecutivo por encima de todo y de todos) y generó una cultura orientada a la horizontalidad.
“Las transacciones horizontales sirven para que los gerentes no tengan que sentir hacia arriba la presión de la alta dirección y puedan tener autonomía en sus decisiones. Se trata de que la compañía funcione en tiempo y forma con la velocidad que requiere este contexto competitivo”, señala Castaño.
Antes de que desembarcaran los expertos de Booz Allen, había en Impsa demasiados proyectos en danza y cada una de las oficinas comerciales operaba en forma aislada. Hoy, Mendoza es una sucursal más.
Además, acomodaron los procesos de gestión en Mendoza para que cada gerente del exterior conozca y se maneje con la información que se genera en la planta industrial y pueda mejorar su propia oferta. También dotaron a Impsa de un director comercial a nivel mundial.
Hacia adentro de los cuadros de la compañía, quedó claro que, cuando se vende una turbina, lo que se está vendiendo, sobre todo, es una promesa. Durante 50 años el país comprador dependerá de ese proveedor para su generación energética. “Impsa lo entendió y empezó a mejorar su acercamiento
con sus clientes, estableciendo relaciones en todos los niveles y desarrollando su imagen con la opinión pública”, asegura Castaño.
RETRATO DE FAMILIA.
Enrique Epaminondas Pescarmona nació en Torino, Italia. Desde los 13 años trabajó junto a su padre en la fundición familiar que fabricaba piezas para la industria textil. Por las noches estudiaba en la escuela técnica, donde se recibió de mecánico. Llegó a Buenos Aires en 1906 y pasó su primera noche
en el Hotel de Inmigrantes.
En 1907 ya funcionaba en Mendoza su propio taller. Poco después construyó la primera moledora mecánica de uva y una miniturbina, aprovechando la energía hidráulica de los canales de la zona.
Pero el taller no pudo escapar de la crisis del ´30: cuatro años más tarde, en 1934, el Banco Nación les remató la maquinaria. Luis Menotti, el hijo mayor, fue el encargado de hacer resurgir la empresa.
Cuentan allegados a la familia que sus padres lo entrenaron en el arte de comprar: “Lo mandaban a la feria siempre con la misma cantidad de dinero y una lista de encargos que iba aumentando. Luis se las arreglaba siempre para imponer sus condiciones de pago”.
En 1938, y merced a los trabajos realizados para las reparticiones públicas, se logró el milagro: el taller volvió a reinar en Mendoza. En 1946 nace Impsa.
Luis cursó tres años en la Universidad Popular de Mendoza y recibió el título de maestro constructor.
Allí fue alumno de Benito Marianetti, el legendario dirigente comunista con quien debatía y llegó a cultivar una larga amistad. Luego de un paréntesis de varias décadas volvió a la universidad y en 1987 se graduó como contador público.
El 10 de abril de 1985 Enrique fue secuestrado en la zona norte de Buenos Aires y liberado 41 días después. Tras esa experiencia volvió con mayores ímpetus a su empresa, a la que este año logró ubicar el puesto 81º del ranking de MERCADO (5º en el sector metalúrgico) con ventas por $198,3 millones
y ganancias de $ 10,2 millones.
