Uno de los mitos más arraigados de la última década en la opinión y la literatura empresarial es que son las empresas pequeñas las que han demostrado capacidad de transformarse, de innovar, de revolucionar los mercados y, sobre todo, de asegurar buenos niveles de rentabilidad. Small is beatiful es el conjuro que se esgrime para la explicación final.
La tesis se vio especialmente favorecida por el derrumbe de grandes nombres, gigantes que colapsaron o debieron ceder posiciones de liderazgo. Pero, como ocurre habitualmente, la sabiduría convencional suele encontrar, entre sus contradictores, a la propia realidad cuando ésta es analizada más detenidamente.
Un aporte de singular valor es el libro que acaba de publicar Bennet Harrison en Estados Unidos (Lean and Mean: The Changing Landscape of Corporate Power in the Age of Flexibility). Su argumento es que la usina de crecimiento verdadero en el mundo son las “redes de producción” organizadas como negocios independientes, pero con estrategias coordinadas, por las grandes corporaciones internacionales.
Aunque parezca temprano para terciar en la disputa, hay dos elementos a tener en cuenta:
* La impresionante capacidad de recuperación de las grandes firmas internacionales que, con el respaldo de masivos recursos financieros y tecnológicos, están a la búsqueda de un nuevo estilo de conducción y de organización que les restablezca el liderazgo perdido o amenazado.
* El mundo de las pequeñas empresas es un gigantesca nebulosa. Comenzando por cómo o qué define a una “pequeña empresa”, cuando no hay coincidencia en los criterios definitorios, como número de empleados, volumen de negocios, o importancia del capital.
Lo cierto es que cada vez que se habla del éxito de la pequeña empresa se menciona a Italia o España, pero nunca a Japón o Alemania. Es cierto que un importante porcentaje de las exportaciones estadounidenses está a cargo de empresas con menos de veinte empleados, pero también lo es que no se ha estudiado en profundidad la propiedad de estas unidades de negocios o su vinculación con las grandes corporaciones.
En todo caso, muchas de las empresas que se mencionan como ejemplo de small is beautiful deben figurar, sin dudas, en la categoría de empresas medianas. Y aquí posiblemente resida la clave de dónde encontrar el motor innovador, en producción o en comercialización, capaz de generar crecimiento y rentabilidad.
Hay un punto donde se cruza esta conclusión con un reciente trabajo de la Harvard Business School Press sobre la dinámica de la innovación. Y es que, en muchos casos, son pequeñas empresas de otra rama de actividad las que introducen radicales innovaciones que transforman de plano a un sector.
En este campo, las grandes corporaciones padecen amnesia histórica, que se traduce en una persistente costumbre -iniciada en la Revolución Industrial- de subestimar o ignorar olímpicamente los cambios tecnológicos que pueden amenazar el corazón del negocio, tal como se lo conoce actualmente.
