viernes, 1 de mayo de 2026

    El dilema etico

    Las resonantes declaraciones de Carlo De Benedetti, presidente de Olivetti -el quinto grupo industrial del país- ante la justicia de Italia abren una nueva vertiente en el debate ético que hoy se extiende a ambos lados del Atlántico.

    Que la sorpresa fue mayúscula lo reveló el titular de un diario: “Hasta Olivetti págó”. El conglomerado dirigido por De Benedetti, que logró mantener 95% de sus negocios fuera de todo contacto con los poderes públicos, mantuvo una solitaria batalla contra la influencia política en la adjudicación de contratos, y la percepción pública era que tanto el grupo como su jefe eran víctimas de discriminación por negarse a pág. ar coimas.

    Sin embargo De Benedetti, quien sistemáticamente negó el pág. o de comisiones, decidió presentarse voluntariamente ante la justicia y asumir toda la responsabilidad por lo actuado por sus subordinados en cinco casos donde la empresa pág. ó comisiones ilegales. Hasta ese momento el debate era en torno de las vinculaciones entre corruptos del sector político y del sector empresarial, o, según otro enfoque, de la relación entre los corruptores que daban la coima y los corruptos que la aceptaban.

    La irrupción de Carlo De Benedetti supone una nueva tesis: en Italia era imposible sobrevivir sin pagar comisiones. Desde esta perspectiva, los empresarios son víctimas de un sistema perverso. Para preservar la vida de sus empresas, para mantener las fuentes de trabajo, a veces no les queda más remedio que pagar coimas. La defensa de Olivetti es que se resistió al pág. o de coimas todo el tiempo que pudo, hasta que fue imposible soportar la presión.

    Existe otro ángulo en esta cuestión. ¿Por qué De Benedetti hace la denuncia ahora y no cuando ocurrió la demanda ilícita? La respuesta es terminante: ” 1993 no es 1987. Entonces había un régimen en el poder”. Lo cual quiere decir dos cosas: el tradicional sistema político italiano está destruido y ya no se le teme como antaño; y, además, el momento es bueno para tomar la revancha de un poder corrupto que victimizó a los empresarios que quisieron actuar de manera honesta.

    Toda analogía es arbitraria y a veces caprichosa. Pero, en relación con las cosas que se escuchan en sordina en nuestro medio, ¿podría ocurrir que dentro de unos años, en una distinta circunstancia política, un empresario local se animara a denunciar que era imposible hacer negocios sin pagar comisiones a personajes del mundo político? Nadie podría desechar esa posibilidad.

    Volviendo a Italia, la intervención de Carlo De Benedetti prenuncia la aparición espontánea de muchos empresarios que, sea porque están en idéntica situación, sea porque intuyen la ventaja de un blanqueo preventivo, pueden desfilar próximamente ante jueces y fiscales. Simultáneamente, la Fiat, el primer grupo industrial italiano (dos de sus principales ejecutivos están involucrados en causas por coimas), acaba de adoptar un código de ética que debe regir las relaciones de sus empleados con los poderes públicos, funcionarios o dirigentes políticos. En todo el mundo industrializado, los códigos de ética, antes una excepción, gozan ahora de notable predicamento entre la mayoría de las empresas importantes.