En esencia, ¿qué pasó? Hubo un
gran susto y una minicrisis cambiaria -rápidamente superada-
que se originó en el desfasaje de los precios relativos,
pero que detonó por la percepción de riesgo explicitada
por los operadores financieros.
En verdad, una vigorosa reacción del gobierno
logró conjurar el auténtico peligro: un colapso
del sistema financiero. Pero nada aportó a la cuestión
de fondo. Sigue sin corregirse la estructura de los precios relativos.
Lo que significa postergar el tema central, indefectiblemente,
para algún momento
del año próximo.
Devaluación, la palabra prohibida, la que
no podía admitirse como hipótesis so pena de excitar
la ira del ministro de Economía fue, imprevistamente, el
vocablo preferido por la opinión pública durante
casi una semana, a mediados de noviembre, en la que se volatilizaron
US$ 300 millones de las abultadas reservas en divisas del Banco
Central.
El actual dilema de la economía argentina
se sintetiza en estos dos conceptos: 1) nadie ignora que la convertibilidad
no es eterna, inamovible; y
2) nadie sabe cómo salir de la trampa que
ella supone. La mera posibilidad de un cambio provoca una crisis
de confianza tan profunda que puede hacer añicos
este nuevo totém de la convertibilidad.
Más allá de las teorías conspirativas
que, como de costumbre, pulularon, lo cierto es que resulta evidente
para los agentes económicos que para nivelar la cuenta
corriente de la balanza de pagos en 1993 se impone un ingreso
de US$ 7.000 millones de capital externo. (El déficit comercial
se estima
en US$ 1.500 millones; el servicio de la deuda externa
según los términos del Plan Brady, en US$ 4.500
millones; y el déficit en la balanza de otros servicios
-especialmente el sector turismo- en US$ 1.000 millones.)
Los observadores económicos están conscientes
de lo difícil que será captar esa masa de recursos
el año próximo, en un contexto internacional de
aguda escasez de capitales. Más aún, si se consiguen,
queda pendiente saber a qué tasa de interés. Si
es alta repercutirá en el costo del dinero que habrá
que pagar internamente.
Tanto las empresas multinacionales como algunos bancos
decidieron que era tiempo de cubrirse frente al riesgo argentino,
y optaron por pasar buena parte de sus pasivos de pesos a dólares.
El razonamiento es que en algún momento el gobierno deberá
enfrentar el problema de fondo: el desequilibrio de los famosos
precios relativos.
La consecuencia de poner en marcha este "seguro
de cambio" fue el inicio de una corrida cambiaria.
El argumento más escuchado en esos días
-y en los que lo siguieron- era que el embate no podía
tener éxito, dada la magnitud de reservas en divisas acumuladas
por el Banco Central y la disposición oficial a vender
dólares a quien los requiriera. Pero hay una falacia en
el razonamiento: si a los
bancos se les hubieran reclamado los depósitos,
que a su vez habían sido prestados, y puesto que no hay
posibilidad inmediata de recuperar esos créditos, el sistema
financiero habría sido sometido a una inmensa presión
que podía haber terminado con algún derrumbe estrepitoso.
Peor aún, lo más grave que podía
ocurrir era que buena parte de los recursos que están hoy
en el circuito fueran a parar bajo el colchón o emigraran
al extranjero. El mecanismo ideado por las autoridades económicas
fue exitoso: si alguien se quiere cambiar de pesos a dólares,
puede hacerlo sin sustraer esos fondos del sistema financiero.
La reforma al sistema de encajes bancarios (en pesos o en dólares,
que tenderán a equipararse) apunta a ese objetivo.
Las nuevas medidas implican, en teoría, un
avance en el camino de la dolarización de la economía,
aunque éste sea un proceso lento y complicado.
Si el Ministerio de Economía hubiera querido
enterrar definitivamente el espectro de una devaluación,
habría debido optar por una dolarización total.
En la economía real hay dos grandes áreas
que trabajan en pesos: el pago de salarios y la recaudación
de impuestos. Si se acudiera a la devaluación para corregir
el nivel de los precios relativos, habría dos claros perjudicados:
los asalariados y el fisco. En cambio, si también se dolarizaran
los salarios, se angostaría mucho más la vía
devaluatoria, ya que el único perjudicado
sería el Estado.
La nueva situación plantea un interesante
problema: hasta la conmoción cambiaria de noviembre, el
gobierno tenía ante sí tres alternativas de acción:
la devaluación, la recesión, y el uso de una batería
de políticas públicas.
El primer mecanismo, la devaluación, tiene
todas las limitaciones ya expuestas. El segundo, la recesión,
es siempre posible (y es tal vez el caso de la profecía
que se cumple a sí misma). Aunque una recesión agudizaría
la "cuestión social" y provocaría una
caída en el ingreso fiscal. En definitiva,
menor demanda y menor consumo implican menos recaudación
tributaria.
Para que el parche aguante, la tasa de inflación
debería ajustarse a la de la inflación internacional
(en torno de 0,5% mensual, como máximo). En noviembre y
diciembre de 1991 se lograron esas metas:
0,4 y 0,6% respectivamente. Pero éstos suelen
ser los "buenos" meses del implacable índice.
Para saber qué pasará de verdad en 1993 hay que
esperar los indicadores de enero, febrero y marzo.
Queda una tercera opción: la utilización
de políticas públicas alternativas. Un buen ejemplo
es el reciente paquete de medidas anunciado por Domingo Cavallo
en el Teatro Cervantes. Protección frente a las importaciones
y estímulo a las exportaciones. Ese programa fue la primera
víctima del episodio cambiario de noviembre.
También se puede optar por políticas
más ortodoxas. En definitiva, la llamada flexibilización
laboral persigue la reducción de costos del trabajo. Cavallo
es un entusiasta de la búsqueda de políticas públicas
aplicables al momento. Está en contra de la devaluación
y también de la recesión. Pero hacer políticas
públicas puede obligarlo a transitar por veredas muy estrechas.
Si de verdad fuera un
ortodoxo dejaría venir la recesión
y que el mercado se hiciera cargo de las correcciones necesarias,
por dolorosas que fueran.
EL DICTADO DEL MERCADO.
La duda es si el gobierno tiene, de verdad, la posibilidad
de implementar este tipo de mecanismos. El mensaje de los mercados
fue categórico: si se aprueba lo que el mercado cree que
es bueno -como la ley de flexibilidad laboral y la de los fondos
de pensión- hay apoyo al programa. Si no, como en el caso
del paquete industrialista, la reacción será negativa
y acarreará conmociones importantes que pueden dinamitar
el programa de estabilidad.
Un ingrediente desafortunado del programa de estabilidad
(como antes ocurrió con el Plan Austral) es que todos los
beneficios se disfrutan en los primeros tiempos y luego, cuando
se perciben los efectos del ajuste, llega la hora de pagar. Pero
ningún gobierno lo "vende" con esta advertencia,
y todos prefieren sumergirse en la retórica del crecimiento.
A la hora de la verdad, deben enfrentarse con una explosiva combinación
de aspiraciones sociales, de perspectivas políticas y de
realidades económicas.
¿Cuánto durará la actual "normalidad"?
Hasta abril, dicen algunos; todo el primer semestre de 1993, según
otros. En lo que hay consenso es en que, inevitablemente, esta
situación deberá resolverse en 1993.
ENCUESTA ENTRE ECONOMISTAS.
Por primera vez desde que se inició el plan
de convertibilidad, las opiniones de los economistas y empresarios
están tan divididas sobre la paridad cambiaria entre el
peso y el dólar. Una encuesta realizada por MERCADO en
la reunión anual de la Asociación Argentina de Economía
Política, celebrada en la Universidad de San Andrés
durante la crisis cambiaria de mediados de noviembre, reveló
que 52,5% no considera que la paridad pueda modificarse en el
próximo año, mientras que 47,5% cree que sí.
El ex presidente del Banco Central Enrique Folcini
admite los costos que implicaría la ruptura, "pero,
profesionalmente, un economista no puede dejar de advertir el
atraso cambiario actual y la posibilidad de que aumente el año
que viene con una inflación mundial de 5%". Previene:
"Si la dispone el gobierno, significa que domina la situación
por difícil que sea, pero si la fuerza el mercado
el costo es mayor". Un razonamiento parecido
sustenta el ex colaborador de Juan Sourrouille, Roberto Frenkel,
desde su bunker del CEDES: "Una deflación de 40% es
imposible de afrontar. Ni Pinochet pudo hacerlo, pese a que Chile
tenía superávit fiscal. La situación amenaza
con entrar en una fase recesiva que provocará caída
en las reservas y contracción monetaria, con la consecuente
suba de la tasa de interés que traerá aparejada
recesión, crisis financiera y merma en la recaudación
fiscal".
El director de Macroeconómica, Mario Vicens,
reconoce que si bien el tipo de cambio tiene que subir, ya que
hoy equivale a 30-35% del nivel que exhibía en 1980, la
opción es de largo plazo: si se devalúa por los
métodos tradicionales, todo vuelve al pasado en virtud
de que el Estado no puede sostener la
paridad resultante.
Una y otra posición coinciden en diagnosticar
que en los dos años del plan de estabilidad los precios
de la economía crecieron en forma desproporcionada, beneficiando
a los sectores que producen bienes o prestan servicios no transables
internacionalmente, en desmedro de los comercializables en
el exterior. Según la oficina de Cepal en
Buenos Aires, desde el comienzo de la convertibilidad los precios
industriales retrocedieron 35,7% con respecto a los servicios.
Pese a las desmentidas y posteriores rectificaciones
del ministro Cavallo, la balanza comercial de este año
perfila ya un saldo negativo de US$ 1.500 millones (una cifra
casi equivalente al deficitario intercambio con Brasil). La visión
optimista de funcionarios de Economía es que en 1993, en
el mejor
de los casos, el resultado será equilibrado.
La corrida cambiaria del mes pasado mostró
que algunos agentes económicos tenían expectativas
diametralmente opuestas a las del gobierno. Contener el daño
costó US$ 300 millones de las reservas y la implementación
de un mecanismo por el cual se dolarizaron las cuentas bancarias
y los
encajes, por un lado, y se soltaron las tasas en
pesos de los pases, por otro.
A las entidades financieras con contactos en el exterior
se les abaratará el costo del dinero, ya que captarán
a nivel internacional, mientras que la banca nacional pequeña
y mediana se verá en figurillas para cubrir sus posiciones
con moneda local.
EL CONTEXTO INTERNACIONAL.
La mayoría de los expertos económicos
admite que el gobierno deberá hacer frente a dificultades
adicionales durante 1993 para sostener el pilar de la convertibilidad:
1) Una eventual guerra comercial entre Estados Unidos
y la Comunidad Europea -aun si se logra un acuerdo provisional
en el GATT- afectará todavía más las exportaciones
argentinas hacia ambos destinos y estimulará agresivas
políticas de penetración de productos desde esas
regiones del mundo.
2) El fortalecimiento del dólar y el alza
paulatina de las tasas de interés internacionales que vaticina
el último reporte del FMI dejarán al país
en desventaja competitiva. Ya en pleno despunte, consumieron la
mejora real de 5% en el tipo de cambio para el comercio exterior
dispuesta por el
equipo de Cavallo, a través de una batería
de reembolsos y de derechos, destinados a mitigar el sesgo negativo
de la balanza comercial.
3) La entrada en el Plan Brady obliga a amortizar
préstamos por US$ 4.500 millones a partir del año
que viene.
4) La dolarización del sistema financiero
y de los bienes que compiten dentro y fuera de las fronteras ata
la suerte de la inflación interna a cualquier medida cambiaria.
Aunque de todos modos ya se encuentra supeditada, en parte, a
la indexación de los servicios y de los salarios, que son
los que con su avance provocan el retraso del tipo de cambio.
LA DIMENSION POLITICA.
Pero más allá de lo que piense cada
uno y de las recetas que propicie, existe un contexto político
que, por primera vez desde que se implantó la convertibilidad,
confluye con la marcha de la economía. Así como
hasta mediados de este año los casos de corrupción
y las rencillas palaciegas no
ponían en peligro la estabilidad económica
alcanzada, el aire político se enrareció con varios
hechos simultáneos que resonaron en las sensibles paredes
del mercado de capitales:
1) El apresurado lanzamiento de la campaña
por la reforma constitucional, con la reelección del presidente,
que se interpretó como un proyecto personalista y de perpetuamiento
en el poder de la élite que lo rodea.
2) La forzada intervención a Corrientes y
la derrota electoral en la Capital a manos del radicalismo, que
desembocó en la crisis que posteriormente tumbó
al intendente Carlos Grosso.
3) Los indisimulables ataques a Cavallo por parte
de los ministros Julio César Aráoz, Antonio Erman
González y Rodolfo Díaz, más la confirmación
presidencial a Martín Redrado en la presidencia de la Comisión
Nacional de Valores, desautorizando al jefe del Palacio de Hacienda
que pretendía
desplazarlo.
4) Los paros del empresariado rural y de los obreros
industriales, más las reiteradas protestas de los jubilados.
Un influyente banquero admitió que, de todos
modos, el flujo de capitales se viene cortando desde hace seis
meses y que, para restablecer el circuito de la confianza, tendrían
que suceder tres milagros: una purga en el gabinete nacional que
expulse a los ministros enfrentados con Cavallo, un
compromiso público de Menem para alinear su
gestión de gobierno detrás de la política
ejecutada por su ministro de Economía (virtualmente tendría
que ser percibido como un premier), deponiendo explícitamente
el proyecto personal de reelección, y, por último,
la morigeración de las ambiciones de Cavallo, que lo arrojan
a la arena que más lo incomoda, la política.
El secretario de Coordinación Económica,
Juan Llach, es optimista en cuanto a la recomposición estructural
del tipo de cambio sin que haya que tocar la paridad. Las condiciones
que esgrime son:
1) Firmeza oficial para mantener a ultranza el programa
durante mucho tiempo por encima de las presiones devaluatorias
que pudieran aparecer.
2) Mejorar la productividad de las empresas por reducción
de los costos laborales (piensan reintegrar con el IVA las cargas
sociales a los exportadores una vez que se morigere la evasión
previsional) y por la flexibilización de las relaciones
(Llach habla de una promoción de empleos, en especial para
las
pymes) que permita negociaciones por empresa e incorporación
de tecnología (lo que, en su opinión, sólo
se ha cumplido en 10% de las posibilidades) para cuyo estímulo
el Estado dispone de herramientas fiscales. El funcionario sostiene
que en 1993 la Argentina puede compensar la diferencia de inflación
internacional con 5% de aumento en la productividad. Si a esto
se suma la
mejora del tipo de cambio exportador contenida en
las recientes medidas para el comercio exterior (estimada en 10-11%
neto) se llegaría a un nivel adecuado de competitividad.
3) Acción conjunta de la Nación y las
provincias para hacer que el gasto público sea más
eficiente, sin alterar la estructura prevista para lo social.
4) Corrección del déficit comercial
con Brasil que, según interpreta Llach, obedece a que se
combinaron la recesión del país vecino con la etapa
de reactivación que se vivió de este lado, y al
efecto que tuvieron las importaciones de autos, bienes de capital,
hierro y acero por los regímenes
excepcionales de esos sectores.
TRIBULACIONES CAMBIARIAS.
El experto norteamericano Jeffrey Sachs previene
que si la Argentina deja fijo el tipo de cambio no permanecerá
nada en pie, mientras William Cline, desde el Institute for International
Economics, descarta que haya sobrevaluación cambiaria en
razón de que "los costos se están ajustando".
Cavallo
hoy dice que devaluar sería un suicidio, pero
en marzo (cuando el saldo negativo de la balanza comercial era
apenas un atisbo) había puesto sus barbas en remojo al
ver que su colega mexicano abandonaba la rigidez cambiaria -y
aceleraba la devaluación del peso- ante el desequilibrio
de sus
cuentas externas. "Si algún día
hubiera necesidad, podría aplicar un pequeño ajuste
diario en la paridad", declaró el 18 de marzo en la
Bolsa de Cereales.
El gabinete, con el propio presidente a la cabeza,
le cayó encima. Tuvo que rectificarse y modificar de allí
en más el discurso. Menem se abrazó a la no devaluación
como consigna política y Cavallo, muy a su pesar, tuvo
que seguirlo. El ministro y su equipo son muy imaginativos y todavía
pueden
sorprender con medidas que capturen la atención
e incluso el entusiasmo de la opinión pública. Un
economista que participó del diseño del Plan Austral
recordó, a propósito de la actual circunstancia,
que cuando le explicaron todo lo que estaban haciendo a Axel Leijonhufvud,
el prestigioso economista radicado en Estados Unidos, éste
les dijo: "Don´t be too smart" ("no sean tan inteligentes").
En suma: la economía no está para tantas sorpresas.
Los empresarios navegan entre dos aguas cuando les
toca hablar de la paridad. Todos, en la intimidad, afirman que
el tipo de cambio está rezagado, pero ninguno se atreve
a reclamar en voz alta una devaluación. Agostino Rocca,
directivo de Techint, se convirtió en el blanco de las
diatribas presidenciales y se lo acusó de ser cabeza de
un presunto complot por haber sugerido -en un
encuentro con corresponsales extranjeros- la necesidad
de una corrección en la paridad.
EL ESCENARIO DEL CONGRESO.
Sin embargo, pocos repararon en que, para modificar
la actual paridad, se necesita una ley del Congreso, y el simple
anuncio de su tratamiento entrañaría una oleada
de especulación y terror en la sociedad. El ahora jefe
del bloque radical, Raúl Baglini, descarta la posibilidad
de un trámite parlamentario, argumentando que "el
gobierno ha hecho uso y abuso del decreto", pero admite que
"hoy nos preocupa una devaluación cruda y clásica
porque todos los precios y costos están indexados, salvo
el salario y los impuestos, que junto con las deudas en moneda
extranjera serían los que recibirían el impacto".
Con la convertiblidad, sostiene Baglini, el gobierno
"se encerró y tiró la llave" que, desgraciadamente,
cayó cerca del Congreso, que, sin ser responsable de los
resortes de política económica, es el responsable
de sus efectos últimos, como la paridad cambiaria.
Quizá el dato más importante que trasciende
el callejón sin salida en que se metió la convertibilidad
sería la permanencia del ministro Cavallo y su plan más
allá del tercer año, que se cumple a fines de enero.
Las cuentas fiscales y el sector externo no juegan a favor de
la estabilidad, ni el marco político la favorece.
Antes de que se desate la próxima crisis cambiaria
quién sabe por qué designios, el gobierno deberá
elegir si toma la iniciativa o se la deja al mercado y bajo qué
condiciones.
Rubén Chorny y Miguel Angel Diez.
Informe: Gabriel Macaggi.
¿EL DOLAR EN UNA CANASTA?
Unos días antes de la corrida, Domingo Cavallo
mencionó la posibilidad de reemplazar la convertibilidad
con el dólar por una canasta de monedas que incluya también
al marco alemán y al yen. Los sucesos posteriores ralearon
la hipótesis. El economista Mario Vicens analizó,
no obstante, las consecuencias que una medida semejante tendría
sobre la economía.
"El ministro estaría pensando que existe
la posibilidad de que el dólar se recupere frente al marco
y pase, por ejemplo, de 1,45 (dos meses atrás) a 1,60 (ahora)
o a 1,80 (como a principios de año). Esto significa que
una revaluación del dólar arrastra una revaluación
del peso con respecto del marco, con
lo cual los productos de origen alemán que
no cambiaron de precio en marcos van a ser más baratos
en la Argentina y los productos de origen argentino van a ser
más caros en Alemania, medidos en marcos. Cuando se establece
una paridad cambiaria no se está buscando mejorar o empeorar
la situación de competitividad de la producción
nacional, sino que quede definido, de algún modo, el nivel
general de precios de la economía. Entonces uno puede tomar
como criterio el dólar, el oro, un conjunto de monedas,
un bien en particular."
