El mundo está entrando en una nueva etapa. Cayó el Muro de Berlín y la Unión Soviética ha desaparecido. Mientras tanto, el agujero de ozono, el efecto invernadero, el smog en las grandes ciudades y la desforestación en las selvas tropicales continúan aumentando.
Por estas razones no tendría mucho sentido establecer una escala de valores para identificar cuáles de estos problemas ambientales son los más graves y urgentes.
La solución pasa por encararlos desde un enfoque claramente planificado, multidisciplinario e interactivo, abarcando todos los frentes, evaluando su importancia y elaborando medidas mitigadoras en cada uno de sus segmentos.
Si se analiza el tema de la contaminación atmosférica, por ejemplo, se advierte que, mientras los países industrializados emiten dióxido de carbono procedente de la quema de combustibles fósiles para mantener en forma sostenida el nivel de vida de sus habitantes, los países en desarrollo también originan contaminantes como subproducto de incendios masivos de sus bosques.
Esto ocurre fundamentalmente en aquellos localizados en sus cinturones tropicales, lo que produce la consiguiente degradación de sus suelos hasta llegar a la desertización. Y esto casi exclusivamente para sobrevivir y pagar parte de sus deudas con el mundo industrializado.
Este, como muchos otros problemas ambientales, tendrá que ser responsablemente incorporado a una ecuación útil para todos, buscando las formas más adecuadas, a fin de no seguir destruyendo el planeta tan alegremente.
En este aspecto la Argentina se encuentra en una situación atípicamente favorable dentro del planteo ambiental del resto del mundo. No están seriamente comprometidos sus recursos naturales y su industrialización es pequeña si se la compara con los países de Europa, los Estados Unidos o Japón.
Este hecho sin duda repercutirá favorablemente en aquellos países que necesitan reasegurar su propio equilibrio ambiental. Pero al mismo tiempo habrá que estar muy alerta, ya que la Argentina se encuentra despoblada y tiene en su suelo un mosaico de recursos naturales envidiable, mientras que otros pueblos se desbordan de sus propias fronteras, anhelando mejores condiciones de vida o simplemente para su mera subsistencia. Y como se sabe, los países industrializados, que ya tienen sus propios problemas, no parecen estar dispuestos a albergarlos indiscriminadamente, e intentarán derivar el problema hacia otras regiones de potencial intermedio.
PRESIONES FUTURAS.
Todo esto obligará a pensar, de ahora en adelante, con un claro sentido ecoestratégico, tanto a los responsables de la más alta política del Estado como al ciudadano común.
Pronto, la Argentina estará sometida a una gran presión y habrá que evaluar correctamente y activar cada uno de nuestros sistemas para dar una respuesta adecuada a todos los problemas ambientales que nos atañen.
Ningún grupo puede quedar al margen de esta propuesta. Utilizando sabiamente la preservación de su patrimonio ecológico, la Argentina es uno de los países que tiene mayores oportunidades de lograr el desarrollo sostenido de su pueblo.
El “Tren verde” ya está en movimiento. Es posible imaginar que desde la locomotora hasta el furgón de cola están casi todos los vagones disponibles y, si lo tomamos seriamente, podemos ocupar los mejores lugares.
Esta mentalidad ecoestratégica no sólo debe ser adoptada por el gobierno, sino también por las empresas. Sus máximos directivos tendrán que liderar acciones concretas para incorporar a sus cuadros y a sus negocios el ingrediente conservacionista. Este ingrediente no será meramente un tema de moda, sino, por el contrario, un requerimiento ineludible para participar de cualquier programa evolutivo, para poder exportar, para imponer sus productos, para acceder a créditos de organismos internacionales, o para asegurar el desempeño de sus papeles en la Bolsa.
Esto no es ciencia ficción ni un punto de vista exagerado. Muchos países ya lo están haciendo. Nos encontramos ante uno de los pocos campos (como el del desarrollo del software), en el que no hace falta ser un país desarrollado para ser seriamente competitivo. Y si no nos subimos a este tren, lo veremos pasar una vez más sin haber sido protagonistas, sin haber utilizado una de las pocas herramientas de negociación realmente fuertes de que disponemos.
