jueves, 14 de mayo de 2026

    El mas veloz de los ‘4 dragones’

    No hay nadie en el mundo industrializado que no tenga puesto un ojo en Japón, a medida que este país se convierte en una potencia comercial, financiera y tecnológica, donde el éxito se atribuye a una eficiente estrategia del comercio externo. En el mundo en desarrollo, y muy especialmente en América Latina, que hace décadas conoció tasas de crecimiento económico elevadas, el fenómeno se observa con la intención de extraer lecciones, copiar experiencias o importar modelos de gestión. La misma fascinación producen los recién industrializados del sudeste asiático. Países que hace dos décadas lo único que tenían para exhibir era un depresivo panorama de pobreza y marginación, ahora se han industrializado rápidamente y, sin tener materias primas en abundancia, han logrado importantes posiciones en el comercio mundial.

    Sobre estos países hay menos bibliografía, menos curiosidad periodística y escasos contactos. La simplificación convencional es creer que se trata de “pequeños japoneses”, mera repetición o trasplante de prácticas y estrategias. Se ignoran las profundas diferencias culturales, históricas y de carácter nacional de estos pueblos.

    De todos estos casos, el de Corea del Sur es el más atractivo. Hace siglos, fue la sede de un imperio de realizaciones colosales; hace cuatro décadas, escenario de una cruenta y devastadora guerra que partió al país. Hoy, la parte sur, con apenas 100 mil kilómetros cuadrados y 42 millones de habitantes es el décimo país exportador del mundo, y el 46 en el listado ordenado según el ingreso per capita que confecciona el Banco Mundial, con US$ 3.600 por habitante (por encima de cualquier país latinoamericano). Durante la década pasada, Corea creció -como promedio- a la impresionante tasa anual de 7,7%. Hubo años, especialmente entre 1986 y 1988, en los que la tasa superó el 12 y el 13% anual. La estimación para 1990 es de 10%.

    Tan intenso ritmo obliga a pagar un precio, y éste consiste en dificultades políticas propias del tránsito de una dictadura militar a un sistema democrático, de la mayor libertad de acción de los protagonistas políticos, y de problemas económicos derivados del contexto internacional.

    Hasta 1987, Corea del Sur era una dictadura militar, con reglas de juego económico muy estables: todas las facilidades para los grandes grupos empresariales -creados e impulsados desde el poder político- siempre que cumplieran las directivas impartidas desde el gobierno; nula participación de los sindicatos o de otras fuerzas políticas. Ese año, fue electo presidente un general retirado, hijo dilecto del régimen, Roh Tae Woo, en unos comicios discutidos por los opositores pero donde sin duda obtuvo respaldo popular. Roh demostró ser un político intuitivo y con aciertos.

    A pesar de que perdió el control del Parlamento y que debió ceder porciones de poder a los partidos rivales y a las fuerzas sindicales, siguió siendo el dueño de la iniciativa. Hace pocos meses logró la fusión del partido oficial con los dos grandes núcleos opositores en un intento de remedar al Partido Liberal Democrático de Japón, en el poder desde la posguerra. Seguramente los coreanos no son japoneses y el experimento tiene visos de caminar hacia el fracaso, pero Roh tiene otras cartas guardadas en la manga listas para jugarlas cada vez que sea preciso.

    En el plano económico, tras varios años de intenso ritmo de crecimiento, el excedente comercial se ha evaporado para dar lugar a déficit; el equipo ministerial no parece tener idea clara de la dirección que debe imprimir al proceso; las fuerzas laborales han despertado y logrado aumentos significativos en los salarios; y la opinión pública comienza a resentir el accionar de las grandes corporaciones.

    A diferencia de los otros “dragones” , en los que la pequeña y mediana empresa cumple un papel significativo, en Corea los grandes actores son las corporaciones gigantescas. Samsung factura más de US$ 32 mil millones anuales; Hyundai US$ 25.700 millones; Lucky-Goldstar US$ 19.800 millones; y Daewoo US$ 14.200 millones. Estos nombres, y un puñado más de marcas que empiezan a conocerse en el mundo entero, son líderes en astilleros, acero y textiles, pero también en electrónica, computación, semiconductores, telecomunicaciones e industria aeroespacial.

    La estrategia inicial de estas empresas era producir en gran escala, pero con mediocre calidad y bajo precio, y aun así obtener buena tasa de rentabilidad. Ahora el énfasis se ha puesto en mejorar la calidad para poder competir internacionalmente, y los logros que se están obteniendo en este terreno son asimismo impresionantes.

    La gran fortaleza de la economía coreana es también su principal debilidad. La relación entre comercio externo e ingreso nacional es de 66%, una tasa altísima entre los países recién industrializados. El país debe su crecimiento a las exportaciones, pero es especialmente vulnerable -más dependiente- a lo que pase en el mundo externo que el resto de los países en desarrollo. Corea tiene hoy conflictos con sus principales socios comerciales y no le queda más remedio que acceder a “restricciones voluntarias” y “acuerdos de caballeros” para limitar sus ventas. La revolución inminente y la salida para el país están en el crecimiento del mercado interno que puede cambiar el patrón de conducta comercial de Corea del Sur.