Ubicada en el corazón de Europa, con 700 años de historia sobre las espaldas y una superficie de 41.300 kilómetros cuadrados, Suiza es poco más del doble de grande que Tucumán, la provincia argentina más pequeña, pero también es algo menor que Jujuy. O para tener una idea más completa de comparación de superficies, se puede mencionar que 67 países del tamaño de Suiza caben en el territorio argentino. Un punto de contacto de importancia con ese país es que en la Argentina se encuentra la colectividad suiza más grande de América Latina. En el transcurso de los años, la Argentina se ha transformado en la segunda patria para más de 60.000 suizos y la Cámara de Comercio Suiza-Argentina tiene 52 anos de actuación con más de 280 socios.
A la reducida dimensión de Suiza hay que restarle una cuarta parte ocupada por montañas, lagos y glaciares y en el pequeño espacio residual viven 6,7 millones de personas, de las cuales 1,1 millón son extranjeros (16,7 por ciento). No tiene salida al mar, no posee petróleo, gas natural o carbón. No cuenta con yacimientos de mineral de hierro, de cobre o bauxita. Importa el 100 por ciento de las materias primas que necesita su industria como así también compra al exterior el 75 por ciento de la energía que consume y el 50 por ciento de los alimentos.
Líder en el ingreso por habitante
Sin embargo es el país que encabeza el ranking mundial de ingreso por habitante, con 26.060 dólares (año 1989) por año y por habitante, algo así como diez veces lo que percibe un argentino. Otros datos de importancia son que cuenta con un Producto Bruto Interno de 175.200 millones de dólares, exporta por 51.500 millones de dólares, mientras que importa por 58.200 millones. En consecuencia el saldo del balance comercial es negativo en 6.700 millones de dólares, pero el ingreso de capitales hace que el saldo de cuenta corriente del balance de pagos arroje un superávit de 7.300 millones. La suma de las exportaciones e importaciones de Suiza es siete veces superior al comercio global de la Argentina.
La inflación medida por los precios minoristas es del 3 por ciento anual, mientras que la mayorista es del 4 por ciento. Sobre 6,7 millones de habitantes, la población económicamente activa es de 3,3 millones, o sea el 48 por ciento, con una tasa de desocupación del 0,7 por ciento. El 56 por ciento trabaja en el sector terciario (bancos, seguros, comercio, hoteles, restoranes, administración pública); el 38 por ciento en el sector secundario (industrias químicas, metalmecanica, textiles, procesamiento de alimentos, maquinaria, relojes) y el 6 por ciento en el sector primario (explotaciones agropecuarias). Una de las lecciones más importante que Suiza brinda al mundo es que se trata de un
ejemplo concreto de que la democracia estable y el desarrollo económico no son fenómenos espontáneos. sino que son el resultado de una gran organización, perseverancia y laboriosidad. Los suizos se miran entre sí con sorpresa cuando se les pregunta acerca de huelgas importantes o de crisis de gabinete. Luego de las consultas de rigor admiten que no recuerdan cuando sucedió el último de estos acontecimientos que merezca mencionarse y vagamente admiten que algo debe haber habido, décadas atrás.
Este país es una suma de diversidades geográficas, una mezcla étnica y de credos religiosos que hubiera sido explosiva en otra nación. Mientras que prácticamente la mitad de la población es católica, la otra mitad es profundamente protestante. Tiene tres idiomas oficiales: un 65 por ciento
habla alemán, 18 por ciento francés y un 10 por ciento italiano. Un resto del 7 por ciento se expresa en otras lenguas, inclusive en un antiguo idioma romance.
¿Decir cosas originales sobre Suiza en 1991 ? Parece difícil porque entre otras razones Suiza ya fue revelada al mundo por los viajeros románticos del siglo XIX y aún cien años antes, por el propio Rousseau. Dos alemanes tan geniales como insoportables, Wagner y Nietzsche, eligieron respectivamente el Lago de los Cuatro Cantones y el aire cortante de la Engadina para dar cima a sus
creaciones, y vaya si mostraron que sabían elegir. Lo propio hizo Lord Byron, que se instaló en una bucólica colina de las afueras de Ginebra, hacia la misma época en que Félix Mendelssohn descubría Interlaken.
País pobre, país rico
Cuesta creer que en ese mismo siglo XIX -por lo menos transcurrido su primer tercio- Suiza fuese todavía un país en vías de desarrollo. Cuesta imaginar que alguna vez las cosas hayan sido diferentes de lo que son en un país que ahora parece habitado, sólo por perfeccionistas, capaces de llevar el orden, la minuciosidad, la limpieza y la precisión a extremos difíciles de comparar con el resto del mundo.
Por supuesto, todo lo que hoy es Suiza no se consiguió de la noche a la mañana. Los suizos afirman que hace sólo un siglo y medio eran, tal vez, el país más pobre de Europa, a tal punto que la producción de alimentos y la actividad económica prácticamente concentrada en las tareas agropecuarias de ganadería, lechería, fruticultura y vitivinicultura, no alcanzaban para satisfacer las demandas de una población en crecimiento. En ese entonces una solución era emigrar del país para alistarse en el ejército de un señor feudal alemán, francés, italiano o en las tropas del Papa.
Fue ese grado de pobreza lo que les hizo buscar un segundo empleo, principalmente en la industria textil primero y luego en la relojería, cuando terminaban las tareas diarias dedicadas a la agricultura.
La invasión de Napoleón a varios países europeos en su tránsito hacia Rusia hizo que conquistara gran parte de Suiza, lo que provocó una vuelta de tuerca en el proceso de industrialización al cortarse los abastecimientos de repuestos y máquinas que provenían de Gran Bretaña y Alemania. De esa forma nació una prolija artesanía que luego se convirtió en industria para la fabricación de
maquinaria local.
Con el correr de los años, los suizos se dieron cuenta que la industria con alto valor agregado era más importante que la agricultura que tenia poco espacio y condiciones ecológicas para prosperar.
Industria exportadora
Y de un pobre país agrícola, Suiza se transformó en un país industrial de gran vinculación con el mundo. Según las estadísticas del Fondo Monetario Internacional, Suiza figura en el 14° lugar del ranking mundial de exportaciones e importaciones y un poco más de la mitad de su Producto Bruto Interno está relacionado con la economía internacional. La fortaleza económica de Suiza es la interrelación de su comercio con más de un centenar de países, especialmente con Alemania, Francia, Italia, Gran Bretaña y los Estados Unidos, en ese orden.
El rubro de mayor exportación es la inteligencia que forma parte de la maquinaria textil y motores marinos de Sulzer, las inmensas turbinas y aparatos eléctricos de Brown Boveri, los relojes de Rolex, los medicamentos y productos de la química orgánica de Ciba-Geigy, Sandoz y Roche, las plantas
llave en mano de Buhler Brothers o la fabricación de productos alimenticios de Nestlé. Otra forma de participar en el mercado internacional es el de la compañía aérea Swissair, que une a su país de origen con unas 70 naciones. Un joint venture entre Swissair y Nestlé explota hoteles en varios países
del mundo.
600 bancos
Toda la producción industrial y el esfuerzo exportador cuenta con el apoyo de un buen aceitado sistema financiero con 607 bancos o instituciones financieras que tienen una red de 5.200 casas que forman la mayor red de densidad del mundo con una sede por cada 1.270 habitantes. Los depósitos bancarios superan los 350.000 millones de dólares, de los cuales más de la mitad están prestados al exterior. El ahorro interno es el más alto del mundo por habitante: casi 15.000 dólares.

