martes, 28 de abril de 2026

    Cómo alimentar a 8.000 millones en medio de una escasez récord

    ANÁLISIS | Escenario global

    “El agudo déficit actual amenaza la seguridad alimentaria en el futuro inmediato”. Así sostiene Lester Brown, conocido analista y ensayista ambiental. A su criterio, “algunos países debieran manejar mejor sus recursos limitados y otros centrarse en elevar productividad”.
    Desde mediados de 2006 a igual momento de 2008, los valores internacionales para trigo, arroz, maíz y soja se triplicaron. Recién cuando la crisis sistémica occidental –iniciada en 2007– comenzó a ceder, cereales y oleaginosas bajaron suavemente de precio. Importa acotar que –anota Brown– “los recientes aumentos obedecían a circunstancias de tipo antes no frecuente: erosión de suelos, sequías originadas por las corrientes del Niño y la Niña, menor abastecimiento de agua potable y crecientes emisiones de monóxido o dióxido de carbono”.
    La población con hambre o subalimentada tiende a incrementarse. Al promediar los años 90, su número había disminuido a 825 millones pero, en vez de continuar descendiendo, saltó a más de 1.000 millones en 2009. Ergo, más y más alimentos hacen falta para afrontar esta vulnerabilidad que afecta a varias sociedades salvo la occidental. El problema no es nuevo y, de hecho y puede comparase con las grandes hambrunas de siglos pretéritos o las desatadas en la Unión Soviética durante los años 30 a 40.

    Eslabón débil
    Por el costado de la demanda, la ecuación alimentaria muestra tres tendencias pro consumo: crecimiento demográfico, proteínas animales basadas en granos/oleaginosas y, últimamente, uso masivo de cereales como carburante automotor. Cada año, se agregan a la mesa 79 millones de comensales, la inmensa mayoría en países cuyas tierras se deterioran, falta agua dulce y los pozos artesianos se secan.
    Mientras se multiplican esas estadísticas, alrededor de 3.000 millones de personas en países ricos consumen más carne y lácteos cada año. En la punta figuran Estados Unidos, Canadá (ambos, 800 kilos anuales de granos), Australia, Alemania, Holanda, Dinamarca, etc. Cerca del piso aparece India, que consume 200 kilos, casi todo sin convertir en proteínas animales. Por supuesto, pesan además el hambre sistémico en partes de África y un caso extremo, Haití.
    También afecta a la ecuación el festival de inversiones en destilerías de etanol disparado desde 2005 por el aumento en el precio de hidrocarburos. Ello llevó en EE.UU. (2008) a 40 millones de toneladas de combustibles basados en maíz, azúcar de caña y remolacha. Asimismo, por el lado de la demanda, ese mismo factor torna difícil expandir la producción de cereales y oleaginosas lo bastante rápido.
    Como se ha señalado, convergen fenómenos como la erosión, el agotamiento de acuíferos, las olas de calor, el derretimiento de casquetes polares –que eleva niveles del mar– y de glaciares que fluyen en ríos a su vez fuentes de riego. Aparte, otras tres tendencias afectan la oferta alimentaria: terrenos desviados a usos no agrícolas, desvío de irrigación a ciudades y paulatina reducción de combustibles en existencia.

    Estimaciones
    La erosión está disminuyendo la productividad inherente en 30% de las tierras cultivables alrededor del globo. En algunos países –indica Brown–, “ha reducido la producción cerealera en 50% o más durante los 30 años anteriores a 2009. Violentas tempestades de polvo se lanzan desde el Sahara; los desiertos de Mongolia, Asia central y occidental señalan que la pérdida de humus no sólo persiste, sino que aumenta. Los eriales chinos –resultado de sobrexplotación y deforestación– han forzado el abandono parcial de 24.000 aldeas en 2007/08.
    El deterioro del humus en realidad data de los primeros cultivos de cebada en occidente o mijo en oriente. Por el contrario, la contracción de subsuelos acuíferos es un fenómeno de historia reciente, simplemente porque la capacidad extractiva y el agotamiento de esos reservorios ha estado ocurriendo sólo en estos tiempos.
    Hoy los acuíferos subterráneos –en conjunto– tienden a vaciarse en países donde reside la mitad de la población mundial. Unas 400 millones de personas, inclusive 175 millones en India y 130 millones en China (2008) comen gracias al exceso de explotación, un proceso que –por definición– se extingue en muy corto plazo. Saudiarabia, donde el mayor acuífero es de origen fósil y, ergo, no renovable, anunció hace poco que la producción de trigo se habrá agotado hacia 2016.
    Los cambios climáticos también atentan contra la seguridad alimentaria. Por cada grado centígrado más de temperatura, sobre la normal durante fases de crecimiento, los cultivadores pueden sufrir 10% de declinación anual en rindes de trigo, arroz y maíz. Desde 1970, la temperatura en la superficie terrestre ha subido 0,6 grados y el panel intergubernamental sobre clima (PIC) estima un aumento de seis grados durante todo el siglo 21.

    Glaciares, mares, ríos
    Mientras la temperatura del planeta continúa elevándose, los glaciares van derritiéndose en las cordilleras mayores. Por otra parte, la licuación planeada de esas formaciones en China e India presentan la máxima amenaza masiva afrontada por la humanidad. Ambos países son los principales productores mundiales de trigo y arroz. Todo cuanto les suceda a sus cosechas en ambos planos afectará sus poblaciones (1.300 millones, 1.100 millones de habitantes) y los precios internacionales.
    La acelerada licuación operada en los hielos de Groenlandia –casquete polar ártico– y Antártida occidental, combinada con la expansión termal de los océanos, puede elevar hasta dos metros el nivel de las aguas en cuanto resta del siglo. Este proceso amenaza los deltas fluviales –arroz y otros cultivos– en las Américas, Asia meridional, oriental y sudoriental.
    Aun un anegamiento de un metro en el Mekong, el Chao Phraya y el Irrawadi, los tres en Indochina sería catastrófico. Lo ocurrido semanas atrás en las mesopotamias india y pakistaní ilustra claramente otro riesgo, el de deslizamientos y avalanchas, sin contar los monzones en el delta Ganges-Brahmaputra (toda Bangladesh).
    “En cuanto a pesca y dejando de lado desastres por mano humana (como el derrame de British Petroleum, golfo de México), tres cuartos de los recursos ícticos oceánicos están explotándose al borde del agotamiento, lo han pasado o recién se recobran. Si este negocio sigue como hasta ahora –sostiene Brown–, muchas de esas pesquerías llegarán al colapso”. Como sucede en la plataforma epicontinental argentina o los mares expuestos a la depredación japonesa o china, se explota el oceáno más allá de su capacidad de reposición.
    Sin adicionales recursos hídricos disponibles en muchos países, las crecientes exigencias urbanas sólo pueden satisfacerse tomando agua de los sistemas irrigatorios rurales. O sea, privando del insumo a los campesinos. Por ejemplo, miles de cultivadores californianos encuentran más rentable ceder derechos hídricos a Los Ángeles, San Diego o San Francisco y no seguir explotando la tierra. La tercera de esas ciudades y Sacramento, la capital del estado, son vecinas a un doble delta y al mayor acuífero del oeste.
    Al otro lado del Pacífico norte, los campesinos chinos hacen lo mismo y, en la actualidad el único río grande, el Amur, queda en la lejana Manchuria y debiera compartirse con Rusia. En realidad, las únicas cuencas fluviales “vírgenes” en Eurasia están en Siberia: son las del Obi, el Irtish y el Lyena, todas tributarias del oceáno Ártico.

    Geopolítica de la escasez
    Si se repara en los costos plenos de reponer recursos hídricos –inclusive el combustible fósil empleado en el proceso–, la futura sobreexplotación de acuíferos, la erosión de suelos y la emisión de monóxido o dióxido de carbono ofrecen un panorama crítico, aun para los países centrales. Para empezar, sus habitantes pagarán precios astronómicos por alimentos que, por supuesto, faltarán para el resto del mundo salvo en el caso de los exportadores netos.
    Entonces, Brown vuelve a los interrogantes del principio: “¿cómo alimentar a 8.000 millones en un mundo donde impera la escasez? ¿podrá la producción acompañar el ritmo de la demanda? Por cierto, la seguridad alimentaria continuará deteriorándose, a menos que los Gobiernos principales se movilicen en forma colectiva para contener la sobrepoblación en áreas expuestas al hambre, limitar en serio las emisiones contaminantes, estabilizar acuíferos, conservar suelos y restringir el uso de maíz, remolacha y caña para producir etanol”.
    A medida que se deteriora la seguridad alimentaria, los países –actuando en estricta función de sus intereses– comienzan a prohibir o limitar exportaciones de granos y oleaginosas (Rusia lo hizo hace poco debido a una sequía e incendios rurales). En respuesta, otros países tratan de negociar acuerdos bilaterales a largo plazo, para asegurarse de antemano el abastecimiento.
    Algunos lo lograron como Egipto, que cerró un convenio con Rusia –tan luego– por más de tres millones de toneladas anuales de trigo. “Suena a ironía de la historia –subraya Brown–, pues hace 2.000 años Egipto era una canasta granífera del imperio Romano. La otra era la actual Túnez. Ambas llenaron el vacío dejado por Sicilia, agotada por tres siglos de sobrexplotación”.

    En compra o alquiler
    Entretanto, los importadores más prósperos buscan adquirir o alquilar con opción de compra en largo plazo amplios bloques de tierras arables en países menos desarrollados. Libia, nación petrolera que debe importar 90% de sus necesidades alimentarias –como los estados de la península arábiga–, fue de las primeras en la búsqueda de proveedores agropecuarios. Tras varios meses de tratativas, Trípoli alcanzó un acuerdo con Ucrania para cultivar por cuenta propia 100.000 hectáreas en las tierras negras. Existen, además, casos de canje de crudos por cereales.
    Quienes venden o alquilan en comodato sus tierras suelen ser, en general, países de bajos ingresos, a menudo víctimas crónicas de hambre o desnutrición, con largas historias de padecimientos. Uno de los estados más castigados es el tumultuoso Sudán, sede del programa alimentario mundial (PAM), por hoy el mayor esfuerzo en marcha, encarado por Saudiarabia y otros estados musulmanes petroleros.
    La creciente puja por tierras de pan llevar, sobrepasando fronteras nacionales, es al mismo tiempo una competencia por agua. En efecto, las adquisiciones en Sudán equivalen a aguas dulce del Nilo, un río de por sí sobrexplotado. Por ende, pueden privar parcialmente del recurso a Egipto y aumentar sus importaciones alimentarias. Igual ocurría hace 3.500 años: cada vez que Nubia (hoy Sudán) le restaba agua a Egipto, éste invadía al vecino del sur.
    En la actualidad, las operaciones bilaterales generan varios interrogantes. Para comenzar, las negociaciones y sus convenios resultantes tienden a la falta de transparencia. Por lo común, sólo unos pocos altos funcionarios se involucran y los arreglos son confidenciales, no accesibles a la opinión pública interna o externa. No se permite que participen en las tratativas grupos naturales de interés, por ejemplo productores, que recién se enteran ya cerrados los acuerdos. Esto tiene una explicación política: la mayoría de los estados “vendedores” de tierras o aguas son de corte autoritario o totalitario.
    Por otro lado, muchos de esos países raramente tienen buenos campos o cuencas libres de cultivos. Entonces, los convenios de venta o comodato que se firman hacen sospechar que un gran número de cultivadores será desplazado, quiéranlo o no, vía confiscaciones compulsivas.
    Al respecto, hay ejemplos concretos de que esos acuerdos crean hostilidad en los países “vendedores”. Un caso: cuando China subscribió con Filipinas un convenio de alquiler de un millón de hectáreas donde se producirían granos para exportar a Beijing. Pero, al trascender los términos del trato, las airadas protestas del público –en particular los campesinos afectados– obligaron a que Manila suspendiera el acuerdo. Algo similar sucedió en Madagascar con la compañía surcoreana Daewoo. La reacción derribó al gabinete y puso en evidencia, como en Filipinas, la corrupción local. Sin duda, la geopolítica de la escasez tiene costados dolosos.