COLOFÓN |

Dominique Strauss-Kahn
El año arranca con brechas entre quienes deben decidir si desactivar –o no– paquetes de estímulos. En particular, no hay acuerdo entre bancos centrales y sus gobiernos. Solo Dominique Strauss-Kahn (Fondo Monetario Internacional) tiene ideas claras.
El director gerente del FMI, no necesariamente su tecnocracia, insiste en advertir sobre riesgos de salidas prematuras o mal encaradas, como las que recomiendan sus colegas del Banco Central Europeo (Jean-Claude Trichet), el banco de Inglaterra (Mervyn King) o el Eurogrupo (Jean-Claude Juncker).
Hablando desde París, Strauss-Kahn admite que las principales economías han iniciado una recuperación, pero “todavía siguen vulnerables a cimbronazos y políticas erróneas. Por ello, los programas de estímulos fiscales y monetarios no deben suspenderse antes de tiempo”.
A su juicio, “es demasiado temprano para una salida general y resulta preferible un exceso de cautela que el apresuramiento”. Estas palabras debieran ser tenidas en cuenta por el Gobierno de Barack Obama, vacilante entre crecientes presiones ortodoxas cifradas en el déficit (US$ 1,4 billones en el ejercicio 2009/10). Por el contrario, legisladores y economistas sistémicos, ajenos a Wall Street, se manifiestan en pro de los estímulos.
Apartándose de Trichet o King, Benjamin Bernanke (Reserva Federal) de pronto descubrió que “el desempleo continúa alto y, durante cierto lapso –quizá todo el año-, las tasas básicas seguirán entre 0 y 0,25% anual”. Entretanto, los neoclásicos del BCE exageraban el espantajo inflacionario. Lorenzo Bini Smaghi, desde el directorio, anunciaba nuevas crisis si no se abandonan a tiempo los estímulos sistémicos. Su jefe, Trichet, iba más lejos: “es preciso eliminar riesgos desactivando rápidamente los estímulos”. El funcionario lo dijo en España, una economía ahogada por el desempleo (18% en diciembre) y dependiente de subsidios no explícitos desde que ingresó en la Eurozona.
Riesgo de una nueva crisis
Pese a la cauta reacción del Producto Bruto Interno y otros signos positivos, “Estados Unidos no pisa aún tierra firme”, sostiene Franklin Allen, de la escuela de negocios Wharton. Por el contrario, vislumbra un perfil de W en la recuperación y no descarta otra crisis.
Todo se condiciona a una serie de factores que determinan un escenario de mercados interdependientes –aun en lo geopolítico– y se proyectan sobre los meses o años venideros. Por ejemplo, tasas básicas, políticas monetarias y fiscales, sector inmobiliario, etc. Allen admite que la recesión estadounidense –no todavía el desempleo– terminó meses atrás. Sin embargo, el problema reside en una segunda crisis sistémica, vale decir un perfil W con dos recesiones.
Sin duda, hay señales de repunte en el PBI, un parámetro fundamental, y los mercados financieros o cambiarios mejoran. Pero este experto ortodoxo no sabe hasta qué punto esa reacción responde a paquetes de estímulos (US$ 787.000 millones en EE.UU.), tipos de interés referenciales y emisión. “Aun así, hay otros indicios positivos: el mercado de propiedades parece estabilizarse y el desempleo sube a ritmo cada mes más lento”.
No obstante, el sesgo en W es más que una posibilidad. “Vivimos en un mundo interdependiente que ya no controlamos. En el caso de Asia oriental y sudoriental, esto implica cosas buenas y malas. Las primeras se cifran en economías prósperas que se sostienen. Las segundas –supone Allen– son burbujas locales o sectoriales. En el oeste del continente, el peligro es bélico”.
En segundo plazo, pero sin perder vigencia, está el debate sobre la vigencia del dólar como divisa internacional. Por ejemplo, el ortodoxo Martin Wolf –Financial Times y laureado por tres universidades– cree que “el largo deterioro de la economía estadounidense pone en crisis el presente sistema monetario global”. Funda su planteo en el llamado “dilema de Robert Triffin”.
Alude a una paradoja según la cual “el papel del dólar como divisa de reserva lleva a un conflicto entre la política monetaria nacional de Estados Unidos y la política en conjunto de las economías mayores”. Su postura neoclásica resalta los desequilibrios mostrados por la balanza de pagos corrientes.
En un reciente congreso en Singapur, citando al belga Triffin, señalaba que un país cuya moneda funcione como reserva inevitablemente acumulará enormes déficit. Estos acabarán deteriorando su fiabilidad y surtirá efectos negativos en el plano mundial”.
Declarándose seguidor de Triffin, Wolf está persuadido hoy, como no lo estaba hace cuatro años, de que “no podemos mantener una economía financiera mundial apoyada en una moneda local. Ni siquiera se trata de una canasta de divisas”.

