
Ilustración: Agustín Gomila
No vamos a aburrir al lector con una larga letanía sobre los logros
económicos de los últimos años. Los hemos detallado con
minucia a lo largo de muchas ediciones. Lo que está claro –y debe
ser el punto de partida del análisis– es que pocas veces hubo tantas
y tan alentadoras noticias. El primer semestre ha sido muy bueno y las perspectivas
del segundo son excelentes, como se comprueba a partir de la página 40
de esta edición.
Incluso todo indica que hay razones para ser optimistas durante los próximos
meses, e incluso años.
A pesar de la desconfianza que puede generar el accionar del gobierno y el estrépito
de sus declaraciones, es difícil pensar que se pueda torcer este rumbo.
Y sin embargo…
La nota central, característica, de esta etapa es que se interrumpió
el famoso stop and go que parecía distintivo de la economía argentina.
Ese proceso por el cual la economía crece, las exportaciones van bien
pero las importaciones comienzan a aumentar de forma acelerada. Si en un momento
superan a las ventas externas, habrá que financiar el déficit
como históricamente ocurrió en el país. Déficit
que se financió siempre con endeudamiento externo (como en la época
de Martínez de Hoz o de Cavallo).
Hoy hay superávit fiscal y en la balanza comercial, y ninguno de los
dos parece estar en riesgo en el futuro previsible.
Es como si la economía nacional hubiera dejado una estrecha carretera
por la que siempre transitó para desembocar en una autopista de fluido
tránsito. ¿Ocurrió de repente, por obra de un milagro?
Tal vez la respuesta correcta sea más compleja. Quizás a lo largo
de los últimos 30 años, donde las exportaciones crecieron siempre
–a veces no al ritmo que pretendíamos– y se diversificaron,
se fue diseñando un camino virtuoso para escapar del caos y enfrentar
la posibilidad de una nueva concepción del desarrollo.
Es probable que la suerte haya acompañado a Néstor Kirchner durante
los últimos tres años; pero en el caso del país, y con
una perspectiva de varias décadas, el papel de la suerte ha sido sin
duda menor.
Este es un país industrial. Con problemas sí, pero con industrias.
Siderurgia, aluminio, metalmecánica, automotriz, por citar algunos rubros
inexistentes en otros países latinoamericanos. Cuando pensamos en Chile,
lo hacemos en el cobre, y cuando mencionamos a Venezuela, en el petróleo.
Pero en el caso argentino, y a pesar de retrocesos como los de la década
pasada, hay que hablar de la industria. Y sin duda, del enorme mérito
de toda la actividad agropecuaria, que sin asistencia ni favores hizo una transformación
revolucionaria y silenciosa.
Entonces, con un mercado interno de 40 millones de habitantes, mucho menos que
Brasil o México, pero el doble de Australia y más aún de
Chile, sobre la base de la industria eficiente que logró sobrevivir y
sobre esta dinámica agropecuaria –además de excelentes recursos
humanos, que todavía están disponibles–, se puede delinear
una nueva visión de desarrollo, moderna y proyectada al futuro.
Está claro que no se puede retornar a la sustitución de importaciones
ni al proteccionismo. Estar dentro de la Organización Mundial de Comercio
–aun cuando fracase la Ronda de Doha– impone límites muy
claros.
Lamentablemente no hay en el gobierno una visión de este tipo (en verdad,
no parece haber ninguna). Si hubiera una concepción basada en los tres
pilares señalados, lo único que podría complicar de verdad
el actual escenario sería un shock económico mundial, de gran
envergadura.
Hay que decir a favor de la gestión presidencial que parece haber aprendido
la lección mejor que otros dirigentes. Para Kirchner tener un seguro
contra la crisis es obsesivo, y por eso el cuidado en mantener superávit,
y en acumular un alto nivel de reservas en divisas.
De modo que, por lo menos en lo esencial, no se lo puede acusar de populista.
Pero la verdad es que no hacer populismo no significa hacer un desarrollismo
de nuevo cuño.
Aunque no se comparta el criterio oficial en materia de tarifas, se comprende
su lógica (y se advierten sus riesgos). Pero mucho más inquietante
es que no se maximiza la acumulación de capital.
Un país no crece porque el que manda grite. Lo hace gracias a que hay
mucha gente que detecta oportunidades y las aprovecha. Hay toda una generación
de Pyme moderna que da ejemplo en este punto.
La falta de una visión como la descripta es lo único que puede
arruinar este escenario. Puede hacer que se acabe la autopista. M
La política exterior no es rehén de Gualeguaychú

Fue la crónica de un fracaso anunciado. Nadie –excepto los que
prefirieron engañarse– podía esperar que prosperara la presentación
argentina ante la Corte de La Haya para detener la construcción de las
pasteras en Fray Bentos. Si los resultados se hubieran conocido dos años
después, la maniobra de ganar tiempo hubiera tenido algún sentido.
Pero la contundente derrota –14 votos contra uno– dejó al
país y a nuestra estrategia (si así se la puede llamar) en situación
desairada.
Hay, en todo caso, un elemento positivo en este resultado. Obliga a volver a
la mesa de negociaciones. Silenciosas, discretas, sin la barahunda y presiones
de los actores conocidos. Uruguay quedó en mejor posición, pero
sabe ciomo nadie que hay que negociar. No ignora que su fortaleza es que las
plantas utilizarán la misma tecnología que merece aceptación
en Europa y en Estados Unidos, pero que existen elementos débiles en
su posición. Dos plantas juntas no pueden dejar de contaminar, auque
no sea en la escala que creen los ambientalistas emocionales. Hay mucha población
en ambas márgenes del río y esa es una realidad que debe atenderse.
Hay que llegar inevitablemente, a un plan conjunto que proteja de verdad el
ámbito económico binacional.
En el gobierno nacional, más allá de complacer las atendibles
protestas entrerrianas, la posición era clara hasta entonces: no hay
sustento en pretender evitar la instalación industrial. Sí en
reducir la contaminación. Esa fue la antigua posición de Kirchner
en Gualeguaychú. Pero después de la derrota jurídica, el
canciller Jorge Taiana, en el mismo ámbito, declaró que el nuevo
objetivo era impedir la radicación de las plantas.
Esta apuesta redoblada es ininteligible, justo cuando parecían dadas
las circunstancias para encauzar la relación bilateral por el camino
de la normalización.
Insistir en la vía judicial –cuya resolución puede demorar
cuatro años más– es un camino sin salida.
El gobierno nacional apeló a la “libre expresión”
como derecho humano para justificar los cortes de ruta en Gualeguaychú
ante el reclamo uruguayo por haber sido interrumpido el tránsito fronterizo
convenido dentro del Mercosur. No se privó siquiera de hacer lobby en
Bruselas ante la Dirección General de Relaciones Exteriores de la Comisión
Europea y trasladar la inquietud al titular de la Corte de Casación de
Francia (a la sazón experto de la ONU en derechos humanos), aduciendo
que hubo modificación genética en los eucaliptos plantados.
Como no habrá prueba fehaciente alguna de contaminación hasta
que la producción de pasta celulósica no empiece, la verdadera
solución práctica sólo se limitaría a que Kirchner
y Tabaré Vázquez hagan su propia cumbre y acuerden que no se obstruirán
los pasos fronterizos así como las condiciones que se impondrán
a las pasteras. Sólo a ellos les cabría bajar la línea
política para que los técnicos de ambos países acoten el
estudio del impacto ambiental de las plantas al espacio económico afectado.
Sería inconcebible que la política exterior del país y
sus relaciones con el vecino que la historia ha convertido en amigo definitivo,
quede en manos de la pasión –comprensible pero no atendible–
de la población de una ciudad argentina.
Tratar de bloquear créditos en organismos internacionales o alentar la
acción directa de los pobladores entrerrianos sería un error tan
enorme como haber recurrido a La Haya. Hay que negociar, ya. Y no hay dudas
de que Uruguay está dispuesto a hacer concesiones razonables.
La lista de heridos, de persistir en esta actitud, no se reduce a Uruguay. Sufrirán
las relaciones con Finlandia, con España, con la Unión Europea,
y con el Mercosur.
El costo de ingresar en la campaña electoral de 2007 con una remake de
la malvinización de la política exterior, aunque enarbolando banderas
afines a las organizaciones de derechos humanos y ambientalistas internacionales,
sería inmenso. M
