Por Daniel Alciro
Los políticos dedicaron las últimas semanas a discutir, ardorosamente, sobre “decretos de necesidad y urgencia”, “superpoderes” y otras formas de dañar la “calidad institucional”.
Excepto algún novicio, no hay político que pueda tirar la primera piedra.
Todos quienes han sido diputados, senadores o funcionarios en los últimos 23 años, son responsables –por acción u omisión– de mala praxis fiscal.
Tanto es así que, ante cualquier opositor que se queja del actual del poder y la falta de transparencia, el gobierno responde: “¡Mirá quién habla!”.
Colectivamente, además, los políticos alegan (no sin razón) que durante la dictadura todo era aún más discrecional y oscuro.
Eso no justifica, por cierto, los abusos presentes.
Quienes pagan sus impuestos, y jamás han sido legisladores o funcionarios, aspiran a que, de una vez por todas, la Argentina tenga finanzas públicas transparentes. Y auditadas como Dios manda.
El simple comerciante o el profesional bonaerense –a quien Santiago Montoya quiere cobrarle hasta lo que no debe– se encuentran luego con que: Alberto Fernández dispone a piacere de 15% del presupuesto nacional, Felisa Micelli y Julio De Vido manejan $6.000 millones por fuera del presupuesto, y el exceso de recaudación lo reparte directamente Kirchner mediante decretos de necesidad y urgencia.

Por otra parte, el Congreso de la Nación no revisa los balances del Ejecutivo, llamados (vaya a saber por qué) “cuentas de inversión”.
La última “cuenta de inversión” aprobada corresponde a… 1997.
Al hombre de a pie no le importa si Menem, De la Rúa y Duhalde hicieron lo mismo que Kirchner. Quiere que se termine con el manejo discrecional de su plata.
Sin embargo, lejos de ponerle fin a la discrecionalidad, cada vez se la hace más grande.
Los “superpoderes” se acaban de hacer permanentes.
Los “decretos de necesidad y urgencia” pasarán a ser convalidados por el Congreso, sin necesidad de discutirlos: bastará con dejar que transcurra el tiempo.
Los “fondos fiduciarios” siguen acumulando recursos.
Los “gastos reservados” nunca han sido regulados. No se ha aceptado, siquiera, que se los sometiera a un régimen de contabilidad igualmente reservado, de publicidad diferida, que no comprometiese el secreto de las operaciones de inteligencia, pero que obligara a los funcionarios a dejar sus huellas digitales.
En definitiva, lo que no hay es un verdadero presupuesto nacional.
Un presupuesto debe atenerse a una serie de principios, universalmente reconocidos:
• Principio de unidad de caja. Todos los ingresos y egresos deben recogerse y consignarse en un solo y único documento.
• Principio de especialidad. Los ingresos tienen que tener destinos determinados.
• Principio de claridad. Las diferentes partidas deben permitir el reconocimiento inmediato de su procedencia y de su finalidad.
• Principio de anualidad. Los egresos se autorizan por un ejercicio y deben realizarse durante este mismo ejercicio.
• Principio de equilibrio. Los ingresos previstos deben igualar a los gastos previstos.
• Principio de transparencia. Debe estar garantizada la más completa información sobre la ejecución presupuestaria y la contabilidad.
• Principio de publicidad. No sólo el presupuesto debe estar al alcance del presupuesto; también la información sobre las distintas etapas de su ejecución.

El 5 de julio, el Jefe de Gabinete concurrió al Senado a brindar su largamente demorado informe constitucional. En esa sesión, defendió los superpoderes y dijo:
“Lo que acá no se cuenta, para confundir a la gente, es que hay alrededor de un 85% del Presupuesto constituido por salarios, por jubilaciones, por intereses que nosotros debemos pagar, y por recursos afectados a fines específicos que definitivamente son intocables. Es decir, que la capacidad de movilizar del Jefe de Gabinete reside en el 15% restante. Y es muy bueno que recordemos esto, porque si no vamos a permitir que algunos mentirosos, algunos cínicos, sigan planteando que el Jefe de Gabinete va a tener $100.000 millones de pesos para manejar a su antojo. Es un delirio, un disparate. Y en algunos casos –cada uno que cargue el sayo que le corresponde– una sirvengüenzada”.
Tomando las palabras del propio Alberto Fernández, los “superpoderes” implican que el Jefe de Gabinete tiene, “para manejar a su antojo”, $15.000 millones.
Eso es, $41.095.890… por día (incluidos sábados, domingos y feriados).
¿Cómo justificó el ministro esa discrecionalidad? Dio varias razones:
1- “Es una facultad propia del que administra”.
2- “No es el control lo que nos preocupa. Lo que nos preocupa es no poder gobernar y cambiar la vida de los argentinos”.
3- “Para eso necesitamos contar con una herramienta que nos permita dar respuesta a los problemas que a diario aparecen”.
En suma, el criterio de Fernández es claro:
• Los salarios, las jubilaciones, los intereses y los recursos afectados a fines específicos, no se tocan.
• El resto de los recursos, los maneja el Ejecutivo “a su antojo” para “poder gobernar” y “dar respuesta a los problemas” cotidianos.
Es la negación de un presupuesto, que (en una empresa o un país) consiste en un plan que estima los recursos a percibir y asigna a priori su aplicación, conforme un orden de prioridades.
Eso es lo que quiere decir la Constitución cuando dice que la función del Jefe de Gabinete es “ejecutar la ley de presupuesto de la Nación”.
Durante el reciente debate sobre superpoderes, un ex funcionario afirmó: “El Presupuesto es la culminación de una puja entre sectores. Los recursos siempre son escasos; y cada ministerio, cada secretaría, cada subsecretaría, cada ente, quiere o necesita más dinero. El Congreso, en determinado momento, debe decidir el destino de todas las partidas. En ese momento, baja el martillo y, por un año, no se habla más del tema. Se ejecuta el Presupuesto. Si el Presupuesto queda abierto, la puja continúa, nadie se declara perdedor y todos van por la revancha pidiendo que el Jefe de Gabinete desvista a un santo para vestir al suyo. Así no se puede administrar bien. El Jefe de Gabinete debe ejecutar el Presupuesto, no alterarlo; salvo que su intención sea premiar a los ángeles dóciles que obedecen al gobierno central y castigar a los ángeles rebeldes que se mueven con autonomía”.
Un empresario lo entiende bien. Sabe que el presupuesto es un plan. Sabe que la gerencia debe ajustarse a ese plan y, en caso de imprevistos, solicitar reajustes. Sabe que la auditoría detecta las desviaciones. Sabe que, al final del ejercicio, la Asamblea debe aprobar la Memoria y Balance.
A ningún empresario se le ocurriría que la “ejecutividad”, la “eficiencia” y la “operatividad” dependen de que la gerencia maneje los gastos variables “a su antojo”.
En el caso de la Nación, son los $15.000 millones de los “superpoderes”, los $6.000 millones de los “fondos fiduciarios” y mucho dinero más, que bajo la forma de “fondos reservados” u otra, llenan cajas negras.
Un recurso también utilizado es el de subestimar los ingresos, para luego tener un “exceso de recaudación” y, entonces, aumentar el Presupuesto por “decreto de necesidad y urgencia”, determinando el destino del excedente. Por esa vía ha llegado a incrementarse el presupuesto y repartir $8.000 millones.
Cuando se suma 15 + 6 + 8 + x, se tiene que (como mínimo), el gobierno maneja, más o menos discrecionalmente, unos $29.000 millones.
Alrededor de $80.000.000… por día (incluidos sábados, domingos y feriados).
No es que ese dinero vaya a los bolsillos de los funcionarios.
En su mayor parte, se gasta de manera injustificada o ineficiente, por fines puramente políticos.
Se “premia” con obras a gobernadores o intendentes (y aun concejales) dóciles al gobierno nacional.
Se “castiga” a aquellos gobiernos locales que no están alineados con el gobierno nacional.
Se financia publicidad oficial innecesaria y, eventualmente, se podría financiar campañas políticas.
Es cierto que, en mayor o menor medidas, todos los gobernantes han incurrido en esta mala praxis.
Es cierto que eso resta autoridad a quienes, hoy en la oposición, critican lo mismo que antes hicieron desde el poder.
Pero la Argentina necesita poner fin a esta manera de administrar los recursos colectivos, y requiere un sistema de contralor que garantice tanto la productividad como la transparencia del gasto público. M
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Cómo se controla al Estado en otras partes… En Estados Unidos, el control corre por cuenta de la Government Accountability Office (GAO), encabezada por el Comptroller General. Este es designado por 15 años (casi cuatro períodos presidenciales) y no puede ser removido. |
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… y en la Argentina La Sindicadura General de la Nación (SIGEN) es, según la ley 24.256, el “órgano rector del sistema de control interno del Poder Ejecutivo nacional”. Depende de la Presidencia de la Nación, y actualmente sus miembros son:
La SIGEN, como auditoría interna, hace un control previo al gasto |
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Cajas naranja En el léxico popular, “cajas negras” tiene una acepción opuesta a la que se da en aviación. |
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La envidia de Bush El gobierno argentino sostiene que el presupuesto debe ser “flexible”, para atender “emergencias” o “imprevistos”. En la interpretación del Jefe de Gabinete, un presupuesto “rígido” resta “capacidad para gobernar”. |
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Emergencia En Estados Unidos se sostiene que la guerra de Irak ya no es una “emergencia”. |


