sábado, 18 de abril de 2026

    ¿Superpotencia o superburbuja?

    Por Jorge Beinstein (*)

    Los años ´80 estuvieron dominados por el mito del milagro japonés; su extrema dependencia de los vaivenes del mercado estadounidense solía ser subestimada. La potencia emergente necesitaba imperiosamente sostener un elevado ritmo exportador para preservar el crecimiento general de su economía. Pero en esa década, sobre todo durante el segundo lustro, el empuje se fue desacelerando frenado por un mercado global cuyo ritmo de expansión no estaba a la altura de las necesidades comerciales de Japón.
    En consecuencia numerosas empresas volcaron buena parte de sus excedentes financieros hacia inversiones directas en el exterior (no siempre afortunadas), y sobre todo hacia negocios financieros locales que terminaron por crear una enorme burbuja bursátil. Que se desinfló abruptamente iniciando desde comienzos de los ´90 un largo estancamiento económico que dura hasta hoy.
    El fin de la ilusión japonesa abrió paso a otra esperanza asiática, la de los tigres y dragones que pasaron a constituir según ciertos gurúes el “capitalismo del futuro”, “el área emergente del siglo XXI”. Aunque estos nuevos héroes constituían un conjunto heterogéneo de sociedades periféricas desde Indonesia y Filipinas marcadas por un subdesarrollo extremo hasta Corea del Sur avanzada en su industrialización pero súper endeudada, pasando por paraísos de la especulación como Tailandia u Hong Kong.
    Todos esos países o enclaves fueron abrumados por una avalancha financiera global que inflaba sus activos, endeudaba a sus estados y empresas, para desembocar inevitablemente en el estallido de 1997. Entonces los mismos expertos que minutos antes de la debacle endiosaban a esos países “descubrieron” que Indonesia estaba sometida a una dictadura cleptocrática, que en Filipinas ocurría algo parecido y que la milagrosa Corea del Sur había sobre acumulado deudas de manera irresponsable.
    Hacia fines de los años ´90 Asia desaparecía de la lista de los paraísos del siglo XXI, al igual que otras regiones subdesarrolladas como Europa del Este y América Latina. Por entonces aparecía indiscutible el liderazgo planetario de Estados Unidos donde las acciones tecnológicas y el consumismo rompían todas las barreras. No se tomaba en cuenta en este último caso que el ahorro personal se acercaba a cero y que el auge bursátil se despegaba peligrosamente de la rentabilidad real de las empresas. Lo que para algunos (unos pocos) era una burbuja especulativa de vida limitada, para muchos otros (con inusitado eco en los medios de comunicación) era el motor financiero del crecimiento económico indefinido: algo así como el disparador de un milenio neoliberal. Pero como sabemos la burbuja se desinfló, en realidad fue en buena medida desinflada por las propias autoridades monetarias norteamericanas aterradas ante la amenaza de un crack de la bolsa y del desastre depresivo que este causaría. Así se esfumó el último milagro.

    La marea china

    Pero las desilusiones señaladas no significaron el fin de las ilusiones o por lo menos una pausa prudente en la serie. Por el contrario al poco tiempo aparecieron dos: la del súper poder militar norteamericano (que ahora languidece al ritmo del caos iraquí) y la de una nueva potencia emergente asiática: China.
    Todavía a comienzos de la década anterior estaba de moda pronosticar el derrumbe chino; los acontecimientos de la Plaza de Tien An Men eran presentados como un indicador seguro del próximo desenlace. Sólo faltaba la aparición de un Yeltsin oriental, pero el acontecimiento nunca se produjo, y no faltaron gurúes para explicarnos que en realidad la reforma capitalista ya se había consumado ante lo cual los yeltsins y gorbachovs eran históricamente innecesarios.
    Luego, sobre todo después del colapso de los tigres y dragones en 1997, empezaron a aparecer cifras apabullantes sobre el crecimiento chino, algunas nuevas y otras relativamente viejas que los medios de comunicación venían dejando de lado o pasando a un segundo plano.
    En primer lugar el ritmo de la expansión económica excepcionalmente alto y sostenido durante los últimos veinticinco años: aproximadamente 9 % de crecimiento anual promedio del PBI, que se duplica cada ocho años y que será hacia fines de 2005 diez veces superior al de 1978 cuando comenzaron las reformas económicas. Es imposible encontrar otra experiencia similar en la historia del mundo moderno por su continuidad y por el hecho de que involucra de manera directa a 1300 millones de personas.
    Segundo, se trata de un crecimiento marcado por la industrialización acelerada y las exportaciones industriales. El tránsito ha sido veloz, la industria representa ahora la mitad del PBI (no llegaba a 20 % en los años ´50), las exportaciones, en 90 % productos industriales, han crecido por lo general mucho más rápido que el PBI (22 % en el 2002, 34 % en el 2003, 35 % pronosticado para el 2005), entre 1980 y 2000 aumentaron catorce veces llegando en el 2004 a US$ 590 mil millones (36 % del PBI medido en dólares corrientes), eso significa que se exportó casi 64 % de la producción industrial (medida de igual manera). Y aunque las importaciones han experimentado también tasas elevadas, los altos superávits comerciales han sido la norma. Resultado de ello y de otros flujos externos positivos, las reservas chinas en divisas han pasado a ser las segundas del mundo (más de US$ 600 mil millones hacia fines del 2004) después de las de Japón, y al terminar el 2005 muy probablemente superarán los US$ 800 mil millones.
    Tercero, una expansión apoyada por gigantescos flujos de inversiones extranjeras. Año tras año los medios informan que las inversiones directas extranjeras en China son mayores que las del resto del Tercer Mundo. Llegaron a US$ 42 mil millones en el 2000, 50 mil millones en 2002, 60 mil millones en 2004 y en 2005 alcanzarían los 65 mil millones(1).
    La consecuencia de todo esto es un proceso de modernización acelerada que entre otras cosas fabricó entre 1980 y 2000 unos 200 millones de nuevos habitantes urbanos y que va dando a ese país un creciente peso en la economía mundial. Medido en dólares corrientes el PBI chino de 2004 rondaba US$ 1,6 billones (billón es igual a millón de millones) bien detrás de varias economías desarrolladas como Japón, Francia, o Alemania. Pero si lo medimos de una manera más realista a “paridad de poder de compra”, es decir evaluando la capacidad de compra de esos dólares al interior de la economía, tal como lo hace el Banco Mundial o la CIA(2) superaríamos los US$ 7 billones lo que coloca a China como la número dos global pisándole los talones a Estados Unidos, casi el doble que Japón, tres veces Alemania, más de cuatro veces Francia. Midiendo de ese modo, desde hace por lo menos una década expertos del FMI y de otras organizaciones pronostican en que año el PBI chino alcanzará al de los Estados Unidos. Casi todos acuerdan en que la fecha clave se encontraría entre el 2015 y el 2025, aunque algunos la ubican en un momento mucho más próximo.
    El peso internacional de China se ha incrementado de manera sustancial: compra 40 % del cemento mundial, 25 % del aluminio y representa un tercio aproximadamente de la demanda adicional de petróleo en 2004 y 2005 en el mercado internacional. Según señalaba recientemente un informe del Banco Mundial: “China se ha convertido en la locomotora del crecimiento de varias economías de Asia. En 2003 el mercado chino supuso 18 % de las exportaciones de Corea del Sur, 12 % de las exportaciones japonesas… desde principios del 2002 entre 20 % y 90 % del incremento de las exportaciones de los países de Asia oriental se ha debido a ventas en el mercado chino”.
    En fin, el crecimiento global de los últimos diez años se debió en casi 25 % a China (20 % a Estados Unidos, 15 % a la Unión Europea, y sólo 2 % a Japón)(3).

    El límite energético

    China se ha convertido en una mega devoradora global de materias primas, lo que ha constituido un factor dinamizador de numerosas economías periféricas, por ejemplo Argentina exportadora de soja. Todavía su participación en el comercio global es bien inferior a la de los países ricos pero su expansión vertiginosa le da una presencia decisiva en las demandas adicionales de numerosos insumos estratégicos. En el caso de los metales las compras chinas rondan 20 % de las importaciones mundiales pero si consideramos la demanda adicional en 2003 y 2004 la participación china es de 50 %. En el campo energético la situación es aún más notable: sus importaciones eran, en 2003 y 2004, 7 % de las importaciones mundiales, pero su demanda adicional en ese período representó aproximadamente un tercio de las nuevas compras globales(7). A comienzos de los años ´90 el crecimiento no pudo seguir abastecido por los recursos petroleros propios, y desde ese momento las importaciones crecieron sin parar (ver Gráfico 1, “China: producción y consumo de petróleo”).
    Tres reflexiones mayores resultan inevitables. Primero, China ya es el segundo consumidor mundial de petróleo y en la medida en que el proceso de modernización prosiga el curso actual su presión sobre el precio internacional (que viene subiendo) será cada vez más fuerte. Su déficit petrolero se agravará y los mayores precios terminarán por afectar sus costos industriales. Los podrá compensar pagando menores salarios reales u otorgando subsidios financieros a las empresas. Pero no lo podrá hacer de manera indefinida. Segundo, la presión china sobre los recursos petroleros globales se transformará inevitablemente en enfrentamientos con otros grandes importadores, en especial Estados Unidos, su principal cliente comercial. Eso ya está empezando a ocurrir: su penetración en Africa, Latinoamérica (Venezuela), Medio Oriente (Irán) y Asia Central genera conflictos con los estadounidenses. Tarde o temprano estos antagonismos se convertirán en enfrentamientos políticos duros con consecuencias económicas e incluso probablemente militares.
    Tercero, nos encontramos muy cerca de la cima de la producción petrolera global. En el mejor de los casos, podría empezar a declinar hacia mediados de la próxima década, aunque son cada vez más numerosos los expertos que anuncian que antes del fin de este decenio estaremos sumergidos en una crisis energética mundial. Como China es un mega importador de petróleo (al igual que Estados Unidos, la Unión Europea y Japón) en algún momento no demasiado lejano su expansión encontrará un cuello de botella energético insuperable por lo menos a mediano plazo.
    Allí tendrá que optar entre desacelerar drásticamente su crecimiento (aumentando exponencialmente sus conflictos sociales internos) o avanzar sobre los recursos petroleros globales chocando con los otros mega consumidores. Aún cuando durante un cierto tiempo tenga éxito en su estrategia de abastecimiento energético terminará estrellándose contra el muro de la penuria petrolera sin el tiempo necesario para una reconversión tecnológica ahorradora de energía y/o apuntando a la utilización de otros recursos más accesibles (“reconversión” extremadamente difícil aún para economías mucho más desarrolladas como las de Europa o Estados Unidos).

    Comercio y burbujas

    Las exportaciones industriales han sido el motor del crecimiento acelerado chino. Si nos remitimos a la década actual observaremos que las mismas se han dirigido principalmente hacia Estados Unidos (cerca de un cuarto de sus exportaciones en 2004) y en menor medida a Japón (14 %). El déficit comercial de Estados Unidos con China ha ido en aumento; en 2001 por primera vez China superó a Japón en el primer lugar como causa de déficit comercial de Estados Unidos; en 2004 representó un cuarto del déficit comercial total de la superpotencia (en valor nominal fue diez veces más alto que una década atrás) y en 2005 podría llegar ser aún más grande(8). En Estados Unidos la alarma ya ha empezado a sonar, y como parte de la angustia ante el mayor déficit comercial general de su historia, los reclamos proteccionistas están de moda especialmente dirigidos contra China. Una causa decisiva de estos déficits se encuentra en el abismo salarial existente: un obrero chino no llega a superar US$ 80 mensuales, monto inferior al del ingreso de dos días de un obrero estadounidense en los niveles más bajos.
    Pero la realidad es más compleja cuando se trata localizar a los beneficiarios reales. El año pasado el Wall Street Journal(9) publicaba una nota en la que citaba el ejemplo de Logitech International para demostrar como la mano de obra barata china beneficia a importantes empresas norteamericanas. La firma basada en California se estableció en China y actualmente exporta desde ese país US$ 20 millones anuales en mouses de computadores. El mouse de marca Wanda se vende en EE.UU. a US$ 40 por unidad. De ese monto US$ 8 son para Logitech y 15 para los mayoristas y minoristas; los proveedores de Logitech, como Motorola y Agilent Technologíes obtienen otros 15. A China le quedan sólo US$ 2 para el pago de salarios, consumo de energía, transporte y gastos de administración. Señalaba además la nota que el ingreso total de los 450 vendedores de Logitech en California es mucho más alto que el volumen global de los 4.000 obreros que trabajan en su fábrica china.
    Entre las exportaciones de alta tecnología de China, las empresas extranjeras ocupan más de tres cuartas partes. Motorola y Seagate Technology, dos empresas norteamericanas, han sido catalogadas por el Ministerio de Comercio de China como dos de las 10 principales empresas exportadoras de ese país(10). En síntesis: altos beneficios para las empresas norteamericanas instaladas en China (que acumula superávits comerciales principalmente gracias a las compras de Estados Unidos). Mientras tanto la causa número uno del déficit comercial estadounidense es el saldo negativo de los intercambios de mercancías con la potencia emergente de Oriente.
    Así vistas las cosas podríamos trazar un esquema sencillo de lo que podríamos denominar “el circulo vicioso chino-norteamericano” (ver gráfico 2). Los Estados Unidos de la era Bush mantienen un alto ritmo económico gracias a un conjunto de estímulos (por ejemplo: reducciones de impuestos, créditos accesibles y baratos para los particulares) que han logrado elevados niveles de consumo e inversión abastecidos en gran parte con importaciones industriales baratas provenientes de China. Las empresas radicadas en ese país obtienen enormes ganancias exportando a Estados Unidos porque pagan salarios insignificantes y se benefician con subsidios de todo tipo (fiscales, cambiarios, etc.). China acumula dólares que van a engrosar directamente sus reservas o que son utilizados para comprar Bonos del Tesoro norteamericano.
    Estas reservas llegaban a US$ 168 mil millones en el 2000, a 292 millones en 2002, a 614 mil millones en 2004 y probablemente alrededor de 810 mil millones a fines de 2005(11) – algunos pronósticos suben significativamente esta última cifra-. Esta lluvia de papeles norteamericanos (de valor futuro incierto) se ha visto engrosada por masivas inversiones extranjeras productivas o especulativas. La mano de obra barata, la perspectiva de una muy probable revaluación de la moneda china (cada más enérgicamente exigida por los Estados Unidos), la emergencia de una masa de ricos y semi ricos (pequeña en relación a la sociedad china pero enorme en términos absolutos), son algunos de los atractivos para estos inversores.
    A ello se agregó una política de crédito fácil y muy barato con la que las autoridades han impulsado el desarrollo acelerado. Todo esto generó una gran burbuja de inversiones industriales, inmobiliarias, comerciales, etc, que ha sobrecalentado la economía hasta niveles alarmantes. El gobierno trata desde 2003 de aplacar la euforia restringiendo créditos e inversiones pero tratando al mismo tiempo de evitar una caída demasiado brusca. Los resultados de este juego no han sido suficientemente exitosos, por ejemplo en los últimos meses la desaceleración inversora enfrió las importaciones pero las exportaciones siguieron subiendo fuerte, en consecuencia el superávit comercial aumenta y con él las reservas dificultando la política monetaria en curso.
    ¿Qué hacer?. Medidas más restrictivas podrían provocar un aterrizaje violento, pero si todo sigue como hasta ahora la burbuja seguirá creciendo y con ello los riesgos de un estallido catastrófico para China y Asia del Este con fuertes repercusiones en el sistema mundial.
    Por el lado estadounidense el déficit comercial está llegando a niveles muy altos al igual que el déficit fiscal y el conjunto de deudas. El endeudamiento público ronda US$ 8 billones, pero si sumamos todas las deudas (estatales, empresarias y de los particulares) nos acercaríamos a los US$$ 37 billones. En el centro de esta hiper burbuja de deudas está la especulación inmobiliaria, alimentada en los años recientes con tasas de interés insignificantes y comportamientos bancarios extremadamente “generosos”. Ello como parte de una estrategia gubernamental de reactivación económica que incluyó reducciones tributarias, gastos militares y otras medidas que en su conjunto podríamos calificar como “keynesianismo de derecha”.
    Esa estrategia está llegando a su fin, las tasas de interés han empezado a subir, los reclamos proteccionistas se hacen más fuertes, pero también en este caso el enfriamiento puede llegar a causar un aterrizaje nada suave: ¿que ocurrirá por ejemplo con las deudas hipotecarias asumidas por una considerable masa de acreedores a tasas de interés variables?; ¿cuál será el impacto de la desaceleración del consumo (provocado por la nueva política monetaria) sobre la actividad productiva?. Como vemos ambas burbujas están muy interrelacionadas, la desactivación del circulo vicioso chino-norteamericano no es tan sencilla.

    Temas ideológicos

    Si nos atenemos al discurso oficial, durante 2005 y 2006 China debería concretar importantes objetivos, entre ellos el anunciado enfriamiento de una economía sobrecalentada, el “saneamiento” del sector bancario (que en principio se liberalizará totalmente en 2007) y de las empresas estatales, a lo que se agregan soluciones a los ya serios problemas de empleo, concentración de ingresos y disparidades regionales. Todo en medio de una burbuja económica de muy difícil manejo y de una situación internacional crecientemente conflictiva, en especial con Estados Unidos que es al mismo tiempo su principal cliente comercial y con el que mantiene una estrecha relación financiera.
    Entre la superpotencia instalada en la escena global y la potencia emergente existe un antagonismo estratégico ineludible, exacerbado a mediano plazo por la disputa en torno de los recursos energéticos globales. Es evidente también que el modelo industrial-exportador seguido hasta ahora está empezando a encontrar limites, los antecedentes de los ex tigres asiáticos y de Japón no pueden dejar de preocupar a los dirigentes chinos.
    En los próximos años tal vez deban enfrentar una decisiva “crisis de crecimiento” que también podría llegar a ser “de agotamiento” del proceso de modernización iniciado hace un cuarto de siglo. Se aproximan a ese momento invadidos por un creciente desgarramiento ideológico, un tironeo cultural entre dos legitimidades. Por una parte su “legitimidad de origen”, socialista, igualitaria, campesina, marcada por un fenómeno histórico decisivo: la revolución encabezada por Mao en 1949 y que recompuso la identidad china (así como 1789 recompuso de manera irreversible la identidad francesa). La misma les sigue otorgando autoridad moral sobre centenares de millones de pobres cada vez menos favorecidos por la modernización y posiblemente desfavorecidos en términos absolutos dentro de no mucho tiempo.

    Frente a ella se encuentra una nueva legitimidad, emergente pero frágil, basada en la prosperidad de la economía de mercado, la apertura a las inversiones extranjeras. Sostenida por los nuevos grupos sociales ascendentes, cuya cúpula es una mezcla híbrida de hombres de negocios y hombres del aparato político-militar, atravesados por intrincadas redes de corrupción. La primera legitimidad constituye un factor esencial en la gobernabilidad del sistema aunque el modelo económico que la engendró ha sido enterrado por la actual clase dirigente, la segunda legitimidad está en construcción, pero su desarrollo futuro (y su posible deterioro) debería llevarla a enfrentarse abiertamente con la primera. Se trata de una confrontación ideológica cuyos protagonistas potenciales son enormes masas humanas y que se inscribe a comienzos del siglo XXI en un mundo crecientemente multipolar pero donde ninguno de esos “polos” (Estados Unidos, la Unión Europea, Japón y China) dispone de un futuro tranquilo.


    (1) China Statistical Yearbook.
    (2) CIA,“The World Fatbook”, http://www.odci.gov/cia/publications/factbook/rankorder/2001rank.html
    (3) Pablo Bustelo, “Los crecientes problemas de empleo en China”, Labóral, Madrid, vol. 3, nº 20, enero de 2005.
    (4) World Bank, World Development Indicators.
    (5) Ibid.
    (6) De acuerdo con los compromisos contraídos por China a raíz e su ingreso en la OMC, en Diciembre de 2006 serán eliminadas las principales restricciones a los bancos extranjeros para sus operaciones con empresas y particulares. Esto puede provocar una corrida general de clientes desde los bancos chinos, actualmente sobrecargados de deudas incobrables, hacia los bancos extranjeros provocando una crisis bancaria de graves consecuencias para el conjunto de la economía.
    (7) Banco Mundial y Agencia Internacional de Energía.
    (8) USA Department of Commerce.
    (9) Diario del Pueblo, Pekin, 02-02-2004, “Comentario de Wall Street Journal: la economía china constituye un apoyo para economía norteamericana”.
    (10)World Bank; China: Key Indicators.
    (11)Ibid.

    (*) Jorge Beinstein (IFEMA), es experto en pronósticos económicos; doctorado en Economía en Francia; profesor titular de la UBA. Fue coordinador del Programa de Prospectiva Tecnológica
    en el SELA; profesor titular de Economia Internacional y Prospectiva en el Instituto Nacional Agronómico de Paris, consultor de la administración pública francesa y de diversos organismos
    internacionales (PNUD, UNESCO). Actualmente es director de Prospectiva y Planeamiento Estratégico del Grupo Braidot y Eurobusiness (España).

    Un horizonte con problemas

    Por debajo de la euforia emergen problemas graves que pueden llegar a poner en jaque al nuevo “milagro asiático”.
    Uno de ellos es la combinación explosiva de concentración de ingresos y desocupación crecientes. En realidad las grandes transformaciones iniciadas hace más de un cuarto de siglo (urbanización, privatizaciones e inserción en la economía global) que fueron dejando atrás al modelo maoísta agravaron el fenómeno. La expansión de la economía urbana y privada en detrimento de los sectores rural y estatal, unido a las exigencias de la competencia internacional (no solo en la industria de exportación) han impulsado un crecimiento económico cada vez más “moderno”, es decir menos intensivo en mano de obra. La tasa real de desempleo en las ciudades se aproximaría a 15 % (cerca de 35 millones de personas) y el subempleo tocaría a unas 80 millones de personas instaladas en el sector informal de las ciudades y a unas 150 millones en el campo, en realidad fluctuando entre trabajos precarios y mal pagos rurales y urbanos(4). En síntesis: más de 30 % de la Población Económicamente Activa (evaluada en unos 770 millones de personas a comienzos de 2005) está desocupada o sobrevive con trabajos precarios.
    Por otra parte el avance de la “economía de mercado” ha creado una masa de “ricos” (empresarios y alta burocracia) que concentra velozmente ingresos. El Coeficiente Gini que mide la distribución de ingresos (más equitativa cuando el coeficiente se acerca a cero y menos cuando se acerca a uno) era de aproximadamente 0,28 en 1980 y había subido a 0,47 en 2001 según la información del Banco Mundial(5). Probablemente esas cifras estén subestimando el fenómeno. El proceso ha sido hasta ahora “aceptado” por el grueso de la población porque las altas tasas de crecimiento han permitido que tanto pobres como ricos, aunque cada vez más distanciados, han ido mejorando en términos absolutos su nivel de vida (los dirigentes chinos suelen señalar que en el último cuarto de siglo, gracias a las reformas, la mayoría de la población ha podido pasar de la “indigencia” a la “pobreza”).
    ¿Pero que ocurrirá cuando China reduzca, aunque sea suavemente, sus excepcionales tasas de crecimiento?. El gobierno lo está intentando desde 2003, con medidas de restricción del crédito y de bloqueo a ciertas inversiones, con el fin de ordenar el sistema, impedir la formación de cuellos de botella inflacionarios y prevenir futuros derrumbes empresarios. ¿Cuales serán las consecuencias de la inevitable desaceleración de las exportaciones industriales o de una intensificación de las innovaciones en ese sector (que aumentarán la productividad laboral) para hacerlo más competitivo internacionalmente?. ¿Cuales serán las consecuencias del “saneamiento” de las empresas estatales y de la administración pública considerado “inexorable” e “inminente” por las propias autoridades?. ¿Cuales serán las consecuencias de la liberalización importadora y financiera acordada por el gobierno como condición para la entrada de China en la Organización Mundial de Comercio?(6).
    Evidentemente todo eso traerá mucha desocupación urbana y rural, y también mayor concentración de ingresos ya que las clases altas tratarán (muy probablemente lo consigan) compensar un crecimiento menor de la torta con una mayor tajada. La estrecha imbricación entre el poder político-militar, la burocracia media y superior y los nuevos ricos (industriales, comerciantes, campesinos prósperos) hace más que probable esta alternativa. Si eso ocurre, seguramente grandes masas de la población verán que sus ingresos se estancan o descienden. En ese momento (que según algunos expertos ya ha comenzado, aunque por ahora de manera muy marginal) es probable que la cohesión social sufra graves deterioros. El problema se agudizará en el largo plazo, aun cuando la tasa de crecimiento demográfica pueda ser mantenida por debajo de 1 % anual, debido a la presión de la población rural sobre las ciudades y el incesante aumento de la productividad industrial (sobredeterminada por las exigencias del comercio internacional).
    Todo esto debe ser inscripto en la geografía concreta del país que presenta disparidades regionales cada vez más agudas, sobre todo entre el interior abrumadoramente rural (y mayoritario), con bajos niveles de ingresos, y la zona costera marcada por las grandes ciudades donde emergen los sectores prósperos. Estas diferencias territoriales unidas a las brechas sociales en las zonas “modernas” conforman una mezcla explosiva que podría detonar en un plazo de difícil pronóstico.