sábado, 18 de abril de 2026

    Capital financiero vs. inversión externa directa

    Lo malo de esa contratendencia es que contribuye a profundizar los desequilibrios globales y pone al mundo en riesgo.

    Por cierto, las dirigencias políticas locales adoran la IED, por encima de los demás flujos de capital. Nada mejora la suerte de un gobierno periférico que persuadir a inversores internacionales sobre las presuntas bondades de su país como receptor de IED. Se entiende, claro, fondos destinados a la economía física: industria, minería, actividades exportadoras, servicios reales, etc.

    Por lo general, los proyectos que seducen a los políticos del mundo en desarrollo no cuentan con la buena voluntad de analistas ni banqueros. Pero, en el caso de la IED, su actitud es otra. Máxime desde que, hace algunos años, se incluyen en esa categoría fusiones, adquisiciones (F&A) y privatizaciones, tres canales que en realidad- no generan nueva riqueza (como sí lo hace levantar fábricas o extraer minerales e hidrocarburos).

    Sea como fuere, ambas formas de IED cuentan con sello de aprobación en círculos financieros de las principales economías, organismos multilaterales y otras instancias. Los partidarios del mercado las ven como impulsoras de globalización, aunque no lo sean necesariamente. Quienes privilegian la economía real las definen como motores de desarrollo.

    En este segundo plano, la unidad de inteligencia del ortodoxo The Economist estima que elevar un punto la relación entre monto de IED y producto bruto interno (PBI), en países en desarrollo, equivale a un aumento de 0,4% en el segundo. Esto obedece a un tenet ideológico, según el cual las empresas extranjeras se desempeñan mejor y pagan salarios más altos que las locales; salvo en las economías avanzadas. Curiosamente, no se tiene en cuenta el auge de la tercerización, originado en mayor rentabilidad o menores costo prevalecientes en países de menor desarrollo.



    El caso OCDE



    Sea como fuere, es natural que los niveles de IED en el mundo sean seguidos muy de cerca. Así, los 24 países más ricos del mundo (Organización de Cooperación para el Desarrollo Económico, OCDE) son la mayor fuente de IED. Durante los años ´90, estos flujos crecieron velozmente, pero sólo porque una burbuja bursátil que se desinfló desde 2000- había multiplicado F&A y sus efectos en el resto del mundo, en forma de privatizaciones transnacionalizantes.

    La masa nominal de IED, pues, se sextuplicó en la década 1990-99. Después, ingresos y egresos de IED cayeron espectacularmente. El último informe de la OCDE llega a 2004 y revela que egresos (US$ 667.800 millones) e ingresos del grupo (400.000 millones) seguían por debajo de los registrados en 1999.

    No obstante, el dato de fondo es que la salida de IED vuelve a subir desde 2004, al cabo de cuatro años deprimidos. En parte, porque la economía norteamericana tiende a recobrarse paulatinamente desde 2003. Debe recordarse que Estados Unidos es el mayor aportante mundial de IED, con US$ 252.000 millones el año pasado. Pero también es el mayor receptor, titulo que ha retenido durante buena parte de los últimos veinte años.

    Sin embargo, la recuperación de flujos hacia EE.UU. (no se computan los financieros, es decir por venta masiva de deuda externa) no ha sido suficiente para compensar la prolongada declinación en el conjunto de la OCDE. Esto refleja la debilidad de la Eurozona (los doce adherentes a la moneda común), en particular Alemania y Francia, como fuentes de IED.

    La novedad fundamental es, empero, que los flujos de IED se den hacia fuera de la OCDE, no ya entre sus miembros. Desde 2001, aquellos flujos netos aumentan, tras ser negativos en 2000 (irónicamente, en el pico de la manía F&A). En 2004, el monto invertido fuera de la OCDE alcanzó picos desde 1993: los inversores de las economías centrales empezaban a marchar hacia mano de obra barata y nuevos mercados de consumo en el mundo subdesarrollado.



    Los optimistas de la RF



    Esta peculiar mezcla de síntomas alumbró meses atrás- el optimismo fundamentalista de Alan Greenspan y su entonces colega en la Reserva Federal, Benjamin Bernanke. Esta teoría sostiene que el enorme déficit estadounidense en cuenta corriente (6,5% del PBI a fin de junio) trasunta, en realidad, un exceso de ahorro interno en el resto del mundo. Por tanto, se trata de guarismos sostenibles.

    Por el contrario, varios economistas ortodoxos temen que la adicción norteamericana al endeudamiento acabe en una catástrofe. Dicho de otra forma, las buenas noticias (repunte mundial de la IED) pueden sucumbir a una letal combinación de déficit en EE.UU.: pagos externos, comercio, presupuesto y gasto familiar.

    Ahora bien ¿por qué los países pobres estarían tan dispuestos a prestar dinero a EE.UU. y otras economías ricas? En teoría los flujos debieran ir en dirección contraria, pues los retornos potenciales son superiores en los países en desarrollo. Glenn Hubbard, ex asesor económico principal de George Walker Bush cargo que hoy tiene Bernanke- cree que la culpa es de sistemas financieros y mercado de riesgo débiles o inadecuados que prevalecen en esas economías. En su visión, esos factores empujan fondos de todo tipo blancos, grises, negros- hacia EE.UU., una economía grande donde se respetan los derechos de los inversores.

    No lo ven tan color de rosa los analistas ortodoxos. De todos modos, como subraya el informe de la OCDE, la evolución positiva de la IED despierta esperanzas, aunque la economía norteamericana la segunda del mundo- viva en un universo aparte. En particular, porque ese tipo de capitales involucra proyectos complejos, ajenos a especulaciones de corto plazo en pos de retornos desmedidos.