miércoles, 27 de mayo de 2026

    La palanca verde

    Por
    Néstor Sargiotto

    La cifra
    equivale a 20% del PBI nacional. El impacto del sector es significativamente
    mayor en el renglón de las exportaciones. Las ventas externas de
    productos primarios y manufacturas de origen agropecuario totalizarán
    este año unos US$ 17.000 millones, con una participación
    de 55% en las colocaciones totales.
    Entre las diez principales empresas del país, ocho están
    vinculadas al agro. La lista incluye a Cargill, Bunge, Aceitera General
    Deheza, Dreyfus, Toepfer, Vicentín, Nidera y La Plata Cereal.
    A diferencia de otros rubros exportadores, como los hidrocarburos, la
    minería o la pesca, donde el país juega un papel secundario
    en el mercado internacional, en el negocio global de los agroalimentos
    la Argentina es un player de peso en varios de los segmentos más
    relevantes de la actividad.
    En la última campaña lideró el ranking mundial de
    exportadores de aceites y harinas de soja y girasol, limones y jugo de
    limón, peras, carne equina, miel, maíz pisingallo, yerba
    mate y jugo de uva; fue segundo en ventas de maíz, sorgo y ajo;
    tercero en colocaciones de granos de soja, girasol, maní y porotos;
    y quinto en carne bovina y trigo, por citar algunos de los rubros más
    representativos.
    Actualmente, se ubica como octavo productor mundial de alimentos y sexto
    mayor exportador, detrás de potencias como Estados Unidos, Unión
    Europea, Canadá, Australia y Brasil.
    Fruto del crecimiento experimentado en los últimos años,
    es el país con mayor disponibilidad de alimentos en el mundo, con
    una producción de 1,93 tonelada anual por habitante, frente a una
    media de 0,33 tonelada per cápita en todo el planeta.
    Aunque este indicador choque crudamente con las estadísticas de
    desnutrición infantil y de población por debajo de la línea
    de indigencia, lo concreto es que la cosecha nacional alcanza para alimentar
    a 300 millones de personas.
    Quienes analizan a fondo el sector aseguran que la foto actual muestra
    sólo una pequeña parte del potencial que el negocio de los
    agroalimentos le depara al país.
    De hecho, si bien los números registrados en las últimas
    campañas son significativos, las exportaciones argentinas de productos
    primarios y derivados apenas representan 3,4% de un comercio internacional
    de agroalimentos que mueve US$ 500.000 millones por temporada.
    Más que marcar una debilidad, el dato pone en evidencia el largo
    camino que queda por recorrer, especialmente en un contexto en donde,
    tanto los indicadores de producción tranqueras adentro como las
    proyecciones internacionales de demanda, hablan de un protagonismo creciente
    de la Argentina.
    Actualmente, la cosecha nacional de cereales y oleaginosas se ubica en
    70 millones de toneladas, de las cuales la soja aporta 48,5% del volumen
    y 65,5% del valor bruto.
    La meta es llegar al 2010 con una producción agrícola de
    100 millones de toneladas por temporada, lo que a su vez se traduciría
    en exportaciones adicionales por US$ 9.600 millones anuales.
    No se trata de una simple expresión de anhelo. Las primeras proyecciones
    del Departamento de Agricultura de Estados Unidos (Usda) referidas a la
    campaña 2004-05 estimaron para la Argentina una cosecha récord
    de 76,9 millones de toneladas, 11,9% más que la zafra anterior.
    A este ritmo, el país superaría con creces la barrera de
    las 100 millones de toneladas de granos al final de la década.
    Los datos del Usda ponen nuevamente a la soja a la vanguardia del crecimiento.
    La rubia oleaginosa pasaría de un volumen de 33 millones de toneladas
    en el ciclo anterior a 39 millones de toneladas en la temporada que se
    larga en septiembre, con un incremento interanual de 18,2%.
    Por lo pronto, el trigo ya viene con un aumento de 5-7% del área
    sembrada, aunque los números grandes de la campaña se definirán
    a la hora de implantar y recolectar los cultivos de verano.
    Desde la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Pesca y Alimentos
    (Sagpya) también se manejan pronósticos alcistas. “Nuestra
    meta es lograr exportaciones agroalimentarias por US$ 20.000 millones
    en el 2008 y estamos bien encaminados para alcanzar ese objetivo”,
    señala Miguel Campos, titular de la repartición.
    “También nos propusimos crear, 400.000 puestos de trabajo
    y la dinámica registrada hasta ahora ya nos permitió abrir
    97.000 plazas laborales”, agrega el funcionario.
    Queda claro que el aporte del agro va más allá de la capacidad
    de reportar divisas externas. Según los datos del Indec, el sector
    emplea de manera directa a 1,5 millón de personas. Un trabajo de
    la Fundación Producir Conservando, agrega que si a esa cifra se
    suman las industrias y servicios indirectamente vinculados al negocio
    agroalimentario, el total de puestos laborales asciende a 5,7 millones
    de personas, equivalente a 43% de la población económicamente
    activa (PEA).
    Por cierto, también es relevante su aporte fiscal. Sólo
    a través de las retenciones, el año pasado el campo desembolsó
    US$ 6.500 millones.

    Tierra
    generosa

    Según un reciente informe de la Organización para la Cooperación
    y el Desarrollo Económico (Ocde), la Argentina y Brasil se convertirán
    en los próximos 10 años en los principales exportadores
    mundiales de granos.
    El pronóstico se asienta en el potencial productivo de los dos
    países con mayor capacidad de expansión de la frontera agrícola.
    En el caso de la Argentina, si bien en la última década
    la superficie sembrada pasó de 14,3 millones a 28,1 millones de
    hectáreas, sólo en la pampa húmeda hay 52 millones
    de hectáreas disponibles, la mayor parte con aptitud para la producción
    de granos.
    Mayor aún es el margen para crecer en el norte y otras regiones
    periféricas, donde se viene observando un avance explosivo de la
    soja. Traducido a números, el incremento del área sembrada
    con la oleaginosa en las últimas cinco campañas llega a
    480% en Chaco, 322% en Santiago del Estero, 290% en Entre Ríos,
    780% en La Pampa y 614% en San Luis.
    Se estima que, en total, la Argentina dispone de 180 millones de hectáreas
    destinadas a actividades agropecuarias. De esa superficie, la agricultura
    del futuro podría ocupar cerca de la mitad, lo que implicaría
    triplicar los actuales niveles de siembra.
    El tema de la tierra es crucial en cualquier evaluación a largo
    plazo. Hace 50 años el mundo disponía de 0,56 hectárea
    cultivable por habitante, mientras que hoy la relación es de 0,24
    hectárea por persona.
    Claro que el boom agrícola no se basa únicamente en la expansión
    de la frontera cultivada. También los avances tecnológicos
    en semillas, agroquímicos y fertilizantes han permitido dar un
    vuelco en la productividad.
    Hace 30 años los rindes promedios del maíz rondaban los
    20 quintales por hectárea, mientras hoy la media es de 65 quintales.
    El girasol duplicó su nivel de producción por unidad de
    superficie con respecto a la década de 1980 y la soja incrementó
    sus rindes en más de 70% en similar período.

    Aprender
    a multiplicar

    La gran materia pendiente que le queda a la cadena agroindustrial argentina
    es potenciar su capacidad de multiplicación de valor. Países
    como Canadá, Australia o Nueva Zelanda han sabido apalancar sus
    economías de avanzada a partir de un sólido complejo agroindustrial
    concentrado de la obtención de productos de alto valor agregado.
    Para muestra basta un botón: las exportaciones agroalimentarias
    neocelandesas registran un valor promedio de US$ 1.300 por tonelada, muy
    por encima de la media de 200 US$/tonelada de las colocaciones nacionales.
    Si bien 73% de la soja argentina se industrializa en el país, los
    derivados resultantes se componen casi exclusivamente de aceite a granel
    y harinas, dos commodities de alta demanda internacional pero relativamente
    bajo valor.
    Un paso adelante sería avanzar en la producción y venta
    al mercado externo de aceites refinados envasados. Otro escalón
    sería transformar en kilos de carne una porción mayor de
    la harina de soja. En la Argentina se consume internamente menos de 2%
    de pellets obtenido en la industria del crushing, mientras que Brasil
    destina 45% de esta fuente proteica a la alimentación de bovinos,
    porcinos y aves. Ello le ha permitido convertirse en el primer exportador
    mundial de carnes, agregando un eslabón más a la cadena
    de creación de valor.

    Danza
    de millones

    Más allá de los puntos flacos que sigue evidenciando el
    negocio agroalimentario en el país, lo concreto es que por estos
    días el sector asiste a una verdadera danza de millones.
    En la fase de producción primaria, los números brotan como
    en tierra fértil. Según estimaciones del Inta, la implantación
    de los cuatro principales cultivos (soja, maíz, trigo y girasol)
    demandó en la última campaña agrícola una
    inversión de $ 7.383 millones en concepto de semillas, agroquímicos,
    fertilizantes y combustibles.
    A ello se suman las erogaciones en alquileres, cuyos valores se triplicaron
    en las últimas tres temporadas.
    Mayor aún fue el salto del precio de la tierra. En algunos casos,
    las cotizaciones actuales de los campos cuadruplican los montos en dólares
    que se manejaban antes de la devaluación.
    Por cierto, el escenario de silos llenos y buenas cotizaciones de los
    granos rápidamente multiplicó su impacto en el conjunto
    de industrias y servicios vinculadas al sector.
    Las ventas de maquinaria agrícola crecieron 137% en el 2003, redondeando
    negocios por más de $ 2.300 millones (ver páginas siguientes).
    Los patentamientos de camionetas cero kilómetro marcaron un incremento
    de 91% en similar período.
    Los agrodólares también se hicieron sentir en la actividad
    de la construcción, con alzas de más de 100% en los permisos
    de edificación registrados en las ciudades con fuerte influencia
    agrícola-ganadera.
    Incluso el sector financiero da muestras del fenómeno. En Córdoba,
    principal provincia sojera del país, los depósitos asentados
    en las sucursales bancarias del interior promedian un crecimiento (en
    pesos) de 35% con respecto a diciembre de 2001, frente a una media de
    10% en las casas de la capital provincial.
    Otro rubro que vive su verano al compás de los granos es el transporte;
    80% de la cosecha se mueve en camión, demandando alrededor de cuatro
    millones de viajes por campaña.
    A nivel agroindustrial, el complejo sojero tiene en marcha inversiones
    por US$ 350 millones para ampliar la capacidad de molienda y la infraestructura
    en los puertos del Paraná. La cifra crece a más de US$ 500
    millones si se agregan las obras para almacenaje, acondicionamiento y
    transporte de granos en todo el país. Se estima que sólo
    en unidades de procesamiento y ampliaciones portuarias se requieren desembolsos
    por US$ 750 millones en el corto plazo.
    Y eso es sólo la punta del iceberg. Un estudio de la Fundación
    Producir Conservando estableció que para manejar la cosecha de
    100 millones de toneladas prevista para el 2010 se requerirán inversiones
    por al menos US$ 4.500 millones en almacenaje, procesamiento, red vial,
    puertos y logística.
    Y en el campo los granos no son todo. También la ganadería
    viene repuntando, con perspectivas de concretar exportaciones por 420.000
    toneladas (US$ 730 millones).
    En la cadena porcina se barajan inversiones por US$ 250 millones para
    los próximos cinco años, mientras que en la producción
    de aves los planes de expansión contemplan el desembolso de $ 144
    millones con la meta de llegar a exportaciones por US$ 400 millones anuales
    hacia fines de la década.
    Los números son aún más significativos en negocios
    como la frutihorticultura, que anualmente mueve una producción
    de $ 6.000 millones y concreta exportaciones por US$ 650 millones. La
    vitivinicultura, en tanto, tiene un plan de largo plazo con la meta de
    exportar por US$ 2.000 millones en el 2020, mientras que el sector forestal
    se propone llegar en una década a concretar exportaciones por US$
    3.000 millones anuales, generando 500.000 puestos de empleo