Por
Néstor Sargiotto
La cifra
equivale a 20% del PBI nacional. El impacto del sector es significativamente
mayor en el renglón de las exportaciones. Las ventas externas de
productos primarios y manufacturas de origen agropecuario totalizarán
este año unos US$ 17.000 millones, con una participación
de 55% en las colocaciones totales.
Entre las diez principales empresas del país, ocho están
vinculadas al agro. La lista incluye a Cargill, Bunge, Aceitera General
Deheza, Dreyfus, Toepfer, Vicentín, Nidera y La Plata Cereal.
A diferencia de otros rubros exportadores, como los hidrocarburos, la
minería o la pesca, donde el país juega un papel secundario
en el mercado internacional, en el negocio global de los agroalimentos
la Argentina es un player de peso en varios de los segmentos más
relevantes de la actividad.
En la última campaña lideró el ranking mundial de
exportadores de aceites y harinas de soja y girasol, limones y jugo de
limón, peras, carne equina, miel, maíz pisingallo, yerba
mate y jugo de uva; fue segundo en ventas de maíz, sorgo y ajo;
tercero en colocaciones de granos de soja, girasol, maní y porotos;
y quinto en carne bovina y trigo, por citar algunos de los rubros más
representativos.
Actualmente, se ubica como octavo productor mundial de alimentos y sexto
mayor exportador, detrás de potencias como Estados Unidos, Unión
Europea, Canadá, Australia y Brasil.
Fruto del crecimiento experimentado en los últimos años,
es el país con mayor disponibilidad de alimentos en el mundo, con
una producción de 1,93 tonelada anual por habitante, frente a una
media de 0,33 tonelada per cápita en todo el planeta.
Aunque este indicador choque crudamente con las estadísticas de
desnutrición infantil y de población por debajo de la línea
de indigencia, lo concreto es que la cosecha nacional alcanza para alimentar
a 300 millones de personas.
Quienes analizan a fondo el sector aseguran que la foto actual muestra
sólo una pequeña parte del potencial que el negocio de los
agroalimentos le depara al país.
De hecho, si bien los números registrados en las últimas
campañas son significativos, las exportaciones argentinas de productos
primarios y derivados apenas representan 3,4% de un comercio internacional
de agroalimentos que mueve US$ 500.000 millones por temporada.
Más que marcar una debilidad, el dato pone en evidencia el largo
camino que queda por recorrer, especialmente en un contexto en donde,
tanto los indicadores de producción tranqueras adentro como las
proyecciones internacionales de demanda, hablan de un protagonismo creciente
de la Argentina.
Actualmente, la cosecha nacional de cereales y oleaginosas se ubica en
70 millones de toneladas, de las cuales la soja aporta 48,5% del volumen
y 65,5% del valor bruto.
La meta es llegar al 2010 con una producción agrícola de
100 millones de toneladas por temporada, lo que a su vez se traduciría
en exportaciones adicionales por US$ 9.600 millones anuales.
No se trata de una simple expresión de anhelo. Las primeras proyecciones
del Departamento de Agricultura de Estados Unidos (Usda) referidas a la
campaña 2004-05 estimaron para la Argentina una cosecha récord
de 76,9 millones de toneladas, 11,9% más que la zafra anterior.
A este ritmo, el país superaría con creces la barrera de
las 100 millones de toneladas de granos al final de la década.
Los datos del Usda ponen nuevamente a la soja a la vanguardia del crecimiento.
La rubia oleaginosa pasaría de un volumen de 33 millones de toneladas
en el ciclo anterior a 39 millones de toneladas en la temporada que se
larga en septiembre, con un incremento interanual de 18,2%.
Por lo pronto, el trigo ya viene con un aumento de 5-7% del área
sembrada, aunque los números grandes de la campaña se definirán
a la hora de implantar y recolectar los cultivos de verano.
Desde la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Pesca y Alimentos
(Sagpya) también se manejan pronósticos alcistas. “Nuestra
meta es lograr exportaciones agroalimentarias por US$ 20.000 millones
en el 2008 y estamos bien encaminados para alcanzar ese objetivo”,
señala Miguel Campos, titular de la repartición.
“También nos propusimos crear, 400.000 puestos de trabajo
y la dinámica registrada hasta ahora ya nos permitió abrir
97.000 plazas laborales”, agrega el funcionario.
Queda claro que el aporte del agro va más allá de la capacidad
de reportar divisas externas. Según los datos del Indec, el sector
emplea de manera directa a 1,5 millón de personas. Un trabajo de
la Fundación Producir Conservando, agrega que si a esa cifra se
suman las industrias y servicios indirectamente vinculados al negocio
agroalimentario, el total de puestos laborales asciende a 5,7 millones
de personas, equivalente a 43% de la población económicamente
activa (PEA).
Por cierto, también es relevante su aporte fiscal. Sólo
a través de las retenciones, el año pasado el campo desembolsó
US$ 6.500 millones.
Tierra
generosa
Según un reciente informe de la Organización para la Cooperación
y el Desarrollo Económico (Ocde), la Argentina y Brasil se convertirán
en los próximos 10 años en los principales exportadores
mundiales de granos.
El pronóstico se asienta en el potencial productivo de los dos
países con mayor capacidad de expansión de la frontera agrícola.
En el caso de la Argentina, si bien en la última década
la superficie sembrada pasó de 14,3 millones a 28,1 millones de
hectáreas, sólo en la pampa húmeda hay 52 millones
de hectáreas disponibles, la mayor parte con aptitud para la producción
de granos.
Mayor aún es el margen para crecer en el norte y otras regiones
periféricas, donde se viene observando un avance explosivo de la
soja. Traducido a números, el incremento del área sembrada
con la oleaginosa en las últimas cinco campañas llega a
480% en Chaco, 322% en Santiago del Estero, 290% en Entre Ríos,
780% en La Pampa y 614% en San Luis.
Se estima que, en total, la Argentina dispone de 180 millones de hectáreas
destinadas a actividades agropecuarias. De esa superficie, la agricultura
del futuro podría ocupar cerca de la mitad, lo que implicaría
triplicar los actuales niveles de siembra.
El tema de la tierra es crucial en cualquier evaluación a largo
plazo. Hace 50 años el mundo disponía de 0,56 hectárea
cultivable por habitante, mientras que hoy la relación es de 0,24
hectárea por persona.
Claro que el boom agrícola no se basa únicamente en la expansión
de la frontera cultivada. También los avances tecnológicos
en semillas, agroquímicos y fertilizantes han permitido dar un
vuelco en la productividad.
Hace 30 años los rindes promedios del maíz rondaban los
20 quintales por hectárea, mientras hoy la media es de 65 quintales.
El girasol duplicó su nivel de producción por unidad de
superficie con respecto a la década de 1980 y la soja incrementó
sus rindes en más de 70% en similar período.
Aprender
a multiplicar
La gran materia pendiente que le queda a la cadena agroindustrial argentina
es potenciar su capacidad de multiplicación de valor. Países
como Canadá, Australia o Nueva Zelanda han sabido apalancar sus
economías de avanzada a partir de un sólido complejo agroindustrial
concentrado de la obtención de productos de alto valor agregado.
Para muestra basta un botón: las exportaciones agroalimentarias
neocelandesas registran un valor promedio de US$ 1.300 por tonelada, muy
por encima de la media de 200 US$/tonelada de las colocaciones nacionales.
Si bien 73% de la soja argentina se industrializa en el país, los
derivados resultantes se componen casi exclusivamente de aceite a granel
y harinas, dos commodities de alta demanda internacional pero relativamente
bajo valor.
Un paso adelante sería avanzar en la producción y venta
al mercado externo de aceites refinados envasados. Otro escalón
sería transformar en kilos de carne una porción mayor de
la harina de soja. En la Argentina se consume internamente menos de 2%
de pellets obtenido en la industria del crushing, mientras que Brasil
destina 45% de esta fuente proteica a la alimentación de bovinos,
porcinos y aves. Ello le ha permitido convertirse en el primer exportador
mundial de carnes, agregando un eslabón más a la cadena
de creación de valor.
Danza
de millones
Más allá de los puntos flacos que sigue evidenciando el
negocio agroalimentario en el país, lo concreto es que por estos
días el sector asiste a una verdadera danza de millones.
En la fase de producción primaria, los números brotan como
en tierra fértil. Según estimaciones del Inta, la implantación
de los cuatro principales cultivos (soja, maíz, trigo y girasol)
demandó en la última campaña agrícola una
inversión de $ 7.383 millones en concepto de semillas, agroquímicos,
fertilizantes y combustibles.
A ello se suman las erogaciones en alquileres, cuyos valores se triplicaron
en las últimas tres temporadas.
Mayor aún fue el salto del precio de la tierra. En algunos casos,
las cotizaciones actuales de los campos cuadruplican los montos en dólares
que se manejaban antes de la devaluación.
Por cierto, el escenario de silos llenos y buenas cotizaciones de los
granos rápidamente multiplicó su impacto en el conjunto
de industrias y servicios vinculadas al sector.
Las ventas de maquinaria agrícola crecieron 137% en el 2003, redondeando
negocios por más de $ 2.300 millones (ver páginas siguientes).
Los patentamientos de camionetas cero kilómetro marcaron un incremento
de 91% en similar período.
Los agrodólares también se hicieron sentir en la actividad
de la construcción, con alzas de más de 100% en los permisos
de edificación registrados en las ciudades con fuerte influencia
agrícola-ganadera.
Incluso el sector financiero da muestras del fenómeno. En Córdoba,
principal provincia sojera del país, los depósitos asentados
en las sucursales bancarias del interior promedian un crecimiento (en
pesos) de 35% con respecto a diciembre de 2001, frente a una media de
10% en las casas de la capital provincial.
Otro rubro que vive su verano al compás de los granos es el transporte;
80% de la cosecha se mueve en camión, demandando alrededor de cuatro
millones de viajes por campaña.
A nivel agroindustrial, el complejo sojero tiene en marcha inversiones
por US$ 350 millones para ampliar la capacidad de molienda y la infraestructura
en los puertos del Paraná. La cifra crece a más de US$ 500
millones si se agregan las obras para almacenaje, acondicionamiento y
transporte de granos en todo el país. Se estima que sólo
en unidades de procesamiento y ampliaciones portuarias se requieren desembolsos
por US$ 750 millones en el corto plazo.
Y eso es sólo la punta del iceberg. Un estudio de la Fundación
Producir Conservando estableció que para manejar la cosecha de
100 millones de toneladas prevista para el 2010 se requerirán inversiones
por al menos US$ 4.500 millones en almacenaje, procesamiento, red vial,
puertos y logística.
Y en el campo los granos no son todo. También la ganadería
viene repuntando, con perspectivas de concretar exportaciones por 420.000
toneladas (US$ 730 millones).
En la cadena porcina se barajan inversiones por US$ 250 millones para
los próximos cinco años, mientras que en la producción
de aves los planes de expansión contemplan el desembolso de $ 144
millones con la meta de llegar a exportaciones por US$ 400 millones anuales
hacia fines de la década.
Los números son aún más significativos en negocios
como la frutihorticultura, que anualmente mueve una producción
de $ 6.000 millones y concreta exportaciones por US$ 650 millones. La
vitivinicultura, en tanto, tiene un plan de largo plazo con la meta de
exportar por US$ 2.000 millones en el 2020, mientras que el sector forestal
se propone llegar en una década a concretar exportaciones por US$
3.000 millones anuales, generando 500.000 puestos de empleo
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