El gobierno estadounidense gozó de superávit en el lapso 1998-2000. Hace seis años, las letras de Tesorería rendían algo más de 4% anual. Como hoy. Pero, entretanto, aumentos de gastos, rebajas tributarias y menores ingresos fiscales dieron vuelta todo.
En 2001-2, una economía debilitada coexistió con la implosión de la burbuja bursátil y déficit en franco crecimiento. El previsto para el ejercicio 2004 equivale a 5% del producto bruto interno a valores corrientes. Igual que en 1992, cuando George W. H. Bush perdió la reelección.
Ahora bien, ¿por qué la tasa larga, o sea la de los bonos T-10, se mantiene alrededor de 4% desde hace nueve meses? Porque, según señala un estudio de la escuela de negocios Wharton, el Sistema de Reserva Federal mantiene las tasas básicas en 1% anual, piso desde julio de 1958, para estimular una desigual reactivación económica.
Al mismo tiempo, China, Japón, Taiwán, Hongkong y otros han estado comprando enormes volúmenes de letras y bonos federales. Es decir, deuda titulizada. Su objeto es crear mayor demanda de dólares para que éstos no sigan cayendo ante sus monedas (aunque no al extremo marcado ante el euro), para que los norteamericanos continúen comprándoles. Esta sostenida demanda también mantiene bajos los rindes de esos papeles.
El Financial Times define al déficit como tan insosteniblemente alto que arriesga salir de control. Debe ser reducido.
Otros analistas afirman que el problema no está en el déficit y el endeudamiento actuales, sino en los futuros. George W. Bush anunció que reducirá el rojo fiscal a la mitad en cinco años, pero dejó afuera costos como Irak. Eso hizo que el semanario pro republicano Time pusiera en tapa el tema: Bush y su déficit de credibilidad.
El Presidente tampoco miró más allá de 2009. El primer paquete de rebajas tributarias a rentistas, grandes empresas y sectores de altos ingresos expira en 2010, el segundo mucho menor, en 2012. Entretanto, durante esta década, irán jubilándose los nacidos durante el auge vegetativo de posguerra, lo cual acentuará el ya enorme déficit en salud y asistencia social. Además, aumentará la carga sobre los futuros aportantes, es decir la misma población afectada por un tenaz desempleo estructural.
