Durante el diálogo, Bielsa exhibió rasgos que lo diferencian de la mayoría de los dirigentes políticos argentinos. Se mostró sensato cuando habló de sus metas como canciller: En dos años el período promedio de un ministro en nuestro país quisiera dejar a la Argentina con un tercio más de exportaciones. Y se mostró sensible cuando habló de su sueño: El de una Argentina pujante, previsible y que salga en los diarios porque puso un satélite en la atmósfera, porque ganó un premio Nobel o porque a algún escritor argentino le dan el [premio] Cervantes; una Argentina donde la gente pueda vivir feliz sin pedir permiso.
Al término de la conferencia de la Organización Mundial de Comercio, casi todos los medios hablaron del fracaso de Cancún. ¿Qué evaluación hace del encuentro?
Creo que hubo una parte positiva y otra negativa. Lo positivo es que el grupo, el G-20 plus (alianza de naciones subdesarrolladas de Ãfrica, América latina y Asia, de número variable) se mostró muy homogéneo, muy consolidado. Unos días antes de la apertura de la conferencia habíamos tenido un encuentro donde habíamos preparado la estrategia de la reunión. Con la única defección de El Salvador, el grupo se mantuvo muy unido y esto me parece que es positivo. La segunda cosa que me parece positiva es el haber presentado (como el G-20 plus) un documento que sirviera como contraste del documento inicial de la conferencia que fue presentado por el presidente de la OMC, el uruguayo Carlos Pérez del Castillo. Llevamos un documento muy profesional, con propuestas, obtenido sobre la base del consenso. Y la tercera cosa positiva es haber puesto sobre la mesa, sin medias palabras, que el tema de la agricultura era un tema central para la discusión.
En lo particular, me fui con un sabor agridulce. La conferencia terminó sin conclusión. Y si bien es cierto que uno puede mirar las cosas con una óptica ideológica, decir nos hemos puesto de pie frente a los poderosos del mundo, no es el tipo de retórica que yo prefiero. Creo que con otro clima hubiésemos podido avanzar un poco sobre cuestiones como el límite temporal a la existencia de subsidios a las exportaciones agrícolas o que las medidas de apoyo interno tuviesen límites establecidos por producto específico. Me hubiera ido mucho más satisfecho teniendo algunas de estas cosas ya aceptadas. Me parece que se privilegió la dialéctica intransigente de ambas partes, por sobre la voluntad de hacer una especie de esqueleto de ambos documentos.
Además, luego de la clausura de la conferencia, el representante comercial norteamericano, Robert Zoellick, realizó algunas declaraciones muy duras, donde dice que el G-20 plus fue el responsable del fracaso de la reunión ministerial. De inmediato lo llamé por teléfono y tuvimos una larga conversación. Le dije que creía que su afirmación de que la Argentina estaba en una retórica de los 70 no sólo es injusta sino que, además, no es cierto y no es serio. Me dijo que él no se refería a la Argentina. Le dije que nuestro país tiene una posición dura, porque no estamos discutiendo por ampliar nuestra canasta de bienes suntuarios, estamos discutiendo por la sobrevivencia de la gente. Entonces de la misma manera que nosotros respetamos mucho las posiciones de los Estados Unidos y de la Unión Europea, también queremos que a la Argentina se la respete, se la juzgue por el papel que jugó. Muy duro, muy firme, pero siempre con respaldo de propuestas.
Desde mi intervención en el plenario, hicimos propuestas muy concretas, entre otras, acerca de la cláusula de paz y sobre los tres pilares de agricultura, de modo que eso no tiene nada de retórica de los 70. Si algún país considera que es elogioso que se diga de ese país que hizo retórica sobre una nomenclatura de los 70 en Cancún, no es el caso de la Argentina. La Argentina fue sumamente profesional.
¿Es posible que pretenda asociarse a la Argentina con Venezuela antes que con Chile?
Simplificando la cuestión en los cuatro andariveles del comercio internacional el bilateral; el birregional; el que se hace en el marco de contratos, tipo Alca; y el que se hace en el ámbito de la OMC, se trata de cuatro mesas con cuatro juegos distintos: uno es póquer, otro es bridge, otro es truco y otro es canasta. Lo único que hay en común por debajo de esto es que hay intereses, pero cada uno de estos juegos tiene reglas diferentes, tiene actores diferentes, tiene connotaciones diferentes, tiene diferentes vinculaciones entre sí. Yo creo que en Cancún, Brasil jugó el juego del liderazgo latinoamericano. Ése fue el papel de Brasil. Y a mí me parece perfecto que cada cual atienda su juego.
Ahora, la Argentina no jugó ese rol. La Argentina no forma parte del G-20 plus para enfrentar al débil con el fuerte. Nosotros tenemos la mitad de la población que sufre padecimientos. Entonces el interés que tiene esta Cancillería y las reglas con las que aborda el comercio exterior tienen que ver con generación de riquezas en nuestro país. Y eso significa sentarse en una mesa, hacerse cargo de las diferencias de volumen y de las diferencias de porte entre los países, pero siempre desde una posición de negociación firme, siempre propositiva.
No me gustó el discurso de clausura: Nos plantamos frente a los fuertes. Respeto a quienes quieran adoptarlo, pero no es la actitud argentina. Es cierto que tenemos muchos problemas, pero con esta actitud hemos obtenido un acuerdo con el FMI que, a mi modo de ver, es excepcional para la República Argentina. No sólo por lo cuantitativo, sino porque plantea un escenario de negociación diferente. Hasta ahora la negociación era entre tenedores de libros, y nosotros la hemos sustituido por negociación de políticas de Estado.
Ése es uno de los aspectos más importantes del acuerdo, esa política, esa metodología. Porque la Argentina no debe ir a un foro internacional para sentar una posición ideológica de colegio secundario. Los fuertes saben que son fuertes y los débiles sabemos que somos débiles. Entonces, cuando se trata de una negociación entre un fuerte y un débil, la libertad absoluta siempre favorece al primero. La defensa del débil es el Derecho, por eso nosotros tratamos de atenernos estrictamente al Derecho en todas nuestras posiciones. En Cancún nos atuvimos a lo acordado en la Ronda Doha (en 2001). Vamos a seguir insistiendo con ese mandato, porque es lo que va a beneficiar a los habitantes de la Argentina que más padecen.
¿Cómo sigue todo esto? ¿Qué pasará de aquí a la próxima cumbre?
En realidad, ahora iba a haber una reunión de senior officers en Ginebra. En este tipo de negociaciones, el talento o la genialidad no son condiciones requeridas, sino que tienen que ver con la paciencia, la minuciosidad, con el trabajo de mucha gente, con el análisis. Lo que me deja el sabor agrio es que no tenemos un futuro cierto respecto de qué va a pasar en Ginebra, porque los ánimos están muy encrespados. A mí no me gusta mezclar y dar una connotación emotiva a estas discusiones, porque no hay que perder de vista que hay vidas de por medio. La Argentina está discutiendo la vida de la gente: si vive o si se muere. Creo además que cuando uno puede medir no vale la pena opinar. El G-20 plus representa la mitad de la población de la humanidad. El sentido de juntarse no es para pelear, sino para poder prevalecer en una discusión racional.
En el pasado, la política exterior argentina pareció estar más bien asociada a la diplomacia del canapé. El servicio exterior parecía más atento a mostrar logros coyunturales que a trabajar por la integración de la Argentina en el mundo. ¿Cuál es la visión de esta nueva gestión? ¿Se pondrá en práctica un tipo de diplomacia más comercial?
Para no decir cosas trilladas, me parece que hasta los años 30 del siglo pasado, imperaba en la República Argentina un concepto que tenía que ver con la eficiencia de la naturaleza, que era tan extraordinaria que el país se salvaba con una cosecha. Según esa concepción, si alguien quemase un bosque no se percibiría, porque la eficiencia de la naturaleza es tan brutal que de inmediato corrige ese daño.
Sobre ese concepto se generó toda una cultura. Una cultura que en uno de sus costados por ejemplo el de las costumbres públicas tuvo como expresión al famoso canchero, al vivo que se las sabe todas. Ése es un subproducto del esfuerzo de los otros, en este caso de la naturaleza. Así, la expresión política de ese paradigma es el providencialismo: Acá tiene que venir alguien que nos salve. A su vez, el subproducto de política exterior de esta misma lógica es: Vamos a ponernos cerca del hermano mayor que fuma porque así nos vamos a salvar. Entonces, durante muchos años imitamos a Francia, en otro momento a Inglaterra y, durante la última década, decidimos imitar el bronceado de Miami.
Sin embargo, en la actualidad, ese paradigma cultural agoniza. La figura del vivo, del canchero o sobrador es una especie en extinción. Vemos que somos mucho más parecidos a Bolivia, Paraguay, Brasil, Uruguay o Chile, que a París, Londres o Manhattan. Es ostensible, porque alcanza con salir a la calle y ver a chicos pidiendo plata, madres con criaturas que no comen. La agonía de ese patrimonio cultural ha hecho que muchos argentinos estemos pensando no tanto en cuáles son los naipes que tiene el país poderoso sino en qué naipes tenemos nosotros.
Nuestra ventaja diferencial tiene que ser la de tener mucha información, transformarla en conocimiento, articularla eficientemente y dar una rápida respuesta. Ésos son los puntos centrales de nuestra política exterior. Y aprovechar todos los andariveles de negociación: la antinomia Alca o Mercosur es una estupidez. Está claro que tenemos un destino latinoamericano y, por lo tanto, tenemos que privilegiar la construcción del bloque cercano. Pero eso no quiere decir que dejemos de negociar con el Alca o el Tratado de Libre Comercio (TLC), ni en el marco de la OMC. La Argentina no puede dejar ninguna silla vacía, tiene que ocuparlas todas con modestia y humildad.
Peor que la diplomacia del canapé es la diplomacia que usaba sus horas útiles en tratar de disputar liderazgos, porque los liderazgos no se disputan. Es como la autoridad, se tiene porque los demás lo han aceptado. Además, en el mundo actual hay distintas clases de liderazgo: el de Brasil o el de México, es un liderazgo de volumen; el de Chile es un liderazgo de concepto. En Chile uno puede sacar un crédito de manera más fácil y más rápido que lo que puede sacarse un DNI en la Argentina.
Eso implica una Cancillería que sea muy activa en sus tareas, en su articulación con el sector privado. En Cancún, los empresarios argentinos nos transmitieron su sorpresa porque fue la primera vez que cenaron con la delegación oficial. En realidad no es que esté muy bien lo que hacemos, sino que lo otro estaba mal.
Hemos firmado un acuerdo con Chile a partir del cual habrá libre circulación entre ambos países sin trámites migratorios. Pero eso sólo sirve si hay empresarios que advierten que desde el 1º de enero de 2004, cruzando la cordillera podrán acceder al mercado estadounidense. Entonces, con mucha humildad, hay que ir a Chile a buscar socios, integrar cadenas de valor o hacer joint ventures. La estrategia no es enojarse con Chile porque firmó un tratado de comercio con Estados Unidos, porque debería servirnos de enseñanza. Trabajaron 12 años en el TLC y, aunque en la milla final sucedió lo de Irak, votaron en contra de la posición de Estados Unidos.
¿Y cuál debería ser el papel del sector privado?
La Cancillería abre puertas, pero el sector privado debe sacudirse un poco el polvo y privilegiar la apropiación productiva por sobre la apropiación financiera. Y ello implica un cambio de mentalidad, porque en los últimos diez años, el gerente estrella fue el gerente financiero y no el gerente de producción.
Cuando los empresarios vienen a verme, les digo que sería bueno que, alguna vez, en lugar de pedir medidas de protección, vengan a proponer un negocio en los términos que debe hacerse un negocio: con riesgo, con inversión, con creatividad, con movilidad. Los empresarios no pueden esperar a que la Argentina siga bajando persianas, porque el mundo va exactamente hacia otro lado.
El empresariado ve a Brasil como un mercado, y lo es, pero lo importante de la integración de Brasil son los terceros mercados. Por supuesto que es mucho más fácil venderle a España, pero resulta que el Magreb y los estados árabes compran US$ 150.000 millones en alimentos y nosotros vendemos apenas 1.000 millones. Es un mercado hostil, pero lo es porque no conocemos la cultura. Pero bueno, tenemos delegaciones diplomáticas: hay ferias, ofrezcamos los productos, llevemos traductores. Así es como se hacen negocios en el mundo actual.
Hoy vinieron a verme unos empresarios de producciones para televisión que son unos exportadores de contenidos extraordinarios. Me dijeron que tienen problemas en México pero que no sabían a quién recurrir. ¡Tienen que recurrir a la Cancillería! La Cancillería, el embajador en México, las agregadurías comerciales, la infraestructura y los departamentos consulares están para eso. Pero debe haber un cambio de mentalidad en el sector preproductivo o no sirve absolutamente para nada.
Recién hablaba de un acuerdo excepcional con el FMI. Sin embargo, en las condiciones en que se encuentra la Argentina, ¿cómo puede explicarse que consiga un acuerdo más beneficioso para sí que para la contraparte?
Vamos a poner las cosas en su lugar. La Argentina es un gran deudor y, además, produjo una postal que recorrió el mundo y que nos va a costar años en revertir: la de la Asamblea Legislativa festejando el default. Entonces, cuando digo acuerdo excepcional, partamos de la base de que estamos hablando de un enfermo grave.
Ahora, ¿por qué se produjo este acuerdo? A mi juicio, básicamente por cuatro razones.
Primero, por las excepcionales condiciones de negociador del ministro de Economía (Roberto Lavagna). En un país que no premia, es bueno premiar al que se lo merece.
El segundo elemento también es nuevo: intervino de manera dirimente el Presidente de la República. En otras épocas, las noticias sobre las negociaciones se recibían en un campo de golf. Aquí, el Presidente se involucró, co-redactó, tuvo una actitud extraordinariamente firme. Kirchner es un negociador muy duro, porque quiere creer, quiere cumplir. Delante de mí le dijo a Hörst Kohler: No lo tome como una descortesía, pero yo desearía verlo lo menos posible, porque cuando un deudor ve poco al acreedor es porque está cumpliendo. Es un presidente que no quiere sacarle un problema a la Argentina para reencontrárselo a la vuelta de la esquina, dentro de cuatro años. Entonces, si la Argentina puede, con mucho sacrificio, tener un superávit de tres puntos sobre el PBI y destinarlo a la deuda, muy bien. Eso es lo que se negoció.
Como tercer elemento, uno no puede negarse a la evidencia: la Argentina es un país que, en dos años sin crédito, tiene superávit de balanza comercial, equilibrio de cuenta corriente, ligera deflación, equilibrio monetario, se han rescatado casi las dos terceras partes de las cuasi monedas y tiene creciente recaudación fiscal. Eso quiere decir que, cuando no se lo agrede, cuando no se lo mortifica con medidas de ajuste, el país funciona.
Y el cuarto elemento fue el apoyo casi unánime de la región y el fuerte respaldo de Estados Unidos en el tramo final de la negociación.
La combinación de esos cuatro elementos hacen que el acuerdo sea muy valioso para la Argentina, de largo plazo, que descomprime la economía y que ofrece un nuevo horizonte al sector privado, porque la economía son expectativas.
Por último, ¿cuál será la política con las Islas Malvinas?
Malvinas tiene muchos problemas: la disputa de las licencias, la demarcación qué es mar territorial y qué no lo es, la integración física de los vuelos, los viajes a las islas y la documentación, entre otros. Son todos temas muy particulares, donde a veces avanzamos, otras retrocedemos.
Me parece que la solución de fondo es que la Argentina se transforme en un país razonable: que brinde buena educación, buena salud, seguridad. Porque nadie va a buscar a 12.000 millas marinas lo que tiene a 400 kilómetros de distancia. Cualquier otra cosa es voluntarismo: los ositos Winnie Pooh, la invitación a tomar el té, las postales. Yo no creo en la diplomacia de la sobreactuación. Si la Argentina pasa a ser un país serio, Malvinas va a tener una solución. De lo contrario, seguirán las discusiones y tendremos negociadores permanentes en Londres. La mejor disposición, pero no será una solución de fondo. Como lo he dicho varias veces, sea en cuatro, en 40 o en 400 años, las Malvinas son argentinas y así va a terminar la cosa.M
