Cuando no ha habido coordinación, los miembros reaccionan a la defensiva,
con maniobras proteccionistas y violación unilateral de los acuerdos
vigentes, explica Porta.
La Unión Europea constituye un bloque regional en el que existe una significativa
integración productiva y donde subsisten mecanismos de integración
intersectoriales, a partir de especializaciones muy diferentes. Porta explica
que siempre hay especializaciones relativas y que no siempre tienden a la convergencia
real de las economías (cuestión que no ha sido del todo resuelta
después de más de 40 años). “En el caso del Mercosur,
donde son muy grandes las asimetrías, es de esperar que hayan problemas
de ajuste estructural, especializaciones no convergentes de manera natural”,
señala.
En ese sentido, es imprescindible retomar el enfoque sectorial que el Mercosur
sólo aplicó en la rama automotriz. Fue el único caso en
el que se definió, bien o mal, una política microeconómica
común en el bloque, y por eso la industria automotriz tuvo un despliegue
y una reestructuración muy diferente del resto de los sectores. De no
haberse realizado, es probable que ese sector hubiera estado al borde de su
desaparición en la Argentina.
¿Podría entenderse a Brasil como el socio industrial y a la Argentina
como el socio agrícola, y entrar en un esquema de “división
internacional del trabajo”? Para Bouzas, “la división del trabajo
no es estática, como lo demuestra la experiencia internacional contemporánea.
Existen ventajas comparativas, pero también se las crea. Ver al Mercosur
como un taller en el que se distribuyen especializaciones, es una manera estática
de ver el proceso”.
El canciller argentino, Rafael Bielsa, aseguró a pocos días de
asumir que el dilema Alca o Mercosur no tiene sentido y que se trata de “una
trampa del modelo cultural de los ’90: Estados Unidos y las relaciones
carnales o una asociación con los que se nos parecen”. A su vez,
Bouzas resta importancia a otro dilema, el de la subordinación a Estados
Unidos o a Brasil: “El sistema internacional es esencialmente asimétrico.
El arte de la gestión de las relaciones internacionales está en
moderar las consecuencias negativas de esas asimetrías y aprovechar sus
beneficios potenciales. En vez de pensar en términos de subordinación
creo que deberíamos pensar en términos de qué podemos sacar
y qué debemos dar en una relación”.
Para Porta, cuando se está en un proceso de acelerada integración
internacional, siempre existen los riesgos de subordinación, “en
el sentido de que se pierde margen de maniobra, no obstante se trata de riesgos
absolutamente administrables”. Al respecto, lo importante sería
ver el modo de maximizar los beneficios y minimizar los costos de la integración,
algo que se da en un proceso de negociación. “Si la negociación
es mala, es probable que se arribe a una posición subordinada, y eso
es un riesgo. Sin embargo, si se entiende al proceso de integración como
algo más complejo que la liberalización comercial y que supone
adoptar estrategias comunes de desarrollos y de administración de efectos
no deseados del proceso, es posible que se acceda a una situación más
favorable”, explica.
Por otro lado, la subordinación es un riesgo que está siempre
presente: en un esquema de integración o fuera de él. Al mismo
tiempo, depende de lo que cada uno obtenga a cambio. Tampoco en la Unión
Europea tienen todos el mismo poder, pero sin embargo han sabido administrar
la distribución de poder de un modo que aun aquellos que aceptan un poder
menor reciben a cambio algún tipo de beneficio que sus dirigencias y
sociedades consideran justas compensaciones.
Algunos analistas señalan como un elemento negativo la profunda heterogeneidad
de las percepciones que cada uno de los socios tiene del proceso de integración.
Sin embargo, esa visión debería ser matizada y hablar de la complementariedad
de percepciones. Si bien está claro que a la Argentina le interesa el
enorme mercado brasileño, y a Brasil el liderazgo político del
bloque regional en el creciente contexto de globalización; no deja de
interesarle al primero ser parte de un bloque con mayor poder de negociación
efectiva en el plano internacional, ni al segundo deja de resultarle atractivo
el mercado argentino y sus proveedores.
La relación con la Unión Europea
Esa complementariedad podría profundizarse con el ingreso de nuevos países
al bloque. El presidente de Venezuela, Hugo Chávez, fue explícito:
pretende que Venezuela ingrese al Mercosur antes de fin de 2003. Lula, a su
vez, expresó sus deseos de incluir pronto a Perú.
Para Porta, el Mercosur como unión aduanera “podría expandirse,
en el mejor de los casos, para el resto de Sudamérica, con las excepciones
de Chile y Bolivia, con quienes sería muy difícil llegar a una
convergencia por sus bajos aranceles”. En simultáneo, podrían
realizarse acuerdos de liberalización comercial con otros países
externos a la región.
El acuerdo comercial con la Unión Europea, en tanto, tiene un problema
central e insanable en el corto plazo: la cuestión agrícola. Se
trata entonces de una situación que dependerá de la política
agraria europea. Si la UE avanzara hacia cierto desmantelamiento de aranceles
internos, por ejemplo, y mejorasen las condiciones de acceso al resto del mercado
internacional, podría acelerarse una integración comercial entre
los dos bloques.
En relación con las inversiones extrarregionales, Porta arriesga que,
si el mercado interno de los países del Mercosur se reactiva y se presenta
estable, “esta región volverá a ser atractiva para nuevos
proyectos de inversión”. Está claro que para ello será
necesario adoptar políticas macroeconómicas consistentes, lanzar
políticas de competitividad industrial y fortalecer los sistemas de innovación,
que inauguren un nuevo ciclo de productividad virtuosa.
A modo de conclusión
Aunque la interdependencia comercial del bloque no ha retrocedido significativamente,
es evidente que al menos se encuentra en una meseta. En relación con
las otras variables formuladas por Bouzas, se advierte una creciente brecha
de implementación de los acuerdos (lo cual es malo porque daña
la credibilidad), al tiempo que el nivel de politización tiende a encarrilar
el proceso de integración (a partir del advenimiento de los nuevos gobiernos
de la Argentina y Brasil).
Tal como lo explica Bouzas, “en el plano de las políticas macroeconómicas
se ha dado una convergencia de facto, en especial en materia de política
cambiaria, algo que sería esencial mantener y fortalecer”. No obstante,
advierte, “como es improbable que la Argentina y Brasil consigan hacer
progresos decisivos en materia de coordinación macroeconómica
en el futuro cercano, deberían buscarse mecanismos o válvulas
de escape que permitan descomprimir la presión frente a nuevos episodios
de fuerte divergencia”.
Desde el punto de vista microeconómico, por último, parecería
que en ambos países prevalece una visión según la cual
el Estado debe jugar un papel más activo en la economía. “Resta
saber, sin embargo, de qué forma se materializará este activismo.
¿Volveremos a políticas industriales de tipo tradicional o se
echará mano a políticas horizontales más modernas? Las
elecciones en estas materias serán muy importantes, pues de optarse por
un esquema ‘anticuado’ de política industrial, se correría
el riesgo de potenciar el conflicto”, concluye Bouzas. M
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