lunes, 8 de junio de 2026

    ¿A favor o en contra del mercado?

    El así llamado, y muchas veces autodefinido, “mercado” no termina
    de digerir el estilo del presidente Kirchner. Justo cuando los porcentajes de
    aprobación de las principales medidas del presidente venido de la Patagonia
    oscilan entre 70 y 80% de la población, el “mercado” –es
    decir, esencialmente el grueso de los operadores financieros, grupos de poder
    asociados a las privatizadas, acreedores extranjeros, analistas económicos
    de renombre y lobbistas–, no hace otra cosa que hablar pestes de Kirchner.
    Desde la Rosada, tampoco miran, ni tratan, con cariño a aquellos influyentes
    acostumbrados a “políticas de acercamiento”, “estrategias
    de generación de confianza” o “diálogos privilegiados”.
    Kirchner no sólo no le contesta el teléfono al mercado sino que,
    a contramano de 12 años de una relación de seducción permanente
    del poder político con los sectores más influyentes del mercado
    financiero nacional e internacional, ha inaugurado una estrategia de negociación
    basada en la confrontación: primero pegar y después sentarse a
    conversar.
    “El mercado está acostumbrado a que lo seduzcan y Kirchner es un
    antiseductor por naturaleza, es el antiMenem”, dice Rosendo Fraga, analista
    político y económico con línea directa a los sectores más
    poderosos del mercado. “Pero Kirchner parece peor de lo que es: el mercado
    está acostumbrado a que le den señales favorables, aunque no se
    las cumplan, y Kirchner hace al revés, da señales negativas pero
    luego no las cumple”.
    Si todo se tratara de un ejercicio de negociación y delimitación
    de nuevas estrategias de comunicación, ésta podría ser
    una etapa inicial, en la que mercado y Presidente están en un momento
    de búsqueda de un nuevo código de contacto y relación.
    Pero parece haber algo más que un problema de percepción. Kirchner
    se muestra decidido a establecer una alianza de poder con sectores de las empresas
    y los negocios más asociados a la producción que a las finanzas.
    Y eso es algo que “el mercado” no va a digerir fácilmente,
    ni con mejores códigos de comunicación.
    Aunque nadie como el mercado es ducho en separar paja de trigo, hay orientaciones
    de política que permiten anticipar un choque sostenido entre los operadores
    financieros, los bancos, las privatizadas, los acreedores y el gobierno de Kirchner.

    A 40 días de la jura del mando, el mercado comienza a comprender el juego
    de “pego primero y negocio después”. Por eso llegan a entender
    las amenazas de rescisión de contratos contra Aeropuertos Argentina 2000,
    los anuncios de un parate al aumento de tarifas de servicios públicos
    o algunas bravuconadas de funcionarios relacionadas con un escarmiento a los
    bancos por su papel durante el corralito. El mercado está acostumbrándose,
    a mes y medio de la asunción presidencial, a no ver el final de la historia
    el día de cada anuncio económico, sino diez días después,
    cuando comienza la implementación de dichos anuncios. Por eso puede computar
    a su favor que difícilmente el Estado llegue a tocar la concesión
    de los aeropuertos que ostenta Eurnekian, que Economía y Planificación
    ya están negociando con las privatizadas los montos y formatos de los
    aumentos de tarifas y que los bancos, tarde o temprano, van a recibir el resarcimiento
    que piden por la pesificación asimétrica. Separando paja de trigo,
    las cosas no van tan mal desde la óptica del mercado.
    Pero el mercado siempre pide más, y lo que está en juego no es
    la renegociación de un contrato de concesión, sino para qué
    lado se inclina el fiel de la balanza en términos de orientación
    económica. No será igual la historia si se mantiene la tendencia
    del último año –favorable a un tipo de cambio alto que aliente
    un horizonte neodesarrollista en un contexto de un Estado que quiere recuperar
    un rol activo en la economía– que si “el mercado” logra
    su objetivo de privilegiar –vía ajuste fiscal y dólar en
    baja– una ecuación orientada al pago de la deuda. De allí
    que, muchas veces en off, puede oírse en los bancos de inversión
    y pasillos de las privatizadas un reclamo que diez meses atrás hubiera
    sido de ficción: “El gobierno tiene que hacer lo mismo que Lula”.
    Traducción: aumentar radicalmente la meta de superávit fiscal
    primario (antes del pago de deuda o intereses), levantar las tasas y redoblar
    el esfuerzo de ajuste del gasto.
    El mercado mira con codicia el aumento a 4,25% del PBI, la meta de superávit
    fiscal primario que impuso Lula, la fijación de tasas de referencias
    en estratosféricos niveles de 26,5%, y el seguimiento a rajatabla de
    políticas de inflation targeting por parte del Banco Central de Brasil.
    Pero Kirchner y Economía sintonizan otro canal: ven que Brasil está
    entrando en una meseta de crecimiento (el PBI creció apenas 2% en el
    primer trimestre, pero cayó 0,1% en términos desestacionalizados
    en todos los rubros menos exportaciones) y prestan atención a la creciente
    oposición política que –por derecha e izquierda– enfrentan
    Lula y su ministro estrella, Antonio Palocci. “Lula corre para el lado
    del mercado, mientras acá, en todos los temas, Kirchner da señales
    negativas al mercado”, resume Fraga.

    A favor y en contra

    En los bancos, sobre todo en los extranjeros, ejercitan en estas horas iniciales
    del gobierno la frase preferida de los momentos de duda: wait and see (esperar
    y ver qué pasa). “Acá adentro hay una expectativa que se
    parece a la de la calle: ni a favor ni en contra, estamos esperando”, dice
    un gerente de marketing de banca minorista de uno de los dos grandes bancos
    norteamericanos con base en la Argentina. “Sabemos que lo que se está
    jugando es la preponderancia del mercado o de la política, ni siquiera
    del Estado –agrega el ejecutivo–. Todos vemos que está recuperando
    posiciones la política, más allá de la degradación
    de los políticos y las instituciones”.
    El análisis anterior muestra un matiz que no es sutil. Dentro del propio
    “mercado” hay diferencias cada vez más acentuadas entre aquellos
    más dogmáticos que ven en Kirchner un gobernante para desconfiar
    y una batalla (o guerra) que ganar; y quienes parecen haber registrado enseñanzas
    de la crisis terminal que vivió la Argentina con el corralito, la huida
    de De la Rúa y el fin de la convertibilidad. Para el primer sector, sólo
    se trata de corregir los defectos y consecuencias “no deseadas” de
    las políticas de los años noventa, por ejemplo la corrupción.
    Para el segundo grupo, no es negocio un país con 22 millones de personas
    pauperizadas y uno de cada cinco ciudadanos desempleados.
    Del lado de los más dogmáticos militan varios consultores económicos,
    think tanks liberales y, por cierto, muchas de las exigencias del propio FMI.
    “Sin recomposición del sistema financiero, y la normalización
    de los contratos, no habrá inversión, ni crédito para un
    crecimiento sostenido. Pero el sistema financiero no se recompone hasta que
    no se termine con las compensaciones y se tenga un claro horizonte de pago de
    la deuda”, escribió el consultor y periodista Enrique Szewach a
    15 días de la asunción de Kirchner.
    Del lado moderado se anotan pesos pesado de empresas extranjeras que nunca van
    a bajar la bandera del equilibrio fiscal y de la ortodoxia macroeconómica,
    pero que vieron cómo cuatro años de recesión barrieron
    con el mercado interno, pulverizaron sus negocios y los instalaron en un día
    a día en el cual les cuesta salir a la calle. “No hay decisiones
    empresariales que puedan hoy escapar a la subjetividad de sus gerentes o dueños”,
    agrega aquel gerente de marketing de un banco AAA. “Pero más allá
    de la conducción local del banco, es la alta dirección la que
    sigue escandalizada, como los analistas de Wall Street, con lo que es la Argentina
    hoy”, equilibra.
    Claramente, si la Argentina es un país difícil de comprender para
    los que juegan de local, para los extranjeros es todavía un caso perdido.
    Kirchner, para los analistas de Wall Street, es un desconocido caudillo patagónico
    que cada vez que abre la boca les deja más y más dudas sobre el
    horizonte del pago de la deuda. Apenas un día de gobierno se tomó
    The Wall Street Journal para marcar los límites de la cancha: “El
    nuevo presidente tiene margen solamente para cambios progresivos. El banco central
    sólo puede impulsar la emisión de pesos en pequeña medida;
    ya lo viene haciendo bajo estrictos controles del FMI. Kirchner podría
    contar con un breve período de gracia de los acreedores, y el FMI podría
    acordar una extensión de vencimientos de deudas. Al mismo tiempo, Kirchner
    podría introducir algunos nuevos impuestos, mientras corrige y ajusta
    la parte más ambiciosa de sus planes (de obra pública para recuperar
    la economía)”. ¿Alguna duda?
    Fronteras adentro, el período de gracia está llegando a su fin
    y no hay día que el mercado no pase, directa o indirectamente, una factura
    por cobrar al presidente Kirchner. Aunque reconocen que hay puntos a favor (mayor
    poder político del nuevo presidente, tendencia a la normalización
    institucional tras el crac de 2001-2002, realismo político del primer
    mandatario), prima el listado de los reclamos por decisiones de Kirchner que
    consideran “antimercado”:

    • poco contacto o contacto muy duro con los empresarios;
    • estirar y endurecer la renegociación de tarifas;
    • revisar las privatizaciones y amenazar con reprivatizar;
    • enfriamiento de la relación con Washington y promoción de
      un acercamiento con Brasil;
    • imponer una marcha muy lenta en la negociación de la deuda externa
      y sugerir un pago de la misma atado al crecimiento de la economía;
    • dar por caídas las concesiones de rutas y llamar a nuevo concurso
      en lugar de renegociar con los dueños actuales;
    • no acelerar el tratamiento de la compensación a los bancos en el
      Congreso;
    • haber anunciado públicamente que prefería un dólar
      a $ 3.


    Debates de fondo y semifondo

    “Hay una gran preocupación y enorme incertidumbre. Por eso muchas
    empresas extranjeras están abandonando sus operaciones en el país”,
    dice Jorge Castro, analista internacional, ex funcionario en áreas de
    planificación del último gobierno de Carlos Menem y candidato
    a ministro de Relaciones Exteriores hasta que Menem se retiró de la carrera
    presidencial.
    Castro lleva el enfrentamiento del mercado con Kirchner a términos más
    estratégicos. Por eso se despreocupa de las batallas discursivas y pone
    el acento en el objetivo del gobierno: construir un capitalismo de matriz nacional.
    “Hay un elemento de voluntarismo que surge en la caracterización
    de la década de los ’90 por parte de Kirchner, que tiende a ver
    esos años como resultado de decisiones internas de un gobierno específico,
    cuando en realidad fue un proceso global. Lo que pasó no fue el resultado
    de una política económica surgida de una discusión académica”,
    sostiene Castro. “La propuesta de Kirchner es crear un capitalismo de orden
    nacional, caracterizado por el desarrollo industrial sobre la base de sustitución
    de importaciones y poner al Estado como eje del sistema de acumulación,
    pero ampliado al Mercosur. El Estado regula y controla a través de la
    inversión publica. Pero esto tiene un inconveniente, la crisis fiscal
    actual; crisis que en su momento, décadas atrás, terminó
    con la etapa de sustitución de importaciones”, concluye crítico
    el ex responsable de Planificación.
    Claramente, cuando el que habla es “el mercado”, hay debates de fondo
    y semifondo. La discusión ideológica y estratégica que
    plantea Jorge Castro se parece poco y nada a los enojos de muchos operadores
    financieros que trinan cuando Kirchner o sus ministros golpean la mesa de negociación
    con las privatizadas. Unos y otros, sin embargo, van generando una corriente
    de opinión negativa sobre el nuevo gobierno y con alta capacidad de influencia
    sobre inversionistas, analistas y empresarios extranjeros.
    Desde la lógica del mercado, Kirchner debería rearmar una alianza
    con el mercado como lo hizo Menem o, al menos, establecer puntos de partida
    market friendly , como lo hizo Lula desde el primer día de su gobierno.
    Pero el santacruceño ha demostrado una enorme habilidad para construir
    poder apalancado en la opinión pública, que no sólo tiene
    una imagen relativamente mala del “mercado”, sino que tiende a ubicarse
    en el polo opuesto en términos de visión económica de la
    realidad. De allí que los empresarios más moderados prefieren
    ahora mantener la calma e intentar comprender cómo impactará en
    sus negocios el cambio profundo de dirección del viento de los humores
    colectivos.
    Una encuesta reciente de la Consultora Equis, publicada por el diario Página/12,
    mostró datos que dejaron con la boca abierta a más de un empresario:

    • 75,2% de la población tiene buena imagen del gobierno nacional;
    • 79,8% estuvo de acuerdo con la renovación de la cúpula militar;
    • 85,2% está de acuerdo con la no renovación automática
      de las concesiones de autopistas;
    • 86,3% estuvo de acuerdo con la renovación de la cúpula de
      la policía federal;
    • 63,8% se mostró de acuerdo con que la Argentina debe concentrarse
      en un fortalecimiento regional, con prioridad en Brasil;
    • 73,1% acordó con la propuesta del canciller Rafael Bielsa de mantener
      una “relación de cooperación con Estados Unidos, pero sin
      cohabitación”.


    Los principales empresarios saben que hoy es impensable lograr gobernabilidad
    de la mano de una alianza cerrada del gobierno con el mercado. Ven como un rasgo
    de inteligencia de Kirchner la construcción de poder político
    vía consenso y respaldo de la opinión pública, para espantar
    el fantasma del magro 22% de apoyo electoral con que llegó al sillón
    de Rivadavia. En una charla con MERCADO y otros periodistas, Eduardo Constantini,
    inversor financiero y mega empresario real estate, disparó tres frases
    de expectativa y apoyo relativo al gobierno de Kirchner: “Soy moderadamente
    optimista, pero me preocupa el dólar bajo”; “Kirchner va bien,
    tenemos todo para ganar”; “El capitalismo financiero de afuera es
    histérico”.
    Por otra parte, las encuestas más serias sobre confianza de los consumidores
    muestran una recuperación asombrosa del ánimo de la gente. Eso,
    en una economía en donde la palabra inversión es metafísica,
    es bastante más que una buena noticia, porque puede ser la antesala de
    una recuperación sostenida del consumo, variable esencial del crecimiento
    de la economía argentina. Ese potencial de aumento del consumo podría
    financiarse con el ahorro “por temor” que los argentinos ejercitaron
    durante 2002.
    En junio, el indicador de confianza de consumidores que elabora la Universidad
    Torcuato Di Tella (UTDT) creció 20% con respecto a mayo, y alcanzó
    el nivel más alto desde julio de 1998. Ese 20% es un promedio nacional
    en el que Capital Federal muestra los valores más bajos de crecimiento
    de las expectativas (+15,9%), pero con picos de confianza en el conurbano bonaerense
    que llegan a 26,4%. De las personas encuestadas, 70,33% cree que la economía
    estará mejor dentro de un año, mientras 58,33% dice que su situación
    personal mejorará en los próximos 12 meses.
    Aunque el salto en la confianza de la gente en la recuperación económica
    no alcanza aún a disparar voluntad de compra de bienes durables o viviendas
    (siete de cada diez argentinos, según la UTDT, todavía prefieren
    esperar antes de tomar una decisión de inversión), en contra de
    las generalizadas críticas que recibe el Presidente por parte del mercado,
    el mayoritario clima optimista generado por el “estilo Kirchner” puede
    producir un boom de confianza que apalanque un mayor crecimiento del consumo.
    Por supuesto que ese buen clima está lejos de convencer a inversionistas
    extranjeros y a empresarios locales, que empiezan a ver cómo la capacidad
    instalada de sus firmas se acerca a límites a partir de los cuales sólo
    inversiones genuinas garantizarán la continuidad de la recuperación
    económica.
    Hay un corte, en la visión del mercado frente a indicadores de confianza,
    determinado por el lugar desde donde se mire: los actores de la economía
    real alientan una cuota de esperanza cuando ven esos indicadores, pero los sectores
    más ortodoxos, claramente identificados con los reclamos y puntos de
    vista del segmento financiero, ponen un manto de duda sobre la sustentabilidad
    del “modelo Kirchner-Lavagna” de crecimiento.
    Un informe reciente de la consultora M&S (Melconian & Santangelo) trazó
    un escenario teñido de dudas: “Es prematuro afirmar si será
    mejor o peor (el nuevo escenario, alejado del de los ’90). Lo seguro es
    que estamos frente a un mundo de otra especie: 1) preferencia por un dólar
    “alto” y un capitalismo nacional liderado por la industria; 2) superávit
    primario no para comprar dólares sino para poder librar cheques de aumento
    de gasto; 3) privilegio por la competitividad industrial y el consumo (el modelo
    “brega” por precios relativos protransables con retenciones para suavizar
    el impacto sobre el ingreso de los consumidores); 4) obsesión por el
    superávit comercial y el exceso estructural de divisas; 5) bancos con
    problemas de solvencia que presten por estar líquidos”.
    Aunque critica a fondo, el mercado es consciente de que Kirchner tiene por delante
    un horizonte de elecciones dentro del cual es impensable imaginar medidas antipopulares:
    “Nadie espera aumentos de tarifas hasta 2004 por las elecciones”,
    explica un analista económico que conoce en forma directa los reclamos
    de las empresas de países del G7 con base en la Argentina. “Kirchner
    va a buscar afianzar su poder en el Congreso y eso el mercado lo entiende. Por
    ejemplo con los bancos, Kirchner tiene crédito abierto, pero si no les
    resuelve bien la compensación bancaria se van a poner nerviosos”,
    agrega.

    Alianza de poderosos

    Al margen de aquello que Rosendo Fraga define como “un problema cultural,
    no ideológico”, en el rechazo inicial que Kirchner ha generado en
    el mercado, analistas y grandes empresarios creen que la reacción y el
    trato definitivo que el establishment financiero, de empresas privatizadas y
    acreedores externos darán a Kirchner depende de un proceso más
    lento, consistente en el armado del sistema de alianzas que el Presidente ponga
    en juego. Hasta ahora, esas alianzas aparecen apenas esbozadas, sin señales
    efectivas de apretón de manos en puerta. Por caso, mientras el gobierno
    apunta su proa a un acuerdo estructural con los sectores productivos de matriz
    nacional, al mismo tiempo el ministro de Planificación, Julio De Vido,
    envía señales de seducción al gobierno de Estados Unidos
    en busca de una participación de empresas de correo de ese país
    para una eventual reprivatización de la concesión que hoy ostenta
    Franco Macri en el Correo Argentino.
    Nuevamente crítico, Jorge Castro dice que el gobierno no puede establecer
    un adecuado sistema de alianzas porque no termina de entender el papel y el
    lugar de la Argentina en el mundo. “Un sistema de alianzas –dice–
    como el que se plantea Kirchner es coherente con la visión que tiene
    del capitalismo nacional. Pero la consistencia o inconsistencia de una política
    y su sistema de alianzas debería estar basada en la capacidad de reconocer
    el estado del mundo hoy”. Ergo: este sistema de alianzas basado en una
    idea de “capitalismo nacional” no es sustentable porque el mundo no
    circula por avenidas de lo nacional como cree Kirchner, sino de la globalización.

    “Kirchner tiene que empezar a discutir (con el mercado), no tiene que tomar
    a Menem de modelo, sino a Lula o Lagos”, le recomienda Rosendo Fraga. “Ésa
    es la centroizquierda a la que debe aspirar el Presidente.”
    Más allá de estos consejos, y de las broncas del mercado por el
    estilo “antiseductor” que ven en Kirchner, la realidad muestra una
    marcada fragmentación de intereses entre los grandes grupos empresarios.
    El crac que impuso el fin de la convertibilidad en los mega acuerdos del establishment
    no sólo lo desmembraron durante 2001 y 2002, sino que aún mantiene
    las aguas de ese mar separadas. De allí que no haya alianzas de poder
    que el mercado pueda hoy imponer al gobierno, sino apenas un juego de influencias,
    lobby y negociaciones, que están a años luz del tono amigable,
    el acceso privilegiado y la efectividad que tuvieron unos años atrás.
    M