viernes, 26 de junio de 2026

    El consenso como punto de partida

    Muestra su admiración por los países en los que reina la “idea
    de patria”. Cita a Colombia, su clase dirigente histórica y, al
    referirse a aquella noción, dice que se trata de “entender de dónde
    uno viene. Y respetar a los que me rodean”.
    Luis Mario Castro, presidente de Unilever de Argentina, es también uno
    de los 70 empresarios que dirigen compañías en el país
    y que integra la Asociación Empresaria Argentina (AEA), cuyas firmas
    emplean a 210.000 personas, exportan por US$ 7.000 millones y facturan $ 40.800
    millones.
    El ejecutivo es un vocal muy especial en el staff de AEA, porque es coordinador
    de comunicación. Luego de Luis Pagani, titular de Arcor y presidente
    de la entidad, es la cara más visible de la nueva empresa. Habla pausadamente
    y deja vislumbrar una intención similar a la de la Generación
    del ’80: imagina un horizonte, un proyecto de país. Tal vez un Pacto
    de la Moncloa vernáculo.
    En marzo, AEA presentó un documento público en el que solicitó
    “un marco económico e institucional previsible y consistente que
    promueva inversiones, superávit fiscal genuino y sostenible, un sistema
    tributario que induzca a las provincias a recaudar eficazmente, respeto a la
    ley y a los contratos públicos y privados y reestructuración ordenada
    de las deudas publica y privada”. También hizo hincapié en
    la problemática social.
    Por otro lado, Castro remarca lo que podría denominarse la quintaesencia
    de la entidad.
    “En las naciones modernas hay ciertos consensos. Parecen básicos
    y lo son, conceptualmente hablando, pero tienen grandes dificultades de implementación.
    Los países que progresan los tienen y en muchos casos están a
    flor de piel en la gente.”
    Explica que estas naciones tienen la habilidad para traducirlos en políticas
    de Estado y luego en leyes que le competen al sistema político. “La
    contribución que tiene que hacer AEA –dice Castro– es trabajar
    en el fortalecimiento de esos consensos y, en lo posible, estimular a los partidos
    políticos para que los conviertan en políticas de Estado”.
    Toma como ejemplo a la coparticipación federal, “un viejo tema,
    lo que no quiere decir que esté resuelto. La responsabilidad fiscal es
    algo que, creo, todos anhelamos. Sobre esa base, la república funcionaba
    a comienzos del siglo XX”, aclara.
    El directivo de Unilever afirma: “El superávit fiscal genuino y
    sostenible es algo que necesitaremos. Se advierte sólo con mirar el balance
    de lo que es la República Argentina (activos, pasivos y qué caja
    tenemos que generar)”.
    Sobre el gasto social del Gobierno dice: “Se necesita una programación
    social activa para mitigar los problemas del desempleo y darle más eficiencia
    a los programas sociales que son múltiples”. Afirma que AEA propone
    “convertir a la cultura de la dádiva, y uso una expresión
    que no me pertenece pero es relevante, en la cultura del empleo. Si existen
    subsidios a los desocupados, estimularlos a través de un sistema de incentivos,
    de modo que se otorguen, por ejemplo, a emprendedores y empresas y que sirvan
    para financiar trabajo genuino y no a través de la administración
    de punteros”.
    Cuando habla de procesos políticos el ejecutivo de Unilever afirma que
    el concepto imperante en AEA “es nuestra propia autonomía de pensamiento.
    Estamos comprometidos con las políticas de Estado y los grandes consensos
    nacionales. Nuestra labor tiene que trascender a cualquier administración
    o partido político. Vamos a preservar ese valor. Aspiramos a presentar
    una estrategia de crecimiento a la futura administración, cualquiera
    sea el partido que triunfe, ejerciendo nuestra influencia de manera transparente.
    Lo haremos con el diálogo. No hay otra forma”.
    La unión en diversidad
    Sin embargo, cabe preguntarse cómo se ejercita la autonomía de
    pensamiento que el presidente de Unilever menciona, cuando AEA aglutina dirigentes
    de empresas de servicios, industriales y financieras, con objetivos que parecen
    tan disímiles.
    “Hay que hacer una separación con respecto al paradigma clásico.
    Es muy legítimo que existan cámaras y organizaciones de segundo
    y tercer nivel, como la Unión Industrial y otras”. Pero Castro recuerda
    que AEA es una asociación de personas y no de firmas. “Somos empresarios
    que en algunos casos representan la mayoría del capital accionario, en
    otros son dueños y, en otros, como el mío, ejecutivos profesionales.
    Es un distingo muy grande porque nuestra representación es nuestro pensamiento.
    A veces es muy difícil establecer la separación entre cada persona
    y la empresa. Pero representamos a un conjunto de ciudadanía. Eso lo
    quiero remarcar”. Para citar un ejemplo de lo que es AEA se remite al Business
    Round Table, que en Estados Unidos es una asociación de ejecutivos. “Ésa
    es nuestra aspiración. Para clarificar qué es AEA tenemos la comunicación,
    las propuestas concretas en políticas de Estado. No nos compete realizar
    programas de gobierno”.
    Meses atrás un referente del mundo de los negocios contó a MERCADO
    que AEA nacía, entre otras razones, con la intención de eliminar
    la división, que habrían establecido ciertos sectores, entre las
    entidades industriales y financieras, ya que la nueva agrupación aglutinaba
    a ejecutivos de ambas. Castro no contempla esa discordia.
    “No creo que haya intereses antagónicos entre los sectores financiero
    e industrial. Tiene que haber una complementación muy grande. Porque
    movilizar capitales para generar inversión, que se canalicen al sector
    real y lo que es exportaciones en particular, no se necesita antagonismo sino
    complementación. Ése es otro valor que tenemos que comenzar a
    tomar en la Argentina: el de la interdependencia”, dice el presidente de
    Unilever.
    La tarea de formular políticas de Estado para ser utilizadas por la dirigencia
    implica, como paso previo, el definir el rol de ese Estado. Para Castro, como
    vocero de AEA, “la mejor definición de ese rol como tal está
    en la Constitución Nacional. A veces tendemos a olvidarla. Pero las reglas
    ya están escritas. La Constitución garantiza una serie de derechos
    a todos los ciudadanos, que luego se encuentran con que esos derechos no se
    pueden ejercitar porque hay problemas de recursos y de asignación de
    recursos”. Dice que allí debe estar el sistema político para
    indicar que estos derechos y obligaciones le competen a un árbitro que
    dirá cómo jugar según las circunstancias, que son complejas,
    y evaluará si se juega o no”.
    Del Estado y su actividad
    Al referirse al pensamiento reinante en AEA con respecto a las políticas
    proactivas que surjan de la planificación de un Estado que adquiera el
    modelo de proyección de una empresa –planificación que, con
    frecuencia, entró en refriegas con la actividad privada–, el coordinador
    de comunicación de AEA no duda. “En la medida que el Estado define
    una política de aranceles aplica una política proactiva. Cuando
    en la Argentina se decía que volábamos con piloto automático
    [N. de la R.: con Roque Fernández como ministro de Economía, en
    el segundo gobierno de Carlos Menem.], había un sistema de aranceles.
    Cuando el Estado interviene en los servicios públicos hay una política
    activa. Puede ser buena, mala o neutra. Nos puede gustar o no. Hay políticas
    activas aunque creamos que no existen”.
    Vuelve a la función del Estado y dice que hay ciertas variables que tienen
    que estar entre sus objetivos, como la tasa de inflación, el nivel de
    actividad y de empleo. Y agrega que las tres deben precisarse con claridad,
    como las relaciones entre sí. “Y definir la estrategia del país
    que seguimos a través de determinados principios. Allí es donde
    juegan las políticas de Estado. Pero la decisión le compete siempre
    al sistema político, algo que debe quedar absolutamente en claro. AEA
    sostiene el respeto al sistema democrático y la elección como
    mecanismo para renovar autoridades”, enfatiza.
    Los empresarios más lúcidos de los países desarrollados
    suelen preferir partidos políticos fuertes, tanto de centroizquierda
    como de centroderecha, y rechazan el populismo. Un ejemplo es Inglaterra, donde
    los hombres de negocios tiendan a apoyar a un gobierno conservador porque es
    más afín a su pensamiento. Pero aun con los laboristas en el poder
    también hay previsibilidad. Lo mismo sucede en España y Francia.

    Castro comparte la idea de tener partidos políticos fuertes. Y aclara
    que es una condición necesaria pero no suficiente. “Además
    de tener estos partidos también se requiere un sistema de representación
    eficaz. Tengo muy poco conocimiento sobre cuál es el mejor sistema”.
    Trae a cuento a Jorge Luis Borges y dice: “Conozco aproximadamente, como
    decía él, los sistemas británico y alemán. Funcionan
    con muchísima eficacia, en particular el británico”. Para
    el vocero de AEA, la eficiencia se debe a que en cada distrito se conoce a cada
    uno de los candidatos –que son pocos–, dónde, cómo vive
    y se educó y qué costumbres tiene, porque es un vecino. Y como
    se transmite la labor parlamentaria a través de los medios, se puede
    saber cómo trabaja este representante. “No me preocupa si es conservador
    o socialista. Quiero que me represente una persona inteligente y que defienda
    el bien común, concepto poco usado y que tiene que tener mucha significación”,
    asegura.
    Cómo administrar el bien común

    En la Argentina, todas las instituciones han sufrido un fuerte desgaste, del
    que las empresariales no han podido escapar. La incógnita pasa por la
    forma en que un empresario, cuya función es lograr rentabilidad para
    su firma, pueda ser gestor del bien común, lo que lo acerca a la acción
    política, terreno que quizá le resulte ajeno.
    Castro afirma que en algunos países los empresarios participan de manera
    muy activa. Y que habrá empresarios que mezclan su propio interés
    con el resto de los intereses, y otros que no lo hagan. “Lo importante
    es que en estos casos se haga de una manera transparente. Por eso Estados Unidos
    tiene registrado hasta el lobby, de modo que no hayan dudas”. Agrega que
    cualquier república se construye en función de los propios intereses.
    “Mis hijos me dicen que esto es incompatible con los programas sociales
    de los que hablo. No es así. El mejor sistema de solidaridad que cualquier
    país tiene que tener es un sistema fiscal absolutamente eficaz. Con el
    grado de evasión impositiva que tenemos, se comprueba que existe solidaridad
    en un sector pequeño de la población. Y con un sistema eficaz
    funciona cualquier república. Donde esa solidaridad tiene que existir
    es en el pago de impuestos, no nos engañemos”.
    En AEA también se plantea como eje central el cómo combatir la
    evasión, afirma Castro. Y agrega que, en este sentido, hay una necesidad
    funcional y una ética, y ambas deben juntas porque, cuando esto sucede,
    la mezcla es poderosísima. Pone un ejemplo: “El cínico dice
    que la evasión fiscal le molesta porque teme la sanción legal,
    lo que es razonable, y porque no puede competir con quien no paga impuestos
    porque hay competencia desleal. El ético dirá que el pago de impuestos
    es una forma que tiene cualquier sociedad para ejercer la solidaridad de un
    modo organizado. Los dos piensan lo mismo, por razones distintas. Encontrar
    los puntos de contacto entre ambas cosas es lo importante. Esto que digo puede
    ser interpretado como pensamiento liberal o como sentido común”.

    Quizás en el ejemplo final se encuentre el foco al que apunta AEA: el
    consenso. M
    Pablo Píparo