Muestra su admiración por los países en los que reina la “idea
de patria”. Cita a Colombia, su clase dirigente histórica y, al
referirse a aquella noción, dice que se trata de “entender de dónde
uno viene. Y respetar a los que me rodean”.
Luis Mario Castro, presidente de Unilever de Argentina, es también uno
de los 70 empresarios que dirigen compañías en el país
y que integra la Asociación Empresaria Argentina (AEA), cuyas firmas
emplean a 210.000 personas, exportan por US$ 7.000 millones y facturan $ 40.800
millones.
El ejecutivo es un vocal muy especial en el staff de AEA, porque es coordinador
de comunicación. Luego de Luis Pagani, titular de Arcor y presidente
de la entidad, es la cara más visible de la nueva empresa. Habla pausadamente
y deja vislumbrar una intención similar a la de la Generación
del ’80: imagina un horizonte, un proyecto de país. Tal vez un Pacto
de la Moncloa vernáculo.
En marzo, AEA presentó un documento público en el que solicitó
“un marco económico e institucional previsible y consistente que
promueva inversiones, superávit fiscal genuino y sostenible, un sistema
tributario que induzca a las provincias a recaudar eficazmente, respeto a la
ley y a los contratos públicos y privados y reestructuración ordenada
de las deudas publica y privada”. También hizo hincapié en
la problemática social.
Por otro lado, Castro remarca lo que podría denominarse la quintaesencia
de la entidad.
“En las naciones modernas hay ciertos consensos. Parecen básicos
y lo son, conceptualmente hablando, pero tienen grandes dificultades de implementación.
Los países que progresan los tienen y en muchos casos están a
flor de piel en la gente.”
Explica que estas naciones tienen la habilidad para traducirlos en políticas
de Estado y luego en leyes que le competen al sistema político. “La
contribución que tiene que hacer AEA –dice Castro– es trabajar
en el fortalecimiento de esos consensos y, en lo posible, estimular a los partidos
políticos para que los conviertan en políticas de Estado”.
Toma como ejemplo a la coparticipación federal, “un viejo tema,
lo que no quiere decir que esté resuelto. La responsabilidad fiscal es
algo que, creo, todos anhelamos. Sobre esa base, la república funcionaba
a comienzos del siglo XX”, aclara.
El directivo de Unilever afirma: “El superávit fiscal genuino y
sostenible es algo que necesitaremos. Se advierte sólo con mirar el balance
de lo que es la República Argentina (activos, pasivos y qué caja
tenemos que generar)”.
Sobre el gasto social del Gobierno dice: “Se necesita una programación
social activa para mitigar los problemas del desempleo y darle más eficiencia
a los programas sociales que son múltiples”. Afirma que AEA propone
“convertir a la cultura de la dádiva, y uso una expresión
que no me pertenece pero es relevante, en la cultura del empleo. Si existen
subsidios a los desocupados, estimularlos a través de un sistema de incentivos,
de modo que se otorguen, por ejemplo, a emprendedores y empresas y que sirvan
para financiar trabajo genuino y no a través de la administración
de punteros”.
Cuando habla de procesos políticos el ejecutivo de Unilever afirma que
el concepto imperante en AEA “es nuestra propia autonomía de pensamiento.
Estamos comprometidos con las políticas de Estado y los grandes consensos
nacionales. Nuestra labor tiene que trascender a cualquier administración
o partido político. Vamos a preservar ese valor. Aspiramos a presentar
una estrategia de crecimiento a la futura administración, cualquiera
sea el partido que triunfe, ejerciendo nuestra influencia de manera transparente.
Lo haremos con el diálogo. No hay otra forma”.
La unión en diversidad
Sin embargo, cabe preguntarse cómo se ejercita la autonomía de
pensamiento que el presidente de Unilever menciona, cuando AEA aglutina dirigentes
de empresas de servicios, industriales y financieras, con objetivos que parecen
tan disímiles.
“Hay que hacer una separación con respecto al paradigma clásico.
Es muy legítimo que existan cámaras y organizaciones de segundo
y tercer nivel, como la Unión Industrial y otras”. Pero Castro recuerda
que AEA es una asociación de personas y no de firmas. “Somos empresarios
que en algunos casos representan la mayoría del capital accionario, en
otros son dueños y, en otros, como el mío, ejecutivos profesionales.
Es un distingo muy grande porque nuestra representación es nuestro pensamiento.
A veces es muy difícil establecer la separación entre cada persona
y la empresa. Pero representamos a un conjunto de ciudadanía. Eso lo
quiero remarcar”. Para citar un ejemplo de lo que es AEA se remite al Business
Round Table, que en Estados Unidos es una asociación de ejecutivos. “Ésa
es nuestra aspiración. Para clarificar qué es AEA tenemos la comunicación,
las propuestas concretas en políticas de Estado. No nos compete realizar
programas de gobierno”.
Meses atrás un referente del mundo de los negocios contó a MERCADO
que AEA nacía, entre otras razones, con la intención de eliminar
la división, que habrían establecido ciertos sectores, entre las
entidades industriales y financieras, ya que la nueva agrupación aglutinaba
a ejecutivos de ambas. Castro no contempla esa discordia.
“No creo que haya intereses antagónicos entre los sectores financiero
e industrial. Tiene que haber una complementación muy grande. Porque
movilizar capitales para generar inversión, que se canalicen al sector
real y lo que es exportaciones en particular, no se necesita antagonismo sino
complementación. Ése es otro valor que tenemos que comenzar a
tomar en la Argentina: el de la interdependencia”, dice el presidente de
Unilever.
La tarea de formular políticas de Estado para ser utilizadas por la dirigencia
implica, como paso previo, el definir el rol de ese Estado. Para Castro, como
vocero de AEA, “la mejor definición de ese rol como tal está
en la Constitución Nacional. A veces tendemos a olvidarla. Pero las reglas
ya están escritas. La Constitución garantiza una serie de derechos
a todos los ciudadanos, que luego se encuentran con que esos derechos no se
pueden ejercitar porque hay problemas de recursos y de asignación de
recursos”. Dice que allí debe estar el sistema político para
indicar que estos derechos y obligaciones le competen a un árbitro que
dirá cómo jugar según las circunstancias, que son complejas,
y evaluará si se juega o no”.
Del Estado y su actividad
Al referirse al pensamiento reinante en AEA con respecto a las políticas
proactivas que surjan de la planificación de un Estado que adquiera el
modelo de proyección de una empresa –planificación que, con
frecuencia, entró en refriegas con la actividad privada–, el coordinador
de comunicación de AEA no duda. “En la medida que el Estado define
una política de aranceles aplica una política proactiva. Cuando
en la Argentina se decía que volábamos con piloto automático
[N. de la R.: con Roque Fernández como ministro de Economía, en
el segundo gobierno de Carlos Menem.], había un sistema de aranceles.
Cuando el Estado interviene en los servicios públicos hay una política
activa. Puede ser buena, mala o neutra. Nos puede gustar o no. Hay políticas
activas aunque creamos que no existen”.
Vuelve a la función del Estado y dice que hay ciertas variables que tienen
que estar entre sus objetivos, como la tasa de inflación, el nivel de
actividad y de empleo. Y agrega que las tres deben precisarse con claridad,
como las relaciones entre sí. “Y definir la estrategia del país
que seguimos a través de determinados principios. Allí es donde
juegan las políticas de Estado. Pero la decisión le compete siempre
al sistema político, algo que debe quedar absolutamente en claro. AEA
sostiene el respeto al sistema democrático y la elección como
mecanismo para renovar autoridades”, enfatiza.
Los empresarios más lúcidos de los países desarrollados
suelen preferir partidos políticos fuertes, tanto de centroizquierda
como de centroderecha, y rechazan el populismo. Un ejemplo es Inglaterra, donde
los hombres de negocios tiendan a apoyar a un gobierno conservador porque es
más afín a su pensamiento. Pero aun con los laboristas en el poder
también hay previsibilidad. Lo mismo sucede en España y Francia.
Castro comparte la idea de tener partidos políticos fuertes. Y aclara
que es una condición necesaria pero no suficiente. “Además
de tener estos partidos también se requiere un sistema de representación
eficaz. Tengo muy poco conocimiento sobre cuál es el mejor sistema”.
Trae a cuento a Jorge Luis Borges y dice: “Conozco aproximadamente, como
decía él, los sistemas británico y alemán. Funcionan
con muchísima eficacia, en particular el británico”. Para
el vocero de AEA, la eficiencia se debe a que en cada distrito se conoce a cada
uno de los candidatos –que son pocos–, dónde, cómo vive
y se educó y qué costumbres tiene, porque es un vecino. Y como
se transmite la labor parlamentaria a través de los medios, se puede
saber cómo trabaja este representante. “No me preocupa si es conservador
o socialista. Quiero que me represente una persona inteligente y que defienda
el bien común, concepto poco usado y que tiene que tener mucha significación”,
asegura.
Cómo administrar el bien común
En la Argentina, todas las instituciones han sufrido un fuerte desgaste, del
que las empresariales no han podido escapar. La incógnita pasa por la
forma en que un empresario, cuya función es lograr rentabilidad para
su firma, pueda ser gestor del bien común, lo que lo acerca a la acción
política, terreno que quizá le resulte ajeno.
Castro afirma que en algunos países los empresarios participan de manera
muy activa. Y que habrá empresarios que mezclan su propio interés
con el resto de los intereses, y otros que no lo hagan. “Lo importante
es que en estos casos se haga de una manera transparente. Por eso Estados Unidos
tiene registrado hasta el lobby, de modo que no hayan dudas”. Agrega que
cualquier república se construye en función de los propios intereses.
“Mis hijos me dicen que esto es incompatible con los programas sociales
de los que hablo. No es así. El mejor sistema de solidaridad que cualquier
país tiene que tener es un sistema fiscal absolutamente eficaz. Con el
grado de evasión impositiva que tenemos, se comprueba que existe solidaridad
en un sector pequeño de la población. Y con un sistema eficaz
funciona cualquier república. Donde esa solidaridad tiene que existir
es en el pago de impuestos, no nos engañemos”.
En AEA también se plantea como eje central el cómo combatir la
evasión, afirma Castro. Y agrega que, en este sentido, hay una necesidad
funcional y una ética, y ambas deben juntas porque, cuando esto sucede,
la mezcla es poderosísima. Pone un ejemplo: “El cínico dice
que la evasión fiscal le molesta porque teme la sanción legal,
lo que es razonable, y porque no puede competir con quien no paga impuestos
porque hay competencia desleal. El ético dirá que el pago de impuestos
es una forma que tiene cualquier sociedad para ejercer la solidaridad de un
modo organizado. Los dos piensan lo mismo, por razones distintas. Encontrar
los puntos de contacto entre ambas cosas es lo importante. Esto que digo puede
ser interpretado como pensamiento liberal o como sentido común”.
Quizás en el ejemplo final se encuentre el foco al que apunta AEA: el
consenso. M
Pablo Píparo
