lunes, 1 de junio de 2026

    El arribo al infierno

    Sucedió en 1876, en la presidencia de Nicolás Avellaneda; en
    1885, en la de Julio Roca; en 1914, con Victorino de la Plaza; en 1929, con
    Hipólito Irigoyen, y en las primeras calientes horas de 2002, con Eduardo
    Duhalde: la Argentina volvía a salir de la convertibilidad. Aquellas
    experiencias fueron traumáticas, pero ninguna alcanzó tanto dramatismo
    como la del 2 de enero del año pasado.
    Al son de los cacerolazos instalados en las horas previas a la caída
    de Fernando de la Rúa, surgió el primer interrogante sobre del
    régimen cambiario que había planteado el nuevo ministro de Economía,
    Jorge Remes Lenicov. De elegante sport, el segundo día del año
    Remes anunció un tipo de cambio de $ 1,40 por dólar, lo que para
    muchos analistas pareció errado, ya que pensaron que iba a reducirse
    la oferta de la divisa, lo que impulsaría una flotación desordenada
    con un peso depreciado en un mercado libre.
    La devaluación del peso era un tema que se vinculaba estrechamente al
    drama que el país comenzó a vivir el 3 de diciembre de 2001. La
    aparición del corralito –que encadenó depósitos por
    unos US$ 61.460 millones– y la crisis bancaria llevaron, en enero, a pensar
    en la desintegración de un sistema financiero como intermediario entre
    el ahorro y la inversión.
    Del entramado de operaciones bancarias y financieras apenas hubo una solución
    para los préstamos hipotecarios, prendarios y personales de hasta US$
    100.000, que fueron pesificados, compensándose a los bancos con un bono
    garantizado con la recaudación de las retenciones a las exportaciones
    de hidrocarburos. Pero quedaba claro que había un complejo problema de
    solvencia: los depósitos no podrían ser devueltos porque los préstamos
    no podían pagarse.
    En este escenario, Mario Blejer asumió la presidencia del Banco Central
    de la República Argentina. En medio de la devaluación, el tándem
    Remes Lenicov-Blejer enfrentaba el duro desafío que proponía la
    Argentina de 2002, en la que colapsaron totalmente las instituciones económicas
    y financieras. No había régimen cambiario sólido, faltaba
    una regla monetaria y también un programa fiscal.
    Para azuzar la incertidumbre, una nueva promesa incumplida frustró más
    a los enardecidos ahorristas. El presidente Duhalde había anunciado que
    quien había depositado dólares retiraría ahorros en esa
    divisa. No fue así, y comenzó a marcharse a una pesificación
    indexada de los depósitos en dólares equivalente a $ 1,40 por
    dólar. El público se volcó al dólar en interminables
    colas, lo que permitía inferir un aumento en la tasa de inflación.

    Temores y economía real

    Así, en enero la Argentina comenzó a oscilar entre el pánico
    a la hiper-recesión y el terror a la hiperinflación. Mientras
    el primero respondía a la ausencia de un sistema de pagos para financiar
    transacciones, el segundo se apoyaba en la falta de confianza en el peso, la
    cual indicaba que, ni bien la autoridad monetaria comenzase a inyectar liquidez,
    la presión sobre el dólar aumentaría, con el correspondiente
    arrastre a los precios. Pero, irónicamente, las restricciones que imponía
    el corralito hacían que el dólar costara sólo $ 2, factor
    que, junto al control de cambios, puso límites al proceso inflacionario.
    Se desencadenó un problema aún no resuelto. Para evitar la hiperinflación,
    además, el presidente Duhalde desdolarizó las tarifas de servicios
    públicos privatizados y estableció un derecho a la exportación
    de hidrocarburos, para evitar que en uno y otro caso se ajusten los precios
    por el tipo de cambio. Con la protesta social en la calle, al flamante Gobierno
    no le quedaban otras alternativas.
    En este contexto, resultaba difícil defender que el gobierno de Duhalde
    tuviese un programa económico y quedó claro que la devaluación
    no lo era. Sin intermediación financiera, la producción parecía
    paralizarse, el desempleo comenzaba a aumentar, la recaudación tributaria
    a caer y el comercio exterior a trabarse. También comenzaron los anticipos
    de distintos gurúes, que anunciaron un tipo de cambio para fines de 2002
    entre $ 2,60 y $ 2,80 por dólar. El superávit se proyectaba en
    casi US$ 10.000 millones. Y una inflación, no mayor a 15% anual, era
    un objetivo que buscaba quebrar la tendencia deflacionaria. M