miércoles, 29 de abril de 2026

    Capitalismo, ese desconocido

    Uno de los problemas que enfrenta la economía argentina es la falta de cultura capitalista.


    Esto se nota en todos los sectores sociales y en todas las corrientes políticas.


    Un principio fundamental del capitalismo ­la ley de la oferta y la demanda­ es ajeno a nuestras concepciones. La gente experimenta una genuina indignación cuando sube el precio del pescado en Semana Santa. Lo mismo pasa cuando sube el precio de las flores el Día de los Muertos.


    La idea subyacente es que el precio debe formarse agregando, al costo de producción, una utilidad razonable. La demanda no tiene nada que ver. No importa que, fuera de Semana Santa, la pescadería deba tirar kilos de pescado sobrante, y que en Semana Santa no dé abasto. Cada vez que sube el pescado (o las flores) la gente dice que “se aprovechan”, que “especulan” y que el gobierno “no debería permitir” semejantes “abusos”.


    Un elemento distintivo del capitalismo ­el riesgo­ también nos resulta extraño. Lo estamos viendo en estos días. Un depósito denominado en moneda extranjera es una inversión, sujeta al riesgo cambiario. Hubo quienes, sabiéndolo, contrataron un seguro de cambio, y fueron pagándolo como uno paga el seguro de incendio, para cobrar la indemnización si la casa se quema. La mayoría no lo hizo, simplemente porque no creía que, al depositar dólares en un banco, estuviera corriendo un riesgo. La genuina indignación de los ahorristas proviene de su convicción de que les deben devolver sus dólares a la paridad antigua. No lo saben, pero en el fondo están pidiendo un seguro de cambio retroactivo y gratuito.


    La falta de cultura capitalista se advirtió claramente durante la privatización. Privatizar es vender, y cuando se vende una empresa (pública o privada) lo que se está vendiendo es el “valor presente de utilidades futuras”. Ese valor es distinto según quien sea el comprador. Una compañía de remises puede tener más valor para Hertz ­porque le permitirá aumentar la rentabilidad con costos marginales­ que para un taller mecánico.


    Eso, sin embargo, es muy difícil de entender. Nuestra mentalidad, más inmobiliaria que capitalista, identifica el valor de una empresa con el “valor de realización”, o el “valor de reposición”; nunca con un “flujo de caja descontado”. Por eso (y porque se cree, erróneamente, que previene la corrupción) siempre que el Estado vende algo se reclama una licitación.


    Se llegó al extremo de reclamar licitación cuando el Estado vendía porciones minoritarias. Licitar 40% de una empresa significa asociarse con el mejor postor.


    Sólo si uno recurre a ejemplos pedestres la gente comprende lo equivocado de esa postura. Uno puede volver a los remises y explicarle a quien exige que el Estado licite un socio:


    Suponga que usted tiene un auto y busca un socio para trabajar el auto como remise.


    Su idea es vender 50%, e ir a partes iguales. Tiene dos ofertas: Juan, que es un hombre muy trabajador, excelente conductor, con experiencia en el rubro y muchos contactos que le aseguran a usted una clientela, le ofrece $ 8.000. Pedro, que es indolente, tiene su auto todo abollado, nunca trabajó en remiserías y no tiene ningún contacto, le ofrece $ 10.000. Usted seguramente le va a vender la parte a Juan, porque de entrada va a recibir $ 2.000 menos pero a la larga va a ganar mucho más.


    Cuando se utiliza este procedimiento didáctico, el “valor presente de utilidades futuras” se vuelve más comprensible; pero de inmediato, en otros casos y, sobre todo, en casos en los cuales intervienen el Estado y grandes empresas, se vuelve a perder esa noción.


    El populismo es la escuela de pensamiento (o la actitud oportunista) que combina las ideas más incompatibles con el capitalismo. Los populistas quieren derogar la ley de la oferta y la demanda, eliminar el riesgo, y se negaban a privatizar sobre la base de las valuaciones más extravagantes.


    Otro de los problemas con el populismo es su incapacidad para entender que la economía es un permanente trade off. Ellos quieren jugar con una perinola cargada que caiga siempre en ganan todos.


    Lo estamos viendo en los intentos desesperados por lograr que la devaluación sea gratis para todos: para los deudores, para los acreedores y para el fisco. Por supuesto, fracasan y agravan los problemas del país.

    Mamarracho liberal


    Se podría creer que, en cambio, los liberales sí comprenden el capitalismo. Tampoco. Nuestros liberales son una suerte de talibanes económicos, ajenos a lo que son los conservadores serios en un país que se precie.


    Los liberales vernáculos creen que la reforma del Estado está incompleta porque aún faltan algunas cosas por vender (el Congreso, por ejemplo) y suponen que cualquier acto del Estado es “intervencionista” o “proteccionista” y representan una “vuelta al pasado”.


    Si vivieran en Estados Unidos reclamarían la privatización de la Nasa (y de los ferrocarriles Amtrak y del US Post Office), a la vez que criticarían los aranceles, los cupos y las hiper-regulaciones.


    Si hubiesen vivido en la Inglaterra de Thatcher, la habrían acusado de falta de convicción y firmeza, porque en once años fue más lo que Thatcher no privatizó que lo que privatizó.


    Lo que nuestros liberales entienden por capitalismo se puede resumir en la frase laissez faire, laissez passer. El problema es que esa frase es de un comerciante francés que nació hace casi 300 años, y que fue un precursor de los fisiócratas, que a su vez precedieron a Adam Smith.


    “Dejar hacer, dejar pasar” es una idea pre-capitalista.


    Hace un tiempo me tomé el trabajo de subrayar frases de La Riqueza de las Naciones, esa magnífica obra de Smith, que todos deberían leer. Son frases que dejarían perplejos a nuestros liberales:

    • “Los beneficios elevados tienden a aumentar mucho más el precio [de
      los productos] que los salarios altos” (página 95).
    • “Nuestros comerciantes y fabricantes se quejan generalmente de los malos
      efectos de los salarios altos, porque éstos suben el precio y perjudican
      la venta de sus mercancías, tanto en el (mercado interno) como en el
      extranjero. Pero nada dicen sobre las malas consecuencias de los beneficios
      altos. Guardan un silencio profundo por lo que respecta a los efectos perniciosos
      de sus propios beneficios, y sólo se quejan de los ajenos” (páginas
      95 a 96).
    • Los empresarios ­es decir, aquellos que “dan empleo” y “viven de beneficios”­
      ejercitan su inteligencia, por regla general, “en los particulares [intereses]
      de sus negocios específicos, más bien que en los [intereses]
      generales de la sociedad”. Por lo tanto, “su dictamen, aun cuando responda
      a la mejor buena fe (cosa que no siempre ha ocurrido), se inclina con mayor
      fuerza a favor del primero de esos objetivos que del segundo”. “Los intereses
      de quienes trafican en ciertos ramos del comercio o de las manufacturas, en
      algunos aspectos, no sólo son diferentes, sino por completo opuestos
      al bien público” (página 239).
    • La “acumulación de tierras incultas” es un “mal muy grande”. “Rara
      vez acontece que mejore mucho sus tierras el latifundista” (páginas
      344 a 346).
    • Toda nación rica “fomenta la introducción de materias primas
      de otros países” para industrializarla “a menor costo”, así
      como para impedir que entren “manufacturas extranjeras” (página 571).
    • “Toda proposición de una ley nueva o de un reglamento de comercio”
      que proceda de “fabricantes y comerciantes”, deberá “analizarse siempre
      con la mayor desconfianza, y nunca deberá adoptarse como no sea después
      de un largo y minucioso examen, llevado a cabo con la atención más
      escrupulosa a la par que desconfiada. Ese orden de proposiciones proviene
      de una clase de gentes cuyos intereses no suelen coincidir exactamente con
      los de la comunidad, y más bien tienden a deslumbrarla y a oprimirla,
      como la experiencia ha demostrado en muchas ocasiones” (páginas 239
      a 241).
    • Los ciudadanos “deben contribuir al sostenimiento” del Estado “en proporción
      a los ingresos que disfruten” (página 726). Todos los que “obtienen
      beneficios”, incluyendo quienes recibe una “renta locativa” deben ceder parte
      al erario público (página 740).
    • “Cuando cierto ramo de la industria es necesario para la defensa del territorio”,
      es ventajoso, por regla general, establecer un “gravamen” a las importaciones.
      “La defensa de Gran Bretaña, por ejemplo, depende principalmente del
      número de sus marinos y de las unidades de su flota. Por eso, el Acta
      de Navegación procuró asegurar a los marinos y a los barcos
      de la Gran Bretaña el monopolio del gobierno de su propio país,
      en unos casos por medio de absolutas prohibiciones, en otros, mediante derechos
      muy fuertes sobre los barcos extranjeros”. Estas disposiciones son “muy sabias”
      (página 408).
    • “Para fomentar la industria nacional”, corresponde que los “efectos importados”,
      paguen un arancel igual al impuesto que pagan los fabricantes locales de artículos
      “de la misma especie” (página 410).
    • Cuando se establecen derechos de importación “para estimular las
      actividades económicas del país”, debe “preverse por cuánto
      tiempo y hasta qué grado” se otorgará la protección y
      “de qué modo deberá ser reestablecida” la libertad de importación,
      una vez logrados los objetivos de su restricción. Pero, una vez impuesto
      un arancel, se “plantea un caso discutible cuando ciertas manufacturas particulares
      han tomado tal incremento (como consecuencia de las prohibiciones y derechos
      establecidos) que el número de obreros ocupados en esas fábricas
      asciende a una cifra muy importante. La razón exige entonces que la
      libertad de comercio sea gradualmente restablecida, pero con mucha reserva
      y circunspección. Si se suprimieran de golpe impuestos y prohibiciones,
      podría ocurrir que invadiesen el mercado tal cantidad de géneros
      extranjeros de aquella especie, más baratos que los nacionales, que
      muchos miles de gentes se vieran privadas de sus ganancias y de su modo de
      subsistir” (páginas 408 y 413).
    • “Conviene meditar hasta qué punto habrá de continuar importándose
      libremente un género extranjero cuando algunas de las naciones extranjeras
      restringen con derechos elevados la entrada de muchas de nuestras manufacturas.
      En este caso, un ánimo vindicativo recomienda naturalmente que se establezcan
      medidas de retorsión, y se impongan iguales derechos y prohibiciones
      sobre la importación de algunas o todas sus mercancías”. Claro
      está, “si todas las naciones siguiesen el sistema liberal de una libre
      importación y exportación”, entonces, “la abundancia de uno
      podría fácilmente remediar la escasez del otro; pero son muy
      pocos los que han adoptado este sistema liberal. La libertad de comercio de
      granos se encuentra, en casi todas partes, más o menos restringida”.
      En tales condiciones, “la mala política de una nación puede
      hacer imprudentes los reglamentos más acertados de la sana política
      a otra. Una libertad ilimitada en materia de exportación de granos
      puede ser muy peligrosa, pero nunca lo es tanto en los grandes estados como
      en los pequeños”, en los cuales “puede ser necesario restringir la
      exportación” (páginas 479-480).


    Conclusión


    La Argentina no superará en forma definitiva sus crisis recurrentes mientras siga encerrada en una opción fatal entre políticas anti-capitalistas y políticas antiestatales. Las últimas décadas han mostrado un péndulo yendo de un extremo al otro.