“En este momento, no hay nada más fácil que jugar a abogado del diablo. Así que, para hacerlo interesante, voy a intentar, por un rato, ejercer de abogado de Dios”, propuso, en una charla con MERCADO, un economista de conocida militancia en los equipos de la Alianza.
La idea fue esbozar un escenario en el que la etapa inaugurada en agosto, tras la adopción del compromiso de déficit cero y el acuerdo con el FMI, conduzca a un happy end para la atribulada economía argentina.
El primer paso sería conseguir, con el aporte prometido por el Fondo y alguna otra ayuda, el apalancamiento suficiente para recomprar deuda y cubrir los vencimientos de lo que queda de este año y todo el 2002. Si se lograra algo más, la manta podría estirarse, quizá, hasta el 2003. “Y, en ese caso, podría ocurrir que empecemos a ver una ola de especulación a favor de los bonos argentinos”, se entusiasma el flamante abogado divino.
Es cierto que todo esto está sujeto a una condición de hierro, que es el cumplimiento del déficit cero, para lo cual se requeriría, además de firmeza, muñeca política del gobierno, y algunos ejercicios de creatividad contable, como la postergación a enero del pago de los aguinaldos de los empleados públicos y jubilados, para contribuir a cerrar las cuentas del último trimestre.
Dar el salto
Suponiendo que la administración De la Rúa se arreglara de algún modo para desterrar el déficit, y con el horizonte financiero despejado, el riesgo país podría descender a unos 800 puntos básicos. Habría llegado entonces la oportunidad de encarar el crecimiento. “En este momento, las condiciones asoman favorables, por el nivel de las tasas en Estados Unidos y la cotización internacional de los granos. Si se recupera la rentabilidad en el sector de transables, se reanimarían las inversiones y la demanda”, anticipa el defensor de la causa celestial, quien sin embargo advierte que no se puede anticipar un boom de consumo similar al de 1991-93, porque la crisis ha recorrido, de abajo a arriba, todo el entramado social.
“Pero hay mucha demanda contenida y el efecto estimulante de un mejoramiento de las exportaciones agrícolas (con fondos que se quedan aquí, a diferencia de lo que ocurre con el petróleo), puede cambiar por completo el cuadro que enfrentamos hoy.”
De lo que se trata, en suma, es de construir un puente que conduzca, si no a la tierra prometida, al menos a una zona de menor riesgo sísmico. “En realidad, no falta tanto para el 2008. En ese año, 80% de la deuda pública argentina estará en manos de las AFJP y no de inversores extranjeros”, razona el economista.
Claro que todo este escenario estallaría como una pompa de jabón si no se frena la fuga de depósitos y si continúa la fuerte demanda de divisas.
Desde el centro
Por otra parte, el contexto internacional no garantiza un futuro prometedor para los países menos desarrollados. Un análisis del Financial Times advirtió, a fines de agosto, que comienzan a asomar signos de una nueva crisis financiera mundial, esta vez engendrada en el centro, y no en la periferia.
“En 1998, el mundo temía que la crisis asiática se extendiera a los países industrializados. Ahora es al revés: la retracción económica en Estados Unidos, Japón y Europa amenaza la salud de las economías emergentes. De modo que los inversores no volverán a acercarse a estos mercados durante algún tiempo”, vaticinaba el periódico británico.
El economista reconoce que el puente a un territorio más seguro es muy estrecho, y que resulta inquietante mirar qué hay a los costados. “Tal vez no alcance con que Dios tenga un abogado; también tendría que demostrar, por una vez, que de verdad es argentino”.
