miércoles, 22 de abril de 2026

    El vía crucis de la deuda

    Las preguntas fundamentales

    Seis prestigiosos
    economistas, representantes de diversas corrientes de pensamiento, respondieron
    a un cuestionario elaborado por MERCADO para indagar en el presente y
    el futuro del problema que agobia con particular dramatismo a los argentinos.

    Alfredo
    Eric Calcagno, Gustavo Cañonero, Emilio Cárdenas, Ernesto
    Gaba, Carlos Pérez y Mario Rapoport exponen, en las páginas
    que siguen, sus reflexiones en torno a los siguientes interrogantes.

    1 ¿Hay
    riesgo de que la Argentina entre en default?

    2 El
    blindaje fue presentado como una garantía de que no habría
    ahogos financieros durante el 2001. ¿Por qué se disipó
    esa expectativa?

    3 Desde
    los años ´80, la deuda viene alimentándose a sí misma
    con la capitalización de los servicios que el país no puede
    pagar. ¿Es posible romper este círculo vicioso?

    4 Para
    salir de la secuencia déficit fiscal-endeudamiento-ajuste-recesión-más
    endeudamiento, sería necesario que la economía ingresara
    en un período de fuerte crecimiento. ¿Durante cuánto
    tiempo y a qué ritmo debería crecer para aventar el fantasma
    de la insolvencia?

    5 ¿Cómo
    podría encararse una reprogramación de la deuda externa?
    ¿Qué beneficios e inconvenientes plantearía?


    Entre 1991 y el 2000, la deuda externa bruta total del país pasó de US$ 61.337 millones a 147.186 millones. Ese crecimiento de 140% es llamativamente superior al que registró el PBI en ese período (alrededor de 40%).


    Pero el fenómeno de la deuda externa no se limita a su crecimiento y magnitud. También han sido muy significativos los cambios que se registraron en su composición. Mientras las obligaciones externas brutas del sector público no financiero y del Banco Central aumentaron, durante ese lapso, en 62%, las correspondientes al sector privado no financiero llegaron casi a multiplicarse por diez (con un incremento de 943%), y las del resto del sector financiero crecieron 388%. (Aunque, para poner estas cifras en perspectiva, es preciso aclarar que en estos dos últimos casos se partió de niveles de deuda muy bajos a comienzos del período.)


    En 1991, la deuda correspondiente al sector público no financiero y al Banco Central representaba 86% del total. El año pasado, la proporción había descendido a 58,2%.


    Esta nueva configuración de la distribución de la deuda externa desmiente la difundida noción de que el problema del pago de los servicios y amortizaciones corresponde, casi enteramente, al sector público. Es cierto, sin embargo, que cuanto más comprometida aparezca la capacidad de pago del Estado argentino, más estrechos serán los márgenes para el sector privado.


    ¿Adónde fue el dinero?


    Desde la perspectiva del balance de pagos, los fondos obtenidos en los mercados financieros internacionales que son computados como ingresos de capital se destinan básicamente a financiar:

    • el déficit en la cuenta corriente (constituido por el resultado
      acumulado de la balanza comercial, de servicios reales y de servicios financieros),
    • la acumulación de activos por parte de los sectores residentes en
      el exterior (inversión directa, de cartera, préstamos, depósitos,
      disponibilidades, y activos con y sin devengamiento de renta),
    • la acumulación de reservas internacionales.


    La suma de esos conceptos, que puede tomarse como la necesidad bruta de financiamiento de la economía (sin incluir amortizaciones), superó durante el período 1992-2000 los US$ 165.000 millones; lo que equivale a un promedio de algo más de 18.000 millones por año.


    Casi la mitad (45%) de ese total fue cubierto con inversiones extranjeras directas y de cartera de acciones. El resto ingresó por la vía del aumento de la deuda. Esas entradas sumaron US$ 85.849 millones; poco más de 9.500 millones anuales. (*)


    El déficit acumulado en la cuenta corriente del balance de pagos en el período 1992-2000 explica más de la mitad de las necesidades brutas de financiamiento y es aproximadamente igual a la totalidad del aumento de la deuda externa bruta.


    Si a esto se suma la variación de las reservas internacionales, estos usos explican casi dos tercios (64%) de la necesidad bruta de financiamiento y superan, holgadamente, el aumento del endeudamiento total.


    El gobierno (sector público no financiero y Banco Central) ha acumulado deuda externa en magnitudes que superaron largamente sus propias necesidades de recursos en divisas. El Estado contribuyó a la acumulación de reservas internacionales por un monto cercano a los US$ 33.000 millones, que es la diferencia entre el déficit en cuenta corriente del sector gobierno y sus ingresos netos acumulados en la cuenta capital y financiera.


    Como, al mismo tiempo, el déficit en la cuenta corriente del sector privado no financiero (que incluye la totalidad del resultado del comercio) excedió el ingreso neto de la cuenta capital y financiera en algo más de US$ 13.000 millones, puede deducirse que el Estado no sólo financió la acumulación neta de reservas internacionales en el conjunto de la economía, sino también el desequilibrio del sector privado en sus transacciones en divisas.


    Como se verá más adelante, esto tiene mucha importancia a la hora de considerar la relación entre el déficit fiscal, el déficit externo y las posibilidades de crecimiento.


    El peso de la carga


    La gravitación de la deuda externa sobre el PBI argentino pasó de 30,6% en 1993 a 51,6% a fines del 2000; lo que equivale a un aumento de 21% en apenas ocho años.


    En 1993, los intereses pagados representaban 1,5% del PBI; a fines del año pasado la carga representó 4,4%. Si a los intereses se suman los pagos de utilidades y dividendos, la proporción se eleva a 2,4% en 1993 y a 5,3% en el 2000.


    Cuando se toma como referencia el valor de las exportaciones totales, surge un panorama no menos preocupante. En 1992, el pago de intereses representaba 22,7% de las ventas argentinas en el exterior; a fines del 2000, el índice trepaba a 40,5%. Si se incorporan al cálculo las remesas de utilidades y dividendos, los porcentajes pasan de 31,3% a 49,3% durante el mismo período. Es decir que, actualmente, casi la mitad de los ingresos provenientes de las exportaciones se destina al pago de intereses, utilidades y dividendos en el exterior.


    Estos datos son, por cierto, bastante más negativos que los que exhiben otras economías latinoamericanas, como Brasil, México y Chile. La comparación es también desfavorable cuando se toman como referencia el promedio regional y las cifras correspondientes a la mayor parte de los países emergentes con rasgos parecidos a los de la Argentina.


    Vale la pena recordar, en este punto, que todos ellos compiten por los flujos de capitales privados en los mercados financieros internacionales a los que la Argentina acude en condiciones de desventaja.


    La cuestión del déficit fiscal


    El resultado financiero acumulado, entre 1994 y el 2000, por la administración nacional y las provincias arroja un déficit de US$ 65.376 millones si no se computan los recursos fiscales provenientes de las privatizaciones. Si se los incluye, el quebranto acumulado es de US$ 56.636 millones. Esto representa un promedio de US$ 9.300 millones de déficit anual en el primer caso, y de 8.100 millones en el segundo.


    La cuestión muestra costados más dramáticos si se considera que en 1994 el déficit consolidado fue de US$ 4.400 millones (computados los recursos por privatizaciones), mientras en el 2000 se ubicó en torno a los US$ 11.000 millones.


    Aunque durante este período el Estado nacional asumió compromisos que antes correspondían a las provincias, no resulta fácilmente defendible el argumento de que la causa fundamental del aumento del déficit fue el desmanejo fiscal por parte de los gobiernos provinciales. Mientras en 1994 el déficit imputable a las provincias representó casi la mitad del consolidado del país, durante el año pasado apenas superó 30%.


    Las reglas monetarias que impone el régimen de convertibilidad impiden que esos desequilibrios fiscales crecientes (que se acentúan durante los períodos de recesión) sean financiados mediante la emisión monetaria. En otras palabras, descontados los ingresos por privatizaciones, el déficit sólo puede cubrirse a través de un mayor endeudamiento, interno y externo.


    La deuda total del sector público nacional pasó de $ 69.626 millones en 1993 a $ 128.018 millones a fines del año pasado. El aumento de $ 58.392 millones es casi equivalente al déficit acumulado durante ese mismo período si se incluyen los recursos que percibieron el Estado nacional y los provinciales por la venta de empresas y activos públicos.


    La competitividad y la cuestión fiscal


    Menos conocido es el hecho de que, en estas circunstancias, la eliminación del déficit fiscal se tornaría incompatible con el mantenimiento del actual nivel de competitividad que exhibe la economía argentina.


    Un déficit fiscal nulo implica que el nivel de endeudamiento del sector público se estabiliza. O, lo que es lo mismo, la deuda pública total deja de crecer. Si la relación entre el componente externo e interno de la deuda pública se mantiene en un nivel relativamente constante, la colocación de nueva deuda neta en los mercados internacionales sería, entonces, innecesaria. Sólo se requeriría cubrir las amortizaciones de capital con nuevas emisiones a medida que se fueran produciendo los vencimientos. Pero el stock total de la deuda estatal se mantendría estable.


    De todos modos, habría que seguir pagando los intereses correspondientes al servicio de la deuda externa acumulada (que este año superarán los US$ 11.000 millones). Para eso, el gobierno debería comprar, con superávit primario, las divisas en el mercado interno y hacer las transferencias correspondientes. Expresado de otra manera: el sector público se convertiría en un fuerte demandante neto de reservas.


    Esto afectaría desfavorablemente a la economía, puesto que la declinación del stock de divisas tendría un impacto negativo sobre los recursos monetarios y el crédito y, a través de esa vía, sobre la demanda agregada y el producto.


    La única forma de evitar que esto ocurra es que la demanda neta de reservas originada en la situación de equilibrio fiscal del sector público fuera más que compensada por fuertes entradas de divisas originadas en el sector privado.


    Como se indicó al comienzo de este informe, durante la década de 1990 el sector público ingresó capitales en magnitudes superiores a sus requerimientos de divisas. En cambio, el sector privado fue un demandante neto. En otras palabras, el superávit del gobierno en sus transacciones de balance de pagos por todo concepto financió no sólo la acumulación de reservas sino, también, el déficit del balance de pagos privado.


    El corolario inevitable es que una situación de déficit fiscal nulo requiere, para ser compatible con el crecimiento económico, que el sector privado se transforme en un oferente neto de divisas. Esto es así porque, en el caso contrario, se reducirían las reservas internacionales y, con ello, el dinero, el crédito, la demanda agregada y el PBI.


    Ahora bien, ¿cómo puede convertirse el sector privado en un oferente neto de divisas? Hay tres vías posibles:

    • colocación de nueva deuda en los mercados internacionales,
    • nuevos recursos provenientes de la inversión directa extranjera,
      o
    • una significativa mejora en el saldo de la balanza comercial externa.


    En cuanto a las dos primeras alternativas, no parece razonable esperar un comportamiento más dinámico que en el pasado reciente. La deuda externa privada ya ha venido aumentando a un ritmo muy rápido, difícilmente sostenible. Y no se advierten, en este momento, oportunidades de negocios comparables con las que atrajeron los elevados flujos de inversión extranjera directa en los años ´90.


    En estas condiciones, un progreso sustancial en la balanza comercial externa aparece como un requisito ineludible. Una clara tendencia a la generación de mayores saldos comerciales favorables (con una economía en expansión, y no mediante una baja de las importaciones como consecuencia de un nivel de actividad deprimido) sería un indicador apropiado de la capacidad del país para hacer frente a los futuros compromisos financieros externos.


    Recuerdos del futuro


    Con la actual configuración del sector externo, las posibilidades y el ritmo del crecimiento seguirán dependiendo, en lo inmediato, de la disponibilidad de recursos financieros provenientes del exterior. Sin embargo, la clave para desplazar esta restricción y, al mismo tiempo, reducir la fuerte dependencia de las etapas de expansión económica de los flujos de capital, es la mejora significativa del saldo de la balanza comercial argentina.


    Esto significa que, para que una situación fiscal equilibrada sea compatible con el crecimiento económico, es necesario llevar adelante intensas acciones que permitan aumentar los actuales niveles de competitividad externa.


    Pero ésta es, desde luego, una perspectiva de mediano plazo. Requiere contar con los medios para financiar los desequilibrios fiscales y externos mientras las medidas pro competitivas maduran y, también, que los agentes económicos perciban que, a la larga, resultará más rentable otorgar tiempo y recursos a la Argentina para que la estrategia pueda prosperar.


    Hoy en día, el tiempo y los recursos necesarios para cambiar esta situación son penosamente escasos. Los márgenes de maniobra de la política económica, que ya eran muy estrechos, se han achicado aun más, de modo que las limitaciones marcan un fuerte contraste con la actitud llamativamente activista que asumen, principalmente en el discurso, las autoridades económicas.


    En situaciones críticas como ésta, se torna aun más difícil el ejercicio, normalmente arriesgado, de anticipar el futuro. Las crisis, más allá de algunos rasgos de semejanza, suelen ser creativas y pródigas en eventos específicos que sólo se descubren cuando ya es demasiado tarde. Puesto que la dificultad de anticipar lo que sucederá alcanza a todo el mundo, la incertidumbre se extiende y engendra sus propios hijos.


    Atenuar el nerviosismo que se percibe hoy en los mercados de la deuda argentina exigiría, en el plano económico, al menos tres condiciones básicas:

    • un cambio en la percepción, que ha ganado terreno rápidamente,
      de que el país (y el sector público, en particular) no podrá
      afrontar sus compromisos externos;
    • alguna evidencia de que la economía comienza a salir de la depresión
      iniciada en la segunda mitad de 1998 (algo esencial, entre otras cosas, para
      que los recursos fiscales puedan repuntar);
    • la perspectiva de que será posible corregir la evidente sobrevaluación
      de la moneda local sin abandonar la convertibilidad.


    Estos tres problemas son fuertemente interdependientes y, en la actualidad, se alimentan mutuamente en un círculo vicioso que parece de hierro. La sobrevaluación complica el panorama del sector externo e impide la reactivación, la falta de crecimiento agrava los problemas fiscales y esto, a su vez, ensombrece el horizonte, al sembrar dudas sobre el pago de los compromisos, más allá del blindaje y de las medidas de financiamiento de emergencia a las que se está echando mano actualmente.


    ¿Reprogramar, devaluar, dolarizar?


    Han florecido en los últimos tiempos opiniones de analistas que sostienen que el actual nivel de endeudamiento externo de la Argentina es inmanejable, e incompatible con el desempeño que vienen mostrando las exportaciones y los ingresos fiscales, por lo que se impone una restructuración de la deuda.


    Es, por cierto, llamativo que algunos de esos analistas se encuentren en las filas de quienes defendieron con serenidad olímpica las políticas que, junto con algunos importantes condicionantes externos, han ido llevando al país a la actual encrucijada. Resulta curioso porque en esas opiniones no parece haber sombra de reflexión crítica sobre las propias posiciones sostenidas en el pasado.


    Lo cierto es que los valores insostenibles del costo del financiamiento no hacen más que reflejar la fragilidad política y económica del país. Frente a ese cuadro, estrategias graduales, incluso la impulsada por Domingo Cavallo, suscitan una evidente incredulidad en los inversores externos. Si esta incredulidad no se revierte, la estrategia no dará frutos, y no es posible anticipar hoy qué caminos ­o despeñaderos­ se abrirán entonces.


    Parece claro, con todo, que propuestas de gran predicamento en ciertos círculos, como la dolarización total de la economía, apenas se refieren a un aspecto del problema actual, y no resuelven ninguna de las cuestiones centrales, como son la desventaja del país en materia de competitividad y la recuperación del crecimiento.

    Alfredo
    Eric Calcagno (*)

    “El problema
    es el modelo”

    1. Creo
    que el problema es más complejo. Se está pendiente de lo
    que ocurra en el corto plazo. Pero no se ve o no se quiere ver el problema
    de mediano y largo plazo, que consiste en que está terminando el
    ciclo de la Argentina rentista-financiera. Asistimos a la agonía
    de este modelo, que está condenado porque fue incapaz de implantar
    un sistema de acumulación sustentable y distribuir con un mínimo
    de equidad. Además, con la convertibilidad, este modelo quedó
    encerrado en un dilema: si se crece, hay déficit en la cuenta corriente
    de la balanza de pagos, por las importaciones. Y si no se crece, menor
    recaudación y déficit fiscal. Frente a esta situación
    la salida fue el endeudamiento creciente y continuo. Que entremos en default
    o no, dependerá del tiempo en que se pueda prolongar ese endeudamiento.
    Pero no hay condiciones estructurales para un crecimiento autosustentable
    dentro del modelo.

    2. El
    blindaje fue una operación de propaganda en la que lo único
    realista era el préstamo del FMI, de US$ 13.700 millones, que se
    agotó en tres meses. Los créditos del Banco Mundial y del
    BID estaban afectados a proyectos específicos en áreas sociales
    y viviendas. Los principales bancos privados se comprometían a
    refinanciar vencimientos de títulos públicos por US$ 10.000
    millones. Y las AFJP compraron títulos por US$ 3.000 millones.
    Se contabilizaron otros US$ 7.000 millones por canjes de bonos de deudas
    por otros títulos de vencimiento más lejano. El hecho real
    es que esos US$ 13.700 millones se agotaron como lo demuestra la necesidad
    de buscar nuevos fondos.

    3. La
    deuda argentina tiene dos ramas: la deuda vieja, contraída en el
    período militar 1976-1983, y la nueva que es el combustible que
    hace andar la convertibilidad. La vieja fue tomada sin necesidad y, según
    cifras del Banco Mundial, 44% se destinó a financiar la evasión
    de capitales, 33% al pago de intereses de esa deuda, y 23% a importaciones
    no registradas. En el mismo período, Brasil contrajo un endeudamiento
    similar que usó para industrializarse.

    El círculo
    vicioso se rompe con el fin de la convertibilidad. Y de la convertibilidad
    se sale con un esquema global ­no con medidas sueltas­ que rehabilite
    la dupla del capitalismo: beneficios y salarios. Esto responde a tiempos
    históricos, no a ansiedades personales.

    4. Hay
    que revertir el proceso. Con ajustes y recesión se produce un error
    económico gigantesco. Luego del crack del ´29 en Estados
    Unidos, quedó claro que de las depresiones se sale con mayor actividad
    económica. No es cuestión de tiempo, porque no es un problema
    lineal, sino de implantar otro modelo.

    5.
    Es indispensable una reprogramación de la deuda externa, pero desde
    una posición de fuerza. Entre los acreedores ahora también
    están los fondos de pensión, que sólo tienen comprometido
    0,2% de sus colocaciones en bonos de deuda de países subdesarrollados.
    Antes, los acreedores eran los bancos internacionales, que tenían
    comprometido varias veces su capital. Entonces, un incumplimiento ponía
    en riesgo al sistema financiero internacional. Hoy, existen más
    posibilidades de negociación. Hay un ejemplo interesante en este
    sentido: los que reciben la mayor cantidad de préstamos internacionales
    en este momento son China y Brasil. China es comunista y Brasil estuvo
    por entrar en default en 1998. En ese año, sin embargo,
    recibió US$ 24.000 millones. Esta es una cuestión de negocios,
    no de sanciones o premios.


    * Economista.
    Ex secretario general del Consejo Federal de Inversiones y ex funcionario
    de las Naciones Unidas.

    Gustavo
    Cañonero (*)

    “Es posible
    romper el círculo vicioso”

    1.
    Creo que los próximos ocho meses están casi asegurados en
    términos de financiamiento. Esto depende, claro, de que haya o
    no algún nuevo desvío con respecto a la situación
    fiscal.

    2.
    Faltaron evidencias de que la economía se estuviera recuperando
    como se esperaba. Eso generó muchas dudas con respecto a las metas
    fiscales, que eran válidas, y con respecto al alcance del blindaje
    en general. El otro punto que provocó preocupación fue la
    persistencia de ruidos políticos que ponían en duda el mantenimiento
    del propio blindaje, que se basaba en una serie de reformas estructurales
    ­básicamente la reforma previsional­ que eran cuestionadas
    en el Congreso.

    3.
    El círculo vicioso funciona hasta que se presenta un programa concreto
    y creíble que genere suficiente superávit primario, para
    hacer sostenible la situación de endeudamiento del sector público.
    Esto permite una baja consistente del costo de financiamiento y un nivel
    de crecimiento que cierra el cuadro de viabilidad. Se debe terminar con
    el déficit público de una manera creíble. Debe ser
    un programa que no sólo logre un ahorro en el gasto primario, incluyendo
    intereses, sino que además permita crecer a la economía.
    Estas condiciones no son fáciles de cumplir, pero tampoco imposibles.
    Hubo experiencias como los casos de Irlanda y Dinamarca en los ´80.

    4.
    No creo que sea necesario un fuerte crecimiento. Pero sí un crecimiento
    consistente, con un nivel de superávit primario que haga que la
    dinámica de la deuda sea sostenible. Bien puede ser que un crecimiento
    de 3,5% anual produzca una sensación de sostenibilidad de la deuda,
    si el superávit primario aumenta alrededor de un punto del PBI.
    O si el déficit baja de 2,5% a 1,5% del PBI. Porque se empieza
    a ver que el incremento de la deuda en el último año es
    menor que el incremento del producto.

    5.
    La reprogramación de la deuda fuera del contexto del mercado tiene
    una seria consecuencia, que sería el corte de los flujos de capitales
    para el financiamiento de la actividad productiva en la Argentina. No
    olvidemos que tenemos un déficit de cuenta corriente de alrededor
    de 3% del PBI, y eso implica que necesitamos ese porcentaje de flujo de
    capital neto para mantener el actual nivel de actividad. Ni más
    ni menos.

    Diría
    que una reprogramación parece, en principio, una salida simple,
    pero que tiene muchos perjuicios, sobre todo en el impacto en la economía
    real, dado el agotamiento de fondos. En este contexto, hay que tener mucho
    cuidado. Hay casos en los que una reprogramación en el corto plazo
    se vio como la solución de una trampa compleja de la economía
    y ayudó a salir. Es el caso de Rusia hasta hace muy poco, donde
    el flujo de capitales volvió relativamente rápido. Pero
    son circunstancias muy distintas. A Rusia la ayudó una fuerte suba
    del precio del petróleo, su principal producto de exportación.
    Y probablemente la haya ayudado su devaluación, que aquí
    no tendría el mismo efecto. En la Argentina, dada la existencia
    de deuda en dólares, la devaluación no trae necesariamente
    una mejora para los precios.


    * Head
    of Research, Mercosur y México, del Deutsche Bank.

    Emilio
    Cárdenas (*)

    “Hay que exportar
    10% más durante cinco años”

    1. Luego
    del acuerdo con los bancos locales para la emisión de dos bonos
    por US$ 3.000 millones y de los US$ 500 millones adicionales colocados
    a través de un fideicomiso que comprarán los fondos de pensión,
    la Argentina está a sólo unos US$ 380 millones de cerrar
    las necesidades de financiamiento para este año y alejar así
    el riesgo de un default. Además, se recaudarán unos
    US$ 2.100 millones por el impuesto a los débitos y créditos
    bancarios y el impacto contractivo de este impuesto será posiblemente
    compensado por una baja en el riesgo soberano tal que la economía
    argentina pueda cumplir con nuestra expectativa de crecimiento nominal
    del PBI de 1,6%.

    2. Aun
    en las proyecciones originales, y suponiendo que la Argentina mantenía
    el colchón inicial de US$ 2.100 millones para finales del año,
    había que recurrir a los mercados voluntarios de deuda por unos
    US$ 1.000 millones. De hecho, entre las necesidades de financiamiento
    para el 2001 y la cobertura del paquete de asistencia financiera había
    un bache de aproximadamente US$ 3.000 millones que se debía financiar
    en el mercado de capitales, externo o interno. A esto hay ciertamente
    que sumar el impacto del deterioro fiscal de marzo que llevó a
    la Argentina a cerrar el primer trimestre con un déficit del sector
    público de unos US$ 1.066 millones.

    3. El
    endeudamiento relativo (deuda pública consolidada / PBI) no creció
    uniformemente durante las últimas dos décadas. Por lo pronto,
    la Argentina dejó de pagar la deuda en 1982 y capitalizó
    los intereses vencidos desde entonces. Esto llevó a que el país
    no tuviera un fluido acceso al mercado voluntario de deuda hasta el llamado
    Plan Brady. En los años ´90, con el Plan de Convertibilidad, la
    relación deuda pública / PBI comenzó a descender
    hasta que el shock externo del Tequila nos puso nuevamente en un
    nivel de endeudamiento relativo superior al de comienzos de la década
    y con tendencia ascendente.

    Cuando la
    Argentina retoma la senda de crecimiento ­en 1997­ vuelve a
    conseguir una baja sustancial en la deuda pública consolidada.
    Lamentablemente, la falta de una recuperación sostenida nos impidió
    estabilizar y bajar la relación deuda pública / PBI.

    4. El
    análisis de sostenibilidad de la deuda pública y del déficit
    en cuenta corriente nos sugiere que la estabilización y, luego,
    el descenso del endeudamiento relativo, requieren que el PBI real crezca
    aproximadamente 4% por año y que las exportaciones nominales aumenten
    alrededor de 10%, de manera consistente, por unos cinco años.

    5.
    La reprogramación de los compromisos financieros públicos
    encuentra enormes dificultades prácticas. A diferencia de lo ocurrido
    en los años ´80, ahora la deuda pública argentina está
    estructurada en bonos, con una tenencia muy atomizada. Por otra parte,
    la experiencia argentina de los años ´80 y la más reciente
    de países que entraron en reprogramaciones unilaterales, como Ecuador
    o Rusia, con enormes turbulencias macroeconómicas, parecen descartarla
    como opción razonable de política económica. Una
    medida en esa dirección tendría inevitablemente un costo
    elevadísimo. Para todos. No sólo marginaría a la
    Argentina de los mercados de capitales voluntarios por un tiempo prolongado,
    sino que frenaría también los flujos de inversión
    directa extranjera: incluso podría llevar a la repatriación
    de capitales por parte de las casas matrices.


    * Director
    ejecutivo de HSBC Argentina Holdings.

    Ernesto
    Gaba (*)

    “El blindaje
    reflejó un fracaso”

    1. No
    percibo riesgo inminente de default porque la Argentina acaba de
    asegurar los fondos para cubrir las necesidades de financiamiento ($ 22.500
    millones) de este año. Dispone de casi $ 10.000 millones de organismos
    internacionales (provenientes del blindaje). Pero para acceder a estos
    fondos debe cumplir la meta anual de déficit fiscal acordada con
    el FMI, es decir, recuperar el exceso del primer trimestre. El resto de
    necesidades se cubre mediante colocaciones programadas de bonos en instituciones
    locales, principalmente bancos y AFJP.

    2. El
    blindaje fue presentado políticamente como un triunfo cuando en
    realidad reflejaba el fracaso de no poder obtener financiamiento voluntario;
    además, los síntomas de reactivación que aparecieron
    al mismo tiempo que el blindaje fueron erróneamente anunciados
    como una recuperación permanente. Por otra parte, el fuerte
    aumento del déficit fiscal de enero generó dudas sobre la
    capacidad de cumplir con el programa del FMI y, por lo tanto, de acceder
    a los desembolsos de fondos.

    3. La
    voluminosa deuda pública tuvo un vertiginoso crecimiento por varias
    razones: la capitalización de intereses, aumento de gasto público
    primario, reconocimiento de deudas ocultas en el sistema de seguridad
    social, deudas anteriores con proveedores e insuficiencia de ingresos
    tributarios por menor crecimiento y/o mayor evasión. Yo diría
    que es necesario romper el círculo vicioso porque si consideramos
    que no es posible, la consecuencia es un default de hecho que nos
    arrastraría a un serio retroceso en el plano político, económico
    y social.

    4. Si
    buscamos mantener constante la relación deuda pública /
    PBI (actualmente de 43%) y el gasto público primario se mantiene
    también constante, se necesita una combinación de un crecimiento
    del PBI de 4% anual (compatible con baja disponibilidad de ahorro externo)
    y de 10% de incremento anual de los ingresos tributarios. Esta última
    cifra no es fácil de alcanzar en las condiciones actuales de alta
    presión tributaria, de modo que considero necesario lograr un esfuerzo
    adicional por el lado de la reducción del gasto público
    primario. En grandes números, el año pasado José
    Luis Machinea logró un superávit primario de $ 2.700 millones,
    1% del PBI, y debería ser llevado a 2,6% del PBI para poder estabilizar
    la deuda externa / PBI. Sobre un nivel de gasto público primario
    consolidado de casi $ 80.000 millones es un contrasentido afirmar que
    no puede ser reducido en 2% anual, luego del notable aumento nominal de
    la última década en un entorno de estabilidad económica
    y, en los últimos tres años, con deflación.

    5. Decir
    simplemente “no puedo pagar” tendría un costo alto: cierre del
    mercado externo, salida de capitales, elevadas pérdidas patrimoniales
    a las empresas y mayor deterioro del ingreso de las familias. Si se mejoran
    las cuestiones fundamentales de la economía (menor gasto público,
    reformas de segunda generación y redistribución de gasto
    público para cubrir las carencias de los niveles de ingresos más
    bajos) sería posible encarar una reprogramación amistosa
    de la deuda, con el objetivo central de cambiar deuda de corto y mediano
    plazo por deuda de largo, cuyo spread podría reducirse acudiendo
    a fuentes internacionales que ofrezcan un colateral. Es decir, en lugar
    de usar blindaje para cubrir déficit fiscal, emplearlo para garantizar
    un canje de deuda voluntario a menor costo y mayor plazo. Se trata de
    un cambio de paradigma para las propias instituciones internacionales,
    que muchas veces colocan recursos en países donde las condiciones
    de políticas económicas resultan inviables.


    * Economista
    jefe del BBVA-Banco Francés.

    Carlos
    Pérez (*)

    “Ante todo,
    solvencia fiscal”

    1.
    Las necesidades de financiamiento del 2001 están en torno a los
    US$ 25.000 millones (que es la suma de vencimientos de capital de deuda
    de largo plazo, de corto plazo y el déficit fiscal en línea
    con las metas establecidas con el FMI). Si comparamos esto con la disponibilidad
    de financiamiento, no se advierten problemas. Pero el fuerte desvío
    fiscal en el primer trimestre de este año, y un mes de marzo muy
    malo en términos de recaudación generaron una situación
    fiscal muy débil de cara a abril. Allí se planteó
    en el mercado el fantasma del default. Quedó el problema
    de caja para abril, que Cavallo resolvió con la colocación
    de bonos por US$ 3.500 millones. Yo diría que, estructuralmente,
    Cavallo corrigió las posibilidades de default con el impuesto
    a las transacciones financieras y la colocación de bonos.

    2. El
    blindaje estaba condicionado al cumplimiento de las metas fiscales. Y
    el desvío del primer trimestre fue muy fuerte. Con mayor déficit
    fiscal se requiere más dinero. Y si este incumplimiento genera
    dudas en los desembolsos del blindaje, automáticamente el cuadro
    de necesidades contra disponibilidades de financiamiento se vuelve negativo.

    3. Estamos
    ante la exigencia de mostrar solvencia fiscal. La Argentina tuvo diez
    años de convertibilidad y festejamos la estabilidad durante ese
    tiempo. Pero la convertibilidad generó también inconsistencia
    macroeconómica, que también tiene que ver con la combinación
    de una política cambiaria rígida con una política
    fiscal hiperexpansiva. La deuda pública se duplicó en diez
    años. Y esta combinación es explosiva. Hay que ajustar,
    o bien porque la política cambiaria se vuelve flexible, o si se
    quiere respetar la convertibilidad, hay que transformar la política
    fiscal en algo rígido. Esto último no es ni más ni
    menos que la solvencia fiscal, que ya es una exigencia.

    4.
    En cuanto al crecimiento, la economía argentina enfrenta una restricción
    estructural importante porque 80% del PBI es consumo y 20% es inversión.
    Crecer por el lado de las exportaciones, con la participación que
    tienen en el PBI, no aportará mucho. Es bueno crecer por el lado
    del consumo interno, pero tenemos problemas: 15% de desempleo, más
    de 30% de la población en condiciones de pobreza, y una evolución
    de la distribución del ingreso muy regresiva. Por el lado de la
    inversión, con la deuda pública que excede 50% del PBI,
    y con el ratio de deuda externa contra exportaciones, que requiere más
    de cinco años de exportaciones para cancelar, teóricamente,
    la deuda, convengamos que es difícil.

    Creo que
    la Argentina hoy podría tener una tasa de crecimiento sustentable
    de 4%. Hay que aprender de los errores, y aprovechar el crecimiento para
    guardar excedentes fiscales que permitan reestablecer el equilibrio presupuestario
    y juntar fondos anticíclicos.

    5. La
    Argentina reprogramó deuda, a través del Plan Brady, en
    1992. En ese momento la deuda estaba concentrada en un número acotado
    de bancos internacionales. Hoy está totalmente atomizada, por lo
    tanto pensar en un nuevo Brady es bastante utópico.

    En cuanto
    a una reprogramación compulsiva, los costos superan a los beneficios.
    Creo que hay que seguir con el canje de deuda, que tuvo éxito en
    febrero. Habría que cambiar la arquitectura del apoyo del FMI.
    En lugar de tener un blindaje, que es un préstamo que hay que cancelar,
    lograr un seguro de liquidez y utilizar el dinero si no se consigue financiamiento
    en el mercado voluntario.


    * Director
    de la Fundación Capital.

    Mario
    Rapoport (*)

    “La deuda se
    ha tornado impagable”

    1. Si
    no se produce una rápida reactivación productiva, las condiciones
    críticas vividas en los primeros meses de este año tenderían
    a reiterarse y el default no podría evitarse.

    2. La
    profunda recesión interna no permite mejorar el balance fiscal
    de acuerdo con los parámetros del blindaje financiero y el fracaso
    de las políticas de ajuste aplicadas muestra que es mucho más
    difícil salir de una depresión ­con alta desocupación­
    que de una hiperinflación. No fue con ese tipo de políticas
    que Estados Unidos pudo superar la crisis de los años ´30. Por
    otra parte, la cifra de US$ 40.000 millones del blindaje financiero no
    refleja la realidad de los créditos, la mayor parte de los cuales
    son compromisos eventuales.

    3. Los
    dos mayores períodos de endeudamiento de la Argentina fueron 1880-1913
    y el que se extiende desde 1976 hasta hoy. La diferencia es que, en el
    primer caso, los recursos externos sirvieron para transformar al país
    productivamente (aunque en forma unilateral), en tanto que en este último
    lapso predominó un enfoque rentístico y financiero. La apertura
    irrestricta de la economía, el endeudamiento irresponsable y la
    desarticulación del Estado llevaron a una crisis social de consecuencias
    imprevisibles. Es necesario seguir un camino inverso: mejorar la distribución
    de ingresos, reactivar el mercado interno, establecer un sistema impositivo
    más justo y fiable mediante una reforma tributaria progresiva,
    disminuir los costos financieros y de servicios, y formular políticas
    activas de empleo e inversión. Afianzar también la posición
    competitiva del país apoyando y protegiendo su comercio exterior
    y defendiendo el Mercosur, único camino para negociar con algún
    éxito con los grandes bloques económicos mundiales. No debe
    haber tabúes que impidan utilizar los principales instrumentos
    de política económica y monetaria, atacados por el fundamentalismo
    de mercado.

    4. Las
    tasas de crecimiento que harían posible retomar un círculo
    virtuoso de desarrollo tienen que ver con las opciones estratégicas.
    Porque hay que recordar que a principios de la década de los ´90
    el país creció a altas tasas, sin que esto significara ni
    el fin del endeudamiento ni mayores condiciones de bienestar para la población.
    El incremento de la deuda externa ha sido una responsabilidad compartida
    entre deudores (intereses privados o gobiernos) y acreedores (incluyendo
    los organismos financieros internacionales) en el marco de políticas
    que antepusieron los enfoques monetarios y financieros por encima de los
    productivos, y los negocios particulares ­vía fuga de capitales­
    a las necesidades del país. Además, históricamente
    se observa que los recursos transferidos al exterior (por intereses, amortizaciones,
    utilidades o servicios financieros) terminan siempre superando holgadamente
    a los capitales recibidos.

    5. La
    deuda se ha tornado efectivamente impagable. Sin embargo, este hecho fortalece
    la posición de la Argentina para encarar una renegociación
    que incluya la reprogramación de los vencimientos de los próximos
    años, la reducción de tasas y una condonación parcial
    del capital adeudado, lo que permitiría descomprimir las tensiones
    económicas internas y liberaría recursos para estimular
    la reactivación. También es preciso buscar una mayor apertura
    de los mercados que compran productos tradicionales argentinos, lo que
    aumentaría notoriamente nuestra capacidad de pago. Esto debería
    acompañarse con un control de los flujos de capitales externos,
    altamente volátiles, y un mejor aprovechamiento del ahorro interno,
    favoreciendo la inversión productiva por encima de la financiera
    o la especulativa.


    * Licenciado
    en Economía de la UBA y doctor en Historia de la Universidad de París
    I-Sorbona.

    (*) La diferencia entre la necesidad neta de financiamiento (la bruta menos los ingresos por inversión directa extranjera y en cartera de acciones) y el incremento de la deuda externa bruta se aproxima a los US$ 5.800 millones y se origina en la existencia de diferencias de valuación, en errores y omisiones en la elaboración del balance de pagos, y en la presencia de algunos ingresos de capital que no son inversión directa ni representan nueva deuda.