jueves, 23 de abril de 2026

    Mejor, en una copa

    Con la elegancia de los pubs ingleses y el charme de los bistrôt franceses, los wine bars invadieron, en poco tiempo, las calles de Buenos Aires. Estos lugares apuestan a consolidar una costumbre poco usual en estas latitudes: tomar vino por copa.


    El secreto de los nuevos reductos porteños se encuentra en un sistema denominado vacuum, que evita la entrada de aire en los vinos descorchados. De este modo, se preserva la calidad de las cosechas durante varios días.


    La versión más sofisticada de esta técnica utiliza nitrógeno, un gas que no modifica las propiedades originales del vino. Mediante un mecanismo de conductos de acero, colocados dentro de las botellas, se reemplaza el vino de la copa servida por la misma cantidad de este gas inerte para conseguir el sellado al vacío. Otra modalidad más rudimentaria, pero también efectiva, apela a corchos especiales que permiten eliminar el oxígeno mediante una pequeña bomba manual.


    Las bodegas fueron las primeras interesadas en utilizar estos bares como una herramienta de marketing y difusión de sus productos. Aliadas con empresarios conocedores del negocio gastronómico, se animaron a poner sus marcas en la vidriera.


    “Después de conversar con otros jugadores del sector, Nicolás Catena se sumó entusiasmado al proyecto”, relata Marcos Malenchini, especialista en servicios de catering y operador del Rutini Wine Bar. El grupo Catena controla las bodegas La Rural (que produce los afamados Rutini), Esmeralda y Escorihuela.


    Este bar está dedicado exclusivamente a los vinos premium. De las bodegas anfitrionas se pueden degustar el corte Cabernet-Merlot de Catena Zapata, el Rutini Malbec cosecha ´98 o el Malbec de Escorihuela Gascón . Por indicación del propio Catena, también están presentes los mejores ejemplares de las tradicionales Trapiche y Bianchi, y de algunas boutiques con producciones reducidas de alta calidad, como Finca La Anita o Fabre Montmajou.


    Nicolás, el hijo de Malenchini, quien además de haber completado la carrera de administración hotelera es un amante de la cocina, está a cargo del local. Gran parte del menú está preparado y concebido por él. Además de la cocina de autor, los asistentes ­en su mayoría jóvenes ejecutivos­ se deleitan con una variedad de sushi.


    Atardecer con burbujas


    Otra de las bodegas que corporizó su nombre en un bar es la francesa Chandon. El local de Buenos Aires tiene el privilegio de ser, además, el único Chandon Bar del mundo.


    Dirigido por la hija de Carlos María Esnal, socio del restaurante Katrine y del Museo Renault, el wine bar se especializa en ofrecer copas espumantes durante el happy hour.


    “La jornada laboral termina en nuestros sillones. Apuntamos a brindar un momento de distensión. Además de gente del mundo de los negocios, también nos eligen mujeres que se juntan para conversar y divertirse”, asegura Josefina Esnal.


    Aunque la oferta de la lista de vinos y tragos es larga, la vedette del Chandon Bar es, por supuesto, el champagne. El nuevo Cuvée Reserve de la bodega o el Dom Perignon y el Moët Chandon, recién traídos de Francia, están entre los preferidos. Los visitantes tienen a su disposición todos los productos que el grupo LVMH (Louis Vuitton-Moët Hennessy), dueño de Chandon, comercializa en España, Australia y California.


    La complementación del wine bar con un espacio especial dedicado a la venta de vinos finos fue otra de las modalidades que atrajo a los emprendedores locales.


    Cadenas y franquicias


    Los hermanos Chemea son los creadores y dueños de la cadena Winery, con tres locales en Buenos Aires (aunque la única que dispone del sistema wine by glass es la del barrio de Retiro). Jaime, uno de los tres jóvenes socios, revela que la familia materna fue la responsable de introducirlos en el mundo del vino y que este proyecto les permitió independizarse del negocio de indumentaria masculina que maneja su padre.


    Disponen de más de 400 productos en venta, los mejores exponentes de las bodegas artesanales y lo más novedoso de las tradicionales. Además, reservaron un sector para los habanos, las delikatessen y los accesorios relacionados con la ceremonia de la degustación.


    En este wine bar los clientes pueden probar partidas exclusivas de 24 tintos y ocho blancos nacionales e importados. Entre los vinos extranjeros se destacan un Pen Folds australiano, el español Abadía Retuerta y el francés Chateaux de Target.


    Con un formato más sobrio y rústico, Brascó & Duane funciona como una gran vinoteca donde los visitantes pueden elegir entre una variedad de 290 botellas y beber 30 copas diferentes.


    “Aquí, el vino argentino es la estrella”, asegura el experto Bernardo Duane, dueño, junto a Miguel Brascó, de este wine bar ubicado en el hotel Intercontinental.


    Según el especialista, la oferta se incrementó tanto en los últimos ocho años que los consumidores suelen sentirse un tanto desconcertados a la hora de elegir. “Nosotros asesoramos a los clientes y con cuatro preguntas sobre el estilo de vino que buscan les servimos nuestro recomendado”.


    Para atender diariamente el negocio están Berenice y Loreley, las hijas de Duane, quienes fueron debidamente entrenadas en la cultura y el ritual del vino. Ellas son las que atienden a los ávidos degustadores y sólo recurren a su padre si la consulta es muy compleja.


    Brasco & Duane le otorga un lugar importante a la producción de la bodegas chicas y a las partidas limitadas. “Atesoramos, por ejemplo, un Félix Lavaque lanzado para el nuevo milenio y un López que se hizo especialmente cuando la bodega cumplió 100 años”, cuenta Duane con entusiasmo. “Es un gran reserva Montchenot de 1975 y la caja que lo contiene está hecha con las duelas del primer tonel que José Federico, su fundador, trajo de España”.


    Ambos socios ya tienen diseñada una franquicia para llevar el wine bar a otros hoteles y estudian la posibilidad de abrir otro local a la calle. “También queremos exportar el modelo a otras partes del mundo. Hay un empresario petrolero de la India que vino a hacer negocios a la Argentina y quiere inaugurar uno en Singapur.”, asegura Duane.


    Según Duane, la posibilidad de tomar en copa incentiva la costumbre de probar y experimentar. “Los clientes disfrutan de ese momento tan místico que consiste en la elección y degustación de un vino. Cuando organizo degustaciones a ciegas, de antemano les revelo cuál es el mejor vino. Siempre es aquel que a uno más le gusta. Y no hay enólogo, experto o bodeguero que pueda decir lo contrario”.

    ¿Vuelve el
    blanco?

    Si bien
    el consumo de vino se redujo casi a la mitad en menos de 30 años
    ­actualmente alcanza los 35 litros anuales per cápita­
    y los vinos de mesa representan algo más de 70% de la producción,
    el segmento premium crece a ritmo acelerado

    “La tendencia
    es mundial. Se toma menos volumen de vino pero de mejor calidad”, explica
    Bernardo Duane.

    La principal
    novedad de la industria vitivinícola nacional vino de la mano de
    los vinos new wave que, en principio, siguen los mandatos de la
    influencia californiana. Son generalmente varietales y se lanzan al mercado
    muy jóvenes. Se caracterizan por su aspereza, provocada por la
    palpable presencia de los taninos, la sustancia química responsable
    de la astringencia, y llevan la intensa impronta de la fruta y el roble
    recién cortado. El nuevo estilo va de la mano de los requerimientos
    de rentabilidad del negocio. En vez de lanzar un vino después de
    diez años de tenerlo en la bodega, los empresarios del sector pueden
    ponerlo en el mercado en menos de un año.

    “Estos vinos
    se elaboran en barricas chicas (de 225 litros) de roble nuevo”, señala
    Duane. “El proceso de maduración que se registra en estas barricas
    chicas en sólo seis meses demora varios años en un barril
    grande de roble”. El parque argentino de estos grandes toneles era uno
    de los más importantes del mundo. Si bien ahora están desapareciendo,
    Duane revela que algunos bodegueros los atesoran en secreto.

    El gusto
    del paladar argentino también cambió en los últimos
    tiempos. “Nosotros teníamos una historia de vino blanco pero de
    a poco tendió a emparejarse y, finalmente, el consumo se inclinó
    por el tinto”, señala Duane.

    En este
    proceso participaron algunas bodegas que elaboraron vinos tintos livianos
    con una estructura poco agresiva para el paladar. Hoy el tinto se lleva
    alrededor de 70% de la torta del consumo. “Asimismo, las bodegas prefirieron
    producir los tintos porque, al ser más complejo el proceso de producción,
    podían diferenciarse y lucirse”, destaca el especialista.

    Sin embargo
    Duane vaticina una vuelta a los vinos blancos. La tradición establece
    que, antes de las comidas, se saborea un blanco, el primer plato se disfruta
    con un tinto liviano, el plato principal se acompaña con tintos
    fuertes y el postre con vinos dulces. Sin embargo, Emile Peynaud, un reconocido
    enólogo francés, recomienda finalizar las comidas con un
    buen vino blanco: cuando la boca está cansada de los taninos, una
    copa de blanco resulta refrescante.