jueves, 28 de mayo de 2026

    La salud de los ejecutivos viajeros

    Por “viaje
    frecuente” se entiende seis o más viajes de negocios al año,
    cada uno de por lo menos tres días. Se sabe que los viajeros frecuentes
    experimentan cansancio corporal y mental, desórdenes en el sueño
    y en la alimentación, problemas respiratorios y síntomas psicosomáticos
    entre otras muchas afecciones.
    Después del repentino ataque al corazón que costó la
    muerte a James R. Cantalupo, presidente de McDonald’s, uno de sus ex
    ejecutivos comentó que Cantalupo había estado viajando mucho
    últimamente y “ésa es una de las cosas más estresantes
    que existen”.
    El Banco Mundial hizo un estudio sobre los efectos del estrés provocado
    por los viajes. En un análisis de 1997 sobre 10.000 reclamos médicos
    que presentaron los empleados por enfermedades físicas y psíquicas,
    descubrió que la tasa de problemas era 80% más alta para viajeros
    internacionales varones y 18% más alta para viajeras internacionales
    mujeres de la que correspondía a colegas no viajeros.
    El banco descubrió también que los empleados que realizaban
    cuatro o más viajes al año tenían tres veces más
    posibilidades que los no viajeros de necesitar ayuda psicológica
    por problemas de ansiedad y reacción aguda al estrés.
    Las empresas deberían tomar en cuenta la carga que ponen sobre algunos
    empleados. También deberían entrenar a los viajeros, incluso
    a los más acostumbrados, sobre lo que hay y no hay que hacer en tierras
    extranjeras. De todas maneras, para la mayoría de los viajeros frecuentes,
    el riesgo de cometer un error cultural empalidece frente a la más
    cotidiana lucha con los trámites en los aeropuertos.
    La mayoría de los ejecutivos puede salvarse de pequeñas molestias
    como asientos estrechos o bebés que chillan refugiándose en
    business class, pero otros problemas no desaparecen tan fácilmente,
    como la deficiente calidad del aire.
    Diana Fairechild, una ex camarera de avión que escribe y asesora
    sobre los riesgos de volar, dice que muchas veces las personas que viajan
    frecuentemente no logran asociar sus viajes con algunas enfermedades crónicas
    que los aquejan, como fatiga o alergias. A ella le llevó años
    darse cuenta de que era alérgica a los pesticidas que se pulverizan
    en las cabinas de los aviones.
    El estrés, además, no termina cuando termina el viaje. Los
    investigadores dicen que muchos ejecutivos sufren de “resaca viajera”
    cuando llegan a casa, con síntomas como ausentismo, mal desempeño
    y dificultad para reajustarse a la vida familiar.
    Jim Striker, clínico psicólogo del Departamento de Servicios
    Sanitarios del Banco Mundial, dice que el banco recomienda para los empleados
    no más de 90 días de viaje por año calendario, y que
    ninguno de los viajes supere los 30 días. Además, cuando un
    viaje toma más de nueve horas, el empleado tiene derecho a 24 horas
    de licencia

    Crisis en un negocio
    gastronómico

    Meses atrás, el chef francés Bernard
    Loiseau se mató por temor a que la guía Michelin lo bajase
    de categoría. Esto puso en el tapete la decadencia de un negocio
    apoyado más en imagen que en calidad. Hoy se habla de pactos espurios
    y mentiras.
    Hasta hace poco, la “biblia roja”,
    o sea la guía Michelin, parecía tan intangible como Juana
    de Arco, Napoleón I, de Gaulle o Josephine Baker. La gastronomía
    era, más que un oficio, un símbolo de la
    superioridad francesa –cuando tantos otros han naufragado– cuya
    imagen era a prueba de bombas. Pero, por lo visto, no ya de suicidios ni
    de “gargantas profundas”.
    Tras la muerte de Loiseau, bastaron dos escuetos tomos –que
    baten marcas de ventas en el sector–, publicados por un ex inspector
    de Michelin y tres “periodistas anónimos”. En el segundo
    caso, todos saben que son tres famosos críticos de comidas y vinos.

    Ambos libros hacen pedazos los mecanismos de selección y evaluación,
    tanto de restaurantes como de cocineros, sommelier –manejan vinos–
    y el servicio en general.
    No hay denuncias penales ni civiles. Sólo revelaciones sobre dejadez
    de Michelin en cuanto a inspecciones (a veces, una cada tres años)
    y falta de rigor en lo tocante a la relación calidad-precio o al

    talento de los chefs. Los precios, particularmente, son escandalosos. Según
    Pascal Rémy –veedor despedido por “deslealtad a la firma”–,
    “ningún menú de degustación (o sea, exclusivo)
    vale los € 200 que cobran algunos locales”.