sábado, 18 de abril de 2026

    La enseñanza en el centro de la política educativa

    DOSSIER |

     
    Ilustración: Matías San Juan

    Por Cecilia Veleda y Florencia Mezzadra (*)

    Las evaluaciones nacionales e internacionales muestran que además de ser bajos en promedio, los resultados presentan fuertes desigualdades entre alumnos de diferente nivel socioeconómico, escuelas y provincias.
    También es preocupante la repitencia en el nivel primario y el abandono en el secundario. De hecho, los datos del Censo 2010 muestran un estancamiento en la tasa de escolarización de los jóvenes entre 2001 y 2010 –pasó de 95% a 96% para los de 12 a 14 años, y de 79% a 82% en los de 15 a 17–, mientras que se constata un aumento importante de esa misma tasa en los niños pequeños: creció de 39% a 55% para los de 3 y 4 años, y de 79% a 91% para los de 5.
    Estas cuentas pendientes reflejan problemas de fondo en el sistema educativo. Pese a la mejora de las condiciones de vida de la población, las desigualdades sociales y la pobreza continúan dificultando la tarea de la escuela. A su vez, la debilidad de la formación de los docentes y la soledad en la que trabajan, combinadas con la flexibilidad curricular vigente, que otorga amplios márgenes de decisión a los docentes sobre los contenidos y métodos para priorizar, redundan en importantes falencias y disparidades en la enseñanza.
    Otro problema, especialmente crítico en las provincias más densamente pobladas, es la creciente segregación social entre las escuelas privadas y públicas, y el deterioro del prestigio de estas últimas. Incluso dentro de ambos sectores, los alumnos tienden a asistir a diferentes escuelas según su condición social. Esto atenta no solamente contra la mejora de los aprendizajes –está demostrado que los sistemas educativos con escuelas más integradas logran mejores resultados–, sino también contra la cohesión social y la consolidación de valores democráticos comunes.


    Cecilia Veleda

    Nuevas generaciones
    Por último, un dilema todavía no resuelto es el divorcio entre la cultura de la dispersión y los intereses de las nuevas generaciones –muy ligados con las nuevas tecnologías– y el molde escolar tradicional. Las clases expositivas y repetitivas, el aprendizaje pasivo, la enseñanza homogénea –que impone los mismos métodos y ritmos a todos–, la desconexión del mundo exterior o el bajo uso de las nuevas tecnologías son algunos rasgos de este molde anquilosado.
    Además, en la escuela secundaria, las dificultades para retener a los jóvenes de sectores populares se explican por su matriz elitista, expresada en la predominancia del saber abstracto, la excesiva cantidad de materias y docentes y la desconexión con el mundo del trabajo.
    Muchos de estos desafíos son de largo aliento y durante la última década se ha avanzado en garantizar bases imprescindibles para la mejora educativa. Entre ellas cabe citar el aumento de la inversión, la significativa mejora del salario docente, la expansión de la oferta en el nivel inicial, la distribución de libros, computadoras y otros insumos importantes y la atención integral de las escuelas más vulnerables a través de un conjunto de programas complementarios.
    Con respecto a los contenidos educativos, se destacan las nuevas producciones televisivas (canales Encuentro y Paka Paka), el fortalecimiento del portal Educ.ar y la elaboración de los Núcleos de Aprendizaje Prioritarios (NAP), que definen los conocimientos y competencias que todos los alumnos deben lograr. En lo concerniente a la docencia, se extendió en un año y medio el período de formación y se reformuló el curriculum. Más recientemente, se planteó la necesidad de abordar el ausentismo y la evaluación de los docentes.
    Muchas de estas políticas deberán sostenerse y profundizarse en los próximos años. Pero habrá que sumar otras estrategias para construir un sistema educativo más justo y de mayor calidad. A través de su iniciativa 100 políticas para potenciar el desarrollo, CIPPEC elaboró algunas propuestas que, sin ser exhaustivas, indican ciertos caminos claves para la política educativa de los próximos años.

    Florencia Mezzadra

    Horizontes posibles para el futuro
    Clarificar y comunicar los objetivos centrales del sistema educativo.
    Motorizar el cambio en educación exige involucrar a miles y miles de personas: Gobiernos, sindicatos, docentes, familias, alumnos y la sociedad toda. Dada esta complejidad, es fundamental construir una visión inspiradora, muy clara y muy bien comunicada, que precise objetivos prioritarios y aúne esfuerzos de manera masiva y permanente.
    En el contexto argentino, donde las desigualdades de aprendizaje son elevadas y buena parte de los alumnos concluye la escuela sin dominar los saberes esenciales, un primer objetivo debería ser garantizar los Núcleos de Aprendizajes Prioritarios (NAP), aprobados federalmente en la década pasada. Son conocimientos y competencias indispensables para la inserción plena en la sociedad, es decir, para la participación social y política, la integración cultural, el acceso al trabajo y a los estudios superiores.
    La consolidación de esta cultura compartida debería complementarse con el objetivo de diversificar la experiencia educativa, ya que para ser significativa, la educación debe contribuir con el desarrollo de los intereses y las capacidades individuales y contextualizarse en función de las culturas locales. Por un lado, esto supone romper con el molde uniforme tradicional del sistema educativo argentino. Por otro lado, también es clave multiplicar los espacios de expresión de los alumnos, para que sean capaces de actuar libremente en diversas esferas de la vida personal y social.

    Implementar políticas convergentes para mejorar la enseñanza.
    La enseñanza es sin dudas la clave para lograr mejoras sustantivas en el sistema educativo, tanto para garantizar el acceso a los aprendizajes prioritarios como para desarrollar las capacidades individuales de los alumnos. Para ello, la mejora estructural de la formación inicial de los docentes es clave, aunque no suficiente. Primero, porque sus efectos se verían solamente en el largo plazo. Segundo, porque los vertiginosos cambios sociales, científicos, culturales, económicos y educativos, y las necesidades específicas durante la trayectoria profesional, exigen la formación continua de los docentes en ejercicio. Tercero, porque la educación escolar no se construye en una relación de a dos (alumno-docente), sino que se inscribe en un contexto institucional: es la escuela en su conjunto la que educa, no cada docente individualmente.
    Desde esta perspectiva, será necesario implementar políticas convergentes orientadas a apoyar a las escuelas y a los docentes en su compleja y vital tarea cotidiana. A continuación señalamos algunas alternativas relevantes en esa dirección:

    Clarificar los objetivos prioritarios de aprendizaje
    Garantizar el acceso de todos los alumnos a los aprendizajes prioritarios exige que todos los docentes conozcan y utilicen los NAP. Además de distribuir los documentos curriculares masivamente a las escuelas, los NAP deberían ser el eje central de los libros de texto, los portales y canales educativos, los contenidos incluidos en las computadoras de los programas gubernamentales, los Operativos Nacionales de Evaluación (ONE) y las instancias de formación continua de los docentes.

    Evaluar mejor para fortalecer la enseñanza
    La evaluación tiene un enorme potencial para mejorar la enseñanza y hoy ocupa un lugar secundario entre las políticas pedagógicas. Además de informar a la sociedad sobre el estado de la educación, la evaluación debería cumplir con un triple objetivo: orientar las políticas y las estrategias pedagógicas necesarias para cada escuela y alumno; identificar a las escuelas y los docentes con mejores resultados, para conocer los factores asociados a ese logro y construir redes de apoyo horizontal; e identificar a las escuelas con mayores dificultades, para concentrar en ellas el apoyo técnico del Estado.
    Con estos objetivos, podría instalarse una cultura de la evaluación, a través de la cual activar y articular instancias complementarias. Entre ellas, cabría explotar mejor los resultados de las evaluaciones internacionales y mejorar el diseño, procesamiento y devolución oportuna de los resultados de las evaluaciones nacionales. También podrían desarrollarse nuevas instancias de evaluación, como la de los docentes. Por último, en el plano de las escuelas, habría que promover la autoevaluación permanente de los equipos docentes y afianzar un mejor uso de la evaluación de los alumnos en el aula.

    Potenciar los dispositivos de orientación de la enseñanza
    En un contexto de deterioro de la formación docente es crucial multiplicar los dispositivos para orientar la enseñanza a través de secuencias didácticas que propongan estrategias concretas. Las tradicionales publicaciones curriculares de los ministerios de Educación podrían complementarse con recursos educativos audiovisuales e interactivos. Educ.ar y el Canal Encuentro han realizado un importante progreso en este sentido durante los últimos años, pero resta avanzar aún más en esta dirección y articular mejor los recursos ofrecidos con los diseños curriculares.
    Los documentos con prescripciones didácticas podrían complementarse con el apoyo técnico-pedagógico a las escuelas con mayores dificultades. De modificarse el acceso al cargo de supervisión, los supervisores serían el actor ideal para desarrollar este rol de asesoramiento, que hoy se encuentra muy ligado con la inspección administrativa.

    Dinamizar redes de apoyo entre escuelas y docentes
    La enseñanza no puede mejorarse solamente desde los ministerios de Educación. Deben crearse las condiciones institucionales para facilitar la transferencia horizontal de la experiencia de escuelas y docentes destacados.
    Por un lado, los mejores educadores deben ser asignados a los años más estratégicos de la escolaridad (como los primeros años de los niveles primario y secundario). Por otro lado, deben cumplir tareas de apoyo, como tutores de docentes noveles u otros docentes con debilidades. Estos roles y otros desempeñados por docentes con especializaciones (como alfabetización inicial, didácticas específicas y culturas juveniles, entre otras) deben ser reconocidos simbólica y materialmente en la carrera profesional docente, para aprovechar los liderazgos pedagógicos hoy ocultos en el sistema.
    Por otro lado, deberían crearse las condiciones institucionales y materiales necesarias para el trabajo en red entre escuelas, donde aquellas destacadas por sus logros y su innovación apoyen a las que tienen mayores dificultades.

    Seleccionar mejor los cargos jerárquicos del sistema educativo
    Los supervisores y directores de escuela son fundamentales. Los primeros, como autoridad educativa clave en los contextos locales con un conocimiento fino de las particularidades de las escuelas bajo su responsabilidad. Los segundos, como líderes pedagógicos que pueden generar las condiciones institucionales para la mejora escolar continua. Por esto, garantizar que los mejores docentes, con sólida formación pedagógica y claras capacidades de liderazgo, asuman la dirección y la supervisión de las escuelas es una de las políticas educativas más importantes. Esto exige modificar los concursos de acceso los cargos, que deben estar abiertos solamente para docentes destacados que hayan aprobado un curso anual de altísimo nivel.

    Por supuesto que estas políticas no agotan los frentes abiertos de la política educativa en los próximos años. Por mencionar solo algunas de las otras políticas prioritarias habría que citar el objetivo de sostener, distribuir mejor y hacer más eficiente la inversión educativa; afianzar las políticas específicas por nivel educativo, en particular la ampliación de la oferta para la primera infancia y el nivel inicial, la extensión de la jornada escolar y la transformación de la escuela secundaria; o incluso la creación de una escuela de gobierno para los funcionarios ministeriales. Sosteniendo la relevancia indiscutible de estas políticas y velando por una fina coordinación federal como condición de partida, la enseñanza debería ocupar el centro de la agenda si es que el objetivo es avanzar hacia una mayor justicia educativa en la Argentina.

    (*) Cecilia Veleda y Florencia Mezzadra, son codirectoras del Programa de Educación de CIPPEC (Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento).