miércoles, 27 de mayo de 2026

    El crecimiento económico debe volver a generar progreso social

    Detrás del caldeado ambiente político actual hay una realidad simple: mucha gente siente que sistema la perjudica. Durante varias generaciones los habitantes de las naciones más ricas del mundo sintieron que eran participantes de una larga cadena de prosperidad cada vez mayor. Ahora se ven peor que sus padres y creen que sus hijos van a estar todavía peor. En muchos aspectos tienen razón. Observan el sistema financiero global y sienten que sus beneficios van a parar a una porción muy pequeña de personas y que ellos quedan afuera.
    (Ese es el diagnóstico que hacen Colm Kelly y Blair Sheppard, socios de PwC, en “Common Purpose: Realigning Business, Economies and Society”, un ensayo donde explican la violencia actual y proponen una salida. A continuación, una condensación de su trabajo.)
    Esta sensación, muy difundida, genera un estado político y económico de malestar y pérdida de confianza. Este enojo tuvo un papel fundamental en los resultados de las últimas elecciones en todo el mundo.
    Al tratar de encontrar responsables la gente señala muchos factores: tecnología, globalización, teorías políticas y económicas, multinacionales, gobiernos, partidos políticos decadentes, inmigrantes o la clase alta. Pero mientras la discusión gire alrededor de tal o cual culpable no será posible encontrar una solución. La verdadera causa está en la relación entre un subgrupo de esos factores y cómo ellos han surgido, interactuado y transformado durante las últimas décadas. En el período que siguió a la Segunda Guerra Mundial hubo tres ejes de cambio que generaron crecimiento económico y progreso social durante muchos años:

    1. globalización,
    2. avance tecnológico y
    3. “financierización” de la economía.

    Estos tres factores juntos tuvieron un extraordinario impacto positivo en la sociedad. Sacaron a millones de personas de la pobreza y elevaron la calidad de vida en todo el mundo. Pero a medida que fueron evolucionando comenzaron a acelerar y a cambiar no sólo su naturaleza esencial sino en su efecto compuesto. Cada uno influyó en los otros y los reforzó para finalmente combinarse ara provocar una divergencia entre crecimiento económico y progreso social que ha puesto al actual sistema en crisis.
    ¿Cómo se llegó hasta aquí y qué se puede hacer para corregir el rumbo?

    1945-89: largo período de crecimiento
    Con el fin de la Segunda Guerra Mundial comenzó un largo ciclo virtuoso que duró casi 45 años y que además sigue afectando la forma en que concebimos las empresas, las economías y la sociedad. En ese círculo virtuoso había un engarce perfecto entre globalización, avances tecnológicos y financierización. Con ayuda del Plan Marshall que llevó préstamos de Estados Unidos para reconstruir la Europa devastada por la guerra se logró crecimiento económico más recuperación y progreso social. Fue también un momento de gran progreso tecnológico.
    A medida que se interconectaba la economía global aumentaba el comercio internacional, se abrían nuevos mercados y mejoraban el transporte y las comunicaciones. La desregulación puso el capital al alcance de muchos. Las empresas comenzaron a hacer negocios en el extranjero y las multinacionales comenzaron a introducir sus productos en todo el mundo.
    Ese crecimiento económico global contribuyó a crear la percepción de que el crecimiento y la prosperidad serían para siempre y para todos. Se lo veía como el orden natural de las cosas. Los políticos se acostumbraron a usar el PBI como la primera medida de éxito nacional. Medía la producción industrial y agrícola, pero no medía la calidad de vida.

    1989-2008: éxito acelerado y desfasaje
    Los cuatro factores de este período que cambiaron y aceleraron a los ejes del cambio, transformaron su naturaleza y su impacto combinado a escala global fueron:
    a) La caída del muro de Berlín,
    b) las reformas económicas de Deng Xiaoping,
    c) el surgimiento de la internet comercial, y
    d) la desregulación financiera que creó un sistema financiero global.
    En los años 90 la marcha hacia la prosperidad se aceleró. La actividad económica y el comercio internacional aumentaron en casi todo el mundo mientras la sociedad continuaba haciendo grandes avances. La gente vivía más, la pobreza se reducía y el mundo mejoraba.
    La globalización avanzó más allá de Europa hacia países antes marginados. Los tigres asiáticos, los productores de petróleo de Medio Oriente y los países del ex bloque soviético. Grandes mercados emergentes como China e India adoptaron economías de mercado y avanzaron en bienestar económico. En esos países el crecimiento de la fuerza laboral calificada significó mayores sueldos y la entrada a la clase media. Eso desparramaba riqueza y oportunidades por todo el mundo. Los avances en tecnología digital reforzaban este movimiento.
    A mediados de la primera década del siglo 21 los servicios se tercerizaban y los empleos se exportaban. Esas decisiones comerciales de trasladar actividades y empleos de una parte del mundo a otra, eran racionales. Representaban la única manera de que una multinacional mantuviera competitividad. Y contribuyeron a un enorme progreso global llevando ingreso y empleo a nuevos mercados. Pero eso mismo afectó a las economías avanzadas que habían sido el hogar original de esos negocios internacionales y comenzaron a sentirse despojadas.

    Progreso global, discordancia local
    La Gran Recesión de 2008-2009 sacó todo eso a la superficie. La crisis financiera, más que causa fue un indicador porque reveló un desajuste mundial que venía creciendo desde hacía mucho. Los dos grandes indicadores de éxito en los 60 años anteriores, el PBI a escala macro y el valor para el accionista a nivel micro dejaban de ser útiles. El PBI no reflejaba los efectos negativos del crecimiento económico; no dejaba ver, por ejemplo, la gente expulsada del mercado laboral. El índice mostraba gran prosperidad global promedio, pero sectores importantes atravesaban años de estancamiento del ingreso y declinación.
    En cuanto al valor para el accionista, su uso como indicador de éxito comercial tuvo dos consecuencias importantes. Primero, las empresas abandonaron su anterior relación con las comunidades locales. Segundo, comenzaron a concentrarse en los resultados financieros de corto plazo. Desde que Alexis de Tocqueville publicara Democracy in America en 1835, el éxito económico siempre se concibió asociado al progreso social. El accionista/dueño vivía en el mismo pueblo, iba al mismo mercado y rezaba en la misma iglesia que el resto de la ciudadanía. El éxito de su empresa estaba intrínsecamente ligado al éxito de la comunidad o sociedad en la que operaba. Esa relación perdió importancia para una empresa que comenzaba a operar globalmente, de la que además se esperaba que rindiera beneficios financieros de corto plazo.
    La naturaleza de los tres grandes ejes se transformó tan profundamente que comenzaron a comportarse en forma diferente.
    La globalización resultó difícil de sostener. Los países naturalmente tienden a concentrarse en aquellos que se les parecen. Así, aparecieron varias versiones de economías de mercado.
    Todas juntas, estas tendencias han llevado a la erosión de la confianza en las instituciones globales tradicionales: eso incluye gobiernos, empresas, medios, educación y organizaciones no gubernamentales.
    Hoy nos encontramos en una encrucijada. Durante muchos años la globalización, la tecnología y la financierización funcionaron como un sistema que creaba crecimiento económico y progreso social, pero mantenerlos en su forma actual es insostenible. No podemos ni debemos volver a como estaban las cosas antes. Debemos reformular el posicionamiento de estas fuerzas. Si no intervenimos, el riesgo es que muchas de las tendencias que vemos ahora continuarán o se acelerarán: menos crecimiento en las economías avanzadas, continuación de la erosión del empleo, sueldos estancados o en baja para los trabajadores de las economías avanzadas, desempleo en muchas partes del mundo, daño sostenido a las comunidades y el ambiente y erosión de la confianza. Esos factores alimentarán la incertidumbre e inestabilidad política.
    Solucionar todo esto va a requerir un reacomodamiento de nuestras economías y sistemas políticos para que otra vez puedan satisfacer las necesidades humanas.

    Para recuperar el equilibrio
    Es importante no perder de vista el progreso y el impacto positivo que han tenido los tres ejes. Las economías de mercado bien administradas han generado crecimiento económico y progreso social con más éxito que las alternativas, y pueden seguir generándolo.
    El mundo globalizado es una realidad. Los problemas (y las oportunidades) no van a respetar fronteras nacionales. La tecnología, las enfermedades, la seguridad, la inmigración, las ideas y el medio ambiente son todos problemas que afectan a todos los países.
    No podemos soñar con retornar al pasado. Lo que sí habría que hacer y con urgencia es volver a analizar el propósito de la economía, ese motor formado por reglas, hábitos, acuerdos, conductas y prácticas que facilita la satisfacción de las necesidades de la gente y sus comunidades y, para lograrlo, hace acopio de la habilidad y esfuerzo humano, tecnología y capital. También hay que tener en cuenta que las nuevas tecnologías nos ayudan a reinventar formas de satisfacer necesidades humanas, esas que no se pueden atender de la manera tradicional.
    No será fácil lograr el cambio porque, primero, los tres ejes fundamentales han creado un sistema interdependiente que se debe tomar en su totalidad para alterar el curso actual. Setenta años de éxito han creado una red interdependiente de regulación, prácticas comerciales e instituciones basadas en supuestos sobre cómo debe funcionar la globalización, las finanzas y la tecnología. El cambio debe involucrar a todo el sistema para dar resultado.

    Para comenzar la discusión:
    1. El crecimiento económico no es universalmente benigno. Es hora de reconocer que el crecimiento económico no viene necesariamente seguido del progreso social. Hay que orientarse, intencionadamente, hacia resultados sociales aceptables usando para eso las economías de mercado.
    2. Expresar explícitamente los resultados financieros y sociales que se buscan. Gobierno y ciudadanía deben articular las metas que reflejen las necesidades de comunidades locales, ciudades y regiones priorizando las necesidades básicas humanas.
    3. Destinar más energía a crear comunidades florecientes. Las necesidades humanas se identifican mejor a nivel local. La empresa tiene una parte fundamental en el ecosistema.
    4. Aprovechar el potencial de las economías de mercado en un entorno globalizado. El gobierno debe crear las condiciones necesarias para que las localidades manejen oportunidades y desafíos y creen un aparato institucional que fomente un modelo económico que atienda necesidades humanas.
    5. Gobierno y empresas deberían desarrollar juntos políticas que busquen resultados económicos con objetivos más amplios. Los más ricos también deben tener la responsabilidad de invertir capital e influencia para fomentar el éxito de la sociedad toda.
    6. Las mediciones individuales de éxito no representan bien los sistemas complejos. El desempeño financiero es un elemento esencial de cualquier economía de mercado, pero no puede ser la única medición de desempeño o de éxito. Hay que considerar también los resultados en términos sociales.
    7. El éxito “promedio” no alcanza. No basta lograr progreso suficiente para un país o región del mundo.
    8. La tecnología es indiferente a su impacto en la gente. Existe el peligro de que la tecnología dañe la subsistencia de la gente mediante la usurpación de empleos: robots, inteligencia artificial, aislamiento social o disrupción de comunidades. Esto no necesariamente debe ser así. Las nuevas tecnologías pueden ayudar a satisfacer necesidades humanas en modos nuevos que creen nuevas industrias y tipos de empleos desconocidos.
    9. Poner foco en la educación para brindar las habilidades necesarias para el futuro. Esto requiere la participación conjunta de gobiernos y empresas para equiparar las necesidades de la gente con las oportunidades, especialmente en un entorno cada vez más tecnológico.