jueves, 30 de abril de 2026

    La consistencia es aún hoy la tarea pendiente

    Por Gabriel Caamaño Gómez y Evelin Dorsch (*)

    Hace exactamente doce meses al dar comienzo a la versión 2016 de la Anatomía de la Nación, titulamos el artículo: “Tras un enfoque macroeconómico consistente”.
    Señalamos allí que una constante detrás de todos los fallidos esquemas de política económica implementados en los últimos 50 años había sido su incapacidad para lograr la convergencia a una situación fiscal sustentable en el mediano-largo plazo.
    También resaltamos allí que en los últimos 54 años el Sector Público Nacional No Financiero (SPNNF) solo había tenido resultado financiero positivo en once ejercicios. Es decir, uno de cada cinco. La mayoría de los cuales, se había registrado luego de crisis por balanza de pagos de diversa envergadura, que fueron las que hicieron el trabajo sucio del ajuste.
    Posteriormente, en la sección fiscal introdujimos otro artículo de opinión que titulamos “El problema es el déficit, no la forma de financiarlo”. Allí señalábamos que el problema macroeconómico básico de la economía argentina volvía a ser el sostenido sesgo expansivo de la política fiscal y el consecuente, igualmente sostenido e históricamente elevado déficit primario y financiero del Sector Público Nacional no Financiero (SPNNF).
    Pues, del mismo se derivaban la mayor parte del resto de los desequilibrios existentes, en general, y la sostenida apreciación del tipo de cambio real (TCR) y el consecuente desequilibrio de la balanza de pagos, en particular. En tanto, que la estrategia de financiamiento elegida no alteraba esa cuestión, sino sólo el “cómo” se daba el proceso.

    Los esfuerzos realizados

    Dicho todo lo cual, nadie puede negar la magnitud de los esfuerzos realizados por la gestión Macri en pos de normalizar el funcionamiento de la economía local, eliminando distorsiones, simplificando y derogando regulaciones contraproducentes, reduciendo la presión fiscal, resolviendo el conflicto con los holdouts, reinsertando a la economía local en los mercados financieros, enfocando al BCRA en la estabilidad del nivel de precios, y logrando consolidar una tendencia deflacionaria hacia el segundo semestre, entre otro hitos.
    Sin embargo, en el balance del año, no hubo el mismo nivel de esfuerzo respecto del fondo de la cuestión: ni desde el punto de vista de la reducción del déficit fiscal vía racionalización del gasto público corriente, ni desde la formulación de un plan, propuesta o hoja de ruta para una reforma integral del históricamente muy gravoso, distorsivo, regresivo, descoordinado interjurisdiccionalmente y emparchado sistema impositivo local y/o desde la negociación de los correspondiente acuerdos con las provincias a fin de lograr una mayor disciplina fiscal.
    Para colmo de males, en lo referente al gasto público, fue el rubro capital el que experimentó el ajuste real.
    Por lo tanto, la carreta volvió a estar delante del caballo. Gastamos mucha más energía en encarar los síntomas, que la enfermedad. La política fiscal retomó el sesgo expansivo característico de los casos previos, el sistema impositivo tuvo cambios menores que profundizaron el enfoque a base de parches y frente a los cuales el oficialismo tuvo serios problemas en el manejo de la agenda y hubo escasa o mejor dicho nula coordinación fiscal con las jurisdicciones provinciales.
    La política monetaria quedó condenada a jugar el rol de ancla de expectativas en soledad y perseguir los exigentes objetivos deflacionarios sin una política fiscal que apuntara en el mismo sentido.
    La tasa de interés de la LEBAC a 35 días, primero, y del corredor PASES, después (2017), se convirtieron en la única variable ordenadora, el TCR volvió a ser variable de ajuste e ingresamos en una trayectoria de endeudamiento para financiamiento del exceso de gasto corriente que, si bien es sostenible en el corto plazo dado el punto de partido relativamente holgado en ese sentido y condiciones financieras favorables bien aprovechadas, es insostenible no tan a la larga, se lo mire como se la mire.
    En ese contexto, la recuperación del nivel de actividad que se retrasó más allá de las previsiones oficiales y comenzó a insinuarse recién a principios del último trimestre de 2016 y se consolidó a lo largo del mismo, estuvo más basada en la recuperación del consumo privado y la inversión pública, que en el dinamismo y rentabilidad de los sectores transables y la inversión privada. Es decir, volvió a estar más apalancada por la recuperación de la demanda, que traccionada por el dinamismo propio de la oferta.

    Fábrica de pobreza y desigualdad

    La economía local necesita cortar el serrucho del nivel de actividad tan característico de los últimos años, que, al combinarse con altos y sostenidos niveles de inflación, se transformó en una muy eficiente fábrica de pobreza y desigualdad.
    En buena medida ese desastre macroeconómico encuentra explicación en la instancia del esquema de política económica local en propiciar un enfoque de “tirón de demanda” claramente agotado o con poco recorrido disponible hacia adelante, dados los relativamente bajos niveles de recursos ociosos, los márgenes de rentabilidad históricamente bajos en la mayoría de las actividades productivas y la fuerte congestión de la mayor parte de la infraestructura y servicios públicos.
    Por eso mismo, cuanto más basado esté el proceso de recuperación en el dinamismo de la demanda interna, menos capacidad tendrá el mismo para dar pie a un sendero de crecimiento sustentable.
    De cara a lo que vendrá, está claro que tenemos una necesidad imperiosa de dotar al esquema de política económica local de un mayor nivel de consistencia, la cual necesariamente requiere de mayores esfuerzos en el frente fiscal. Entendiendo este último en sentido amplio.
    Mientras eso no ocurra, lamentablemente, aquellos artículos que escribimos hace doce meses, recobrarán cada vez mayor vigencia.
    Más aún, dada la evolución reciente y esperada para el contexto internacional: alza de la tasa libre de riesgo y de las primas emergentes, renovada fortaleza del dólar con las consecuente presiones sobre las monedas emergentes y los precios de los commodities, riesgo aún latente de nuevas turbulencias financieras en China y de una desaceleración más rápida de la producida hasta ahora, la igualmente preocupante posibilidad de un mayor nivel de proteccionismo en la mayor economía del mundo, un nivel de actividad de nuestro principal socios comercial (Brasil) que todo indica que podría sólo estabilizarse durante 2017 y el relativamente bajo dinamismo esperado para la economía mundial, en general, más aún para América latina, en particular.
    Establecidas esas ideas y conceptos, queda explicitado el plan de trabajo de esta edición. Primero, un pormenorizado análisis de la evolución del contexto internacional en el último año, y del primer año de gestión de la administración Macri y de los resultados obtenidos en los que son a nuestro saber y entender los principales seis frentes: Política Fiscal, Política Monetaria, Sector Externo, Nivel de Actividad, Sector Financiero y Empleo y variables sociales. Cada uno de los cuales se aborda en una sección y cuenta con opiniones de reputados colegas.
    En tanto, en la última sección nos ocuparemos de analizar las perspectivas internacionales y de política económica para lo que resta de 2017, utilizando ambos elementos para elaborar el balance de riesgos/oportunidades y el escenario macroeconómico base.

    (*) Economistas. Consultora Ledesma.

     


    Gabriel Caamaño Gómez
    Foto: Gabriel Reig

     


    Evelin Dorsch
    Foto: Gabriel Reig

     

    En “el reino del revés”: China con la globalidad; EE.UU., el proteccionismo

    Parece la canción de María Elena Walsh. La principal democracia mundial gira hacia el populismo, iría contra el libre comercio mundial, y podría redefinir el mapa geopolítico. En cambio, el partido comunista en el poder en la segunda economía planetaria se vuelve campeón de la globalización.

     

    Por Miguel Ãngel Diez

    Toda la estructura de instituciones y corrientes centrales de pensamiento, construidas desde 1945 en adelante, dan señales de agotamiento y fractura. El nuevo sentimiento anti élite, populista y en muchos casos volcado a la derecha ideológica, pretende cambios abruptos.
    El Brexit británico, pero sobre todo la elección de Trump, realimentan estas tendencias. Hace un año en Davos todo era distinto. Las predicciones eran que Trump no tenía chance de siquiera ganar la candidatura presidencial por el partido Republicano.
    Ahora, el presidente electo dice que lo primero que hará será olvidar el acuerdo Transpacífico (ocho años de estrategia oficial estadounidense bajo Barack Obama). Para proteger a la industria de su país impondrá aranceles altos, lo que desatará una guerra comercial.
    Si los productos elaborados por empresas estadounidenses en China, tienen recargos al ingresar a USA, los chinos ya avisaron. Habrá guerra comercial en la que nadie saldrá ganando.
    En Davos, la personalidad más relevante que se hizo presente este año fue, precisamente, Xi Jinping, el presidente de China. Él dio el discurso inaugural y se lució como el nuevo campeón de la globalización, cuando la mayoría de los asistentes temen un feroz rebrote del proteccionismo.
    Fue curioso ver al máximo dirigente comunista chino defendiendo el orden liberal en este templo del capitalismo, amenazado por las intenciones de un nuevo presidente estadounidense.
    La percepción fue que se está viviendo el fin de una era, pero que se desconocen los rasgos fundamentales de la que la reemplazará. Tal vez el momento más difícil es esa transición.

     

    Pronósticos errados

    En ese contexto es inevitable la ansiedad por hacer predicciones, materia harto incierta como se sabe. Para ganar en la humildad del pronóstico, basta con recordar lo que se auguraba hace doce meses en Davos, durante la reunión anual del World Economic Forum.
    En enero de 2016, la élite mundial presente en el encuentro, estaba convencida que era imposible que Donald Trump ganara la nominación presidencial por el partido Republicano (muchísimo menos el sillón presidencial). También estaba segura de que Gran Bretaña votaría con amplitud por permanecer en la Unión Europea, que la globalización era indetenible y que el libre comercio internacional seguiría en expansión.
    No es la primera vez que este grupo selecto de dirigentes mundiales se equivoca, pero nunca antes en esta escala y en esta magnitud. Brexit se ha convertido en palabra de uso común, Trump parece listo a cambiar el mundo, la globalización se bate en retirada, el nacionalismo y el populismo campean en todas las latitudes.
    En cuanto a la agenda, debieron olvidar buena parte de lo previsto y modificar el resto.

    Los temas centrales pensados eran:

    • La cuarta revolución industrial: la tecnología tendrá un impacto mayor y más prolongado sobre el futuro de los trabajadores y las economías.
    • Fortalecer el gobierno de la globalización y la colaboración internacional.
    • Revitalizar el crecimiento económico global: los niveles de crecimiento económico actuales se traducen en estándares de vida más bajos. ¿Cómo revitalizar las economías para hacer frente a estos desafíos globales?
    • Reformar el capitalismo de mercado: el pensamiento a corto plazo, las conductas egocéntricas y la corrupción ponen en riesgo las relaciones entre las empresas y la sociedad.

    En cuanto a lo que puede suceder durante este año, en gran medida dependerá de lo que ocurra en lo que los analistas comienzan a llamar el triángulo de la inestabilidad. Los Estados Unidos bajo Trump, la Rusia de Vladimir Putin, y la imprevisible Corea del Norte de Kim Jong Un. Por su parte China no tiene intenciones de violar las actuales reglas de juego, pero está dispuesta a reaccionar con todo y a reafirmar su estatus de megapotencia.
    Como indicios de lo que vendrá, vale recordar que Trump ha calificado como obsoleta a la OTAN (la mayor alianza militar estadounidense con los países del Atlántico Norte y de Europa en general). Declaró incertidumbre sobre acordar con la Alemania de Ãngela Merkel, y entusiasmo por la decisión británica de abandonar la Unión Europea. Anunció que buscará el levantamiento de las sanciones que rigen para Rusia, acordando con Moscú la lucha antiterrorista y la reducción del arsenal nuclear. Lo que lo pone a la cabeza de los factores inestables.
    En cuanto a China, es tal vez el mayor riesgo. En la visión de Beijing, hasta hace poco, la certeza era que en no más de 20 años el país superaría a Estados Unidos como potencia mundial y podría establecer un nuevo orden mundial.
    Desde hace pocas semanas, la dirigencia china cree –gracias a Trump– que ese plazo se diluye y que crecimiento del país en el escenario mundial está a la vuelta de la esquina. Todo indica que no vacilará en contestar cualquier provocación con el poderío militar convencional (y que no haya escalada).
    Dentro de 12 meses, veremos si hemos logrado mayor acierto que el que obtuvieron los asistentes a Davos el año pasado.