lunes, 27 de abril de 2026

    Una recurrencia elocuente

    María Martínez

    No son los unitarios contra los federales o los liberales contra los nacionalistas, grupos que se oponen porque se identifican con proyectos diferentes. En este caso son los que están con Perón, frente a los que lo rechazan. En términos extremos, a un grupo lo une el amor al líder y al otro el odio, o al menos, el profundo rechazo. Esta postura maniquea tuvo uno de los momentos de mayor intensidad en torno al derrocamiento de Perón, en 1955, con la posterior llegada al poder de sus férreos opositores. Aquí desarrollaré como un grupo llevó al surgimiento del otro y, ambos, potenciaron el enfrentamiento.

    El peronismo construye al antiperonismo


    Juan Domingo Perón entró a la arena política durante el Gobierno militar de 1943. Este coronel viudo, locuaz y sociable, tomó a su cargo el Departamento de Trabajo y Previsión. Desde el mismo, convertido luego en Secretaría, se implementaría un programa de profundas reformas sociales que influirían positivamente en la vida de los trabajadores argentinos. El Estatuto del Peón Rural, que reguló el trabajo del campo, la ampliación del régimen jubilatorio, las vacaciones pagas, la indemnización y el control por el cumplimiento de leyes laborales ya establecidas fueron las medidas que el Gobierno militar propuso y que las personas asociaron directamente a Perón. Esas acciones fueron la plataforma política que lo llevaron a ser Presidente constitucional en 1946 y a ser reelecto en 1952.

    Aunque Perón asumió el poder bajo el Partido Laborista, el mismo rápidamente cambió su nombre por el de Partido Peronista, destacando así su verticalidad en relación con el líder. Su base de poder fueron los sectores obreros, siendo la CGT la “columna vertebral”. Con el paso de los años, la concentración de poder se fue potenciando y Perón y el peronismo fueron dominando cada vez más espacios de poder. Las radios fueron estatizadas, la prensa independiente reducida y aquellos que se negaron a adherir al movimiento peronista fueron desplazados de la administración pública. Con poca presencia opositora en el Congreso y una reforma constitucional que permitía la reelección indefinida, los no peronistas encontraron cada vez menos espacios de acción.

    El peronismo se caracterizó por una amplia labor en los sectores más postergados, concentrada en la Fundación de Ayuda Social María Eva Duarte de Perón. Evita, como cariñosamente la llamaron los trabajadores, era la segunda y joven esposa de Perón. Casados poco antes de las elecciones de 1946, Eva fue mucho más que una primera dama. Se convirtió en el referente indiscutido del movimiento y en quien “dignificaba” con la labor de su fundación el Gobierno de Perón. Centros asistenciales, hogares de niños, hospitales, juguetes, medicamentos, máquinas de coser, ollas y cualquier tipo de necesidad era suplida por la fundación. Eva era lo más parecido a un hada madrina que cumplía los deseos de quienes la invocaban. Pero no fue Eva como el hada de los cuentos, inocente y desinteresada. Ella era la primera y mayor defensora de su esposo y atacaba duramente en sus discursos a “la oligaquía, los mediocres, los vendepatria que todavía no están derrotados” como dijo en 1951 cuando la CGT la propuso como vicepresidenta. Eva fue, en gran medida, la que hizo de Perón un líder absoluto, la que lo elevó a los altares. “Perón es la patria, Perón es todo, y todos nosotros estamos a distancia sideral del líder de la nacionalidad”. Si los peronistas estaban a distancia del líder, a mucha más distancia estaban sus opositores.

    El momento de endurecimiento en la concentración del poder se vivió en torno a la reelección presidencial y especialmente, en su segundo mandato. El fallecimiento de Eva Perón, víctima del cáncer a sus jóvenes 33 años, fue un punto de inflexión, ya que surgió un culto –genuino o forzado– en torno a su figura. Se impusieron el uso obligatorio del luto, múltiples espacios renombrados en memoria de la fallecida –como la provincia de La Pampa o la ciudad de La Plata que pasaron a llamarse, ambas, Eva Perón– y una notable propaganda en el plano educativo. “Mamá y papá me aman. Perón y Evita, nos aman” se sostenía en un libro de lectura de primer grado inferior. También hubo, evidentemente, sentidos gestos de dolor ante la muerte de quien había pasado a ser la “Jefa Espiritual de la Nación”. Pero también, por primera vez, se leyeron pintadas en la calle que decían “Viva el cáncer”. El enfrentamiento se empezaba a hacer evidente.
    Hasta ese momento, los opositores a Perón lo rechazaban por motivos diferentes. Estaban aquellas personas pertenecientes a los sectores más acomodados a quienes el peronismo los había sacudido por el nuevo orden social que proponía. Como dice Félix Luna “no era que [el peronismo] los perjudicase demasiado, pero los reventaba”. Un rechazo casi de piel al hombre que había dado poder a quienes nunca lo habían tenido. Otros, sectores sociales medios en general se oponían al estilo populachero, al excesivo culto personal, al vasto programa propagandístico que desde la Subsecretaría de Informaciones y Prensa desarrolló Raúl Apold. Les molestaba que sus hijos tuvieran que leer La razón de mi vida, biografía de Eva Perón, en los colegios o en la universidad. Les parecía un exceso escuchar en la Marcha de los muchachos peronistas que Perón era un “gran argentino, gran conductor” y no lo consideraban “el primer trabajador”. Muchos de ellos se identificaban con la Unión Cívica Radical o el Partido Socialista y entendían a la democracia como un sistema más abierto y pluripartidista. La combinación del autoritarismo y el control de las masas eran rechazadas por estos sectores, muchos de los cuales sentían la presión en carne propia por trabajar en la administración pública.

    Pero la oposición estaba disgregada, incluso dentro de las Fuerzas Armadas, donde muchos sentían que, a pesar de los excesos, el peronismo era un Gobierno nacionalista que defendía los valores tradicionales en un mundo bipolar en el que el comunismo era sentido como una amenaza. El error político que Perón cometió fue buscar el control total, para lo cual inició un enfrentamiento con los católicos. La oposición clara por parte de miembros del clero o laicos combativos, perteneciente a la Acción Católica Argentina, por citar un ejemplo, llevó a Perón a iniciar un ataque directo contra los beneficios con que contaban las instituciones religiosas, pero también contra sus valores. Perón nunca pudo comprender por qué si él había, superficialmente al menos, seguido los principios de la Doctrina Social de la Iglesia y sostenía la educación religiosa en las escuelas públicas, muchos católicos le daban la espalda. Él vio eso como una traición que lo llevó a dictar una serie de leyes o decretos que iban directamente en contra de los intereses católicos. Al atacar a la Iglesia, creó el elemento aglutinante de una oposición que estaba disgregada y pasaría a estar unida. E incorporó directamente a las Fuerzas Armadas, tradicionalmente católicas, a sus opositores. Después de esto, poco importó si lo que movilizaba a los antiperonistas era el rechazo a la legalización de la prostitución, la defensa de la libertad de expresión o el no soportar que su hospital se llame “Presidente Perón”. Estaban unidos e iban a actuar.

    Los antiperonistas se movilizaron primeramente en el mes de junio de 1955, en un intento frustrado de golpe de Estado, que terminó con muchos civiles muertos producto de los bombardeos de la Marina. A lo que los peronistas respondieron quemando las iglesias del centro porteño. Perón ensayó una conciliación, dar algo de espacio a los opositores políticos, pero los hechos habían alcanzado un punto de no retorno producto de la intolerancia. Viendo lo infructuoso de su intento pacificador, Perón llamó a los peronistas a “contestar a una acción violenta, con otra más violenta. Y cuando uno de los nuestros caiga, caerán cinco de los de ellos”. Pero resultó ser que “ellos” hicieron un golpe de Estado en septiembre y Perón debió exiliarse en Paraguay.

    El antiperonismo reconstruye al peronismo


    La revolución se autodenominó Libertadora porque sus miembros verdaderamente entendían que llegaban para liberar el país de la “segunda tiranía”, considerando que la primera había sido la de Juan Manuel de Rosas. No encontraban nada rescatable ni redimible en el peronismo. Por eso solo duró 50 días el Gobierno moderado del general Lonardi. Él, que quería como Urquiza que no hubiera “ni vencedores ni vencidos”, fue depuesto por los que consideraban que la revolución se hacía para erradicar el mal que encarnaba el peronismo. Para los sectores más duros, el Gobierno previo no solo había sido una tiranía sino incluso una gran “ficción”, como la consideró Jorge Luis Borges. Nada era genuino ni justo en el peronismo. Todo había sido una puesta en escena para endiosar a un líder que nada de eso merecía.

    La Revolución Libertadora tuvo por principal objetivo desperonizar la sociedad. Borrar todo rastro de que alguna vez había habido en estas tierras “una cosa que empieza con P”. Cambiaron nombres, intervinieron la CGT, proscribieron al partido, cerraron la fundación, quemaron libros, rompieron estatuas, prohibieron la marcha, el escudo y cualquier palabra vinculada “con el nombre propio del presidente depuesto [o] sus parientes”, como decía el Decreto 4161/56. Partían de la base que la gente era peronista producto de la propaganda y de la compra de voluntades. Sin radios que recordaran diariamente la hora a la que murió Eva Perón ni un Gobierno que regalara sidras y pan dulces con las caras de sus líderes, la población rápidamente se iba a olvidar de Perón. 

    A tal extremo llegó el rechazo al peronismo que cuando el general Juan José Valle encabezó un levantamiento, frustrado, para derrocar al Presidente de facto Aramburu y restablecer al peronismo, a los sublevados se les aplicó la pena capital. La Argentina no es un país donde se fusila al enemigo. Se lo exilia, se lo encarcela, pero no se lo fusila. Perón no fusiló a los sublevados de junio de 1955. La creencia de que si Valle hubiera triunfado habría condenado a muerte a los antiperonistas bastó para justificar el hecho. La prensa no lo criticó y la mayoría de la gente lo entendió. Los que habían llegado a liberar de la tiranía se volvían más tiranos que el supuesto dictador.

    Pocos antiperonistas pudieron en ese momento dimensionar lo que habían hecho y lo que estaban creando. Porque construyeron, sin querer, un peronismo combativo, reaccionario y violento. Construyeron un mito en torno a la figura de Perón, lo convirtieron en una víctima, en un mártir de los trabajadores, en un hombre al que el exilio volvió “un envigorizado líder tercermundista”, como nota Luis Alberto Romero. Y convirtieron a las Fuerzas Armadas en actores políticos cuya función sería controlar cualquier intento de renacimiento peronista. Uno de los pocos que reconoció en su momento el fenómeno del peronismo fue Ernesto Sábato quien, sin dejar de advertir lo autoritario del movimiento, también vio el carácter “justiciero” del mismo. Y aceptó que “si es cierto que Perón despertó en el pueblo el rencor que estaba latente, también es cierto que los antiperonistas hicimos todo lo posible por justificarlo y multiplicarlo”.

    Unos y otros, defensores y detractores de Perón, fueron subiendo la apuesta en el enfrentamiento que los involucró. El otro era el mal, era el engaño y la manipulación. Los propios eran los únicos dueños de la verdad, los únicos justos y los únicos que podían actuar. Cuando Las 20 verdades peronistas afirmaban que: “para un peronista no puede haber nada mejor que otro peronista” se establecía la línea entre ellos y los otros. Cuando la Revolución Libertadora hacía desaparecer el cadáver de Eva Perón, echaba leña a la hoguera en que se convirtió la Argentina. Mucho tiempo pasaría hasta que el orden constitucional se retomara y llegara la paz social, porque en este enfrentamiento hubo cada vez más odio y violencia. Importante es aprender de estos hechos que un país solo puede crecer cuando por sobre los intereses particulares prima el bien común, en el marco del diálogo y la tolerancia.

    * Es profesora de Historia en la carrera de Comunicación de la Universidad Austral.