
“Solo podremos rescatarlo si nos desprendemos de viejas teorías sobre cómo y por qué funciona el sistema”, sentencian Eric Beinhocker y Nick Hanauer en un ensayo sobre la necesidad de redefinir el capitalismo que publican en el McKinsey Quarterly.
Los autores plantean que si bien es cierto que el capitalismo fue la principal fuente de crecimiento y prosperidad, nunca se supo identificar cómo y por qué fue que funcionó tan bien. En la antigüedad la gente sabía que las estrellas y los planetas se movían en el cielo y tenían varias teorías para explicar sus observaciones. Pero no fue hasta que Copérnico reemplazó a la tierra con el sol como centro del sistema solar y Newton articuló su ley de gravedad que la gente entendió cómo y por qué se movían.
Por analogía, podríamos decir también que las teorías económicas que circularon durante el último siglo dieron una idea equivocada sobre el funcionamiento del capitalismo. Si las reemplazamos por otras más modernas podremos entender mejor el sistema capitalista y, tal vez, mejorarlo.
Caballo de madera y caballo salvaje
Durante el último siglo, el paradigma económico dominante, la economía neoclásica –pintó un cuadro limitado y mecanicista de cómo funciona el capitalismo, concentrando en el rol de mercados y precios la eficiente distribución de los recursos de la sociedad. Conocemos la historia: firmas racionales e interesadas maximizan ganancias; consumidores racionales interesados maximizan su “utilidad”; las decisiones de esos actores hacen que la oferta iguale la demanda; los precios se fijan; el mercado gana y los recursos se distribuyen de forma socialmente óptima.
Pero en los últimos tiempos algunos de los argumentos fundamentales de la teoría neoclásica comenzaron a verse con más claridad. Los conductistas encontraron muchos ejemplos que muestran que los humanos reales no se comportan como un homo ecomomicus. Los experimentales cuestionaron la existencia de la “utilidad”, concepto que se había usado durante mucho tiempo para demostrar que los mercados maximizan el bienestar social. Los empíricos descubrieron que los mercados financieros no siempre son eficientes.
Andy Haldane, economista jefe del Banco de Inglaterra, explica que la teoría convencional ve la economía como un caballito hamaca que, cuando es perturbado por una fuerza externa, oscila durante un rato hasta que vuelve a un equilibrio estático. En cambio, explica Haldane, lo que vimos durante la crisis fue más parecido a una tropilla de caballos salvajes –cuando algo espanta a uno de ellos, patea a otro y muy pronto toda la manada está corriendo salvajemente en un patrón de conducta complejo y dinámico–.
En los años anteriores a la crisis, comenzó a gestarse una nueva visión que sostiene que la economía está en constante evolución, interactuando en una red de familias, empresas, bancos reguladores y otros agentes muy diversos; algo parecido a la tropilla de la que habla Haldane.
La economía –un sistema no lineal, complejo, dinámico y abierto– tiene más en común con un ecosistema que con los modelos mecanicistas de los neoclásicos. Beinhocker y Hanauer creen que la nueva visión tiene implicancias fundamentales en la forma que la gente concibe la naturaleza del capitalismo y la prosperidad.
Es una visión que cambia la perspectiva sobre el papel fundamental del capitalismo, que no es distribución sino creación de recursos. La vida de hoy no es mejor que la de 1800 porque estemos distribuyendo mejor los recursos que en el siglo 19 sino porque tenemos antibióticos que nos salvan la vida, cañerías en nuestras casas, transporte motorizado, acceso a grandes cantidades de información y una cantidad enorme de innovaciones técnicas y sociales que están al alcance de gran parte de la población del mundo. La genialidad del capitalismo está en que crea incentivos para resolver problemas humanos y luego pone esas soluciones al alcance de millones de personas. Lo que define la idea de prosperidad, entonces, no es el dinero, sino justamente esas soluciones a problemas humanos.
Prosperidad y crecimiento
Intuitivamente creemos que cuanto más dinero tiene la gente, más próspera es la sociedad. Pero prosperidad, en una sociedad, es la acumulación de soluciones a problemas humanos. Esas soluciones van desde lo más prosaico (papitas fritas más crocantes) hasta lo más profundo (curas para enfermedades mortales). En última instancia, la medida de la riqueza de una sociedad es la gama de problemas humanos que ha resuelto y cuánta gente tiene acceso a ellas. Cada artículo en una moderna tienda minorista puede ser pensado como una solución a un tipo diferente de problema: cómo comer, vestirse, entretenerse, hacer más confortable el hogar, y así. Cuantas más y mejores sean esas soluciones a nuestro alcance, más prosperidad tenemos.
Por lo general hablamos de crecimiento en términos de PBI, aunque esto ha sido últimamente muy criticado como medida de progreso. Hubo numerosos intentos de hacer que el PBI responda por cosas como daño ambiental, trabajo no remunerado, el progreso de la tecnología o el desarrollo de capital humano.
Para los investigadores, el mayor problema con el PBI es que no refleja necesariamente de qué manera el crecimiento cambia la experiencia real de la vida de la gente. ¿La vida es mejor o peor para la mayoría de la gente? ¿Cómo se reparte ese avance del crecimiento? El PBI no puede responder esas preguntas.
Para que el concepto de crecimiento tenga significación, debería representar mejoras en la experiencia vivida. Si la medida real de la prosperidad de una sociedad es la disponibilidad de soluciones a problemas humanos, el crecimiento no puede medirse simplemente por cambios en el PBI. Por el contrario, debe ser una medida del ritmo al cual las nuevas soluciones a problemas humanos se ponen al alcance de la gente.
Pasar del temor a morir por una infección un día, a tener acceso a antibióticos al siguiente, por ejemplo, eso es crecimiento. Pasar de morirse de calor un día de verano a vivir con aire acondicionado al siguiente, eso es crecimiento. Pasar de tener que ir a buscar información básica a una biblioteca a tener toda la información del mundo disponible al instante en un teléfono, eso es crecimiento.
El crecimiento se debe pensar como aumento en la calidad y disponibilidad de soluciones a problemas humanos. Los problemas difieren en importancia y la nueva visión de crecimiento debe tenerlo en cuenta: encontrar una cura para el cáncer le va a ganar a muchas otras innovaciones de productos. Pero en general, el crecimiento económico es la experiencia real de tener una vida mejor.
¿Y eso se puede medir? Todavía no se ha encontrado la forma, pero los autores del ensayo lo creen posible Si la inflación se mide mirando los cambios en los precios de productos y servicios de una canasta de productos, es posible mirar cómo los contenidos reales de esa canasta van cambiando en el tiempo y cómo se diferencian entre países o entre niveles de ingreso. ¿A qué tipo de alimentos, viviendas, ropa, transporte, salud, educación, entretenimiento acceden las personas?
Redefiniendo capitalismo
Si la prosperidad se crea resolviendo problemas humanos, ¿qué tipo de sistema económico resolverá la mayor cantidad de problemas para la mayor cantidad de gente en el menor tiempo posible? Esta es la genialidad del capitalismo: es un sistema evolucionario incomparable para encontrar soluciones.
Encontrar soluciones nuevas a problemas humanos no es ni fácil ni obvio, si lo fuera ya se habría encontrado. Por ejemplo, ¿cuál es la mejor manera de resolver el problema del transporte impulsado por la misma persona humana? Hay muchas opciones: bicicletas, triciclos, uniciclos, motonetas… La creatividad humana desarrolla una serie de formas para resolver esos problemas, pero algunas son mejores que otras y necesitamos un proceso para separar la paja del trigo. También necesitamos un proceso para poner las buenas soluciones al alcance de mucha gente.
El capitalismo es el mecanismo por el cual esos procesos ocurren. Brinda incentivos para millones de experimentos que ocurren todos los días, ofrece competencia para seleccionar las mejores soluciones y brinda mecanismos para escalar las soluciones y poner las mejores a disposición de la gente. Simultáneamente elimina las soluciones menos exitosas. El economista Joseph Schumpeter llamó a este proceso evolutivo “destrucción creativa”.
La visión ortodoxa de la economía sostiene que el capitalismo funciona porque es eficiente. Pero en realidad, la gran fortaleza del capitalismo es su creatividad para resolver problemas y su eficacia. Es esta eficacia creativa la que, necesariamente, lo hace también ineficiente y, como todos los procesos evolucionarios, derrochador. La prueba de esto se encuentra en la gran cantidad de líneas de productos, inversiones y emprendimientos que fracasan cada año.
El papel de la empresa
Todo negocio se basa en una idea de cómo solucionar un problema. El proceso de convertir grandes ideas en productos y servicios que satisfagan las necesidades humanas es lo que define a la mayoría de los negocios. Entonces, el aporte más importante que hacen las empresas a la sociedad es transformar ideas en productos y servicios que solucionan problemas.
Esto suena simple y obvio, pero no es lo que la teoría estándar dice que deberían hacer las empresas. En los años 70 y 80 la teoría neoclásica decía que maximizar el valor para el accionista debía ser el único objetivo de la empresa. Los académicos decían que si las empresas hacían eso, maximizarían la eficiencia económica general y el bienestar social. Muchos dicen que elevar la creación de valor para el accionista al estatus de primer objetivo es basarse en una premisa falsa: que el capital es el recurso más escaso en una economía, cuando en verdad lo realmente escaso es el conocimiento, ingrediente fundamental para resolver problemas. También llevó a priorizar en exceso las ganancias trimestrales y las variaciones en el precio de la acción a corto plazo, además de una declinación en la inversión de largo plazo.
Los autores creen que hace falta una reorientación para ver las empresas como solucionadoras de problemas de la sociedad en lugar de vehículos para crear retornos a los accionistas. Aclaran que la intención no es que los accionistas y otros dueños no sean importantes sino darles una ganancia que sea competitiva comparada con las alternativas. Es una condición marco para un negocio exitoso; no es el propósito de un negocio.
Redefiniendo gobierno
La teoría económica tradicional dice que los mercados son eficientes, que inherentemente maximizan el bienestar, y funcionan mejor cuanto menos se los interviene. Pero esos mercados perfectos no parecen existir en el mundo real. Es más, esta visión no reconoce que la gran virtud del capitalismo –resolver problemas de la gente– tiene, necesariamente, un lado oscuro: la solución al problema de una persona puede crear problemas a otra.
Este es un viejo problema. ¿Cómo hace un sistema económico para resolver conflictos y distribuir beneficios? Un producto financiero derivado puede ayudar a los tesoreros de la empresa a resolver su problema de manejar el riesgo y hacer ricos a los banqueros, pero también podría crear mayor riesgo sistémico en el sistema financiero en su totalidad.
Es difícil distinguir entre actividad económica que resuelve problemas y otra que los crea. ¿Y quién tiene el derecho moral de decidir? La democracia es el mejor mecanismo que han encontrado los humanos para navegar entre las debilidades inherentes al capitalismo. Las democracias permiten que los inevitables conflictos sean resueltos en una forma que maximiza la justicia y legitimidad que refleja las visiones de la sociedad.
Ver la prosperidad como soluciones ayuda a explicar por qué la democracia tiene tanta correlación con la prosperidad. Las democracias ayudan a crear prosperidad porque hacen varias cosas mejor que otros sistemas de Gobierno. Tienden a crear economías que son más inclusivas y permiten a más ciudadanos ser creadores de soluciones y compradores de las soluciones de otros. Y ofrecen la mejor forma de resolver conflictos sobre si la actividad económica está generando soluciones o problemas.

