jueves, 30 de abril de 2026

    El problema no es un Gobierno islámico: es el autoritarismo

    Por Miguel Ángel Diez

    El razonamiento (al que podemos estar acostumbrados en la Argentina) dice así: es obvio que el que gana la mayoría, gobierna. Pero tiene límites. No puede imponer una dictadura sobre las minorías que –en este caso concreto– representan, juntas, a 55% de los votantes.
    El detonante aparente fue un proyecto de urbanización, que es parte de un gigantesco programa de obras, en el parque Gezi, donde uno de los pocos espacios verdes disponibles en Estambul daría paso a un gran mall de compras y a edificios de departamentos. Durante varios días, cientos de miles de personas –en especial de la nutrida clase media– salieron a manifestar contra el Gobierno en los alrededores de la plaza Taksim.
    La irritación del primer ministro se tradujo en una violenta represión: 4.000 personas lastimadas, 900 detenidas, tres muertos. Allí quedó en claro –ante la insistencia de los manifestantes en tomar la calle– que no era solamente una protesta ambientalista.
    Era en verdad una reacción contra el estilo autoritario del “Sultán”, como se lo apoda a Erdogan. Sumado al temor que provoca el paulatino avance del islamismo que pregona el partido de Gobierno, en medio de una sociedad esencialmente laica después de muchas décadas de Gobiernos de militares –comenzando por el legendario Mustafá Kemal Ataturk– o influidos por estos.
    Sin embargo, a pesar de este argumento, la mayoría de los analistas coincide: Turquía no es Egipto. El problema central no es si el partido de Gobierno es islámico –moderado en verdad– sino el autoritarismo que se atribuye al líder del partido oficial.
    Pero la intensidad de la represión no cejó en las semanas siguientes a las protestas. Amenazas de sentencias de prisión por vida para los organizadores de la revuelta, periodistas despedidos por haber dado espacio a estos graves incidentes, la principal empresa del país sometida a una indagación impositiva (también libreto conocido en la Argentina) imprevista, después de ser acusada de brindar refugio en un hotel de su propiedad a los manifestantes en fuga.
    La gestión oficial ha sido exitosa desde varios aspectos. El PBI del país ha crecido a 5% anual desde que el AKP (partido por la Justicia y el Desarrollo) asumió en 2002. Se hicieron las reformas que permitieron –por primera vez– sentarse a discutir con Bruselas sobre una eventual –e improbable por el momento– incorporación de Turquía a la unión Europea. Ningún otro Gobierno logró avanzar tanto en la convivencia con los 15 millones de kurdos que habitan en su territorio.
    Sin embargo el temor es que la dominancia del Gobierno y del partido oficialista sobre toda la sociedad, acentúe sus rasgos. Por disposición partidaria, ningún diputado puede exceder tres periodos en el Parlamento. Eso significa que Erdogan no podría ser reelecto en 2015. A menos que se cambie la Constitución, y que la figura protocolar del Presidente dé paso a una presidencia efectiva con plenos poderes. A cuyo frente se pondría Erdogan (elecciones previstas para 2014). Eso es lo que realmente preocupa a las educadas clases medias que están aprendiendo a disfrutar de la vida democrática.


    Recip Erdogan

    La nueva coyuntura
    Uno de los grandes países emergentes, cuya economía ha crecido sin pausa durante una década y que, dentro de otra, podrá alcanzar los mismos estándares de varios miembros de la Unión Europea, ha tropezado con imprevistas dificultades. Algunas de origen interno, otras derivadas de una cambiante dinámica en la región de Levante.
    El caso es que Turquía, luego de los episodios ocurridos a finales de mayo en el parque Gezi y en la plaza Taskim de Estambul, es diferente y hay incertidumbres que no son fáciles de despejar.
    El proyecto político del primer ministro Recep Tayyip Erdoan está cuestionado, tal vez por primera vez después de 10 años en el poder y de tres contundentes victorias electorales.
    A esto se han sumado las malas perspectivas de la política exterior, considerada como “neo-otomana” por su acercamiento al mundo árabe y musulmán, en contraste con décadas anteriores en las que los vecinos del Próximo Oriente, a excepción de Israel, fueron ignorados.
    Una fácil tentación es inferir que estos últimos acontecimientos pueden diluir las ambiciones políticas de Erdogan y de su partido. Sin embargo es difícil imaginar una derrota en las urnas del AKP. Es cierto que el fervor no es el mismo que el de 2002: los partidos tradicionales han recuperado parte de su peso específico tras el desencanto popular en aquella fecha. También que hay un nuevo actor social: una orgullosa clase media que combina negocios exitosos con práctica religiosa.
    Pocos días después de las revueltas, una encuesta asignaba 47% de preferencia al AKP de Erdogan, contra 30,9% del CHP (Partido Republicano del Pueblo, la creación de Ataturk) y 14,6% del movimiento nacionalista MHP.
    Únicamente una sólida alianza electoral entre los dos partidos opositores podría tener chance de cerrarle el paso al partido en el Gobierno. Una hipótesis que por ahora parece muy poco verosímil.
    Sin embargo, no todo el camino está despejado para Erdogan. Si se reformara la constitución y se produjera un enroque, el actual presidente Abdulá Gul podría aspirar a ser el primer ministro. Y si Erdogan llegara a una presidencia con más poderes que los actuales, el conflicto sería inevitable. No se repetiría el caso de la pacífica alternancia de Rusia.
    Para muestra basta un botón: todos en Estambul recuerdan la actitud conciliadora y dialogista de Gûl en medio de la represión. Una nítida manera de diferenciarse de Erdogan. En definitiva, el “Sultán” sigue siendo la figura dominante de la política local, pero ahora –tal vez por primera vez– con cuestionamientos importantes.
    El panorama es incierto. Todo el mundo coincide en que es necesario reemplazar y reformar la constitución escrita por los militares después del golpe de 1980. Pero el comité parlamentario integrado por los cuatro partidos con representación, no han logrado ponerse de acuerdo sobre el contenido y alcances de las reformas.
    El cambio es necesario para modernizar la esfera de los negocios, los aspectos regulatorios, y la cuestión ambiental. No lograr este acuerdo puede implicar un estancamiento económico.
    Pero la traba es la intención del AKP –preparando el camino para el “Sultán”– de asegurar importantes poderes y facultades a la nueva presidencia. Se habla de un referéndum para reemplazar el actual bloqueo parlamentario. Pero para obtener la mayoría y convocarlo, el AKP debería aliarse al partido kurdo. Algo que puede tener derivaciones imprevistas.

     

    Las complicaciones externas
    El timing también se ha puesto en contra de Erdogan. Los últimos acontecimientos en la región lo sitúan en un escenario diferente. Hasta ahora Turquía era un modelo de democracia con un Gobierno adherido al islamismo moderado. Tanto, que los países árabes, por primera vez en décadas pusieron la vista otra vez en los sucesores del viejo imperio otomano.
    Su apoyo a los rebeldes sirios –no compartido por buena parte de sus votantes– elimina la política de cero problema con los estados limítrofes. Una mala relación con el dictador sirio es garantía de conflictos potenciales con el régimen de Teherán, que respalda a Damasco.
    Bashar Al Asad era uno de los principales aliados de Erdogan hasta que las masacres en Siria fueron percibidas como una amenaza para la estabilidad en Turquía, y Ankara buscó el apoyo de EE.UU. y de sus aliados en la OTAN para evitar que el conflicto sobrepasara sus fronteras. Pero enemistarse con Asad contribuyó a debilitar las relaciones turcas con Irán, principal respaldo del régimen sirio, aunque la instalación de un radar en territorio turco, como parte del escudo antimisiles de la OTAN, ya había contribuido a enrarecer las relaciones entre Ankara y Teherán.
    Tampoco son buenas ahora las relaciones de Ankara con un Irak en manos de los chiítas, y en pacífica vinculación con Irán. Lo curioso es que Turquía mantiene excelentes vínculos con el Gobierno regional del Kurdistán iraquí, que a su vez tiene serias divergencias con Bagdad.
    En cuanto a la tan declarada reconciliación de Turquía con Israel, no se han dado pasos importantes, pese a que Jerusalén prometió indemnizar por el abordaje en 2010 del ejército israelí a la flotilla turca que pretendía hacer llegar suministros a la franja de Gaza.

     

    El gran tema es Egipto
    El cambio drástico en el escenario regional, de especial significación para el Gobierno turco, fue el derrocamiento del Gobierno islámico de Egipto. El presidente Morsi y su partido de la Hermandad Musulmana, perdieron el poder y debieron enfrentar cárcel y represión.
    La idea pregonada por Ankara de que era posible una democracia con un Gobierno islámico –como se presumía que era el ejemplo turco– sufrió un duro revés. No funcionó la estrecha vinculación entre el AKP turco y la Hermandad egipcia, o al menos no fue suficiente para impedir la caída de Morsi en El Cairo.
    Erdogan no tenía más remedio que condenar de modo contundente el golpe del ejército egipcio, lo que se explica por la larga tutela militar en Turquía dirigida en especial a silenciar Gobiernos islámicos. Pero tanta vehemencia no ayuda en nada a los importantes intereses turcos en Egipto.
    El caso egipcio supone además una nueva fractura en las frágiles alineaciones del Medio Oriente. Tanto Arabia Saudita, como Qatar y los Emiratos estaban con Turquía en el enfrentamiento con el régimen de Asad en Siria. Pero en cambio la percepción de estos países sobre la Hermandad Islámica es de claro enemigo de los Gobiernos árabes. Por tanto, celebraron alborozados su derrocamiento y quedaron del otro lado de la línea en lo que respecta a este asunto con la posición de Ankara.
    Hasta ahora, la principal fuerza de la diplomacia turca era su capacidad de presentarse como una potencia neutral, capaz de mantener relaciones con regímenes muy dispares, pero tanto los laicos egipcios como los chiítas de Siria, Líbano, Irak e Irán han dejado de percibirla así.
    Con lo cual, Turquía corre el riesgo de convertirse en una potencia solitaria. Es una circunstancia agravada por las tensiones con la UE, especialmente con Alemania, por el punto muerto en el camino hacia la integración europea, y por las desavenencias con el Gobierno de Obama, que, en sus comienzos, cultivó una relación privilegiada con la Turquía de Erdogan.

     

    Perspectivas de la economía

    Los más prudentes pronósticos económicos para Turquía, auguran una modesta recuperación de la demanda para este año y el próximo. Lo mismo con el ritmo de crecimiento, que aumenta después del descenso experimentado en 2012. El PBI puede crecer entre 3 y 4% este año, y también el próximo.
    Sin embargo el nuevo escenario derivado de las protestas sociales de fin de mayo y la situación geopolítica del Medio Oriente (Gobierno islámico depuesto en Egipto y abierta rebelión en Siria) han logrado un descenso en la confianza de los inversionistas.
    Nada especialmente grave para la economía interna: sin perder la disciplina fiscal que ha exhibido durante estos años, el Gobierno turco tiene margen para inyectar estímulos.
    En cambio, las recientes protestas masivas no deben ser desestimadas. Son un nuevo desafío político para el Gobierno, que hasta ahora no estaba en los papeles.
    Desde la perspectiva institucional, el mayor reto para el partido en el Gobierno (Partido de la Justicia y el Desarrollo, AKP según las siglas turcas, islámico moderado) es lograr un acuerdo multipartidario para reformar la actual constitución que rige el país.
    Los mayores riesgos económicos del país provienen del contexto externo. Una combinación de déficit importante en cuenta corrientes con una declinación de la inversión extranjera torna vulnerable al país en caso de un shock externo.
    En todo caso, tensiones entre el partido islámico en el poder y los partidos laicos de la oposición, el rol de los militares y de la justicia, pueden suponer riesgos y tensiones. Después de las manifestaciones de fin de mayo –y de su drástica represión– hay un creciente sentimiento de resistencia al autoritarismo del primer ministro. Protestas masivas pueden volver a ocurrir.