En El Señor de los Anillos, los palantíri son piedras videntes: orbes que permiten ver a la distancia y comunicarse entre reinos. El problema nunca es lo que muestran, sino quién está del otro lado. Denethor, senescal de Gondor, creyó que dominaba la piedra; en realidad Sauron decidía qué imágenes le llegaban, y terminó gobernando su voluntad. La empresa que hoy provee software de inteligencia a medio Pentágono se llama, sin ironía, Palantir. La Bundeswehr acaba de recordar la moraleja del relato.
El rechazo que descolocó al mercado
A fines de abril, el vicealmirante Thomas Daum, jefe del Comando Cibernético y del Espacio de Información de las Fuerzas Armadas alemanas, le dijo al Handelsblatt que Palantir “por ahora no entra en consideración” para la nube militar (pCloudBw) y el proyecto de inteligencia artificial que Alemania planea construir. La frase sorprendió porque no se apoyaba en la calidad del producto. Palantir es el líder global indiscutido en fusión y análisis de datos militares: su plataforma corre en los servidores de la OTAN desde marzo de 2025, cuando la agencia de comunicaciones de la Alianza le encargó el Maven Smart System; el Reino Unido renovó su contrato a comienzos de año por 36 meses y 240 millones de libras; Estados Unidos la usa en todos sus teatros de operaciones.
El motivo del rechazo alemán es más sutil y más profundo: el modelo operativo. En la OTAN, quienes operan el software de Palantir son empleados de Palantir. Daum lo resumió con una palabra: “inimaginable” dejar que personal de una empresa extranjera acceda al acervo nacional de datos. No se discute la funcionalidad de la piedra; se discute quién está del otro lado mirando. Alemania quiere ver sin ser vista. Y mientras la OTAN siga usando Maven, Berlín seguirá aprovechando sus hallazgos sin entregar, a cambio, las llaves de su propia casa.
Confiá en mí porque soy de los tuyos
La reacción de Alex Karp, CEO de Palantir desde hace veintiún años, ilustró el problema mejor que cualquier informe. En una entrevista con Bild comparó el debate alemán con “conversaciones sobre brujería” y recordó que él estudió en Alemania, habla alemán con fluidez y que el cofundador Peter Thiel nació en Frankfurt: “Peter y yo somos los empresarios germanos más prominentes del mundo”. El argumento —confiá en mí porque soy de los tuyos— es justamente el que un Estado soberano no puede aceptar. Thiel financia el ala más dura del trumpismo y es cercano al vicepresidente J. D. Vance; su software asiste a la policía migratoria estadounidense y a operaciones letales en Gaza y en Irán, y Karp llegó a admitir que sus productos, llegado el caso, ayudan a matar. La pregunta alemana no es si la herramienta funciona: es si conviene que el cordón umbilical de la defensa propia pase por una empresa fundida con un gobierno extranjero cada vez más imprevisible.
Acá aparece la palabra que Europa aprendió a pronunciar con China y todavía le cuesta aplicar a Washington: derisking. Cuando se trató de Huawei en las redes 5G, la prudencia fue doctrina: ningún proveedor sensible debía quedar bajo jurisdicción de una potencia que pudiera, llegado el día, accionar una palanca. La novedad de 2026 es que ese mismo criterio empieza a aplicarse a Estados Unidos. No por hostilidad, sino por aritmética del riesgo: una alianza no es una fusión, y depender de un único proveedor —del lado que sea— es concederle un derecho de veto silencioso sobre el propio sistema.
La apuesta europea, sin romanticismo
Alemania no se quedó en la negativa. Probará tres alternativas europeas: Almato, de Stuttgart, filial del grupo Datagroup y con certificación del organismo federal de ciberseguridad; Orcrist, un startup berlinés —el nombre, otra vez Tolkien, es la espada que corta orcos—; y la francesa ChapsVision, que el servicio de inteligencia interior alemán ya eligió por sobre Palantir. La evaluación se hará este verano boreal y el contrato se adjudicará antes de fin de año. El gesto no es aislado: Suiza descartó a Palantir tras años de cortejo y el alcalde de Londres vetó un contrato con la policía metropolitana.
Conviene no idealizar. El ecosistema europeo de defensa tecnológica reúne unos 384 startups, pero dos tercios del capital se concentran en apenas tres nombres, y el total europeo es minúsculo frente a operaciones individuales del otro lado del Atlántico: la rival estadounidense Anduril levantó 2.500 millones de dólares en una sola ronda. Soberanía sin escala es voluntarismo. Las tres candidatas alemanas tendrán que demostrar, en meses, que igualan a un líder con años de despliegue real. Mientras tanto la acción de Palantir —que facturó 1.630 millones de dólares en el primer trimestre, con un alza interanual del 85%— cae cerca del 20% en el año: el relato de la inevitabilidad empieza a mostrar grietas.
Y un detalle que desde Buenos Aires no debería pasar inadvertido. Mientras Europa toma distancia, Thiel multiplica reuniones con dirigentes en Chile y la Argentina, y la aduana de Ecuador ya firmó. La piedra que Berlín devuelve a su estuche busca otras manos donde posarse. La pregunta, para una región que suele confundir alineamiento con amistad, es si va a leer la moraleja antes o después de mirarse en el orbe.
Denethor murió creyendo que veía la verdad; en realidad veía lo que Sauron quería que viera. La lección de la Bundeswehr no es tecnófoba ni antiestadounidense: es republicana. Un Estado puede comprar la mejor herramienta del mundo, pero no puede delegar en otro la decisión sobre qué ve y qué hace con lo que ve. La soberanía, en el siglo de los datos, es saber quién está del otro lado de la piedra.












