La porcicultura argentina atraviesa un ciclo de expansión sostenida, con quince años consecutivos de crecimiento. En 2025, la producción nacional alcanzó las 809.000 toneladas de carne porcina, un 3% más que en 2024 y un 11,7% por encima del promedio del último quinquenio. Ese desempeño se complementó con 8,4 millones de cabezas faenadas y un consumo per cápita récord de 18,89 kg/hab., frente a los 10 kilos por habitante de una década atrás.
En ese contexto, el desempeño sanitario aparece como una variable crítica para sostener la productividad y la competitividad de los establecimientos. Entre las enfermedades de alta prevalencia se ubica la ileítis, también conocida como enteropatía proliferativa porcina (EPP), causada por la bacteria intracelular *Lawsonia intracellularis*. La afección compromete el intestino delgado de los cerdos en crecimiento y engorde, con impacto directo sobre la ganancia diaria de peso y los tiempos de llegada a faena.
Pruebas serológicas confirman que la enfermedad está presente en la mayoría de las granjas, incluso en aquellas de alto estado sanitario. A nivel internacional, la prevalencia reportada oscila entre 15% y 100%, según la prueba de diagnóstico utilizada. En Argentina, estudios recientes de la Universidad Nacional de La Plata indicaron que entre 30% y 50% de los establecimientos reportaron brotes en los últimos años.
El mayor costo económico se asocia a los cuadros crónicos y subclínicos, por su frecuencia y por la dificultad de detectarlos a tiempo. “La ileítis puede presentarse de distintas formas, pero el mayor impacto económico proviene de sus manifestaciones crónicas y subclínicas, que son más frecuentes y difíciles de detectar”, dijo Emiliano Segurado, gerente técnico de la Unidad de Negocios de Porcicultura de MSD Salud Animal Argentina. En esa línea, precisó que “puede generar pérdidas de entre USD 5,98 y USD 17,34 por animal afectado”.
Durante décadas, el antibiótico fue la respuesta predominante, aunque con límites operativos y regulatorios. El uso sostenido puede generar resistencia bacteriana y dejar residuos en la proteína animal, además de quedar bajo creciente regulación nacional e internacional. En Argentina, el SENASA regula el uso de antimicrobianos en producción animal, mientras que los mercados de exportación —en especial los asiáticos y europeos— exigen protocolos cada vez más estrictos de uso responsable.
La vacunación se plantea como alternativa para el control sanitario. “Hoy contamos con tecnologías de vacunación que representan un avance significativo en el control de las tres principales enfermedades que afectan la productividad porcina: ileítis, neumonía enzoótica y circovirus”, dijo Segurado, quien mencionó complejos vacunales trivalentes de aplicación intramuscular o intradérmica sin agujas para proteger frente a múltiples enfermedades en un solo paso, reducir tiempos operativos y mejorar el manejo en granja.
“Además de disminuir la necesidad de antibióticos, estas herramientas reducen el estrés animal, mejoran el bienestar y minimizan riesgos para quienes trabajan en la granja”, dijo Segurado.












