El encarecimiento del metro cuadrado, las nuevas formas de habitar las ciudades y los cambios en la composición de los hogares empujaron un escenario en el que las viviendas compactas ganan protagonismo en el mercado inmobiliario. En ese contexto, la arquitectura residencial incorpora un enfoque que desplaza el eje desde la superficie privada hacia el uso de espacios comunes como parte de la experiencia cotidiana de vivir.
La arquitecta Valeria Damiani, jefa de Personalización de Desarrolladora Spazios, plantea que el fenómeno no se limita a reducir metros, sino que introduce un cambio de paradigma en el diseño de edificios. “Reducir la superficie de un departamento no implica necesariamente resignar calidad de vida”, comentóó Damiani al describir una tendencia que busca ampliar posibilidades sin trasladar el costo a la unidad individual.
El edificio como extensión del hogar
En este modelo, los espacios compartidos dejan de ser un complemento para convertirse en una extensión del hogar. La lógica proyectual se organiza alrededor de áreas comunes que acompañan actividades habituales: lugares para trabajar, sectores para recibir amigos, espacios de juego para chicos y gimnasio. “La vivienda, entonces, deja de terminar en la puerta de entrada”, señaló la arquitecta.
La presencia de estos ambientes modifica también la forma de valorar una propiedad. Damiani ejemplifica con una unidad de 40 m2: quien la adquiere incorpora otros cientos -e incluso miles- de m2 de uso compartido que amplían las posibilidades de vivir, trabajar, hacer ejercicio, disfrutar del aire libre o reunirse con otras personas. Ese acceso a superficies adicionales permite sumar usos que, de incorporarse dentro de una vivienda individual, elevarían de manera considerable el costo.
Cambios en el diseño y en el costo de uso
La arquitectura acompaña esta transformación con plantas más racionales, ambientes flexibles, mejor aprovechamiento de la luz natural, soluciones inteligentes de guardado y espacios integrados que eliminan superficies de circulación innecesarias. En paralelo, una vivienda más compacta puede implicar menores costos de mantenimiento, menor consumo energético y una organización más simple, variables que se integran a una noción de bienestar que excede la superficie construida.
La tendencia también se vincula con cambios culturales: más tiempo fuera del departamento, trabajo híbrido, valoración de experiencias compartidas, optimización de tiempos y búsqueda de cercanía con servicios, espacios verdes y lugares de encuentro. En ese marco, el edificio pasa a ser un ámbito donde se trabaja, se estudia, se hace ejercicio, se comparte con amigos, se disfruta del tiempo libre y se construyen vínculos con otros vecinos.


