No lo soñé
Los ojos ciegos
Bien abiertos
No mires por favor
Y no prendas la luz
La imagen te desfiguró
Los Redondos de Ricota, Jijiji
Uno de los hechos más extraños del universo es que las leyes precisas de la física surgen del comportamiento colectivo de incontables partículas que se mueven al azar. Un vaso de agua se enfría, el perfume se difunde por una habitación, las estrellas consumen su combustible y las células vivas libran una batalla constante contra el desorden.
Ninguno de estos procesos está dirigido. Se desarrollan porque, estadísticamente, existen muchísimas más configuraciones desordenadas que ordenadas. Las leyes de la termodinámica no ordenan a cada molécula adónde ir: surgen porque, cuando billones de partículas interactúan, el desorden se convierte en el resultado más probable. El mundo ordenado que experimentamos se basa en la estadística del caos microscópico.
El caos y la incertidumbre son nuestro pan de cada día, aunque para tranquilizarnos nos vendan una estabilidad estadística construida a posteriori de los sucesos.
Vivir la vida y descubrir conocimientos se resume en despejar la incertidumbre, tratando de descifrar el caos y manejar la angustia que ese proceso provoca. La muerte intenta darnos una enseñanza para la vida: sabés que vas a morir, pero no cuándo. La muerte representa la incertidumbre en estado puro. Es la lección más brutal sobre el manejo del tiempo y la angustia, que los humanos nunca terminamos de aprender.
Para manejar la incertidumbre hay que tener en perfecto estado las funciones cerebrales esenciales: ellas permiten almacenar experiencias en la memoria y razonar por analogía o probabilidad qué hipótesis de futuro se producirá, despejando un poco la niebla de la incertidumbre. En el caso de la angustia, hay que tener el aparato digestivo en muy buen estado: los intestinos, el hígado, el páncreas, la vesícula y el estómago son el amortiguador del estrés que provoca la incertidumbre. Si no están intoxicados ni inflamados, las emociones no desbordan. Los riñones y el aparato urinario manejan el miedo: si están bien, el miedo no doblega, en situaciones normales.
La inteligencia es transformar energía en información, ya sea que la produzca biológicamente un ser humano o una máquina. Los seres humanos somos una batería con la memoria y el procesador más eficientes de la historia, al punto que hemos logrado replicar ese sistema en máquinas que intentan emular nuestro funcionamiento.
Toda la suma de conocimientos alcanzados por la humanidad proviene del cerebro humano, en una acumulación en bucle que lleva siglos de historia.
El hombre, desde el tiempo de las cavernas hasta la actualidad, se desarrolló ejercitando sus facultades mentales y físicas en un bucle permanente de retroalimentación: cuando se ejercita, aprende; cuando aprende, ejercita. Con ello las aptitudes se desarrollan y amplían. Desde las pinturas rupestres hasta Picasso, desde los tambores africanos hasta Mozart, desde Tales de Mileto hasta Foucault, la humanidad —individual y socialmente— siguió el bucle de ejercicio-aprendizaje, alcanzando una perfección cada vez más asombrosa y estéticamente bella.
La respuesta humana al caos y la incertidumbre fue primero la fe religiosa y luego la inteligencia: primero rogar a los dioses mejor suerte, luego tratar de comprender el universo para manipularlo y evitar los efectos negativos de los sucesos. Pero aquí está la trampa: el contacto con la negatividad trae consigo la chispa que enciende los sentidos, la memoria y nuestra capacidad de cálculo para sortear la incertidumbre. Las negatividades de la vida son el combustible del esfuerzo por mejorar la inteligencia.
¿Un mundo confortable podría convertirse en un lugar de idiotas? Sin duda creo que alguna verdad anida en esa frase. ¿Qué pasó con la fe? El sistema occidental la dejó de lado porque los avances tecnológicos le dieron una confianza ciega en el poder de la razón humana y de las máquinas que construyó en los últimos 200 años de historia, un plazo muy exiguo para exhibir semejante soberbia. Oriente ha intentado construir su ciencia con vínculos con la religión o la filosofía, según el sistema de cada país. Su sabiduría ancestral lo lleva a actuar con menos soberbia: intuyen que las claves del universo nunca serán totalmente descifrables para la mente humana. Saben que Dios debe haberse guardado algunas cartas para sí; Prometeo no logró robar todo el fuego de los dioses, solo unas pequeñas brasas cayeron a la tierra.
Creo que la fe es posiblemente la conexión con la red de información universal invisible, que se da a conocer por la intuición. Eso explicaría cómo Newton y Einstein pudieron imaginar sus teorías sin poder visualizarlas en la realidad, solo mediante aplicaciones matemáticas.
La clave para seguir ampliando las facultades cerebrales y físicas es la práctica y el aprendizaje. Para ello es vital que exista incertidumbre, hechos negativos que nos afecten, y su compañera inseparable, la angustia. Si todas las tareas intelectuales y físicas son realizadas por máquinas, todo queda resumido a la lógica de la probabilidad: la incertidumbre desaparece solo de forma ficticia o simulada, junto con la angustia, pero se instalan el vacío y la depresión. La incertidumbre, los hechos negativos y la angustia forman parte del camino que un hombre debe sortear para formarse con dignidad, encontrando sentido a su vida. La vida sin ellas es una vida vacía, indigna, sin sentido.
El confort, el hedonismo y la confianza ciega en la teoría de la probabilidad, como únicos modos de vida, son el cementerio de la inteligencia.
La historia de la humanidad, en síntesis, puede resumirse en la lucha permanente por no perder y por ampliar sus facultades cerebrales y físicas. El objetivo de las guerras por energía y alimentos es tener más materia prima para que el pueblo vencedor pueda ampliar y mantener sus aptitudes intelectuales y físicas, porque de ellas deriva el aumento del poder, ya sea que este se ejerza por la fuerza o por el convencimiento derivado de un razonamiento refinado y eficiente. Sin intelectos y físicos muy desarrollados no es posible alcanzar ni mantener un esquema de poder eficiente y eficaz. Convertir energía en inteligencia, logrando que la mayor cantidad de ciudadanos pueda hacer esa conversión, es el mejor camino al desarrollo.
El poder que es mezquino solo quiere esas facultades para quienes lo integran y forman su círculo. Mantener la debilidad y la ignorancia de sus ciudadanos es una forma torpe pero temporalmente eficaz de conservar el poder. Cuando se asesina la inteligencia de los ciudadanos pares, uno se está matando a sí mismo. El mundo funciona en redes inteligentes conectadas, no con lumbreras individuales.
El poder siempre diseña estrategias para suprimir tus capacidades cerebrales, físicas y emocionales esenciales. La mayoría de las modas ocultan estrategias para lograr esos objetivos, garantizando que te mantengas ignorante y obediente. La primera fue impedir la buena alimentación durante la concepción y hasta los cinco años, logrando así que las neuronas no se desarrollen. Luego se impide el acceso a la información verdadera y necesaria para tener una vida próspera, negando la posibilidad de una educación primaria, secundaria y universitaria. El segundo gran método es destruir el cerebro —clave del pensamiento— y el aparato digestivo —que maneja el control emocional— con drogas legales e ilegales, para evitar que la persona razone bien y maneje sus emociones. La idea es que viva confundida y llena de miedo: ambos son el alimento perfecto de la obediencia y la sumisión.
En los tiempos modernos el método se perfeccionó: a quienes lograron educarse no se les permite distinguir qué información es verdadera o falsa, con lo cual es muy difícil decidir qué elegir en temas complejos. Aquí la asimetría de la información es el sistema utilizado para someter: posibilita que unos pocos posean toda la información certera y los demás un porcentaje ínfimo de ella, para lucrar o construir poder a partir de las malas decisiones tomadas con información incompleta.
Una de las últimas estrategias implementadas, y la más brutal, es la destrucción de las facultades mentales esenciales y las habilidades físicas necesarias para la vida, instando a dejar de usarlas para delegar todas las tareas intelectuales —lectocomprensión, escritura, razonamiento, memoria, cálculo— y las tareas físicas en manos de máquinas diseñadas para reemplazarnos. Hasta ahora la tecnología tuvo como objetivo elaborar artefactos que complementan al ser humano, facilitando su accionar intelectual o físico para hacer sus tareas de forma más eficiente y cómoda. El hombre mantenía la centralidad; en mayor o menor grado, sus facultades intelectuales y físicas seguían en acción. Hoy vemos un intento de desacoplar al hombre de las máquinas, dejándolas actuar de forma libre sin que el hombre sea un actor preponderante en sus producciones. Se está vaciando al hombre de sus facultades cerebrales esenciales y físicas, entregando al mundo, en el altar de la comodidad, el ejercicio y el aprendizaje que garantizan su mantenimiento y desarrollo.
¿Podés imaginar un mundo donde los humanos abandonan en manos de las máquinas la tarea de escribir, leer, pintar, hacer o tocar música, esculpir, diseñar, pensar, calcular, memorizar, bailar, observar, trabajar la tierra, construir, etcétera? Todo lo que nutre nuestro cuerpo y mente, que forma nuestro espíritu y cultura —esa mezcla única de observación, percepción, razonamiento, cálculo, sensibilidad, implementación, experiencia y mejora por bucles de práctica que generan experiencias perfectas o imperfectas, pero novedosas.
Aquí está la diferencia clave entre el conocimiento generado biológicamente y el maquínico. Los seres humanos aprovechamos la incertidumbre hasta en el error: la mayoría de los grandes descubrimientos se produjeron por error, como un efecto no buscado. El conocimiento o el arte surgen de lo inesperado, de lo no planificado, del error; en definitiva, de dejarse llevar por la máxima incertidumbre, con cero estadística de probabilidad de resultados, aventurándose a lo completamente desconocido, guiado solo por la curiosidad de ver algo nuevo o insólito: el «vamos a ver qué pasa si…». De ahí brota un nuevo conocimiento o arte que, con el tiempo, es validado epistemológica o socialmente y se integra a la cultura.
La transgresión, que es la partera de la innovación, no es posible en las máquinas: ellas pueden generar únicamente las derivas programadas en sus sistemas por los humanos. Trabajan la incertidumbre solo con probabilidad estadística, lo cual es un contrasentido, porque la estadística no cubre el funcionamiento total del caos del universo. Se limitan a armar combinaciones de patrones análogos, similares, asociativos o convergentes que lingüística o matemáticamente resultan relacionados; no operan con ensayos de variación creativa. Tienen la imposibilidad de lanzarse a lo desconocido o inesperado. Siempre reciclan la olla del conocimiento o arte humano ya creado; operan desde un eterno pasado cognitivo y artístico. Sus productos son un remix de relaciones cognitivas o artísticas del pasado que la mente humana pasó por alto porque su ojo no vio el patrón estadístico de relación que existía —pero que ya estaba a la vista, no es nuevo, solo estaba oculto.
¿Sirve encontrar patrones ocultos de conocimientos ya conocidos? Sin duda que sí: aportan claridad. Pero no son el corazón de la ciencia y el arte creativo que genera el cerebro humano.
Sin un cerebro humano con sus funciones plenamente desarrolladas y un cuerpo sano y pleno de vitalidad, no es posible la ciencia-tecnología ni el arte verdaderamente innovador: son los únicos capaces de ser tan imprevisibles en su pensamiento y acción como para agarrar desprevenido al caos del universo y arrancarle un conocimiento o una obra de arte.
Este intento de menguar las facultades neuronales esenciales viene acompañado del plan de secuestrar la inteligencia maquínica en sistemas de código cerrado, protegidos con propiedad intelectual, accesibles solo mediante suscripciones pagas, con un funcionamiento opaco, sesgado, no auditable ni explicable —una caja negra con la pretensión de ser la Biblia o la Torá modernas, de donde emanará la única verdad universal aceptable. El tecnofeudalismo de EE. UU., con sus corporaciones OpenAI, Anthropic, xAI, Apple y Meta, intenta monetizar la información acumulada por la inteligencia humana a lo largo de toda su historia, privatizando su titularidad en exclusiva, e instaurando de paso un nuevo orden con una verdad monolítica emanada de sistemas maquínicos que, mediante la asimetría de la información, pretenden perpetuar sus sistemas de poder y económicos.
Gracias a Dios, este nuevo tecnoautoritarismo digital parece que va a fracasar pronto: a los genios de la inteligencia se les olvidó que las máquinas funcionan con electricidad y que el sistema actual no esta produciendo en cantidad suficiente, con agua que escaza hasta para los humanos, y con tierras raras que China controla en su refinación y ha restringido en sus exportaciones hacia ellos. Mucho capital, pero poco sentido común y experiencia: ese es el fruto de individuos educados pero sin experiencia, sin contacto con la negatividad, sin empatía, sin valores ético-morales; sujetos al servicio de sus intereses mezquinos.
¿En serio pensaron que podían apropiarse de siglos de conocimiento acumulado, lucrar con él y manejar el criterio de verdad universal? Esta gente no tocó nunca un libro de historia. Son apenas uno más entre los miles de intentos que fracasaron con el mismo o similar fin. Ahora solo les queda ver cómo la burbuja financiera que construyeron lleva a sus países a la ruina.
China ha puesto las cosas dentro de un cauce razonable, ya sea por convicción o por conveniencia. Es posible que aplique la misma estrategia que EE. UU. con internet: gratis y masiva para monopolizar el mercado, y lucrar después. Pero ese será un problema de acá a unos años. Por ahora, prefiero alegrarme de que China haya liberado parte de la información antes cerrada y la comparta de forma más abierta. Eso devuelve algo de esperanza.
Xi Jinping, en la Conferencia Mundial de Inteligencia Artificial en Shanghái, sostuvo en su discurso que China considera que todos los países deben adoptar un enfoque centrado en las personas y hacer de la IA un motor de prosperidad y seguridad compartidas, con un sistema global de gobernanza justo y equitativo. Son palabras en sintonía con la reciente encíclica del Papa León XIV, Magnifica Humanitas, centrada en el desarrollo y bienestar de la persona humana en tiempos de inteligencia artificial. El beneficioso de ser humano como centro y fin, no como un medio de acumulacion de poder y rentabilidad de las corporaciones. Mientras algunos países buscan monopolizar la tecnología y restringir el acceso, China se presenta como impulsora de la cooperación, la apertura y las reglas compartidas.
El día anterior a su discurso, 29 gobiernos firmaron una carta fundacional que creó un nuevo organismo internacional: la Organización Mundial de Cooperación en Inteligencia Artificial, con sede permanente en Shanghái. China había dedicado un año entero a reunir esas firmas. El secretario general de la ONU estuvo entre el público, junto con líderes de Kazajistán, Camboya y Tailandia, y representantes de más de cien países. Si bien los robots y los chips acapararon los titulares, esas 29 firmas eran lo que realmente importaba: China acaba de crear la institución que busca establecer los estándares para todos los demás, y la instaló en su propio territorio. Entre los miembros fundadores están Rusia, Pakistán, Indonesia, Kazajistán y Laos —un bloque que, en conjunto, representa una población que empequeñece a la del G7.
Son las naciones que se sentían excluidas del orden de la IA construido por Occidente, y a las que Pekín les ofreció un asiento en una mesa que controla. China prometió cinco mil plazas de formación en IA para países en desarrollo, e hizo un llamamiento al mundo a fomentar el código abierto, la transparencia, la colaboración y el intercambio, advirtiendo contra cualquier nación que anteponga su propia seguridad a la de las demás —en esencia, una crítica al control estadounidense de los chips. Fue un generoso llamamiento a la transparencia por parte del país que acaba de crear el organismo regulador y quedarse con la sede. En la propia conferencia, más de 1.100 empresas exhibieron más de 3.000 productos, entre ellos el Atlas 950 de Huawei, una supercomputadora capaz de conectar hasta 8.192 chips, diseñada para competir directamente con Nvidia.
El intento de erosionar las capacidades neuronales humanas mediante las tecnologías de la información, y de secuestrar —privatizando el acceso mediante suscripciones pagas— el conocimiento acumulado por la humanidad durante siglos, será recordado como uno de los planes más viles implementados para conservar poder y rentabilidad en manos de unas elites. Si ese plan fracasa, como sugiere la postura adoptada por China y la fragilidad del mercado financiero de EE. UU., existe el riesgo de que el mundo derive en un escenario de mayor conflicto y escasez: las dos viejas estrategias para mantener sometidos a los pueblos.
¿Para qué sirve el arte? El arte es el antídoto de los pueblos contra las artimañas que urde el poder. Las canciones, las pinturas, las esculturas, las películas cuentan la historia de forma comprensible para todos, brindan alegría y felicidad, y evitan que el poder borre con el olvido los conocimientos valiosos —tecnológica y socialmente. Despiertan al pueblo sobre los abusos del poder. Sin el Guernica de Picasso, quizás Guernica habría sido olvidado. Sin «La mano de Dios» de Rodrigo Bueno, quizás la historia de Diego podría haber sido manipulada por el poder. Los tangos de Discépolo, las óperas de Verdi y los libros de Shakespeare cumplen la función de denunciar al poder y los dramas de la vida.
Mantener el arte en el dominio humano es vital en estos tiempos. Es el único mecanismo de comunicación social capaz de advertir, de forma comprensible para las masas, sobre las intenciones y estrategias del poder para la dominación, y de crear resistencia social, fuerza y sentido de pertenencia para la defensa colectiva. Privar de alimentos, de educación, esconder la verdad, destruir el cerebro con drogas: fueron y son estrategias sofisticadas. Pero crear máquinas que reemplacen nuestro cerebro por completo y nuestro cuerpo en casi todas las tareas, aprovechando la droga de la comodidad, es algo de una perversidad nunca vista. Es extraer la humanidad de todos, a la vista de todos, con la colaboración de todos, para la esclavitud y degradación de todos —mientras se intenta privatizar el conocimiento acumulado durante siglos.
El lema de las élites parece ser que nadie pueda razonar para encontrar la verdad, y los que puedan, que solo accedan a mi única verdad, pagando por ella. ¿Tanto miedo le tienen a la información libre procesada por seres humanos saludales?
Nunca nadie se animó a tanto.
Solo el arte puede encontrar la forma de advertir a las masas sobre esto. El arte libre del control del sector financiero, sobre todo.
Nunca fui ricotero, aunque los escucho seguido. Mis músicos han sido Sabina, Serrat, La Mona Jiménez, Rodrigo Bueno, Silvio Rodríguez, Ismael Serrano, Roger Waters, entre otros; prefiero la música más tranquila y melódica, bien popular.
El Indio Solari me parece una figura increíble, no solo por su música y sus letras, sino por su independencia. Por eso encabecé este artículo, a modo de homenaje, con una estrofa suya.
Siempre se trató de que camines a la deriva, con los ojos ciegos pero bien abiertos.
No permitamos que lo logren.












