El anuncio preliminar de Donald Trump sobre el fin del conflicto en Irán, realizado durante la semana del 15 de junio, abrió un nuevo escenario de estabilización para el mercado energético global. La reacción se reflejó en las cotizaciones internacionales del crudo y activó un debate sobre la velocidad y la sostenibilidad de la corrección de precios, además de sus efectos sobre la inflación y los mercados en América Latina.
Alfredo Marentes, analista de mercados de VT Markets, sostuvo que el mercado había anticipado la firma del acuerdo y describió el ajuste posterior. “Desde el anuncio preliminar del 15 de junio, el WTI cayó más del 4% a la zona de 80–81 dólares y el Brent retrocedió a 83–84, mínimos desde el inicio del conflicto”, dijo. En ese marco, recordó que “en el pico de la crisis, el Brent tocó los 126 dólares, registrando la mayor subida mensual en la historia del mercado petrolero”.
El acuerdo estipula la apertura del Estrecho de Ormuz sin peaje por un período de 60 días, aunque el restablecimiento del tránsito marítimo se proyecta gradual por factores logísticos y operativos. Entre los elementos que pueden demorar la normalización aparecen las tareas de limpieza de minas y seguridad; estimaciones de hasta cuatro meses de tránsito sin incidentes para que aseguradoras y armadores normalicen primas y rutas; y la logística de los viajes de ida y vuelta a Asia, que demanda entre 45 y 50 días, con prioridad para buques de GNL y petroleros. También inciden los tiempos que requerirán Arabia Saudita, Iraq y Emiratos Árabes Unidos para recuperar su ritmo máximo de producción tras recortes aplicados durante el conflicto.
En paralelo, se ajustaron proyecciones financieras. Goldman Sachs redujo su pronóstico de Brent a US$ 80 para el último trimestre de 2026, frente a los US$ 90 estimados previamente, y a US$ 75 para el promedio de 2027. Marentes advirtió que persiste una volatilidad latente: “Si el acuerdo se rompe, la reversión por encima de 100 dólares sería rápida. La prima de riesgo residual de 5–10 dólares se mantiene mientras el programa nuclear iraní e Israel–Líbano sigan sin resolverse”.
A nivel sectorial, el análisis identifica como potencialmente beneficiadas a las aerolíneas, el transporte marítimo, la petroquímica, los fertilizantes, la manufactura intensiva en energía, el consumo discrecional y las monedas emergentes, por una menor inflación importada. En América Latina, la crisis energética previa se vinculó con depreciaciones en el peso argentino, el real brasileño y el peso chileno, junto con presión inflacionaria importada a través de combustibles y fertilizantes; la implementación del acuerdo podría invertir ese flujo, con un ritmo condicionado por los primeros 60 días.
Para la economía argentina, el impacto aparece como doble por su perfil productivo. “Argentina es el caso más matizado por ser un exportador neto de energía, con un superávit energético proyectado superior a los 7.300 millones de dólares impulsado por Vaca Muerta”, dijo Marentes. Al mismo tiempo, planteó que una baja del barril ayudaría a contener la inflación doméstica y mejoraría el apetito de riesgo global, con efecto sobre el riesgo país y el acceso a financiamiento, aunque un Brent por debajo de US$ 55–60 “pone en revisión la rentabilidad de los proyectos shale en la cuenca neuquina”.












