En los hogares mexicanos, el Día de Muertos se activa antes de cualquier fecha del calendario: empieza en la memoria y en los preparativos del altar. En ese espacio, entre retratos, veladoras, comida y pan de muerto, la botella de tequila se incorpora como parte de la ofrenda y como gesto de bienvenida para el reencuentro simbólico.

La presencia del tequila en el altar no se plantea como un objeto decorativo. Colocarlo en la ofrenda se vincula con un ritual de bienvenida arraigado en la cosmovisión y el sincretismo nacional. En ese marco, el Instituto Nacional de Antropología e Historia y la Secretaría de Cultura de México asocian los licores y destilados de agave con los elementos de la tierra —de donde brota el agave— y del fuego, en un esquema que equilibra energías vinculadas con el regreso de las almas.

Tradición y diseño contemporáneo

Sobre esa herencia cultural, Tequila Design propone entrelazar la devoción popular con la curaduría visual y el diseño contemporáneo a través de la hiperpersonalización de botellas de tequila blanco 100 % agave. La iniciativa busca que el objeto que se coloca en el altar pueda incorporar imágenes y diseños asociados a la fecha.

“Esta temporada transformamos el cristal en un tributo lleno de memoria y tradición”, comentó Diego Castro, CEO de Tequila Design. En la misma declaración, el directivo agregó que cada botella es una pieza de arte personalizada.

La propuesta contempla distintos recursos visuales para la personalización. Entre las alternativas, se incluyen desde la foto de un ser querido para recordarlo en el altar hasta diseños de catrinas y calaveras, pensados como un recuerdo del Día de Muertos.

Un objeto que permanece

El planteo también pone el foco en lo que ocurre después del ritual. La botella, una vez que se apagan las velas y se desmonta la ofrenda, mantiene su lugar como objeto de recuerdo en el hogar. En esa lectura, el ciclo del altar no agota el sentido de la pieza: el tributo se proyecta hacia la vida diaria.

En términos simbólicos, transformar cada botella en un homenaje hecho a medida busca que la memoria familiar trascienda el Día de Muertos. En esa continuidad, el recuerdo deja de limitarse a una fotografía y se materializa en una pieza original que se conserva en la casa.