Entre el buenismo paralizante y la fantasía punitiva. Lo que desnuda una serie coreana sobre nuestro fracaso educativo

Por Flavio Buccino para revista Mercado

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Escuchaba hace unos días a Mariano Narodowski, un amigo y conocido especialista en educación durante una entrevista que concedió a la radio Cadena 3. En medio de su siempre lúcido diagnóstico -no necesariamente compartido siempre ciento por ciento por mí- sobre la crisis estructural que atraviesa nuestro sistema escolar, lanzó una propuesta que captó mi atención de inmediato: sugirió mirar la miniserie surcoreana “Así aprenderás”, basada en el polémico webtoon Get Schooled, como un ejercicio necesario, un disparador ineludible para dimensionar las tensiones extremas que hoy se viven en las aulas. Movido por la curiosidad y el respeto intelectual que tengo sobre los análisis de Mariano, acepté el convite y me sumergí en sus episodios. Debo confesar que intercambié con él hasta un par de whatsapp posteriormente a ver los dos primeros capítulos. Lo que encontré me dejó profundamente inquieto, no tanto por la crudeza gráfica de su trama, sino por el peligroso consuelo emocional que ofrece al espectador: cuando la ficción distópica se convierte en el anhelo inconfesable de quienes habitan la realidad, estamos ante un síntoma de colapso que ninguna sociedad debería ignorar. Un colapso que bien define Mariano en su libro “Colapso de la Educación”. Es así como la miniserie surcoreana ha irrumpido en las pantallas ofreciendo un espectáculo tan magnético como angustiante: un universo donde la violencia escolar, el acoso extremo y la impunidad de los menores han llegado a un punto de no retorno, obligando al Estado, más precisamente el Ministerio de Educación coreano, a crear la Oficina de Protección de Derechos Escolares (OPDE). Los agentes de esta oficina, ex militares, despojados de las ataduras de la corrección política, aplican métodos brutales, humillantes y hasta extrajudiciales para someter a los estudiantes agresores y restaurar el orden en las aulas.

El verdadero problema que plantea esta obra no radica en su violencia gráfica ni en su dudosa moralidad, sino en la innegable catarsis que provoca en el espectador. Esa satisfacción íntima que experimentamos al ver al inspector Na Hwa-jin destrozar la arrogancia de un adolescente intocable no es sed de sangre; es el grito ahogado de una sociedad que asiste, paralizada, a la desintegración del pacto socioeducativo. Sin embargo, utilizar este alivio emocional como brújula pedagógica es caer en una trampa mortal. La fascinación por el neopunitivismo que exuda la serie nos obliga a dar un debate honesto y profundo sobre el estado de nuestra educación, un debate que debe navegar el finísimo y peligroso desfiladero que separa la ingenuidad de cierto progresismo dogmático y la brutalidad de las visiones totalitarias.

Para comprender cómo podemos llegar al punto de fantasear con escuadrones paramilitares para resolver conflictos de la escuela secundaria, primero debemos mirar de frente el vacío que originó el caos: la renuncia al rol del adulto. A lo largo de las últimas décadas, en un intento loable por democratizar la educación y desterrar los modelos autoritarios del pasado, se produjo una confusión trágica con el concepto de autoridad. En el afán de horizontalizar los vínculos, el mundo adulto abdicó de su responsabilidad de sostener la asimetría fundamental que requiere todo acto pedagógico. Educar no es un acto entre pares; es un acto de transmisión donde una generación asume la responsabilidad de introducir a la siguiente en el mundo, marcando límites, normas y horizontes.

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Hannah Arendt, en su ensayo sobre la crisis en la educación, ya advertía que negarse a asumir esta autoridad era una forma de abandonar a los niños a la intemperie. Hoy, ese abandono ha tomado la forma de una orfandad institucional masiva. El docente, históricamente investido por el Estado y la familia con una autoridad simbólica que lo respaldaba, ha sido despojado de sus herramientas y arrojado a un ruedo donde las reglas cambian constantemente. Se le exige que sea contenedor emocional, mediador social, innovador tecnológico y garante de la seguridad física, pero se le niega el respaldo institucional básico para ejercer cualquiera de estas funciones.

En este escenario de orfandad, el aula ha mutado. Ya no es el “templo cívico de la modernidad”, sino un apéndice de las lógicas del mercado. La mercantilización de la educación ha transformado a las familias de “sujetos de la comunidad educativa” a “clientes”, y al estudiante en el “consumidor final” (o en el “producto de inversión”) de un servicio. Cuando la escuela se percibe como una empresa que expide credenciales para el éxito futuro, el docente se reduce a un operario descartable. Si el empleado obstaculiza el avance del cliente -por ejemplo, reprobando a un alumno por falta de mérito o sancionándolo por una inconducta grave-, el “cliente” exige su remoción. Las direcciones escolares, muchas veces aterrorizadas por la pérdida de matrícula o el daño a la imagen institucional, ceden ante la presión. El resultado es un docente paralizado por el miedo: miedo a la denuncia infundada, al escrache en redes sociales, al sumario administrativo o, como muestra descarnadamente la serie, a la agresión física y psicológica constante.

Esta dinámica de mercado se retroalimenta con la creación de un ecosistema hipercompetitivo que, lejos de formar ciudadanos empáticos, funciona como una fábrica de sociopatías adaptativas. Corea del Sur es quizás el ejemplo más exacerbado de este fenómeno, con su presión asfixiante por el ingreso a las universidades de élite (el Suneung), pero es un espejo donde todo Occidente puede mirarse. En sociedades donde el valor de un ser humano se mide exclusivamente por su éxito académico y su futura rentabilidad económica, la empatía se convierte en un lastre evolutivo. Los antagonistas que vemos en “Así aprenderás” no nacieron monstruos; son el producto perfecto de un sistema que premia el individualismo atroz y justifica cualquier atrocidad si esta garantiza la supervivencia en la cima de la pirámide. Los padres que tapan las violaciones o las palizas que cometen sus hijos no lo hacen por amor, sino para proteger la “inversión” de un legajo impoluto.

A este ecosistema mercantilizado debemos sumarle el impacto devastador de las tecnologías de la información y la comunicación, que actúan como aceleradores de esta hipercompetitividad. Los smartphones y las redes sociales han dinamitado las paredes del aula, extendiendo la crueldad y la vigilancia a las veinticuatro horas del día. En la lógica del mercado, el estatus social del adolescente se cuantifica en likes, seguidores y viralidad; destruir la reputación de un rival o humillar a un docente frente a una cámara se convierte en una transacción rentable para acumular capital social. A su vez, la irrupción de la inteligencia artificial consolida la visión de la educación como un mero trámite transaccional: si el objetivo final no es el aprendizaje profundo ni la formación ciudadana, sino la obtención de una calificación que garantice el éxito futuro, el uso de algoritmos para automatizar tareas escolares es visto por estos jóvenes como una optimización eficiente del tiempo, no como un fraude ético. La tecnología, lejos de democratizar el saber, ha perfeccionado las herramientas con las que los estudiantes compiten salvajemente entre sí y extorsionan a un mundo adulto que observa, analfabeto y perplejo, cómo sus propias creaciones tecnológicas terminan por desautorizarlo.

Frente a esta sofisticada “barbarie de guante blanco”, emerge una de las paradojas más dolorosas que el debate contemporáneo debe enfrentar, y que la serie acierta en retratar con agudeza: la instrumentalización perversa de las leyes de protección. Los marcos normativos y los protocolos de convivencia fueron diseñados, desde una perspectiva de derechos humanos y progresismo bien entendido, para proteger a los estudiantes de los abusos institucionales y del maltrato adulto. Eran el escudo necesario tras siglos de “pedagogía del castigo”. Sin embargo, en el vacío de autoridad actual, esos escudos han sido apropiados por los agresores para forjarse espadas de impunidad.

Los victimarios modernos, escudados en su condición de menores de edad, conocen el reglamento a la perfección y lo utilizan para extorsionar, acorralar a sus víctimas y maniatar a sus profesores. Saben que cualquier intento de reprensión física o verbal por parte del adulto puede ser denunciado como “violencia psicológica”. El garantismo extremo y bobo, al negarse a reconocer la existencia de la crueldad o la malicia calculada, termina revictimizando a los más vulnerables y dejando al docente en una situación de indefensión absoluta. Cuando el sistema exige pruebas irrefutables para sancionar a un acosador, pero acepta acusaciones anónimas para suspender a un maestro, la justicia escolar se convierte en una farsa burocrática.

Es precisamente en este punto de asfixia institucional donde germina el peligro del fascismo y donde “Así aprenderás” lanza su dardo más venenoso. Ante la lentitud desesperante de los protocolos de mediación, la inoperancia de los círculos de diálogo restaurativo que no logran frenar el sangrado inmediato de las víctimas, y la cobardía de las administraciones, la promesa de una autoridad aplastante e inapelable se vuelve irresistible. El neopunitivismo se disfraza de justicia expedita. Nos seduce la idea de que la solución a la complejidad estructural es un hombre fuerte que golpee la mesa (o el rostro del acosador) devolviendo el miedo a quienes lo han infundido.

Pero ceder a esta fantasía es firmar la claudicación definitiva de la educación. El autoritarismo punitivo no resuelve las causas de la violencia; simplemente monopoliza su ejercicio. Si la única razón por la que un adolescente no destruye a su compañero es porque teme ser humillado a golpes por un agente estatal, entonces no hemos educado a un ciudadano, hemos amaestrado a un sobreviviente temporal. El castigo ejemplar, individualizado en el “villano” de turno, nos exculpa como sociedad de nuestra responsabilidad en la creación de ese monstruo. Nos permite aplaudir el desenlace violento y volver a dormir tranquilos, ignorando que la maquinaria hipercompetitiva y mercantilista de fondo sigue intacta, lista para escupir a un nuevo acosador al año siguiente.

El desafío titánico que enfrentamos los especialistas, los docentes y la sociedad en su conjunto es romper esta falsa y letal dicotomía. No podemos permitirnos quedar atrapados entre un progresismo paralizante que, en su idealización romántica de la infancia, se niega a poner límites claros, y un fascismo reactivo que busca resolver los conflictos sociales mediante la aniquilación de los cuerpos y las voluntades. Necesitamos transitar hacia un tercer espacio: la construcción de una autoridad democrática, firme y cuidadora.

Reconstruir el contrato pedagógico exige, en primer lugar, que los adultos volvamos a ocupar nuestro lugar. Esto significa que el Estado y las familias deben devolverle al docente la presunción de legitimidad. No se trata de volver a la época donde la palabra del maestro era incuestionable de forma dogmática, sino de establecer un marco de confianza donde su intervención pedagógica no esté sujeta a la amenaza administrativa o judicial permanente. Para ello, necesitamos protocolos de actuación que protejan genuinamente la integridad física y mental de los maestros, permitiéndoles intervenir en situaciones de violencia sin el terror a perder sus carreras.

Asimismo, requiere que la sociedad civil deje de tratar a la escuela como una guardería, una “playa de estacionamiento de pibes” o como un centro de adiestramiento corporativo, y vuelva a exigirle su rol fundamental: el de ser el “espacio público” donde se ensaya la vida en común. La inclusión no puede ser sinónimo de impunidad, y la comprensión de los contextos vulnerables no puede usarse como excusa para tolerar la destrucción de los lazos comunitarios en el aula. Si un estudiante ejerce violencia extrema, debe existir un límite claro, contundente y con consecuencias tangibles. La sanción, despojada de su carácter de venganza o humillación, debe recuperar su valor pedagógico como la frontera que la sociedad establece para proteger las formas de convivencia humana donde las personas compartimos no solo un espacio físico, sino también -en distintos grados- bienes materiales, tareas, responsabilidades y vínculos afectivos y comunitarios.

“Así aprenderás” no es entonces una guía de acción. No se equivoquen. Es en realidad, la radiografía de un fracaso colectivo. Es el síntoma febril de una sociedad que, al haber renunciado a educar con firmeza y amor, se encuentra de pronto fantaseando con someter en base al terror. Por lo tanto, nuestro deber ético es mirar ese reflejo, comprender la profunda angustia de la que emerge, y tener la valentía política y pedagógica de reconstruir una escuela donde los adultos asuman su rol de guías, no para quebrar voluntades a golpes, sino para sostener el mundo lo suficiente como para que las nuevas generaciones puedan transformarlo.

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