Octubre abre el último trimestre y, en muchas organizaciones, instala una percepción de cierre anticipado que condiciona decisiones y prioridades. Para Santiago Fernández Escobar, especialista en comportamiento humano, liderazgo y alto rendimiento organizacional, la explicación no está en el calendario sino en cómo las personas registran el paso del tiempo: una distancia entre lo que marca la agenda y lo que “registra la cabeza” que influye en lo que se hace y en lo que se posterga en el tramo final del año.
El especialista plantea que marzo y octubre expresan un mismo fenómeno leído en direcciones opuestas. Marzo cierra el primer trimestre y, aun así, persiste durante semanas la sensación de que “el año todavía no empezó”. Octubre, en cambio, abre el último y produce la idea contraria: “ya está todo jugado”. En su mirada, ambas lecturas resultan imprecisas, aunque operan con fuerza sobre la conducta organizacional. Además, en octubre la urgencia del cierre vuelve visibles las postergaciones acumuladas desde los primeros meses.
Sesgos y cierres simbólicos
Fernández Escobar vincula esta dinámica con hallazgos de la psicología del comportamiento. Cita el trabajo de Buehler, Griffin y Ross, publicado en 1994 en el Journal of Personality and Social Psychology, que documentó la llamada falacia de planificación: la tendencia a subestimar de manera sistemática cuánto tiempo demandarán las tareas, incluso cuando existe experiencia previa que indica lo contrario. En esa lógica, enero suele percibirse como un punto de partida donde “el año parece alcanzar para todo lo que queremos hacer”.
En Argentina, agrega el especialista, se suma una capa adicional vinculada a hitos que reordenan agendas. Las elecciones se repiten cada dos años, “siempre en los impares”; los Mundiales, cada cuatro, “en los pares y por lo general a mitad de calendario”. En ese marco, planificar contra un calendario de doce meses parejos es planificar contra algo que casi nunca ocurre, ya que tres de cada cuatro ciclos llegan con un acontecimiento que, según describe, a algunos los saca del foco y a otros les sirve como motivo para postergar decisiones.
Diciembre, a su vez, opera como cierre simbólico. Aunque nada en un negocio termina realmente el 31 de diciembre, el balance, la evaluación de desempeño, la conversación de cierre y los festejos se ordenan alrededor de esa fecha. El autor menciona el peak-end rule: la tendencia a evaluar una experiencia por su momento más intenso y por cómo terminó, más que por su duración. Un metaanálisis publicado en 2022 en Organizational Behavior and Human Decision Processes lo confirma sobre decenas de estudios.
Priorizar y sostener el ritmo
En ese escenario, el especialista define una forma exigente de priorizar: “Elegir qué —de lo importante— no vamos a hacer en los próximos meses”. Para hacerlo, propone dividir los objetivos en tres grupos: los que se cumplen sosteniendo el ritmo actual; los que se cumplen si se les asigna prioridad desplazando otras tareas; y los que ya no llegan razonablemente y conviene cerrar o trasladar al ciclo siguiente.
Como condición previa, plantea contar con una lista escrita de objetivos. Sostiene que buena parte de las pymes argentinas no la tiene y que, sin ese listado, no hay nada que priorizar ni nada que abandonar. Con lo que queda en esa lista, el desafío pasa a ser el ritmo: “La regularidad es más importante que la épica”, afirmó Fernández Escobar.


