La actual temporada en las costas de Puerto Madryn y la Península Valdés, en Chubut, registra una mortandad de crías de ballena franca austral muy superior a los promedios históricos. Los primeros ejemplares comenzaron a aparecer sin vida en junio y el fenómeno se intensificó en las últimas semanas.
Las estimaciones preliminares de especialistas ubican en alrededor de 350 los ballenatos muertos a lo largo del litoral costero. La cifra equivale a entre el 70% y el 80% de las crías nacidas durante este año, un nivel que reabrió el debate sobre el resguardo efectivo que el Estado garantiza sobre la fauna marina en ecosistemas que figuran como áreas protegidas.
Reclamos por fiscalización y recursos
En ese marco, la organización Sin Azul No Hay Verde cuestionó la capacidad estatal para monitorear y fiscalizar lo que ocurre en esos ambientes y reclamó que se investigue el origen de los patógenos. Su coordinador, Juan Coustet, coordinador de Sin Azul No Hay Verde, advirtió que la complejidad del fenómeno requiere tiempo y evidencia, pero sostuvo que ese proceso no exime a las autoridades de su rol. “Mientras la ciencia investiga, el Estado tiene la responsabilidad de monitorear, controlar, informar”, señálo Coustet.
El reclamo también se enfocó en la disponibilidad de información pública y en las limitaciones materiales para investigar. “Lo que está mal es que falten recursos para investigar”, afirmó Coustet, al enumerar además la falta de controles en áreas protegidas y la ausencia de datos públicos sobre el impacto del sector privado en el agua.
Hipótesis bacteriana y posibles factores
En paralelo, investigadores del Conicet y del Instituto de Conservación de Ballenas trabajan para determinar las causas de los decesos. La principal línea de investigación apunta a un brote de erisipela, una enfermedad provocada por la bacteria Erysipelothrix rhusiopathiae. Reportes iniciales emitidos por guardafaunas del área indican que el 90% de los animales analizados dio positivo a ese microorganismo.
Aunque los científicos aclaran que no corre riesgo la supervivencia de la especie a mediano plazo, la detección de la bacteria instaló preguntas sobre la calidad del agua. También se planteó la necesidad de establecer si la proliferación bacteriana responde a un ciclo natural o si se vincula con el volcado de efluentes urbanos, desechos industriales o el descontrol sobre el agua de lastre que descargan buques comerciales en zonas de cría.
Un antecedente sumó complejidad al análisis: un estudio publicado por el Instituto de Conservación de Ballenas detectó la presencia de la misma bacteria en lesiones provocadas por ataques de gaviotas cocineras sobre crías durante la temporada 2013. La sobrepoblación de esas aves se relaciona con basurales a cielo abierto y con los volúmenes de descarte generados por el sector pesquero.


