viernes, 1 de mayo de 2026

    El fin de los tiempos

    Fin de siglo y fin de milenio; somos espectadores privilegiados de algo que sólo sucede, precisamente, cada mil años. La última vez que pasó, buena parte de la humanidad creía que había llegado el fin de los tiempos. Hoy los argumentos tal vez sean otros, pero los temores persisten. Incluso en nuestro medio, donde el pensamiento apocalíptico al estilo de “esto se acaba” o “esto no va más” parece dominar en amplios sectores de la opinión pública. No es sino un ejemplo más del típico reduccionismo facilista argentino: todo o nada, blanco o negro, “potencia mundial” o “libanización terminal”. Hace unas décadas, Erich Fromm se preguntaba si podría sobrevivir el hombre; entonces

    la respuesta era más bien un interrogante. Hoy podemos ser más concretos, al menos en la pregunta: ¿Llegaremos al 2000? MI opinión es que sí y voy a tratar de fundamentarla en estas pocas líneas.

    Esa misteriosa criatura que llamamos “el hombre” está formada, en su faceta anímica, por componentes racionales e irracionales. Esto lo supimos desde siempre, pero algo cambió hace 50 años; la posibilidad cierta de autodestrucción masiva de la humanidad. Con todo su terror, las experiencias de Palo Alto o la realidad de Hiroshima fueron juegos de niños comparados con lo que habría de seguir: la bomba de hidrógeno, el plutonio, la bomba neutrónica. Pero eso seguía siendo poco: los ingenios nucleares no valen gran cosa si no se los puede colocar en blancos a distancia, es decir que hacen falta misiles.

    Pronto estuvieron disponibles los de cabeza múltiple y alcance intercontinental, con una precisión balística que asusta. Pero tampoco ése era el límite: ahora también el espacio exterior es escenario de guerra, en una escalada que parece no tener fin.

    Hace 50 años que convivimos peligrosamente con el poder nuclear, pero también convivimos con las armas químicas, los gases neurológicos, virus, bacterias y venenos de escalofriante poder, napalm, defoliadores, bombas de fósforo. En otras palabras, no sólo la capacidad de destrucción, sino también la máxima perversidad concebible.

    Al mismo tiempo, en estos cincuenta años, el hombre se acostumbró a convivir con muchas otras cosas cuya sola mención causa miedo: la posibilidad cierta de la manipulación genética humana, porque ya estamos explorando el ADN, el corazón del código genético. Hemos desatado fuerzas tremendas, cuya intención final puede ser tan buena o tan mala como el hombre lo decida: la robótica, la informática, la explosión de los medios de comunicación masiva, todas armas tan formidables o más que los artefactos específicos del “arte” de la guerra.

    Y sin embargo, a pesar de todo lo dicho, estamos aquí; la prueba de que, entre aquellos dos componentes del hombre, predomina el racional sobre el irracional, es que estamos aquí. Tal vez ese predominio sea insignificante, pero por pequeño que sea todo indica que está triunfando. De otro modo, hace años que nos hubiéramos autodestruido. El hecho de que dispongamos del instrumental y de que esas tecnologías -incluida la nuclear- sean hoy prácticamente de dominio público, demuestra que el género humano es capaz,

    después de todo, de controlar esas fuerzas tremendas de que ahora dispone.

    Es verdad que no siempre las está administrando bien.

    Es cierto que estamos aquí los que estamos vivos, pero también que muchos murieron y siguen muriendo todos los días, víctimas de irracionalidad y la estupidez humanas.

    Negar esto sería necio, pero lo importante es que se puede hacer un imperfecto balance general, cuyo resultado es levemente positivo. Es poco en cierto sentido, pero es muchísimo de cara al futuro de la humanidad. Entre otras cosas porque ese resultado prueba que la humanidad tiene futuro.