En todas las épocas, la atención de los observadores de la realidad nacional apuntó al conocimiento de los hombres de la intimidad presidencial, como una forma más de intentar desentrañar el origen de algunas decisiones, sus motivaciones o aun contradicciones.
¿Cómo no preguntarse hoy quiénes son los elegidos por Carlos Menem para sentirse asistido, confortado o regañado frente al cúmulo de determinaciones oficiales que le demanda el ejercicio de su cargo?
Una investigación en tal sentido supone deslizar una primera aproximación: el actual Primer Mandatario no tiene o no exhibe un “alter ego”, un único consejero áulico, un confidente permanente.
Ocurre que el largo ejercicio político de los hombres públicos se va haciendo por etapas, que proyectan y desplazan en sus vaivenes a aquellos elegidos que se acercan a la intimidad del poder, sea del nivel que fuere.
Algunos de esos apóstoles superan, por supuesto, tales altibajos; ése puede ser el caso de Eduardo Bauzá, actual secretario general de la Presidencia de la Nación, instalado junto al doctor Menem, con una rara particularidad: su despacho se comunica directamente con el del Primer
Mandatario, sin el estricto control de acceso que impone en otro lugar la presencia del edecán militar.
Una adecuación más o menos reciente no correspondió a este gobierno sumó intimidad al señalado contacto entre el presidente de la Nación y el secretario general: un “vitraux”, colocado frente a ambas puertas correspondiente a los dos despachos, proyectó la presencia protocolar de los
granaderos que hacen guardia en el ámbito del poder político nacional, fuera de la eventual recorrida interna de los protagonistas.
El itinerario de Bauzá sufrió alteraciones recientes, pero nunca se alejó de la intimidad presidencial, debido a la propia acción oficial: fue originalmente ministro del Interior, cargo que dejó para pasar a ser ministro de Salud y Acción Social y recalar finalmente en el despacho vecino al del Primer Mandatario.
Bauzá el primer funcionario del gobierno entonces electo que llegó hasta la Casa de Gobierno para iniciar las conversaciones de transferencia del poder con el gobierno saliente es un abogado mendocino, que arribó un buen día a la provincia de La Rioja para ofrecerle al, en aquella época, gobernador Menem, un plan cooperativo para la transformación de la tierra improductiva que entusiasmó al mandatario e hizo que lo incorporara a su administración. Así nació una relación que no se ha interrumpido.
El secretario general de la Presidencia tiene la condición indispensable para asistir al Primer Mandatario: se muestra absolutamente subordinado a su estilo protagónico. Aparece como un funcionario austero, casi monacal, que concreta diariamente largas jornadas oficiales que comienzan antes que llegue el Presidente y prosiguen una vez que éste deja la Casa de Gobierno.
Para algunos, no sólo es el asistente mayor del doctor Menem: es también su ministro del Interior, ocupando un espacio que cedió sin luchar el actual titular de la cartera política.
Bauzá según la cronología de la actividad oficial no ha faltado a ninguna de las reuniones del presidente de la Nación, aunque correspondan a los temas más disímiles, sin descartar, por cierto, los económicos, especialidad a la que el secretario general prestó atención; tanto, que alguna vez soñó como eventual ministro de Economía.
El Entorno Intimo.
Con una situación económica relativamente desahogada integra una firma fideera familiar , Bauzá parece ahora absolutamente dedicado a la política, a respaldar las decisiones del presidente de la Nación y a interpretar desde la cercanía del poder la influencia del grupo “celeste”, que integra junto al hermano del presidente de la Nación, Eduardo; el diputado nacional José Luis Manzano, Rodolfo Díaz, León Arslanian y otros.
A dos de esos nombres hay que incluir necesariamente entre los hombres del Presidente: Eduardo Menem y Manzano. Al primero por obvias razones familiares, y al segundo porque, aun en medio de las resistencias y de las versiones en torno a sus movimientos, se ha constituido para Menem en un valioso ejecutor de sus directivas: “Manzano hace todo rápido y bien y además es una mente lúcida”, deslizan quienes justifican cerca del Primer Mandatario el favor que éste le prodiga.
Otro caso es la del empresario de la indumentaria Armando Gostanian, actual titular de la Casa de Moneda: sus repetidas visitas a la Casa de Gobierno y su reconocida intimidad con el Presidente le otorgan las calidades de los elegidos para atenuar la reconocida “soledad” presidencial.
Otro personaje de la cercanía oficial es el legendario financista Jorge Antonio, un hombre que allega al actual mandatario la experiencia y la sapiencia que pudo mamar nada menos que cerca de Juan D. Perón, a quien rodeó en su exilio madrileño, luego que éste le abriera las puertas de su
éxito económico en la década del ´40.
Don Jorge puede tributar a Menem actualmente el nada desdeñable servicio de la experiencia, sumado a la adscripción mutua a una doctrina política y a los ancestros árabes.
En otro nivel de cercanía y afecto, quizá haya que incluir en esta lista, que pretende penetrar en la intimidad del consejo o la reflexión reclamados por el Primer Mandatario (y por razones coyunturales), al actual ministro de Economía y a quien lo fue, en un duro momento, en que no abundaron los candidatos: Erman González.
Tampoco debe marginarse, a pesar de su actual ostracismo, la cercanía de Alberto Kohan, quien sigue manteniendo una afectuosa relación con el presidente de la Nación, por encima del utilitario reclamo que significa seguir siendo su compañero en las tenidas tenísticas.
Así y todo, algo es cierto: todos los presidentes de la Nación debieron sentirse absolutamente solos al momento de tener que estampar la firma frente a una delicada medida, por encima del barullo del protocolo y de la reconfortante presencia de sus insobornables colaboradores, y aun del inestimable calor familiar.
De la señalada enumeración parece lógico deducir que no se perfilan, entre los hombres del Presidente, personalidades a las cuales pueda atribuírseles definitiva influencia ideológica o doctrinaria: la estridente personalidad presidencial se exhibe como ajena a tales influencias.
Consultadores vs. Influyentes.
Quizá el opuesto a esa actitud de rodearse de “consultadores”, más que de “influencias”, haya que buscarlo en Arturo Frondizi, quien rigió los destinos de la Nación entre 1958 y 1962, intentando un esfuerzo modernizador del país que aún está pendiente.
El entonces Primer Mandatario tuvo a su lado a casi un “alter ego”, Rogelio Frigerio, mentor de la política privatista en materia petrolera, y de notoria influencia doctrinaria en el poder de entonces. Tanto llegó a brillar dicha presencia que una de las imposiciones del alocado poder militar de esa época que terminó, finalmente, con el ejercicio democrático, fue exigir el retiro de
Frigerio de la Casa de Gobierno, algo que logró como una de las tantas transacciones que no sirvieron, sin embargo, para que el objetivo de la separación presidencial se materializara de cualquier manera.
Habrá que recordar, por otra parte, que aquel malhadado golpe militar que terminó con el gobierno constitucional de Arturo Frondizi, sirvió para ratificar sus condiciones de político excepcional que mostró en la década del ´50 al ´60.
Como lo supo recordar el historiador Félix Luna, privilegiado depositario de un proyecto de memorias del presidente provisional en aquella oportunidad, el doctor José María Guido, Frondizi, aun destituido, aun desde la cárcel, supo influir en las decisiones de sus ajusticiadores: no sólo logró romper la tradición del golpe militar, incorporando a un civil como Guido, con la asistencia jurídica
del entonces titular de la Corte, Julio Oyhanarte, sino que se dio el lujo de nominar a quienes serían los ministros del gabinete militar: ¡algo así como la revolución de la revolución!
Una referencia inevitable en un intento de aproximación a los hombres del Presidente, es la de Juan D. Perón. No nos referiremos, claro, a su declinante tercera presidencia, oportunidad en que José López Rega ocupó un espacio de su intimidad oficial.
El Perón de su primera presidencia también acudió al método de la consulta antes que al de la influencia, y en tal sentido rutilaron los nombres de Miguel Miranda, Atilio Bramuglia y Raúl A. Apold.
Arturo Illia, otro de los más o menos recientes presidentes constitucionales, no pudo reponerse de la inesperada desaparición de su primer ministro de Economía y amigo, Eugenio H. Blanco, conformando su entorno áulico su hermano Ricardo y Luis Caeiro, por nombrar sólo a algunos.
Explicablemente, los presidentes militares aparecieron vinculados a sus propios estados mayores, en una suerte de asesoramiento y asistencia “cívico militar”. Una excepción fue Alejandro A. Lanusse, que tuvo dos hombres civiles con quienes intimó realmente: Arturo Mor Roig y Edgardo Sajón.
Para referirnos a uno de los antecedentes más recientes, Raúl Alfonsín contó entre sus asesores privilegiados con un hombre que pudo ser síntesís de “consulta” e “influencia”: Raúl Borrás, también abruptamente desaparecido. Si bien no en un mismo nivel, pero con activa presencia, podría mencionarse en dicha época a Germán López, Roque Carranza y Juan Carlos Pugliese.
En otro gobierno militar, el de Pedro Eugenio Aramburu, llenó la escena de la Casa de Gobierno Francisco Manrique, entonces jefe de la Casa Militar.
El complicado camino del ejercicio del poder cimentó, a lo largo de los períodos presidenciales, grandes encuentros y grandes desencuentros entre el presidente de la Nación y quienes lo asisten intelectualmente; también efectos y desengaños, como ocurre en todas las experiencias de la vida.
No hace falta repetir que al calor del poder pueden filtrarse también, apelando a relaciones anteriores, algunos personajes que lejos de servir al encumbrado funcionario se sirven de él: pero, afortunadamente, son la excepción. Se trata de aquellos que se nutren con una mera chapa o tarjeta
de presentación o aun con menos, una fotografía que los muestra junto al sonriente protagonista.
Ellos no escriben la historia política de todos los días. Sí los otros, los que públicamente a veces, o reservadamente otras, alientan un gesto presidencial o le restan un impulso.

