La reacción del público norteamericano frente al creciente poderío japonés ha estado fundamentalmente marcada por el resentimiento. La crisis económica estimuló, por cierto, las percepciones más negativas, alentando la idea de que los astutos nipones son responsables de que millones de trabajadores estadounidenses pierdan sus empleos. Las denuncias sobre prácticas
comerciales desleales lanzadas contra Tokio contribuyeron también a deteriorar la conflictiva relación entre las dos grandes potencias industriales.
Los esfuerzos japoneses por contrarrestar esta mala imagen pública comenzaron a orientarse, durante el último año, hacia la filantropía. En 1986, las filiales de empresas japonesas en Estados Unidos aportaron US$ 30 millones a entidades sin fines de lucro. La cifra creció a US$ 300 millones en 1990. Y para este año se estima que llegará a US$ 500 millones.
Los aportes no sólo se han multiplicado, sino que se destinan ahora a fines de mayor trascendencia social. Hasta hace pocos años, las donaciones japonesas se concentraban mayoritariamente en la ayuda a universidades y en la promoción de las artes y la cultura. En 1990, en cambio, casi la mitad de las contribuciones fue asignada a grupos comunitarios, programas escolares e instituciones de apoyo a las minorías étnicas (fundamentalmente negros e hispanos).
La nómina de los principales donantes exhibe muchos nombres estelares de la industria japonesa, como Toyota, Mitsui, Hitachi y Honda, que han establecido sus propias fundaciones para obras de bien público en Estados Unidos.
Sospechas y Justificaciones.
No faltan, desde luego, los escépticos que atribuyen esta súbita vocación filantrópica a propósitos propagandísticos, más que a la buena voluntad japonesa. Hay motivos, por otra parte, para sospechar que el gobierno de Tokio actúa entre bambalinas, instando a las empresas a mostrarse generosas ante sus anfitriones norteamericanos. El año pasado fue sancionada una norma
impositiva que permite a las compañías japonesas deducir, por la vía de las donaciones en el exterior, hasta 2,5% de sus ganancias imponibles. (Para las contribuciones realizadas dentro de Japón, la tasa de deducción es de sólo 1,2%.)
Las organizaciones de bien público de Estados Unidos, afectadas por la recesión y por la escasez de aportes locales, descalifican estas críticas, argumentando que todas las empresas, independientemente de su nacionalidad, responden a las mismas motivaciones cuando deciden apoyar obras benéficas: mejorar su perfil, promocionar su imagen pública (con la esperanza de que esto se refleje en las ventas) y obtener desgravaciones impositivas.
La única diferencia, sostienen, es que los japoneses aportan más que otros. Las donaciones de empresas británicas, alemanas y francesas en Estados Unidos sumaron en conjunto US$ 60 millones en 1990. Las compañías norteamericanas establecidas en el exterior no se muestran, tampoco, particularmente pródigas. Sus donaciones a los países anfitriones alcanzan un promedio de US$ 400 millones anuales.
Los potenciales beneficiarios de la ayuda se preguntan si, con todos los problemas sociales que padece Estados Unidos, los norteamericanos no deberían alentar esta actitud de las firmas japonesas en lugar de acosarlas con permanentes críticas.
Sin embargo, existe otra cuestión de carácter ético que incluso los directivos de las grandes firmas japonesas reconocen como válida. Cómo es posible justificar que casi la totalidad de los aportes privados japoneses se dirijan al país más rico del mundo, en tanto que poco o nada de esa ayuda llega a las naciones verdaderamente necesitadas? Los intereses comerciales parecen, en este aspecto, prevalecer netamente sobre la filantropía.
Democracia Económica.
Los programas de beneficencia privada son un fenómeno relativamente reciente en Japón.
Tradicionalmente, las empresas mantuvieron la filosofía de que su única prioridad era obtener ganancias, y de que su aporte a la sociedad se materializaba a través de los impuestos.
Ahora, en cambio, hasta la poderosa Kendanren (la organización que agrupa a las principales empresas) insta a sus afiliados a realizar mayores aportes para el bien público, en el marco de un programa denominado “Nueva democracia económica”. El legendario Akio Morita, presidente de Sony, encabeza el “Club de 1%”, que brinda difusión y reconocimiento a aquellas compañías que destinen más de 1% de sus ganancias a fines filantrópicos.
Toshihiro Kiribuchi, director ejecutivo de la compañía Omron, publicó recientemente un artículo en el que afirma que las contribuciones de una empresa a la comunidad tienen, a largo plazo, más importancia que su penetración en el mercado. Omron emplea a 250 discapacitados en dos plantas especialmente diseñadas para que estos trabajadores puedan desempeñarse en la producción de piezas electrónicas.
La compañía Fuji-Xerox estableció un programa que otorga licencias pagas a sus empleados para que éstos realicen trabajos voluntarios en la comunidad. Para dar el ejemplo, el gerente de personal de la empresa, Yuzo Isobe, decidió tomar una licencia de 10 meses, y se dedica ahora a asistir a ancianos enfermos en un asilo.
Según cifras oficiales, los aportes de las empresas privadas a obras de beneficencia dentro de Japón se triplicaron en los últimos 15 años, y suman ahora US$ 3.100 millones. Sin embargo, sólo los grandes consorcios parecen haber aceptado el principio de que la filantropía es una buena inversión: a pesar de la importante masa de aportes, éstos provienen de apenas 10% de las empresas del país.
