Una dirección IP es un conjunto de números que identifica a un dispositivo conectado a internet y funciona como una “dirección digital”, comparable al código postal de un domicilio. Ese identificador es clave para que la información llegue al destino correcto cuando se abre una página, se reproduce un video o se envía un mensaje, pero también puede exponer datos que se convierten en un punto de partida para distintos ataques.
La sigla IP proviene de Internet Protocol, el conjunto de reglas que habilita la comunicación entre dispositivos dentro de una red. Cada computadora, teléfono celular, router u otro equipo conectado recibe un número IP. A partir de esa identificación, sitios web, aplicaciones y servicios pueden direccionar el tráfico hacia el dispositivo correcto.
ESET Latinoamérica distingue entre IP pública e IP privada. La IP pública es la dirección que identifica la conexión frente al resto de internet: la asigna el proveedor y es el número que cualquier sitio web o servicio ve cuando se accede a la red. La IP privada, en cambio, funciona dentro de la red local, generalmente doméstica. Cada dispositivo conectado al router —como una computadora, un teléfono celular o un Smart TV— recibe una IP privada diferente para que el router pueda distinguirlos entre sí; esa dirección no es visible desde fuera de la red.
En ese marco, Mario Micucci, investigador de Seguridad Informática de ESET Latinoamérica, señaló: “Tener una dirección IP expuesta no significa que serás atacado automáticamente, pero sí que existe una puerta que puede ser explotada”. El especialista agregó que “los ciberdelincuentes utilizan la IP de diferentes maneras para planificar o ejecutar ataques”.
Uno de los usos más habituales es el rastreo de ubicación. A partir de una IP pública puede conocerse la ciudad y, en ocasiones, la región aproximada desde la que alguien se conecta, además del proveedor de internet utilizado. Si bien ese dato no alcanza para localizar con precisión a una persona, combinado con otra información —como datos filtrados de algún servicio— puede contribuir a elaborar un perfil más completo de la víctima.
Otro riesgo es el ataque de denegación de servicio, conocido como DDoS, en el que se utiliza una red de dispositivos infectados para enviar un volumen masivo de solicitudes contra una IP específica, sobrecargando el servidor hasta que deja de funcionar. En 2018, GitHub quedó brevemente fuera de servicio tras sufrir lo que entonces fue el mayor ataque DDoS registrado, con un pico de 1,35 terabits por segundo.
El panorama también incluye el IP spoofing, técnica en la que se falsifica la dirección IP de origen para simular tráfico confiable, evadir controles u ocultar el origen real. Además, una IP expuesta puede ser el punto de partida para intentos de intrusión directa, sobre todo cuando el dispositivo tiene puertos abiertos o vulnerabilidades sin corregir.
Micucci planteó que “proteger una dirección IP no significa ocultarla por completo de internet, algo prácticamente imposible”, sino dificultar que se utilice en contra del usuario. Entre las medidas, se destaca el uso de una VPN (red privada virtual), que hace que los sitios y servicios vean la IP del servidor intermediario y no la real, con especial utilidad en redes Wi‑Fi públicas como aeropuertos y cafeterías. A esto se suman prácticas como mantener router y dispositivos actualizados, cambiar contraseñas predeterminadas, desactivar accesos remotos innecesarios, cerrar puertos sin uso y contar con un firewall bien configurado, además de revisar la privacidad en transmisiones en vivo, juegos online y aplicaciones que puedan exponer la IP.












